19. Sanación ártica #3
Lyra estaba despierta. La tempestad que aullaba en torno a las montañas del sur del mar Caspio tenía diversas ramificaciones más al norte, generadas por un repentino desplome de la presión del aire sobre toda la región.
Si bien eran más localizadas, dichas tormentas tenían incluso mayor intensidad, y azotaban el agua y arrojaban las olas contra la costa, contra el aire cargado de lluvia y contra cualquier embarcación cuyo piloto tuviera la osadía de salir a navegar.
El Moderno Ferri Transcarpiano se vio particularmente afectado por aquellos embates al atravesar la parte más estrecha del mar que mediaba entre Bakú y Krasnovodsk.
Acostada en su litera, Lyra acusaba los cabeceos del barco, el constante rugido del motor y el choque de las olas contra el ojo de buey de su pequeño camarote.
El movimiento la retrotrajo al viaje que hizo por mar con los giptanos hasta Trollesund y el mareo que la había aquejado en el océano germánico.
Pan también se había sentido mal entonces, aunque Asta no parecía verse afectado ahora.
Quizá Pan sufriera el mismo malestar en otra parte.
Tras un cabeceo que le suscitó unas fuertes náuseas, recordando que se había sentido muchísimo mejor cuando salió a cubierta en aquel primer día de viaje, decidió aplicar el mismo remedio.
Abrigándose lo mejor que pudo, dejó a Asta al cuidado del camarote y salió para ver si el viento disipaba el mareo.
Era curioso, pensó, que no se hubiera sentido indispuesta de ese modo en el ferri de King’s Lynn.
Tal vez los vientos fueran más violentos en el Caspio.
En todo caso, esa era la impresión que tenía.
Era la única pasajera en cubierta. Encontró un banco cerca de los salvavidas, donde se sentó a contemplar cómodamente el mar encrespado y los relámpagos que de tanto en tanto estremecían los nubarrones.
Llevaba poco tiempo así cuando, más que ver, notó otra presencia en el banco, a su lado.
No se sobresaltó ni sintió miedo. La presencia no era una persona, ni un fantasma nocturno, ni un recuerdo, ni un sueño. Tenía la calmada certeza de que era benévola, de que sabía quién era y de que podía confiar por entero en ella.
—¿Quién eres? —preguntó.
Trató de mirarla, pero lo único que alcanzó a percibir fue un leve espesamiento de sombras. Un poco más allá, había un farol, pero en ese rincón, junto a los salvavidas, la única luz la aportaba la encabritada fosforescencia de las olas.
La presencia se movió, de forma muy ligera, y Lyra oyó una voz que habría podido provenir del interior de su propia cabeza.
—Es la primera vez que hablamos —dijo—, pero sé quién eres. Un ángel llamado Xaphania me habló de ti.
Lyra recordó, estremecida, que Xaphania era el ángel que les dijo a ella y a Will que no podían vivir en el mismo mundo, que debían separarse y que la única forma de viajar entre los mundos debía llevarse a cabo a través de la imaginación.
«La imaginación…».
—¿Xaphania? —dijo Lyra—. ¿De veras ha hablado con Xaphania?
—Sí.
—La última vez que nos vimos, me dijo que no había forma de viajar entre mundos. ¿Usted lo sabía?
—Por supuesto.
—También dijo que debíamos cerrar todas las aberturas que habíamos practicado entre los mundos.
—Es la verdad.
—Pero añadió que podríamos viajar con la imaginación. ¿A qué se refería con la imaginación?
—Entonces lo entendiste. Ahora que eres mayor, ¿lo has olvidado?
La voz sonaba perfectamente clara dentro de su cabeza, como las de los ángeles que había oído en otras ocasiones. Lo que no habría sabido precisar era si la oía también fuera.
—Yo no lo entendí, ni tampoco el muchacho que me acompañaba —declaró—. Ahora, más que nunca, deseo comprenderlo: ¿qué es la imaginación?
—La capacidad de inventar cosas. Eso sí lo entiendes, ¿no?
—¿Estoy imaginando ahora su voz? ¿Imaginando lo que me dice?
—No. Lo digo de verdad, y tú lo oyes.
—Lo oigo, pero no lo creo. Además, Xaphania no dijo lo mismo la otra vez.
—Cuando uno habla con niños, debe endulzar la verdad. Cuando eras más pequeña, no habrías creído la verdad, porque no querías. Habrías discutido y exigido una verdad que fuera de tu agrado, en lugar de una que te costaba digerir.
—Era una niña y no podía discutir con un ser como ella.
—Tú discutías con todas las autoridades de tu mundo. Cuestionaste todas las leyes con las que te topaste. Discutiste con cualquiera que te dijera que el polvo era abominable y que había que rechazarlo y tenerle miedo. ¿Y ahora dices que no podías discutir con un ángel?
—Entonces no podía, pero ahora sí puedo. Y hay algo más: en ese momento, ella dijo que la imaginación no se limitaba solo a inventar cosas, sino que era una forma de ver. ¿Era eso cierto?
—Tal como decía, muchas veces tenemos que contarles a los niños cosas para consolarlos. Los padres humanos hacen eso y es un acto de bondad. Hay veces que tenemos más necesidad de consuelo que de precisión.
—O sea, ¿que me mintió?
—Te consoló.
—Pues entonces le quedo agradecida por ese consuelo —replicó con amargura Lyra—.
Pero, ahora que ya soy una mujer, es hora de que me digan la verdad, porque me consta que, sea lo que sea la imaginación, no consiste solo en inventar cosas.
Eso de inventar cosas y fingir que son reales no es suficiente.
—Es suficiente para los grandes poetas, para los narradores y para los artistas de toda especie. Ellos toman las cosas tal como son en el mundo, juegan con ellas y las alteran para crear algo nuevo. ¿Acaso se puede tachar de trivial dicha actividad?
—¿Eso es lo que cree que hacen los poetas y los narradores?
—Pues sí. ¿Qué harían, si no?
La misma Lyra lo ignoraba. No sabía gran cosa sola; Pan seguramente tenía en mente algo más que eso cuando se fue en busca de aquella capacidad esencial que ella había perdido.
—Pero eso es lo que yo hacía cuando contaba mentiras —alegó—.
Tenía fama de mentirosa. Partía de cosas que eran en parte ciertas y las transformaba inventándome otras cosas, pero eran mentiras.
Cuando las contaba, sabía que no eran verdad.
No puede ser que afirme que la imaginación es lo mismo que contar mentiras.
—¿Dónde está la diferencia?
—La diferencia… —Lyra calló un instante para reflexionar—.
No hay diferencia entre las mentiras y lo que usted ha dicho que era la imaginación, tomar cosas reales y alterarlas un poco.
Eso es justo lo que hacen los mentirosos.
Eso es lo que yo hacía continuamente. Todavía puedo hacerlo, si quiero.
Se me da bien. Pantalaimon lo sabe. ¿Para qué iba a irse en busca de algo que todavía tenía?
—Porque quiere más. Y, al ir tras él, tú haces lo mismo. Quieres más de lo que en realidad hay.
—Yo solo quiero conocer la verdad.
—Y yo ya te he dicho la verdad.
Lyra estaba casi sin habla. En su corazón había un tumulto igual de agitado, si no más, que la tormenta que rizaba el agua, y le tenía más miedo a su propia ira que al mareo que esta le pudiera provocar. Se quedó quieta, frotándose para distraerse la mano izquierda dolorida.
—Creo que no tiene razón —acabó por declarar, temblando.
—¿Por qué?
—Creo que no tiene razón, porque durante estos últimos diez años he aprendido cosas que no sabía cuando hablé con Xaphania en esa playa de otro mundo.
Entonces creía que los ángeles dicen por fuerza la verdad, porque conocen la verdad y no mentirían.
Entonces ya sabía que la gente puede mentir, aunque sepa la verdad, porque eso es lo que yo hacía.
Era Lyra la mentirosa. Así me llamaban en el mundo de los muertos.
Yo lo sabía. Pero he aprendido también algo más: las personas mayores, incluso las personas tan viejas como los ángeles, no lo saben todo.
Por más que puedan dar la impresión de que poseen gran sabiduría, inmenso conocimiento y la herencia de miles y miles de vidas, se pueden equivocar.
Les quedan cosas por conocer. Por más que hablen con sumo aplomo, se pueden equivocar.
Pueden ser buenas, amables, bienintencionadas y también sabias, sí, pero aun así pueden malinterpretar las cosas.
Hay cosas que yo sé que usted no sabe. Y cuando habla de esa manera de algo que, en su afán de ir a buscarlo, ha hecho que mi daimonion ponga en peligro su vida y de paso la mía, cuando describe algo tan importante y valioso con términos como «inventarse cosas» y «fingir», sé que no lo ha entendido bien.
El ángel guardó silencio. La acumulación de sombras, que era lo único que Lyra alcanzaba a ver de él, no se movió. Tampoco dio muestras de enojo ni de desdén.
«¿Estaré hablando sola?», pensó Lyra.
—No sé si me oye, pero, por si acaso, le voy a decir algo —prosiguió—.
Xaphania me dijo que Will y yo teníamos que quedarnos cada uno en nuestro mundo, que no debía haber ningún contacto entre mundos.
Dijo que, cada vez que la daga sutil abría un paso de un mundo a otro, dejaba un boquete por el que podían salir los espectros.
Entonces la creímos, pero es posible que eso fuera también algo que ella creía que era cierto y que no lo era.
O algo que dijo tan solo para…, ¿cuál era la palabra… ?, para consolarnos.
De las sombras, solo brotó silencio.