20. El sermón
T odos los miembros del Consejo Supremo habían sido convocados a asistir al sermón que iba a dar Marcel Delamare en la catedral, en el cual este iba a anunciar el comienzo de la guerra santa.
Se les había especificado que su asistencia era obligatoria y les habían reservado sitio en las primeras hileras de congregados.
De este modo, el humilde sacerdote de la parroquia de la ribera oriental del lago se encontró situado junto a la profesora de filología.
Los otros tres rebeldes estaban sentados en la misma fila, pero no a su lado.
La profesora Mariette Seidel saludó a Parmentier con una discreta sonrisa, a la que este correspondió con un inocuo «Buenos días».
En el otro lado, tenía a un individuo de aspecto ascético que, según recordaba, era un experto en ética clásica.
El hombre respondió con rígido ademán al saludo del párroco, antes de fijar la vista al frente sin pronunciar ni una palabra.
Dado que el sermón iba a tener lugar después de la celebración normal de la liturgia, cabía prever que la espera sería larga, dado que la catedral estaba llena y todos los miembros de la congregación iban a tener que acudir a recibir el pan y el vino, aunque, por lo que Parmentier alcanzaba a ver, muchos de ellos eran diplomáticos o invitados políticos, periodistas o académicos destacados, y era posible que no participasen en dicha parte del servicio.
La profesora Seidel ladeó muy levemente hacia él para susurrarle algo.
—¿Ha hablado con algún otro miembro del Consejo?
—No —musitó a su vez Parmentier.
—Hay cuatro o cinco más que comparten nuestro punto de vista, pero temen implicarse en cualquier…, digamos…, actividad.
—Ya. No sé si podremos hablar después. Ahora es mejor que estemos callados.
En ese momento, se produjo una agitación entre los asistentes, justo cuando empezaba a sonar el órgano.
Todo el mundo se puso de pie y dio comienzo el servicio.
Tal como solía sucederle cuando asistía a un servicio que corría a cargo de otra persona, Georges Parmentier entró en una especie de estado semihipnótico en el que las palabras que tan bien conocía, el ritmo de fluctuaciones entre oración y cánticos, entre posición de rodillas y de pies, de escucha y murmuración de respuestas, se combinaban para reafirmar su convicción de que las grandes virtudes eran tan sólidas y verdaderas como lo habían sido durante su niñez.
Había un cielo, cuya sublime verdad se ponía de manifiesto en aquellos sonidos, ritmos, aromas y colores.
En un par de ocasiones, a lo largo de la hora y media durante la que iba discurriendo pausadamente el servicio, advirtió que la profesora Seidel intentaba susurrarle algo, pero él era incapaz de escucharla, y al final ella desistió.
Una vez concluido el rezo final, entre los presentes se produjo una agitación de otra clase, semejante a la originada por la primera brisa de la mañana en un vasto trigal.
Los restos de somnolencia se disiparon; la gente irguió la espalda con aire de expectación, como estimulada por una corriente ambárica, que pareció generarse en el momento en que la figura de Marcel Delamare se levantó, con su impecable y elegante traje azul marino, inmaculada camisa blanca y sobria corbata, para subir las escaleras del púlpito.
—En nombre de la Autoridad de quien emana toda gracia, verdad y bondad —dijo.
No eran muchos los presentes que lo habían oído hablar de viva voz.
Aunque su cara les resultaba conocida por los fotogramas de los periódicos, raras veces predicaba.
Las miradas que se concentraron en él entonces estaban cargadas de curiosidad.
Su voz sonaba perfectamente timbrada y modulada; como un actor frente a un público conocido, sabía cómo hacerse oír sin distorsión y sin gritar, neutralizando los efectos de la distancia y del eco.
Parmentier lo escuchaba con cautelosa admiración.
Delamare agarró la barandilla del púlpito con ambas manos, al tiempo que adelantaba levemente el torso.
—Yo tenía una hermana —declaró—, una hermana a quien quise con infinita devoción desde el día en que nací.
Ella tenía tres años más que yo y, durante toda mi infancia, jugó conmigo y me enseñó los cuentos y canciones que nuestra madre le había enseñado a ella.
Fue la bendita compañera de mis alegrías, el amable consuelo de mis penas infantiles, la sabia maestra y la valiente inspiración de mi juventud y primera edad adulta.
Somos muy afortunados, amigos míos, quienes podemos contar con una persona así cuando somos jóvenes, ya sea un hermano, un pariente, un amigo o un maestro.
Los admiramos, nos alegramos siempre de verlos y sabemos que nuestros corazones y mentes dependen de su verdad, su firmeza y su bondad, tal como era el caso conmigo y mi querida hermana Marisa.
Nadie esperaba oír algo así. El presidente era sin duda un hombre dotado de fuerza intelectual y de probidad moral, pero severo y distante, tal vez algo frío y formal.
Entonces, sin embargo, hablaba no como si se dirigiera a un nutrido público de personas anónimas, sino a un pequeño grupo de amigos íntimos, y su voz, tan clara y vibrante, transmitía la calidez de la emoción.
—Yo la consideraba como la estrella que alumbraba mi vida.
Me enorgullecí de los triunfos académicos que alcanzó, porque nadie era tan inteligente ni diligente como mi hermana Marisa; me alegré cuando se casó con un buen hombre, Edward Coulter, con la perspectiva de poder disfrutar de muchos días venturosos en su hogar en el curso de los años venideros.
Todos cuantos los conocían comentaban el matrimonio tan feliz que formaban, la dicha del hogar que habían fundado, la perfecta ilustración que componían de la unión entre un hombre y una mujer, igualados ambos en bondad, virtud y agilidad mental.
»No obstante, la dicha no duró. A través de un cruel entresijo de la oscuridad, en su vida entró una tentación que, dada su manera de ser, yo mismo tenía la certeza de que ella habría repelido con desdén.
»Un hombre, un científico y explorador inglés, un hereje y un pecador que se había situado en contra de la Autoridad y de los agentes de su santa doctrina, se propuso seducirla.
Ella debió de haber supuesto un nuevo reto para aquel conquistador inconstante.
Era demasiado pura para resistírsele. Para ella, tan dispuesta a creer en la bondad de cualquiera que se interesara por ella, él probablemente representó algo nuevo e intrigante, algo radicalmente distinto de todo lo que había experimentado con anterioridad, algo excitante y embriagador.
Era una mujer brillante, formada como teóloga experimental; había escrito textos importantes sobre física fundamental; poseía no solo conocimientos, sino sabiduría; conocía la naturaleza humana; era muy consciente de la lección contenida en la Sagrada Escritura, la historia de la serpiente y la mujer en el jardín, sabía lo que era la tentación, qué aspecto y sonido tenía; pero aun así cedió.
»Sí, cedió. Mi hermana no era distinta de las innumerables personas que han escuchado la suave voz de la serpiente, que han sentido enroscarse en torno a ellas sus relucientes anillas y han acariciado esas rutilantes escamas, esa preciosa cabeza que se deslizó pacíficamente por su mejilla, bajo su mentón y en torno a su cuello.
No opuso resistencia, amigos míos. Ese fue el gran pesar de mi vida, que no opuso resistencia.
Y, según la lógica de la naturaleza, al cabo de no mucho tiempo trajo al mundo a una niña que no era hija de su marido.
Abrió una pausa para observar las caras de pasmo y las cabezas gachas de los asistentes.
—Ella y el inglés le pusieron el nombre pagano de Lyra a esa niña.
La depravada pareja ocultó al honrado hombre que había esposado a Marisa a ese retoño concebido en flagrante pecado, nacido de un goce maligno, ese fruto de la serpiente y de su embriagada víctima.
Ustedes se preguntarán: ¿cómo era posible que un hombre no supiera que su esposa había dado a luz a un hijo, tanto si era suyo como si no?
Edward Coulter era un diplomático, un hombre diligente y honesto que representaba a su país.
Su vida estaba tejida en el entramado de la administración y política extranjera de alto nivel; gozaba de la merecida confianza del rey y del Gobierno, que le había encargado viajar al extranjero para liderar importantes contactos con dirigentes y ministros de otras naciones relacionados con grandes cuestiones relativas a la guerra y la paz.
»Imagínense a un hombre en dicha posición, que trabajaba en un país extranjero y tenía plena confianza en su esposa.
Imagínenselo a su regreso a casa después de cumplir una misión diplomática de suma delicadeza y repercusión.
Imagínenselo enterándose, tal vez por boca de un criado, de un amigo o a través de algún deleznable rumor de la prensa…
, imagínenselo enterándose de que había sido traicionado de la manera más vil.
»Ese hombre honrado hizo lo que cualquiera habría hecho en su lugar: se precipitó a pedirle cuentas al individuo que había seducido a su esposa y engendrado a su hija ilegítima.
Toda su pericia diplomática, toda su experiencia en el campo de la política y los asuntos de Estado no le sirvieron, sin embargo, de nada cuando ambos se enfrentaron.
De nuevo se vio traicionado, esa vez por su propio honor.
No podía creer, pues para él era inconcebible, que el villano aguardaría a que estuviera de espaldas para clavarle una espada en el corazón.
Murió apuñalado por la espalda por un cobarde seductor.