El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 20. El sermón #2
53%

20. El sermón #2

»La ley intervino, pero, por extraño que parezca, falló en favor del padre de la niña. Un hombre corrupto se vio salvado por una ley corrupta. Mi hermana, mi querida Marisa, que había sido víctima de tan cruel engaño, a pesar de su inteligencia, se quedó sola con el peso de su pecado.

»¿Y qué fue de la niña? Era un bebé de menos de seis meses.

Habrían tenido que dejarla al cuidado de las buenas y santas Hermanas de la Obediencia, pero el villano se la quitó y la puso a cargo de un centro universitario lleno de viejos académicos, que son como polvorientos anticuarios que solo tienen en la cabeza verbos en griego y filosofía arcana, incapaces de saber cuáles son las necesidades de una niña, ni de cómo cuidar de ella, ni de inculcarle los valores de la virtud y la fe, ni de procurarle las bases de una auténtica educación moral.

»El padre se esfumó. Desprestigiado y caído en desgracia, huyó, para situarse como un cobarde renegado, al margen de la sociedad.

»En cuanto a mi hermana, por fin reconoció la desgracia y el infortunio que había atraído a su vida y, con la ayuda de auxilio espiritual, comenzó a corregir su rumbo, para convertirse en la clase de madre que debía ser.

Trató una y otra vez de ponerse en contacto con su hija, de rescatarla de la compañía de los infieles, caducos y arrogantes académicos que la ley había designado como sus custodios.

Pleiteó e imploró sin descanso ante tribunales, ante organismos de toda clase, ante jueces insensibles que escuchaban con frialdad y silencio hostil sus angustiosos ruegos, y la despachaban sin darle ninguna explicación.

Una y otra vez, se topaba con negativas.

»¿Y qué se hizo de la hija, esa niña extraviada y solitaria, esa niña nacida de la corrupción y la debilidad, pero inicialmente inocente, que cargaba al igual que todos nosotros con la marca del pecado original?

»Le contaron toda clase de mentiras sobre su nacimiento y, por supuesto, tal como ocurre con los niños, se las creyó.

Al cumplir los once años, llena de desdicha y aflicción, se escapó del colegio donde la habían internado y la secuestró una banda de criminales que vivían en barcas, quienes se la llevaron a cumplir un infame destino en una tierra extranjera.

Imagínense la angustia que atenazó el corazón de su madre, mi hermana Marisa, cuando se enteró.

Cuando se enteró, Marisa partió, desesperada, con intención de rescatarla y llevarla a casa junto a una madre que la iba a amar con un corazón en verdad arrepentido y criarla en el amparo y pureza de un hogar temeroso de la Autoridad, y compensar el pecado que había cometido.

Delamare calló un momento y, cuando volvió a hablar, su tono se había modificado un poco: entonces dio la impresión de que tomaba cierta distancia del papel del hermano sufridor, para pasar a comentar con paciente sabiduría un problema común en la humanidad.

—Esto se puede considerar, en cierto modo, como un relato antiguo.

Es uno de los primeros relatos que aprendemos.

El deseo de conocer más, de examinar cada vez con mayor detalle, de rasgar los velos y escrutar los misterios…

El impulso humano que anima a obrar así, esa vil e impertinente curiosidad, está clavado en el alma humana igual que lo está un fotograma en el papel, desde que la mujer cedió a la tentación de la serpiente en el Jardín del Paraíso.

»Y los resultados los constatamos en nuestras propias vidas, en la tendencia que tienen las cosas a decaer, los relojes a estropearse, los fuegos a apagarse, la lozanía y el ardiente vigor de la juventud a menguar, convertidos en la difusa ansiedad de la edad adulta y el agotamiento y la soledad de la vejez…

, todo es parte integral de las consecuencias de esa primera caída.

»Porque lo que ella hizo, la madre de todos nosotros, fue practicar una brecha en la perfecta superficie del mundo que la Autoridad nos otorgó para vivir en él.

Fue solo un rasguño, un pequeño rasguño tan solo, pero con eso fue suficiente.

Todos sabemos que, una vez que sobreviene un fallo en la integridad de una estructura, ya se trate de la resquebrajadura en un espejo, la mancha de moho en un sótano o la fuga en una cañería, este crece y se propaga de manera silenciosa e invisible, hasta que inevitablemente acaba por desmoronarse.

Es algo que ocurre en el mundo físico, en el mundo de la política y los negocios, y también en la familia y en el corazón humano.

»Ahora, amigos míos, voy a contarles algo que pocas personas saben.

En este mundo existe un número indeterminado de lugares misteriosos y secretos, que son como esas resquebrajaduras, esos fallos en la estructura, esas fugas.

Debido a ese pecado original y a la continua e inerradicable maldad de la humanidad, este hermoso mundo es vulnerable.

Es vulnerable a la invasión, a las ponzoñosas influencias del exterior, a las presencias y filosofías de otras partes, a ideas que matan, a la enfermedad moral y a la corrupción actual.

»Esto no son metáforas, amigos míos. Algunos de ustedes quizá asistieron a la conferencia que dio aquí en Ginebra no hace mucho ese célebre filósofo y escritor, el profesor Gottfried Brande, la cual concluyó en trágicas circunstancias con la repentina muerte de este.

La conferencia, que publicaremos en su totalidad, expone con profunda originalidad los peligros subyacentes al uso descuidado e irresponsable del lenguaje y la consiguiente necesidad de controlar con incesante vigilancia nuestra forma de hablar y escribir.

»La posteridad considerará al profesor Brande como un profeta.

Tenía mucho que enseñarnos, pese a su prematura muerte.

Créanme, pues, amigos míos, que es en consonancia con el espíritu de Gottfried Brande que destaco ahora el hecho de que mis palabras son una metáfora de algo más.

Hay que interpretarlas de forma literal.

Existen lugares como estos a los que acabo de aludir.

Tenemos una deuda de gratitud para con los geógrafos pioneros que descubrieron varios de estos lugares en diferentes rincones remotos de la tierra y a la peligrosa labor llevada a cabo con suma pericia por los ingenieros de la Guardia Magisterial en sus incesantes esfuerzos por eliminarlos.

»Sin embargo, el problema no deja de crecer.

A medida que se descubren más y más lugares como esos, nuestro mundo, nuestro estilo de vida, las cosas que amamos y que tenemos por seguras, se ven cada vez más invadidos y envenenados por ideas ajenas, creencias falsas y una moralidad bestial inapropiadas para los hijos de la Autoridad.

»Y ahora, amigos míos, hemos localizado la fuente de este mal espiritual.

La brecha original en la superficie del mundo de la Autoridad se encuentra en un desierto de Asia Central, y es este precisamente el lugar hacia el que se dirigen nuestros ejércitos, con el respaldo de nuestros aliados y amigos de corazón.

Llegarán a ese lugar, lo destruirán y sanarán para siempre la herida del mundo.

»Y… esta es la parte más difícil para mí, amigos míos.

La niña de la que les he hablado, la hija de mi querida hermana, ya no es realmente una niña, sino una joven.

Se llama Lyra Belacqua, y, con toda la pena del mundo, he constatado que se ha entregado al enemigo.

Está trabajando para torpedear la gran labor que nos disponemos a emprender.

Al igual que muchos jóvenes, que no saben bien lo que piensan, la han convencido de que lo correcto es erróneo y que lo malo es bueno.

Esté donde esté ahora, confío en que podamos encontrarla antes de que sea demasiado tarde.

En otras circunstancias, habría prometido sin duda una cuantiosa recompensa para quien aportara alguna información sobre ella, pero no es eso lo que ofrezco.

Tan solo rezo por que la encontremos antes de…

Se encogió de hombros, como para manifestar una triste impotencia. Luego se recompuso e, irguiéndose en toda su estatura, dejó que su voz resonara con pasión por el vasto espacio de la catedral.

—Que la Autoridad, en su inmensa sabiduría y bondad, nos oriente en nuestro esfuerzo por reparar el daño que se ha infligido a este mundo.

Que su poder y fuerza guíe nuestros brazos cuando descarguemos un mortífero golpe al invasor.

Y por fin que, con todo su amor y justicia, la Autoridad nos fortalezca para lo que nos aguarda y nos conduzca sin riesgo hasta la calma y la tranquilidad de un mundo restaurado.

Alargó la mano hacia la barandilla del púlpito, donde permanecía su daimonion lechuza, y, posándolo en sus hombros, empezó a bajar los escalones para dirigirse después a la sacristía.

Entre la congregación reinaba un absoluto silencio, como si nadie quisiera o se atreviera a respirar.

Aunque nadie se volvió a mirar hacia atrás, quienes disponían, por el lugar donde estaban situados, de una vista de la totalidad del templo quedaron impresionados por la quietud, el silencio y la sensación generalizada de miedo o, tal vez, de temor.

Fuese lo que fuese, el sermón había arrojado un manto de silencio y aprensión sobre todos los presentes.

Hasta los representantes de la prensa y los políticos y diplomáticos, y los miembros del alto clero, y los dignatarios civiles de todas categorías, se mantenían quietos y callados, con expresiones de solemnidad, de temor o de grave determinación; sus daimonions se habían subido hasta su pecho, buscando el cobijo de un abrazo.

—Está loco —susurró en voz muy baja la profesora Seidel, inclinándose levemente hacia Parmentier.

—Pero ha convencido a la congregación —susurró a su vez Parmentier.

Era cierto. La atmósfera era similar a la de un teatro sometido al poderoso hechizo de la alocución final de un gran actor.