18. Noli me tangere #2
—¿No se han fijado en cómo ha corrido de una capital a otra durante las semanas previas para mantener entrevistas con los Gobiernos de toda Europa, y de más allá?
—Bueno, anunció sus diversos desplazamientos —reconoció la profesora Seidel—, pero de una forma desabrida; como si estuvieran vacíos de contenido, de hecho. A mí me había extrañado…
—Julius, explícanos lo de ese anuncio —solicitó Von Landsberg—. Dices que has visto un resumen de lo que va a decir, ¿no? ¿Cómo ha llegado a tus manos?
—Preferiría no precisarlo por ahora, pero os aseguro que es genuino.
Va a decir que en el nombre de la Autoridad y de la congregación entera de los fieles, es hora de acabar con una fuente de maldad que está corrompiendo las mentes y los corazones de innumerables personas, desde niños inocentes a hombres y mujeres dotados de puestos de poder e influencia, que hay que capturarla y destruirla.
—Pero ¿qué es? —preguntó la profesora.
—Seguramente, drogas —respondió, con aire confiado, Von Landsberg—. Debe de ser opio, o algo peor.
—La fuente o el origen de lo que sea —explicó el decano— está oculta en el corazón de un desierto del Asia Central, uno de los lugares más desolados y áridos que se puedan imaginar. El presidente posee información secreta al respecto. Pero, por supuesto, no se la ha comunicado al Consejo.
—¡Pues deberíamos exigir que lo haga! —exclamó Von Landsberg—. Esto es intolerable.
—Y esos tratados, acuerdos y demás… —planteó la profesora Seidel.
—Forman parte de un complicado tejemaneje diplomático. Está recabando apoyo, lo cual supone la garantía de poder contar con armas y tropas.
—Pero ¿por qué lo aceptan los otros Gobiernos? ¿En qué salen beneficiados?
—Formando parte de un gran movimiento, con el que se granjean la bendición de la más alta autoridad religiosa.
Proporcionando a sus poblaciones una causa que aclamar y un enemigo al que odiar —declaró el decano, con una mirada tan ardiente y tenebrosa que a la profesora Seidel le costó no desviar la vista.
—Pero para que haya una guerra debe haber un enemigo —argumentó Parmentier—, un Estado. Un país lucha contra otro país, no contra algo inconcreto y sin nombre situado en un desierto. ¿De qué país se trata, en este caso?
—Hombre, tendría que ser Cathay, o esa región denominada Sinkiang —opinó Morschach—. Pero él no lo llama una guerra, sino una campaña. El objetivo es obligar a rendirse, destruir esa… cosa.
—¿Y qué es esa cosa?
—Un sitio, o un edificio —respondió el decano—. Es lo único que se sabe. De todas formas, no cabe duda de que dentro de poco vamos a oír en la prensa unos cuantos rumores cuidadosamente formulados e historias exageradas. Agitación y propaganda.
—¿Se sabe qué postura ha adoptado el imperio de Cathay respecto a esta campaña? —planteó la profesora—. Eso equivaldría a una invasión de su territorio, ¿no?
—Cathay es un profundo misterio —afirmó Morschach—.
Tan solo disponemos de rumores, y dudo que algún país sepa mucho más.
Rumores de que el Emperador Dorado está enfermo, de que ha muerto, de que ha sido transportado en cuerpo al cielo, de que lo han depuesto y sustituido por una pura mecánica controlada por un espíritu maligno…
En resumidas cuentas, que lo que haga o piense Cathay es del todo imprevisible.
De todos modos, me da la impresión de que están interesados en lo que podría estar a punto de ocurrir en sus provincias occidentales.
—Pero ¿qué haremos ahora al respecto? —preguntó Von Landsberg.
—Eso depende de la clase concreta de relación que exista entre el presidente y el Consejo, cosa que nunca ha quedado bien definida.
¿Acaso nuestra función consiste en apoyar al presidente en todo lo que diga y haga, sin tener oportunidad de debatirlo ni vetarlo?
Y ahora, sin haber sido informados de nada sobre esta…
, esta campaña…, ¿nos van a llover de todas partes preguntas, de periodistas, políticos, académicos, de la ciudadanía en general, sin tener ni la menor idea de qué deberíamos responder?
Es intolerable, francamente intolerable, la verdad.
—¿Cuándo va a anunciar eso? —preguntó Parmentier.
—El domingo, tengo entendido —repuso Morschach—, en la celebración de la Última Cena. Va a dar un sermón en el que hará un llamado a todas las naciones de fieles para que se sumen a la campaña.
—Tal como bien dices, Jean Paul, es intolerable —convino la profesora Seidel—. Debemos ponerle freno.
—Deberíamos convocar una reunión de urgencia de la totalidad del Consejo —opinó Von Landsberg.
—¿De qué forma? —quiso saber Parmentier.
—Pues… ¡poniéndonos en contacto con todos los miembros y pidiéndoles que acudan a Ginebra!
—¿Tienes una lista de nombres y direcciones? —contestó el sacerdote—. Yo no la tengo, y sospecho que la única lista que existe está en poder del presidente.
—Conozco a unos cuantos, pero hay otros a los que no había visto antes —admitió la profesora Seidel—. En todo caso, prohibió de manera expresa que nos comunicáramos entre nosotros. Estoy segura de que esta reunión de ahora va contra las reglas.
Se produjo un breve lapso de silencio.
—¿Cómo permitimos que se nos colocara en esta absurda posición? —lamentó el decano.
—Tendremos que ir a verlo nosotros mismos y sin demora —declaró Von Landsberg, con la misma irritación que demostraba la erizada pelambre de su daimonion tejón.
—Está en París —objetó el banquero.
—Entonces mañana. Cuando vuelva.
—El problema estructural, el problema de base radica en la información —afirmó el decano—. Suceden cosas de las que solo se nos ha puesto al corriente de manera indirecta, o que hemos sabido por rumores. Un ejemplo de ello es ese soldado y sus explosivos.
—¿Qué es eso de los explosivos? —preguntó Von Landsberg.
—Un oficial de la Guardia que actuaba por cuenta propia hizo estallar una bomba, o una granada, en el bosque que hay más arriba de Les Diablerets. Una persona falleció o desapareció, pero parece como si nadie supiera nada ni demostrara el menor interés por esclarecerlo.
—Creo que oí algo sobre ese asunto —dijo Von Landsberg—. Era un tipo llamado Schneider, o puede que Schreiber, o Steiner. Quizá se tratase de un simple accidente.
—¿Tiene eso algo que ver con nuestra preocupación actual? —planteó el banquero.
—Solo en el sentido de que es una cosa más de la que no nos han informado —especificó el decano.
—No es la primera vez que se toman decisiones sin consultarnos —abundó Von Landsberg—.
Hubo también ese caso extraño del daimonion que no se había muerto cuando a ese, como se llame, el profesor alemán le dio un ataque de corazón.
No nos informaron de la decisión que se tomó de publicar la conferencia del profesor.
—Que van a rehacer y redactar hasta llegar a un nivel de incoherencia total —pronosticó la profesora Seidel—. Sí, fue un asunto extraño de principio a fin.
—Y precisamente por eso deberíamos estar al corriente de esos asuntos. Yo opino que deberíamos pedirle cuentas al presidente ahora mismo. ¿Y bien? ¿Quién está de acuerdo?
—Yo me pregunto —dijo Morschach— si nuestro presidente no tendrá un punto de inestabilidad mental. Por lo que tengo entendido, su madre está en un centro para personas desequilibradas…
—Bah, no son más que habladurías —contestó la profesora Seidel.
—De todas formas, creo que lo más prudente sería, ahora que hemos compartido nuestras inquietudes, no ir a hablar enseguida con él, sino pasar varios días investigando discretamente y después reunirnos cuando todos hayamos averiguado algo más —propuso Morschach.
—Con discreción y con prudencia —precisó la profesora Seidel.
Acordaron reunirse para cenar en el banco de Morschach al cabo de una semana, con cautela y discreción, como si se tratara de un encuentro informal o fortuito.
Lyra había cogido un camarote en el ferri.
Ionides dijo que prefería dormir en cubierta y montar guardia, pese a que no había señales de los dos individuos que los habían seguido desde la oficina de correos, ni se vislumbraba ninguna otra amenaza.
Puesto que el trayecto hasta Krasnovodsk duraba cuarenta y ocho horas, Lyra dispuso de tiempo de sobra para lavarse, cambiarse y después sentarse frente a la pequeña mesa situada bajo el ojo de buey y desenvolver el paquete que le había hecho llegar Mustafá Bey.
Lo primero que encontró fue una tarjeta en la que ponía:
Con mucha prisa. Si esto llega a sus manos, será que estoy en la cárcel o muerta. Use un lápiz. Glenys Godwin, Oakley Street.
Asta lo leyó también, mientras Lyra retiraba el papel del paquete interior. Dentro encontró una piedra plana, de color verde oscuro, de un tamaño algo mayor que la palma de su mano. Una de las caras era lisa, aunque no brillante, y la otra era un poco más áspera.
—Yo he visto una piedra como esta —dijo Asta—.
Malcolm tenía algo parecido. Se la dio alguien, no sé por qué.
Justo había empezado a examinarla cuando apareció el señor Ionides.
Yo vi que Malcolm la escondió, pero no miré más porque estaba sesteando.
«Use un lápiz» —volvió a leer en voz alta—. ¿Tienes un lápiz?
—Debe de haber uno en la mochila… —Lyra revolvió hasta localizarlo. Aunque casi no tenía punta, dejó una marca en la cara lisa de la piedra. Después de trazar una línea, se quedó mirándola—. ¿Y ahora qué?
—No te la habría enviado si fuera solo algo donde hacer anotaciones —señaló Asta—. Para eso puedes utilizar el papel. Tiene que ser…
—¡Mira! Se está borrando.
Era como si la línea se esfumara dentro de la superficie de la piedra.
Lyra escribió su nombre: Lyra Lenguadeplata . El lápiz se desplazaba fácilmente sobre la piedra.
—¿Qué ibas a decir? —preguntó.
—Solo que tiene que servir para otra cosa. Fíjate, otra vez se está borrando.