19. Sanación ártica #2
—¿Qué hace con el musgo de la sangre?
—Dos cosas. Lo pongo directamente dentro de la herida. En cuestión de tres días se disuelve y purifica la sangre. Aparte, preparo una infusión que usted va a beber. Sabe mal, pero le da vigor. Mire, fíjese en el efecto que produce.
Tomó un pedacito de musgo empapado, más o menos del tamaño de la falange superior de su pulgar y lo puso en el borde de la herida. En menos de un minuto, la sangre dejó de manar y el dolor cedió, dando paso a un cálido entumecimiento.
—¿Todavía le duele?
—Mucho menos.
—Muy bien, ahora pondré un poco dentro. No se mueva.
Exprimió un poco la masa de color oscuro en la mano y después la fue introduciendo a pedacitos en la propia herida.
Entonces, el entumecimiento lo ayudó; no tenía duda del grado de dolor que habría experimentado de lo contrario.
En comparación con el suplicio que le había infligido la punta del cuchillo minutos antes, aquello fue casi una bendición.
—¿Tiene una taza? ¿Algo con lo que beber?
—Iré a buscarla —se ofreció Pan—. ¿Necesita más agua caliente?
—Tengo de sobra aquí.
Malcolm observó la turbia agua manchada de sangre.
—¿Quiere que beba eso?
—La sangre salió, de todas formas, del interior de su cuerpo, y lo que no es sangre es krovlishaynik , que le será beneficioso.
Pan le llevó una copa de cuerno y ella recogió un poco de agua. Tras sentarse como pudo, Malcolm tomó un trago y casi le dieron náuseas. Era infecta y amarga, y tenía un regusto metálico.
—No se mueva —le indicó ella.
Engulló y reprimió las ganas de vomitar, respirando a fondo.
—¿De qué han hablado con la reina? —preguntó.
—De asuntos reales. Eligen a sus reinas tal como lo hacemos nosotras.
—¿Los grifos tienen siempre una reina y no un rey?
—También tienen reyes. Esta vez eligieron una reina.
—Pero la otra cuestión, para la que había venido a tratar aquí…
—Sí. Están enojados, aunque no sepan más de lo que sabemos nosotras. No quieren que nada cambie, pero a su alrededor el mundo está cambiando. Lo saben y les causa temor, o sea, que han aceptado formar una alianza.
—¿Sí? La felicito.
—Tenemos que actuar pronto.
—¿Sabe qué hace el Magisterio?
—No con detalle. Por una parte, están esas explosiones. Por otra, están desplazando un gran número de soldados hacia el este, por tren y por carretera, pero no por aire. Las brujas y los grifos juntos seremos quienes controlemos el cielo.
—¿Hacia el este? ¿Sabe hacia dónde en concreto?
—Hemos oído rumores sobre un desierto y un lago inestable.
—Lop Nor. Es medio pantano y medio desierto, con cursos de agua que cambian su cauce de un día para otro.
—¿Ha estado allí?
—Sí, una vez. Es muy difícil orientarse y no hay nada visible al otro lado, o al menos eso creía yo.
—¿Al otro lado?
—Se extiende por un árido desierto en cuyo corazón se encuentra un edificio. Sospecho que es ahí a donde se dirigen las fuerzas del Magisterio. ¿Puede darme más información sobre los lugares donde se producen esas explosiones?
—Sobre la mayoría, no, porque se dan a nivel del suelo, en bosques o montañas, a donde las brujas no van casi nunca. Siempre ocurre en sitios apartados.
—¿Se trata de lugares sagrados o mágicos para ustedes?
—Para nosotras, no siempre. Para los hombres y mujeres que viven en la superficie, podría ser.
—¿Y siempre es en sitios apartados? ¿Nunca en una ciudad o en un pueblo?
—Es posible. Por lo visto, hay muchos. Lo que usted nos contó…, esa información que le dio la responsable de Oakley… Nos ha servido para atar cabos a la reina Shahrnavāz y a mí. Volveré a hablar con ella al amanecer y usted me acompañará. Ahora acuéstese a dormir.
Tal vez todo se debió al efecto que produjo el musgo de la sangre o por culpa de la operación quirúrgica que había realizado la bruja. Lo cierto era que notó que le pesaban los párpados y que no le apetecía seguir despierto, de modo que se tapó con una de las pieles y cerró los ojos.
Pan había observado la escena con el corazón acelerado.
—¿Todavía está su daimonion en el cielo? —le preguntó a la bruja, una vez que Malcolm se hubo tendido.
—Viene de camino —repuso ella en voz baja—. Llegará aquí al rayar del día.
—Cuando están separados, ¿son capaces de pensar juntos?
—No más que en vuestro caso.
—No sé de ninguna persona más que pueda separarse, aparte de Malcolm.
—Yo tampoco, descontando a todas las brujas.
—¿Usted conoce…? —Se quedó dudando, porque no estaba seguro de si existía alguna norma de cortesía que prohibiera ese tipo de preguntas, pero aun así continuó—: ¿Conoce a una bruja llamada Serafina Pekkala?
—Sí la conocí, pero murió.
«No…». Pan se quedó anonadado, sin respiración.
—¿Cuándo? —musitó.
—Hace diecisiete lunas. La mató un misionero.
—¿Un misionero? ¿En el Ártico?
—El Magisterio se está volviendo más agresivo. Siempre actúa con malas intenciones.
«Tengo que decírselo a Lyra antes de que se entere por alguien más —pensó Pan—. Y también a Farder Coram…».
—Cuando muere una bruja, ¿la entierran? —preguntó—. Disculpe si parezco entrometido, pero Lyra y yo queríamos mucho a Serafina Pekkala. ¿Hay alguna tumba a donde ella pudiera ir a visitarla para despedirse?
—En el norte extremo no hay tumbas, porque el suelo está helado. La dejamos en un sitio elevado adonde las aves acudieron a limpiar sus huesos. Yo también la quería mucho.
—¿Qué fue del misionero?
—Su clan los mató a él y a todos los que lo acompañaban.
—¿Y por qué la mató?
—Por lo que oí, y me parece ajustado a la verdad, él sabía que las brujas adoptan amantes humanos y le propuso a Serafina Pekkala establecer ese tipo de trato.
Como ella lo rechazó con repulsión y le pidió a su clan que lo evitaran y entorpecieran su labor, aprovechó la primera ocasión que tuvo para dispararle.
Ambos guardaron silencio un momento. Solo se oían las ráfagas de viento que azotaban la montaña y traqueteaban los postigos, y el quedo silbido del fuego surgido de la tierra que ardía en la hornacina.
—¿Esa Lyra tuya quiere a este hombre? —preguntó en voz baja Tilda Vasara, mirando a Malcolm, que dormía.
—Creo que es posible, aunque se trataría de una clase extraña de amor.
Cuando éramos más jóvenes, él le dio clases durante una temporada, y ella se portaba mal.
Hasta yo me daba cuenta. Él reaccionó con paciencia y tuvo el tino de proponer que fuera otra persona quien le diera clase.
De todas formas, ella también tuvo un mal comportamiento con el sustituto.
Yo lo veía y no me gustaba, pero ella no me quería escuchar.
Es que estaba descontenta y desorientada.
Después, cuando volvimos a encontrarnos con Malcolm en circunstancias diferentes, empezó a verlo de otra manera.
—¿Y él qué siente?
—No ha hablado para nada de eso, aunque tampoco se ha dado la ocasión para tener ese tipo de conversaciones.
Es posible que no me quiera contar nada.
Me parece que Malcolm debe de sentir que tiene que ser muy prudente.
Si estuviera enamorado de Lyra, jamás lo diría, porque ella es mucho más joven que él.
—¿Cuántos años se llevan?
—Once, creo.
—¿Sabes lo absurdo que suena eso para una bruja de cuatrocientos años?
Para mí, ese tiempo sería más corto que el grosor de una uña.
He estado enamorada muchas veces, y cada vez con un hombre siglos más joven que yo, que no vivía más tiempo que un insecto de esos a los que llaman efímeras; y cada vez mi mayor deseo era ser también una efímera, envejecer y morir al mismo ritmo que mi amante.
Al final, la pena nos desgasta poco a poco.
Entre este Malcolm y tu Lyra no hay tantos años de diferencia.
¿Por qué dices que el suyo sería una clase extraña de amor?
—Porque ninguno de los dos querría ser el primero en declararse. Se comportarían de una manera muy formal. Me parece que sienten un gran respeto el uno por el otro.
—En eso no hay normas. El amor puede crecer, aunque las personas se tengan un respeto. De todas formas, deben tener en cuenta que, aunque vivan sesenta años más, eso no representa mucho tiempo.
—¿No existen hombres brujos, que envejezcan igual de despacio que ustedes?
—En este mundo, no. Ahora te voy a dar esto. —Se llevó la mano a la diadema de florecillas amarillas, y sacó una y se la ofreció—. Vas a topar con dificultades —pronosticó—. Guárdalo en un sitio seguro y, cuando necesites ayuda, cógelo y levántalo hacia el cielo.
Pan lo tomó y de inmediato se le ocurrió una idea, nítida, clara y ardiente como un cometa. Luego puso la flor en alto.
—¿Quieres que te ayude ahora?
—Sí. ¿Me podría llevar volando en su rama de pino?
—Sí —confirmó ella.
—¿Me puede llevar a Tashbulak?
—¿Te refieres al centro de investigación que hay en el desierto?
—Sí, por si acaso Lyra ha llegado allí. Y después querría seguir hasta el edificio rojo.
Tilda se quedó callada un minuto. Pan creyó que iba a desestimar su demanda, como si fuera un niño que pedía un dulce.
—¿Cuándo? —preguntó a bocajarro.
—Ahora mismo.
—¿Se lo vas a decir a él? —preguntó, mirando a Malcolm.
—No. Ya lo adivinará.
—¿Estás seguro? No lo traiciones. Tienes que dejarle un mensaje.
Pan reconoció que tenía razón y, pese a que sus garras no eran muy idóneas para asir un lápiz, se aplicó lo mejor que pudo. De cuclillas sobre un pedazo de papel que había en la mesa, escribió:
MALCOLM:
PERDONA, PERO ME HE IDO CON TILDA VASARA A TASHBULAK Y AL EDIFICIO ROJO. GULYA TE AYUDARÁ.
PAN
La bruja cogió la rama de pino, que había sido arrancada de un tronco y terminaba en el otro extremo en una espesura de piñas y agujas, y la presentó a Pan. Este se montó y se aferró a ella, y al cabo de un momento surcaban el agitado aire por encima de la montaña, volando hacia el este.