20. El sermón #3
Al cabo de unos segundos, poco a poco, la gente empezó a relajarse, a respirar hondo, a levantarse y a mirar en torno a sí. El silencio que se había instalado en la catedral dio entonces paso a murmullos y al roce de sillas y pies que produjeron, al empezar a moverse, los asistentes.
Parmentier miró un instante a la profesora Seidel. Esta tenía un semblante grave. El hombre situado a su otro lado, el profesor de ética clásica, manoseaba, muy envarado, su bufanda. De su abrigo emanaba un tenue olor a clavo.
—¿Qué le ha parecido? —preguntó en voz baja Parmentier, levantándose a su vez para oír mejor la respuesta.
Cada vez eran más las personas que hablaban, y el ambiente era casi bullicioso.
Algunos periodistas se precipitaban hacia la sacristía con esperanzas de interceptar al presidente antes de que se marchara y lograr la primera entrevista, pero los funcionarios les impidieron el paso, y dos miembros de la Guardia Magisterial, armados con rifles, se apostaron tras ellos.
Al observar con más atención la cara de su compañero miembro del Consejo Supremo, el sacerdote descubrió con asombro grandes dosis de duda y ansiedad.
No lo conocía muy bien y lo consideraba una persona rígida y convencional; tal vez se había equivocado.
El modesto párroco recordó de pronto su apellido: Duclos.
—¿Lo ha creído? —dijo Parmentier.
—¿Lo de la chica? Es posible, incluso probable. ¿Quién sabe?
—Sobre la idea de que el mal proviene de afuera del mundo.
—Es una afirmación bastante pasmosa, desde luego. Resulta completamente novedoso este…, esta especie de semignosticismo, se podría decir.
—Estoy de acuerdo. Jamás desde este púlpito se había dicho algo así.
—¿Le ha encontrado un sentido?
Duclos no hablaba por hablar. Parecía como si preguntara directamente la verdad.
—No —contestó con cautela Parmentier—. Yo no creo que las fuerzas del mal estén invadiendo el mundo.
Se imaginó a su viejo amigo el general, escuchando con anhelo desde el bosque las campanas y los cantos del país de las hadas.
Entre los asistentes reinaba ya una franca algarabía.
Parecía como si todo el mundo pregonara su opinión, o formulara urgentes interrogantes, o se afanara por salir para ir a contar aquellas asombrosas noticias a sus familiares, amigos o lectores.
—No sé si van a convocar el Consejo para tratar de este asunto —dijo Duclos—. Es una declaración de guerra, pero ¿guerra contra quién?, ¿contra qué? ¿Se espera de nosotros que la aprobemos?
—No tienen necesidad de convocarnos —señaló Parmentier—. Todos nosotros estábamos presentes aquí, por lo que veo. Aun así…
No supo qué añadir y, de todas formas, perdió la ocasión.
A su alrededor había un torbellino de voces y de movimiento, y se iban formando corros de personas que, en su afán por discutir y expresar conjeturas, impedían el paso a quienes simplemente querían salir.
Parmentier trató de abarcar con la mirada la nave y hasta se puso de puntillas a fin de observar qué hacían los demás miembros del Consejo, pero fue inútil, porque había demasiada densidad de gente.
—¿Qué vamos a hacer? —le susurró a su daimonion cuando este se instaló en su hombro.
—Volver a casa —respondió este—. Concentrarnos en llegar fuera y después ir directamente a la estación.
Ya había perdido de vista a Mariette Sidel y, por su calva, vio que el profesor de ética clásica se encontraba ya a cierta distancia, abriéndose paso entre el gentío.
Pensando que podía convertirse en un buen aliado, Parmentier decidió escribirle, aunque para ello tendría que recordar primero en qué universidad trabajaba.
Poco a poco, entre interrupciones, disculpas y algún que otro empellón, Parmentier llegó a la puerta principal y se encaminó a la estación.
Malcolm leyó la nota de Pan con cierto sentimiento de decepción, pero sin considerarlo una traición.
Aunque sabía que Pan debía proseguir su búsqueda, se había acostumbrado a su compañía, a las agudas observaciones que hacía, a su tono, entre burlón y afectuoso, que tanto se parecía al de la Lyra, que apenas había comenzado a conocer antes de que se marchara de Oxford…
Era lógico, puesto que conformaban un único ser. Y ahora se había quedado solo.
Se levantó y caminó un poco para hacer ejercicio.
Si bien le dolía la pierna, la sentía menos rígida.
Antes de irse, Tilda Vasara le había dejado el musgo de la sangre que le quedaba junto con una nota en la que le aconsejaba que se moviera y que no permaneciera mucho tiempo en la misma posición.
Él quería, con todo, terminar de moldear el oro.
Tendría, pues, que procurar levantarse y caminar un poco cada media hora, más o menos.
Después de aplanar los deformados restos de la caja del aletiómetro, volvió a pedir prestadas varias herramientas más al orfebre sirviente y empezó a darle una forma de diadema. El metal era puro y muy maleable, de tal manera que le resultó más fácil de lo previsto batirlo y moldearlo.
A Gulya le gustaba quedarse mirando como el oro se ensanchaba componiendo una fina capa bajo el martillo.
Pese a que sentía curiosidad por el paradero de Pan y Tilda Vasara, no dejaba de ser un grifo, y la visión del metal ejercía un efecto hipnótico en ella.
Malcolm la observaba con discreción, hasta que, un día en que estaba muy concentrada, le dijo:
—Gulya, cuéntame por qué te lanzó el conjuro ese brujo.
—Ah, esa es mi vergüenza y mi pesar —se lamentó el pequeño grifo—.
Él tiene una forja en las montañas, en una caverna, un lugar donde crecen los rubíes.
Cuando era joven y estúpida, encontré la manera de llegar allí.
Como había oído rumores del inmenso tesoro que había acumulado y deduje que, si recolectaba rubíes, también necesitaría oro, que es el mejor engarce para ellos, pensé que podría quitarle su oro.
Creía que podría luchar contra él y llevarme el oro para ofrecerlo a la reina Shahrnavāz, pero no era lo bastante fuerte.
Me derrotó con ayuda de un espejo mágico y me ató con cuerdas de djinn de fuego.
Después me preguntó por el sistema de defensa de esta montaña y del palacio de la reina, pero yo no quise decirle nada.
»Permanecí atada durante tres días y tres noches.
Él tensaba más y más las cuerdas, comprimía mi cuerpo hasta dejarlo con el tamaño que ves ahora.
Todavía estoy atada. Todos los espíritus del fuego de la caverna se reían de mí, se burlaban y mofaban, mientras mi corazón ardía y se encogía mi cuerpo, y los pobres esclavos sin alas solo pudieron mirar compadecidos.
También ellos estaban atados, pues de lo contrario lo habrían despedazado y me habrían liberado.
—¿Viste el oro que tenía? —preguntó Malcolm.
—Sí, tiene incontables cantidades de lingotes, monedas, medallones, cadenas…, todo oro de la mejor calidad. El suyo es el tesoro más fabuloso que he visto, descontando el de nuestra reina.
—¿Lo sabe la reina?
—Sí. Son viejos enemigos, pero, como ninguno de los dos puede derrotar al otro, mantienen las distancias.
—¿Y dónde está esa caverna?
—Al norte de Bakú, en el Cáucaso.
—¿La podrías volver a encontrar?
Gulya lo miró. Nunca era fácil interpretar la expresión de un grifo: la incredulidad parecía ira, que a su vez parecía desdén; el desdén parecía risa, la cual semejaba pesar, que a su vez se parecía a…
—Por supuesto —respondió Gulya—. Tampoco es que se esconda. Es fácil distinguir dónde se encuentra su forja, porque se ven las llamas desde kilómetros a la redonda, desde el cielo, el suelo y el mar.
—Y tú no te liberarás de esa maldición a menos que lo mates, ¿no es así?
—Exacto. Pero ¿en qué estás pensando?
—Todavía no lo sé —reconoció Malcolm—. Por ahora, estoy recabando información. Háblame de ese espejo mágico, Gulya.
—Lo lleva encima como si fuera un escudo —explicó el pequeño grifo, para el cual su propia historia había adquirido ya proporciones de mito—.
Cuando uno intenta mirarlo a él, solo se ve a sí mismo.
El caso es que puede deformarlo de tal manera que uno parezca muy pequeño y patético, o muy grande y…
también patético, ridículo. Es como si uno peleara consigo mismo.
Ten presente que, aunque era joven, ya estaba completamente desarrollada.
Habría sido duro luchar contra él y tal vez no lo habría vencido, pero tampoco era imposible.
Me quedé abrumada por mi reflejo y, como era demasiado inexperta para superarlo, él y sus koruskati me atraparon y me ataron con un djinn de fuego.
—¿Qué son esos koruskati ? —preguntó Malcolm.
—Unos diablillos que parecen chispas. Pican, muerden y vuelan tan deprisa que es imposible agarrarlos.
—¿Y el brujo se desprendió en algún momento de su escudo mágico?
—Sí, pero no vi nada, porque es invisible.
—¿Cómo se llamaba?
—Sorush —respondió Gulya.
—Ah —exclamó Malcolm, con aire satisfecho.
Luego se fue a rebuscar dentro de su mochila, hasta que encontró el baqueteado ejemplar del poema Jahan y Rukhsana . Entonces se sentó sobre las pieles para hojearlo.