El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 18. Noli me tangere #3
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18. Noli me tangere #3

Las letras se fueron difuminando hasta acabar desapareciendo. Luego ocurrió algo distinto: en la superficie apareció de forma espontánea una marca que se movió dejando un rastro, como si fuera algo escrito. Era, en efecto, algo escrito.

Decía: ¿Lyra? ¿Eres tú?

Lyra se quedó tan atónita que soltó el lápiz, y Asta se bajó de un salto para recogerlo. Lyra lo volvió a tomar con mano temblorosa.

—¡Es la letra de Malcolm! —exclamó Asta.

Lyra recordó la elegante letra inclinada de la carta que le había llegado en los Fens. Era la misma.

Pese a los acelerados latidos de su corazón y a que a duras penas podía sostener el lápiz, escribió: ¿Dónde está Oakley Street?

Y recibió la respuesta:

Oakley Street no está en Chelsea.

Eso es cierto hasta donde llega.

Y la piedra respondió: Llega hasta el dique. Lyra, ¿de verdad eres tú? ¿Dónde estás?

En un ferri que va de Bakú a Krasnovodsk. ¿Y tú dónde estás?

Cautivo en lo alto de una gran montaña llamada Damāvand. Pan está conmigo.

Aquejada por una sensación de mareo, Lyra aflojó los dedos y el lápiz volvió a caer. Se apoyó en el respaldo de la silla, con el corazón tan desbocado que hasta le dolía la garganta.

Asta recuperó el lápiz y Lyra lo cogió. Temblaba tanto que, al escribir, le costó trazar las letras.

Y Asta está aquí conmigo .

Una oleada de emoción la recorrió de pies a cabeza. No habría sabido poner nombre a esa emoción: ya tenía suficiente con sentir su potencia y su inexorable autoridad, que la dejaba floja y sin fuerzas.

¿Estáis bien los dos? ¿A salvo?

Sí, sí.

¿Cómo es que tienes la piedra?

Mustafá Bey me la envió, me la hizo llegar. Malcolm, ¿eres tú de verdad? ¿Estoy soñando?

Soy yo de verdad.

¿Estás cautivo? ¿Quieres decir prisionero?

No exactamente. Más bien soy un huésped, pero custodiado por los grifos.

¿Y dónde?

Damāvand queda en el extremo meridional del mar Caspio. ¿Quieres hablar con Pan?

Ah, sí, sí, pero no de esta forma. Me basta con saber que está contigo. ¿Está…?

Sí, está bien. Está mirando y leyendo lo que escribimos.

Asta también. Ay, qué ganas tengo…, no sé…, de decirle a Pan que lo siento, que lo siento muchísimo.

Ya lo sabe. Él también lo siente.

Tuvo que parar un momento antes de poder seguir escribiendo.

¿Y estás con los grifos, de verdad?

Estoy en el palacio de su reina Shahrnavā z . Lo que ellos más desean por encima de todo es el oro, y estoy trabajando para arreglarle un aletiómetro. No me va a dejar marchar hasta que haya acabado.

¿Dónde lo consiguieron? ¿Es el mío?

Podría ser. Pan así lo cree.

Un grifo me lo robó… ¿Está muy destrozado?

La esfera está rota, pero la he retirado con la totalidad del mecanismo y estoy batiendo la caja de oro para darle forma. Lo único que le interesa a la reina es el oro. Guardaré las partes más importantes y más adelante las colocaré en otra caja.

¡Y yo tengo la aguja y la tapa de vidrio!

Mientras escribía aquella frase, oyó la sirena del ferri y notó un leve movimiento cuando los motores comenzaron a hacer girar la hélice. Al mirar por el ojo de buey, le dio la impresión de que el malecón y los edificios se alejaran lentamente, al tiempo que el ferri se adentraba en mar abierto.

En la piedra aparecieron más palabras:

¿Está contigo Ionides?

Sí. Tengo tanto que contarte que no sé por dónde empezar. Entonces, ¿lo conoces?

Vino a verme en Alepo y después me llevó al jardín de la embajada donde tú dormías.

El día en que se te llevaron los grifos.

Sí.

¿Estaba Pan contigo entonces?

No. Ya estaba con los grifos.

Estuvo en al Khan al…, no sé escribirlo bien, justo antes de que llegara yo. Fue entonces cuando los grifos se llevaron por los aires al hombre que tenía el aletiómetro. Siempre acaban robándolo, una y otra vez.

Yo se lo robé a Bonneville durante la riada.

¡Sí, claro! ¡Y después me lo diste a mí!

—Pregúntale cómo se va a ir de allí —pidió Asta.

Lyra escribió: Asta quiere saber cómo vas a irte de allí, y yo también.

Montado en un grifo —fue la respuesta—. Pan sabe cómo hay que hablar con ellos. ¿Y dices que vas a Krasno…? ¿Dónde está eso?

Krasnovodsk. En el otro lado del mar Caspio. ¿Cuándo vas a acabar de batir el oro?

Me falta un día, más o menos. Ah, y hay una bruja aquí. Trata de forjar una alianza entre su pueblo y los grifos para luchar contra el Magisterio, porque ya está desplazando tropas hacia el este. Sería algo inédito, que no se ha dado nunca.

Lyra marcó una pausa, para digerir la noticia.

Hay tantas cosas — escribió, y luego se detuvo—. Pero te estoy entreteniendo. Tienes que terminar esa tarea con el oro. De todas formas, es fantástico poder hablar, ¿no? Esta piedra no va a dejar de funcionar de repente, ¿verdad?

No creo, y sí, es fantástico. Estas piedras se llaman magnetitas resonantes, por lo visto. A mí me la envió Glenys Godwin, de Oakley Street. No tengo ni idea de dónde provienen.

Entonces a Lyra le vino a la memoria que los gallivespianos del mundo de los muertos tenían unos dispositivos como esos para hablar con su comandante, que estaba en otra parte…

Creo que yo sí lo sé —escribió—. Pero te lo contaré más adelante . —Tras un instante de vacilación, añadió—: Ten cuidado y que trabajes bien. Con todo mi cariño, Lyra.

Quizá se había excedido. No obstante, era demasiado tarde, pues las palabras ya se estaban difuminando. El ferri fue incrementando la velocidad a medida que se adentraba en el mar Caspio.

Georges Parmentier, el sacerdote del núcleo parroquial de la ribera oriental del lago, era tan terriblemente modesto que incluso su daimonion musaraña lo encontraba a veces apocado.

Cuando se lo hacía ver, él reaccionaba disculpándose, lo cual irritaba aún más al daimonion, que de todas formas era demasiado considerado como para reprochárselo, pues en el fondo comprendía que esa era su forma de ser y no lo podía evitar.

La vida que llevaban en la sencilla casa de un tranquilo barrio era simple, casta y ordenada.

Él no sospechaba siquiera lo mucho que lo valoraban y apreciaban sus feligreses, el grado de confianza que depositaban en él sus superiores, ni la fama que se había forjado.

Su nombramiento como miembro del Consejo Supremo lo había tomado por completo desprevenido y también le había causado después gran asombro el verse integrado en aquella pequeña facción que parecía haberse formado de forma casi espontánea con el fin de plantar cara a…

, a lo que quiera que fuese que estaba haciendo el presidente…

, en el supuesto de que lo hubiera entendido bien.

Su capacidad para comprender las cosas era otro rasgo de su persona que contemplaba con suma modestia.

—¿Qué deberíamos hacer, Sylvie? —planteó, mientras tomaba su tisana matinal en el jardincillo de su casa.

Aunque aún no había llegado el verano, hacía un día de sol y era muy agradable sentir su calor sentado debajo del nogal.

—Indagar las cosas, desde luego —respondió el daimonion.

—Sí, sí, de eso no cabe duda. Pero ¿por dónde empezar? ¿Por qué conviene interesarse primero?

—En lo que más nos disgusta, ¿no?

—El Consejo. Nunca debí haber aceptado integrarme en él.

—No, en efecto. Como no querías, aceptaste para sentir que te estabas sacrificando una vez más.

—Ah, no, tampoco exageres. Es algo que sentía que debía hacer, pese a que no me apetecía.

—Ya lo sé, pero tenías la opción de decir que no.

—Y ahora…, este grupo.

—Ellos te pidieron que te sumaras a ellos. Querían tu participación.

—Y ya están conspirando contra el presidente.

—Ahora eres tú el que exageras.

—No lo creo.

La musaraña se bajó por la pernera del pantalón y se puso a husmear el suelo en busca de insectos. Encontró una hormiga y se abalanzó sobre ella.

—¿Te sentías incómodo con él y ahora te sientes incómodo en contra de él?

—Sí, es verdad. No entiendo ese incidente donde hubo una explosión y quiero saber qué está pasando, igual que dijeron los otros ayer.

—Pues ve a ver al general.

—Ya me temía que irías a decir eso.

El daimonion volvió a subir por la pierna y se puso a mirarlo con severidad desde la rodilla.

—No, tenías esperanzas de que no lo dijera —espetó—. Termínate la tisana, que de todas formas ya está fría, y ve a verlo ahora mismo.

Así debía de ser, aunque a menor escala, vivir en matrimonio, pensó por milésima vez mientras lavaba y secaba la taza.

Pese a que el Magisterio no imponía el celibato, durante el periodo de formación previo a la ordenación, le habían dado a entender claramente que el matrimonio no era un estilo de vida óptimo.

Incluso un humilde párroco estaría en mejores condiciones de servir a la Autoridad sin las complicaciones y distracciones que representaban una esposa e hijos.

No obstante, en su fuero interno, consideraba que aquella no era la forma más idónea de vida.

Aun cuando el cariño impregnado de rigidez que había entre él y su daimonion era lo más importante de su vida, la presencia de una mujer bondadosa, cálida, amable y comprensiva, de suaves carnes…

Ya había divagado bastante. Tenía que ir a ver al general. Así se lo había indicado Sylvie.

—Es por un asunto de carácter militar —expuso a la criada que acudió a abrir la puerta.

La mujer no se había dignado a aprenderse su nombre. Le tenía desprecio porque nunca había sido soldado.

—El general está ocupado —replicó, tal como hacía siempre que él iba a visitarlo.

—Sí, ya me imagino. No le voy a quitar mucho tiempo.

La criada se hizo a un lado de mala gana. Su daimonion comadreja lo miró con cara de enojo desde el bolsillo de su delantal. Tras limpiarse los pies en el felpudo, el sacerdote la siguió por un oscuro pasillo que conducía a la puerta del estudio.

—Hágalo pasar —indicó el general antes de que la criada llamara a la puerta.

Después de abrir, la mujer dejó entrar a Parmentier, observándolo como si fuera un vagabundo.

—Le he visto entrar por la verja —dijo el anciano militar mientras se levantaba para estrecharle las manos—. ¿Cómo está, padre?