El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 18. Noli me tangere
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18. Noli me tangere

O livier Bonneville seguía cautivo en la casa del nuncio, en Alepo, tratando de sanar las lesiones de su daimonion y las graves heridas que había sufrido su orgullo.

Al menos, eso era lo que creía él porque, en realidad, al nuncio le habría encantado deshacerse de aquel fastidioso muchacho.

No obstante, puesto que le convenía tener una buena excusa para no arriesgarse a salir libremente durante un tiempo, Bonneville se quedó disfrutando de tres comidas al día y de una cómoda habitación, donde pasaba la mayor parte del tiempo con el aletiómetro.

Averiguó ciertas cosas bastante intrigantes.

En primer lugar, que la chica se había ido de Alepo y viajaba hacia el este.

No obstante, había algo que causaba confusión en el nuevo método: o bien este estaba demostrando su insuficiencia para funcionar con perspectiva en más de tres dimensiones, o bien él era simplemente incapaz de leerlo en aquel momento.

Como la última posibilidad le parecía absurda, la descartó y se acordó del ejemplar de la Alethiometrica Explicata , de Spiridion Trepka, que había robado en la biblioteca del priorato de San Jerónimo antes de irse de Ginebra.

Con ayuda de este, logró leer el instrumento sin sufrir mareos.

Aun siendo limitado y superficial, Trepka era preciso hasta el momento y, pese a que la técnica de Bonneville había quedado algo anquilosada, había conseguido seguir el itinerario de Lyra de forma más cómoda que con el nuevo método.

Tal vez su sentido del equilibrio había quedado trastocado a raíz de las patadas que le dio la chica, o quizá el ala rota de su daimonion tuviera una repercusión psicológica; sí, era eso.

El nuevo método se restablecería una vez que se le hubiera curado el ala.

Entre tanto, sabía dónde estaba Lyra, aunque había algo confuso…

Por el momento, más valía no preocuparse por ello.

En segundo lugar, había centrado también la atención en Ginebra y el Magisterio.

En la medida en que se lo había permitido el nuevo método, se había mantenido al tanto de la política del nuevo Consejo Supremo, y agradecía la oportunidad de indagar más en ello sin que esa perspectiva le provocara náuseas.

Delamare concentraba grandes cotas de poder con habilidad y delicadeza; no había prácticamente ninguna persona al margen del Consejo que comprendiese de manera cabal hasta qué punto se había incrementado, de manera sutil y callada, la autoridad del presidente.

Hasta el propio Consejo estaba tan complacido con la manera como se llevaban a cabo las cosas entonces, con probada eficiencia y un determinismo que no requería esfuerzo, que todos sus miembros lo respaldaban.

A ello contribuía el incomparable tacto con que retribuía a cada uno: un nuevo oratorio por aquí, financiación de un periodo de estudio en un centro de reposo de la costa mediterránea por allá, discreta comprensión de algún asunto turbio de familia acullá…

Aun sin alcanzar a percibir todos los detalles, Bonneville entendía perfectamente cómo se desarrollaban las cosas.

La constatación lo mortificaba, en cierto modo, pues las circunstancias que, según percibía, se volvían predominantes en Ginebra eran exactamente el tipo de escenario de fondo en que él habría podido prosperar sobremanera, con sus talentos particulares.

Una vez que se hubo formado una idea de las diferentes personalidades que componían el Consejo, Bonneville dejó a un lado la vieja Alethiometrica Explicata para volver a usar el nuevo método.

De forma titubeante, por periodos de tiempo muy cortos, se asomaba y se retiraba en el momento en que su percepción empezaba a vacilar y alterarle el equilibrio.

Inspeccionó uno a uno a los miembros del Consejo, que se encontraban bajo el mando de Delamare.

A un par de ellos los había visto, a otros los conocía de oídas, pero había algunos de quienes no sabía nada.

Al parecer, tenían previsto reunirse una vez al mes en La Maison Juste, eran veinticuatro, y quienes vivían y trabajaban fuera y no se hallaban en condiciones de asistir cada mes podían designar a otros para que los representaran, aun cuando los delegados no tenían derecho de voto.

Bonneville logró seguir los vericuetos del debate solo hasta cierto punto antes de que el nuevo método dejara de dar resultado, y ese tipo de detalles quedaban fuera del alcance del procedimiento de Trepka.

Había algo que lo bloqueaba y no conseguía descubrir qué era.

«Tiene que ser una cuestión de bienestar físico», se dijo.

Intelectualmente está muy en forma; era consciente de haber llegado a un álgido nivel de claridad de pensamiento.

Pero la patada en los riñones y el ala rota del daimonion eran heridas de guerra que tenían su repercusión.

De haber perseverado con el nuevo método, tal vez lo habría averiguado, pero carecía de fuerza física para ello y, por consiguiente, no vio qué había detrás de ese bloqueo de su percepción.

La causa era muy sencilla: Marcel Delamare había aconsejado a cada uno de los miembros del Consejo, de forma privada y confidencial, y con muy buenas palabras, que sería mejor para el Magisterio, y en especial a título personal para ellos, que no hablaran entre sí sobre asuntos concernientes al Consejo al margen de las reuniones oficiales de este.

El presidente les daba así a entender que ellos mismos gozaban de su entera confianza, pero que no era ese el caso para los demás miembros.

Podían, por supuesto, comunicarse entre sí por escrito, pero era preferible que las cartas pasaran primero por la oficina del presidente, de tal modo que pudiera aconsejarlos sobre cuestiones de normativa o aclarar malentendidos.

Dado que aquel tipo de Consejo era algo inédito, nadie podía protestar alegando que nunca habían tenido que comportarse de esa forma.

El presupuesto de base era que el presidente sabía más de esas cosas.

Aparte, los miembros que vivían relativamente lejos de Ginebra no se conocían bien entre sí, de todas formas, y habrían sido escasas las probabilidades de que se encontraran de manera informal o por simple casualidad, de tal modo que nadie vio nada sospechoso en dichas disposiciones.

De esta forma, no hubo cismas, ni pequeñas fisuras de disensión que pudieran dar pie a un cuestionamiento en regla, cuando menos de entrada.

No obstante, algunos miembros del Consejo vivían en Ginebra o en los alrededores, y en ocasiones algunos de ellos coincidían en encuentros informales o fortuitos, y de forma inevitable, pues así es la naturaleza humana, acababan hablando del Consejo, o del presidente, o de las normas que había impuesto este, o de los rumores de la inminencia de una guerra, o de cualquier otro tema que les llamara la atención; y, como era natural también, algunos de ellos se sentían constreñidos ante las limitaciones impuestas a las conversaciones.

De esta forma, en la sala de retiro del Colegio Episcopal, tres hombres y dos mujeres celebraron una noche una reunión informal después de haber disfrutado de una agradable cena.

Habían acudido allí para tratar de manera totalmente legítima algo que no guardaba relación alguna con el Consejo Supremo, y puesto que ya habían despachado satisfactoriamente dichos temas hacía varias horas, y dado que los cinco eran miembros del Consejo y que los demás invitados, que no lo eran, se habían marchado, no fue de extrañar que la conversación girara en torno al funcionamiento del nuevo Consejo.

Todos se conocían bien, tanto que podían considerarse amigos.

Con excepción de la advertencia del presidente, no había nada que les impidiera sincerarse en compañía de personas en quienes confiaban y con quienes compartían muchos puntos de vista.

Además, la comida había sido excelente y había estado regada con generosas dosis de vino.

El fuego ardía animadamente en la chimenea; disfrutaban de la hoja de fumar; los sillones eran muy cómodos y los daimonions reposaban arrellanados en los regazos o en los mullidos respaldos de los asientos.

—Me alegra mucho —dijo su anfitrión, el decano del Colegio Episcopal, un hombre delgado, vehemente y entusiasta— poder contar con esta ocasión para hablar en privado. En vista de lo que está a punto de anunciar el presidente, faltaríamos a nuestro deber si no tratáramos del asunto…

—¿Y qué está a punto de anunciar? —preguntó Karl von Landsberg, un individuo fornido, de barba roja y porte militar que trabajaba como alto funcionario en el Tribunal de Causas Comunes.

—Ahí está el quid de la cuestión, Karl. Tendrían que habernos informado, y no ha sido el caso.

—¿Es acaso una cuestión que depende del Consejo? —planteó Mariette Seidel, una profesora de filología de Lausana.

—¿Se refiere a esa declaración de guerra? —preguntó Julius Morschach.

Era un banquero, rico hasta lo inimaginable, entrado en carnes, pulcro e ingenioso.

—En efecto —confirmó el decano.

—Se trata de algo completamente novedoso para mí —admitió el quinto miembro del grupo, Georges Parmentier, que apenas había hablado durante la velada.

Era párroco de una pequeña localidad cercana a la orilla oriental del lago, con fama de profesar una piedad simple, que no era inmerecida del todo—. ¿Guerra, ha dicho?

—Nuestro presidente está a punto de anunciar el inicio de una «campaña Santa» —especificó el decano, de tal forma que las comillas resultaron casi audibles—, con el fin de capturar de algo, en algún lugar, que según va a asegurar, es una fuente de inspiración y un objeto de reverencia para los enemigos de la Autoridad.

—¿Cómo? ¿Una campaña santa? ¿Qué significa eso? —inquirió Von Landsberg.

—Una guerra —tradujo el banquero Morschach—. He visto un resumen de lo que planea decir.

—Pero ¿cómo…?

—¿Dónde lo…?

—Pero ¿qué diablos?

—¿Una guerra?