El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 19. Sanación ártica #4
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19. Sanación ártica #4

—Porque, verá, de un tiempo a esta parte he estado pensando en algo.

El aceite de rosa es una de las maneras que propician que la gente pueda ver el polvo.

Ese aceite proviene del desierto Karamakán, de un edificio que hay allí, al que los guardias no permiten acceder.

Pues bien, yo creo que allí hay una de esas aberturas, a las que Will y yo solíamos llamar ventanas, y que comunicaría nuestro mundo con el de las rosas.

Voy a ir allí para comprobar si es cierto, porque, si lo es y el aceite de rosa ayuda a que las personas comprendan la verdad de las cosas, yo quiero mantenerla abierta.

Quiero garantizar que se protejan otras aberturas como esa.

Quiero abrir otras más. ¿Oye lo que le digo?

Notó una especie de escalofrío, como si acabara de expresar algo que hasta entonces ignoraba que creía.

—Sí, y me causa pesar —susurraron las sombras.

—¿Por los espectros?

—Por un sinfín de cosas de las que no sabes nada.

—Pero en algunos sentidos sé más que usted.

—Tú no sabes, sueñas…

—Explíqueme, con toda sinceridad, a qué se refiere al decir la palabra «sueño».

—Un sueño es el producto de tu imaginación, algo que entra en el dominio de la fantasía.

Tus sueños son cosas vacías, frágiles y transitorias.

Los tienes solo para olvidarlos. Deseos, anhelos imposibles, caballos que vuelan, relojes que caminan, árboles que hablan…

, meros fragmentos de una telaraña, triviales, pueriles y sin importancia.

Tú sueñas y yo veo con claridad. Ahí está la diferencia.

—En eso se equivoca también —replicó Lyra.

—¿En qué? —preguntó el ángel con interés, sin asomo de brusquedad.

—Usted cree que lo importante de un sueño es la historia, la información, el contenido, por así decirlo, que carece de sentido porque no tiene lógica y se vuelve borroso y desaparece.

Sí desaparece, desde luego, porque la información no es lo que cuenta.

Lo más importante de un sueño es la emoción que conlleva.

Los sueños están impregnados de emoción, de miedo, o de anhelo, o de amor, o de entusiasmo, o de tristeza.

Nos visitan para procurarnos un sentimiento intenso, no una información, y este sigue perdurando mucho tiempo después de que la información, o la historia, se haya disipado como hojarasca que se lleva el viento.

Sé que algunos ángeles habían sido anteriormente seres humanos. ¿Fue usted alguna vez humano?

—No.

—¿Los ángeles sueñan?

—No.

—¿Producen obras de arte? ¿Escriben poesía, componen música o pintan cuadros?

—No.

—Entonces, ¿qué saben de los sueños? ¿Y de la imaginación?

—Ahora te voy a hacer yo una pregunta: ¿escribes tú poesía, o compones música, o pintas cuadros?

—Yo cuento historias.

—Con lo de historias, te refieres a…

—Sí, bueno, mentiras. Antes contaba mentiras, hasta que me di cuenta de que la gente quedaba muy dolida al enterarse de que no les decía la verdad.

El caso es que las conformaba como si fueran una narración.

Calculaba el tempo, de modo que satisficiera algo, algún tipo de preferencia, alguna tendencia estética, alguna clase de necesidad.

Preparaba el camino para un giro en la historia, de tal modo que pareciera inevitable cuando se producía, pese a que se presentaba de forma imprevista.

Infundía a los personajes la suficiente profundidad como para que parecieran reales para quien me escuchaba, en ese momento y después.

Incorporaba la proporción justa de detalles, de tal modo que la persona pudiera ver mentalmente lo que describía sin verse abrumada por cosas innecesarias.

Yo creaba una obra de arte, ¿entiende? Aunque fuera de pacotilla, tal vez, con intenciones que podían ser banales, solapadas o pura glotonería; de todas maneras, era arte.

Daba forma a las cosas, producía formas.

Era como el ser humano que hace miles de años se sentó bajo un árbol y se puso a grabar líneas entrecruzadas en un palo con un pedernal afilado, porque le procuraba placer mirarlo.

U otro que abrió orificios en un hueso y, al soplar en él, produjo diferentes notas porque le procuraba placer oírlo.

O golpear un tronco hueco para que las personas bailaran con el sonido.

Todos son ritmos, formas repetidas y…, y semejanzas.

Y cosas que surgen de ellas, como las metáforas.

Los ángeles nunca fueron niños, ¿verdad?

—No.

—Si nunca fueron niños, nunca sueñan ni producen arte, entonces yo sé ciertas cosas que ustedes ignoran. Yo las comprendo desde dentro.

Lyra percibía con todos los sentidos las embestidas y bandazos y crujidos del mar y del barco, el rugido regular de los motores de abajo y el aullido del viento que agitaba el aparejo, el omnipresente olor a aceite y combustible del barco y a comida rancia.

No obstante, no oyó ni una palabra proveniente del ángel; y cuando se escudó los ojos para ampararlos de la lluvia, tratando de escrutar las sombras junto a ella, en el banco, vio que no había nada. El ángel se había ido.

Y un poco más tarde, cuando por fin se quedó dormida en la litera, el capitán del ferri transmitió un anuncio a los pasajeros: iba a dar media vuelta, porque las condiciones estaban empeorando y era arriesgado continuar. Iban a regresar a Bakú.