El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 18. Noli me tangere #4
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18. Noli me tangere #4

Iba vestido a la usanza clásica, con un traje de lana gruesa, zapatos embetunados, cuello alto y corbata de rayas anchas.

Parmentier le tenía mucho afecto; el general Ravignac era leal a las tradiciones, el deber y las personas.

Su fornido y asmático daimonion spaniel abrió un ojo desde su sillón y agitó un par de veces la cola en el cojín antes de volverlo a cerrar.

—¿Qué tal avanzan esas memorias, general?

El general abarcó con un gesto el desorden de papeles que había en el escritorio y se trasladó para charlar con Parmentier junto a la chimenea.

—Hay demasiados recuerdos —repuso.

—En ese caso, se puede considerar afortunado. Algunas personas los pierden día a día.

—No acabo de decidir qué es importante, ¿ve? Las cosas que me causaron un impacto, las cosas que conseguí hacer… No sé qué debería incluir y qué debería descartar. ¿Sabe cuál es mi recuerdo más intenso?

—Cuénteme.

—Una chica a la que no llegué a besar. Ni siquiera llegué a dirigirle la palabra. Me quedé petrificado, ¿entiende? Era la chica más guapa que había visto nunca o que haya visto después… Yo tenía unos dieciocho años. Fue en una fiesta en una casa muy grande. Simplemente, no tuve arrestos…

—Ah, los remordimientos. Alguien dijo que lo que más lamentamos son cosas que no hemos hecho.

—Bien, nunca lo llegaré a saber, a menos que exista la vida futura. Quizá nos castigarán más por lo que no hicimos que por lo que sí hicimos. ¿Tiene la teología alguna opinión al respecto, padre?

—Seguramente que sí, pero ignoro cuál es. General, quería preguntarle si conoce a un oficial de la guardia que estuvo hace poco en Les Diablerets. Creo que se llama Schreiber, o tal vez Schneider.

El anciano reaccionó con un respingo.

—¿No se referirá a ese loco imprudente que mató al guarda forestal?

—No sabía que hubiera muerto alguien. ¿Hubo una explosión?

—Sí, la hubo —confirmó el general, adelantando el torso—. ¿Cómo se ha enterado?

—Soy miembro del nuevo Consejo, como ya sabe, del Consejo Supremo del presidente magisterial —respondió Parmentier, que ya había previsto la pregunta—. El asunto salió a colación en un subcomité y me pareció que debía averiguar su trasfondo.

—¿No lo pudo preguntar al jefe?

—¿A monsieur Delamare? No querría hacerle desperdiciar el tiempo. ¿Y qué le pasó a ese guarda forestal?

—Saltó volando por los aires, el pobre. Alguien del pueblo de al lado vio bajar poco después a un hombre con la gorra del batallón Alpino.

—¿Y eso fue en Les Diablerets?

—En una zona muy pendiente del bosque que hay más arriba del pueblo.

—¿Alguien investigó lo ocurrido?

—No. Está afectado por un tipo de orden a la que llaman NMT. No me toque , ya sabe.

—NMT… Noli me tangere! ¡Vaya! Nunca había oído hablar de eso.

—Igual que la mayoría de las personas. Es una consigna que se da a los periodistas: no publiquen nada sobre esto.

Nadie debe hablar ni escribir nada sobre el asunto.

Yo no sabría nada, ni nadie en general, de no ser porque el policía del pueblo de Les Diablerets es un viejo amigo mío y me tiene al corriente de lo que pasa.

—Qué interesante… ¿Es posible que ese soldado hubiera usado o probado algún nuevo tipo de bomba?

—Eso es lo que sospecho.

—¿Se sabía algo del lugar donde estalló?

Al ver que el anciano general fruncía el entrecejo y percatándose de su expresión inquieta y distraída, Parmentier se dijo que tal vez lo estaba fatigando.

—Es todo muy preocupante —comentó con sutileza.

—Le voy a contar algo. Hace uno o dos años, vino a verme un individuo inglés, un tal Beaming o Beamish, un académico de no sé qué especialidad.

Vino aquí porque había oído que yo me crie cerca de Les Diablerets y estaba buscando un sitio en concreto…

, una especie de formación geológica o algo por el estilo.

Aunque no sé si se trataba de algo de la atmósfera.

Como no entendí qué quería, no lo pude ayudar.

Sin embargo, cuando era niño circulaba una historia de una puerta situada allá arriba en la montaña, en el bosque, que daba al país de las hadas.

Se la conté a ese hombre. Eran bobadas, desde luego, cuentos de viejas, porque yo nunca la encontré ni conocí a alguien que la hubiera encontrado.

—¿La buscó realmente cuando era joven?

—Hombre, debí de haber ido a mirar un par de veces y no la encontré.

De todas formas, en las noches oscuras se oía algo, como cantos y campanas que no venían del pueblo.

No era como el sonido de la iglesia o de la posada, ni ninguno de los ruidos a los que estábamos acostumbrados. Era infinitamente distante y… Disculpe…

Sacudió un pañuelo almidonado con el que se enjugó los ojos. El viejo soldado estaba llorando. Parmentier guardó silencio y aguardó hasta que hubo carraspeado y guardado el pañuelo.

—Qué viejo más idiota —murmuró el general—.

Disculpe, padre. Me ha pillado por sorpresa.

Ese canto tenía una belleza sobrenatural.

No pude hablar de eso en su momento, porque los otros niños se hubieran reído.

Solamente lo oí un par de veces y me quedé con ganas de oírlo de nuevo.

Es la misma clase de sensación que me queda del baile, casi como si todo lo hermoso estuviera en otro mundo y hubiera una puerta que no alcancé a encontrar…

Parmentier se imaginó a su amigo el viejo soldado aquejado de artritis, el héroe del sitio de Monterrey, en su tienda de campaña la víspera de la batalla, rodeado de un ejército que dormía.

Algunos de sus hombres rezaban, sin duda, y otros sin duda se emborrachaban, mientras que el joven oficial se mantenía insomne con el anhelo por una chica cuya belleza lo había dejado mudo y por los cantos y sonidos de campanas de otro mundo, que le habían partido el corazón.

—Perdone, viejo amigo —dijo el general bruscamente, después de un carraspeo—. Esta mañana divago un poco.

Parmentier se quedó callado un par de minutos y luego añadió:

—Antes ha mencionado que había un soldado con la boina del batallón Alpino, ¿verdad?

—Anteriormente había un regimiento llamado los Chasseurs Alpins , que tenían una clase de boina particular e inconfundible, negra.

Por lo visto, ese tipo llevaba una igual.

También llevaba una insignia, que yo no identifiqué cuando me la describió el testigo, con una lamparita de esas de los romanos con una llama en la mecha.

Debían de ser ingenieros o algo así. El ejército está muy descabalado hoy en día. No entiendo ni la mitad de sus cuerpos.

—Ah, bueno… ¿Se sabe algo del hombre que resultó muerto? El guarda forestal.

—No. Dan por sentado que está muerto, aunque no hay cadáver ni nada. Solo hubo una explosión y nunca más lo volvieron a ver.

—Quizá encontró la puerta de entrada del país de las campanas y los cantos.

El general se limitó a emitir un gruñido.

—¿Y la policía no investigó nada? —prosiguió Parmentier.

—NMT.

—Ah, sí, entiendo… ¿Sabe quién dicta las órdenes NMT?

—Antes era un organismo llamado La Maison Juste. Pero ahora… —El general soltó un bufido y se encogió de hombros con teatralidad—. Más vale andarse con cuidado —advirtió—. El público no debe estar en principio al corriente de este tipo de cosas.

«La Maison Juste —pensó el sacerdote—. Delamare».

Después se puso en pie trabajosamente y le estrechó la mano al anciano.

—Perdone que no lo acompañe hasta la puerta, amigo mío —se disculpó el general—. Es siempre un placer hablar con usted. Vuelva pronto.