19. Sanación ártica
—Q uiero examinar su herida —dijo Tilda Vasara.
Se hallaban de nuevo en el aposento de Malcolm, a donde acababa de acudir la bruja tras mantener una larga conversación en privado con la reina Shahrnavāz.
Pese a que estaba ansioso por saber cómo se había desarrollado, la cuestión no era prioritaria para él en ese momento.
Acababa de dejar la magnetita y las últimas palabras que había escrito Lyra se habían borrado de la piedra, pero no de su pensamiento.
La noche había envuelto la montaña y el viento todavía soplaba con furia.
Las pesadas cortinas se agitaban y la luz de la lámpara se estremecía con sus rachas.
Aunque el fuego de la hornacina ardía sin vacilar, no aportaba apenas calor a la habitación, y Pan, a quien normalmente no afectaban los cambios de temperatura, permanecía encima de la mesa envuelto en un chal de seda.
—¿Por qué? —contestó Malcolm, aunque enseguida cobró conciencia de la estupidez de la pregunta.
—Porque quiero ver si puedo curarla, claro. Enséñemela.
Malcolm se levantó con dificultad y se desabrochó el cinturón.
La bala que le disparó la enfermera le había dado en la cadera y había astillado el hueso antes de alojarse en el músculo.
Durante su breve estancia en la villa donde estaba el naranjo, la embajada había llamado a un médico para que lo atendiera, pero este solo le había vendado la herida y administrado unos analgésicos.
El dolor era cada vez más intenso y probablemente tenía una infección.
Aunque no le apeteciera, Malcolm era consciente de que alguien debía examinarlo.
—Vamos, no seas bobo —lo alentó Pan.
De pie junto a la mesa, se bajó los pantalones y se levantó el faldón de la camisa. Tras acercar la lámpara de aceite para retirar la venda, la bruja se agachó para observar mejor la herida. Cuando tocó la zona, hinchada y enrojecida, que la rodeaba, Malcolm contuvo la respiración.
—Tiene mala pinta —fue su lacónico comentario—. La voy a tener que extirpar.
—¿Lo va a poder hacer?
—Sí. ¿Usted será capaz de soportarlo?
—No me va a quedar más remedio.
—Sí, será capaz. Necesito un cuenco de agua.
—Voy a llamar a Darius —dijo Pan, antes de bajarse de un salto de la mesa.
—¿Con agua caliente?
—A mí me es indiferente, pero tal vez a él no —respondió Tilda Vasara.
Pan dio un brinco para tirar de la cuerda que accionaba la campanilla con la que llamaban al criado. En cuestión de segundos, Darius llegó proveniente del pasillo, algo desgreñado por haber estado echado sobre la pila de mantas donde dormía.
—Darius, necesitamos un cuenco de agua —le pidió Malcolm—. ¿Algo más? —consultó a la bruja.
—Tengo todo lo que necesito.
Darius inclinó la cabeza y se fue.
—¿Qué va a hacer? —preguntó Pan.
—Hay en la carne algo que no debería estar ahí, de modo que lo voy a seccionar. Después limpiaré la herida con musgo de la sangre.
Estaba abriendo una bolsita que llevaba colgada de la cintura. Malcolm observó como sacaba de ella un pequeño cuchillo de hierro con mango de madera, cuya hoja tenía la longitud de su dedo índice, y un atado de hierbas.
—¿Musgo de la sangre? ¿Qué es eso? —preguntó.
—Ustedes dirían que es un antiséptico y un analgésico, aunque tiene otras propiedades. Acuéstese, por favor.
Malcolm se tendió de costado sobre el montón de pieles, de tal modo que la herida quedase bien expuesta. Incluso con el contacto del aire frío, la notaba caliente.
—¿Le dieron algún medicamento para esto? —preguntó la bruja.
—Algunas pastillas para aliviar el dolor.
—¿Le sirvieron?
—De poco.
—El musgo de la sangre sí funcionará.
La puerta se abrió y Darius entró con un cuenco de cerámica.
Tilda Vasara le indicó que lo dejara en el suelo junto a ella.
Al hacerlo, el hombre miró con ojos desorbitados la herida de Malcolm.
La bruja desplazó la lámpara hasta el borde de la mesa para que le iluminara la pierna y, sentándose con las piernas cruzadas, aflojó el cordel del atado de hierbas para sacar tres o cuatro tallos y un polvoriento manojo de musgo de la sangre.
—Quítese el cinturón —dijo.
Malcolm obedeció la instrucción, convencido de que iba a utilizarlo como torniquete, pero en realidad ella lo dobló por la mitad, antes de volver a doblarlo una vez más. Después se lo devolvió.
—¿Para qué es?
—Para que lo muerda. Así chillará.
—Entiendo.
Pan, que no se perdía ningún detalle, preguntó:
—¿Puedo ayudar en algo?
—Ocúpate de la lámpara. Hay que despabilar un poco la mecha.
Sin dedos y sin manos, Pan tuvo que colocarse bajo la pantalla de vidrio y agarrar el mango con los dientes.
Estaba muy caliente, y sabía que si vacilaba o se movía sin cuidado y hacía caer la lámpara, prendería fuego en toda la habitación.
Tras despabilar la mecha, se retiró, creyendo percibir un olor a quemado proveniente de su pelambre.
—Así está mejor —aprobó la bruja.
Luego cogió el cuchillo, que Malcolm observó con la curiosidad que siempre le habían despertado las herramientas.
—¿Puedo verlo? —pidió.
La bruja se lo entregó y él lo hizo girar, sopesándolo y tentando el filo con la uña del pulgar.
—Está afilado —dictaminó.
—Todavía no lo bastante.
Tilda Vasara lo volvió a coger y se desplazó hasta el alféizar de la ventana, cuya piedra palpó buscando un sector que fuera menos rugoso.
Entonces escupió en la hoja y la afiló en la piedra, moviéndola como si estuviera quitando una capa de átomos de la superficie y tentando el filo hasta que quedó satisfecha.
—Ahora lo vamos a calentar —anunció—. ¿De dónde viene ese fuego?
El fuego de la hornacina ardía, como siempre, con constante vigor.
—Del interior de la montaña —respondió Malcolm.
—Fuego de la tierra, perfecto. Tenemos de todo.
Sostuvo la hoja del cuchillo sobre la llama, dándole vueltas hasta que empezó a refulgir.
Malcolm notó el olor de hierro caliente y Pan se agazapó a su lado, temiendo por él.
Aunque lo aterrorizaba la perspectiva de lo que iba a ocurrir al cabo de un minuto, no quiso darle la espalda, porque sabía que Lyra tampoco lo habría hecho.
—El cinturón —indicó la bruja.
Malcolm se acostó, se metió la punta doblada del cinturón entre los dientes y lo mordió con fuerza.
— Sisu —dijo al sentarse, inclinándose para realizar la primera incisión.
Malcolm arqueó la columna al tiempo que golpeaba con el cráneo el suelo cubierto de pieles. Percibió un lamento surgido de su garganta, notó el olor a carne y a músculo quemados, y oyó el crepitar que produjeron al chamuscarse los pelos de su pierna.
—Bien. Ahora viene otro corte.
La segunda vez fue peor. Parecía como si escarbara más o como si hundiera aún más la hoja, retorciéndola. Además de sentirlo, Malcolm oyó como el cuchillo raspaba el hueso.
—Ahora llega lo peor —advirtió ella.
Apenas la pudo oír, debido al golpeteo de la sangre en los oídos. Apretaba con tanta fuerza el cinturón entre los dientes que faltaba poco para que le crujiera la mandíbula.
— Sisu —repitió.
Retorció el cuchillo, aún a una mayor profundidad. Entonces ocurrió algo en su cadera, y de su garganta brotó un salvaje grito gutural, al tiempo que sonaba un nítido ruido de metal que le indicó que la bala había caído en el cuenco.
Malcolm no sabía dónde tenía las manos, aun siendo consciente de que tenía las uñas clavadas en las palmas.
Entonces notó que Pan le lamía una mano, aun sin saber cuál.
Tenía los sentidos embarullados en un estado de sinestesia caleidoscópica, permeados por un candente dolor.
Cuando la bruja le quitó con delicadeza el cinturón de la boca, sintió como si los dientes se le hubieran incrustado en el cuero y no lo quisieran soltar.
Respiró hondo, con afán. Tilda Vasara hacía otra cosa; oyó que removía con las manos el agua del recipiente, que escurría un trapo, que agitaba el líquido y que levantaba el agua en el cuenco de la mano y la dejaba caer.
—Daimonion, tráeme ese paño de seda de la mesa —solicitó.
Malcolm vio a través de un velo borroso como Pan saltaba a la mesa, agarraba el chal entre los dientes y volvía a bajar para seguir caminando, arrastrando la tela de seda tras de sí.
—Colócala plana a su lado.
Pan se puso en movimiento otra vez. Al notar que algo le tocaba la herida, Malcolm estuvo a punto dar un respingo, pero se contuvo. Parecía como si todos los nervios estuvieran expuestos al aire y que estos se proyectaran hasta su carne como un soplete.
—¿Qué está haciendo? —logró articular.
—Preparando una cataplasma de musgo de la sangre, que penetrará hasta todos los rincones de la herida, eliminará la infección y aliviará el dolor. Aunque ahora no lo crea, así va a ser. Solo tiene que quedarse inmóvil.
Sobre la herida cayó un líquido hirviente, ácido y lacerante. Malcolm se esforzó por mantenerse quieto, centrándose en la voz calmada con que ella le hablaba.
—Ahora viene más —le avisó.
Esa vez ya estaba acostumbrado, o bien no lo tomó desprevenido, o bien la sensación fue más refrescante.
—¿Qué es el musgo de la sangre? —preguntó.
—Crece en la tundra. No sé cómo lo llaman otros pueblos, pero este es el nombre que usamos nosotras: krovlishaynik . Musgo de la sangre. Quizá no sea musgo exactamente, pero es muy parecido. Cuando lo vemos, lo distinguimos. Daimonion, ¿hay otra prenda de seda en ese baúl?
Malcolm tomó conciencia de que tenía los ojos cerrados. Los abrió y pestañeó con fuerza. Entonces vio que Pan se introducía en el baúl de cedro y salía con una tela de seda entre los dientes. Apoyándose en un codo, observó como Tilda Vasara cogía la tela y formaba un hatillo con ella.
—¿Qué hace ahora? —dijo.
—Limpiar la herida. ¿Quién le disparó?
—Una mentirosa.
—¿La mató?
—Se disparó a sí misma antes de que pudiera impedírselo.
—¿Era una amante?
—En este caso, no.
—Entonces sí fue un acto de locura.
Estaba empapando la seda en el agua y aplicándola con suavidad a la herida, que sangraba con profusión.