El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 17. El profesor de francés #3
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17. El profesor de francés #3

Cuando se hubo colocado a hacer cola detrás de la mujer, el daimonion de esta, un verderón, se puso a mirar con curiosidad a Asta y luego cuchicheó algo al oído de la mujer.

Esta se disponía a darse la vuelta, pero en ese momento el empleado regresó al mostrador para entregarle un puñado de cartas.

Entonces las cogió, firmó un recibo y después se marchó, sin prestar atención a los gorjeos de su daimonion, que estaba manifiestamente agitado ante la idea de que Lyra y Asta no fueran una sola persona.

Lyra, por su parte, avanzó y puso el laissez-passer de Mustafá Bey encima del mostrador. El empleado se ajustó las gafas y empezó a leerlo. Luego desplazó la vista hacia Lyra, quien, dando prueba del descaro acumulado a lo largo de su vida, le devolvió una mirada cargada de aplomo y tranquilidad.

—Ah —exclamó el empleado.

Viendo que este inclinaba con incertidumbre la cabeza, lo recompensó con una sonrisa interrogativa al tiempo que separaba las manos.

El hombre murmuró algo que no alcanzó a oír y luego se volvió para preguntar a un supervisor.

Lyra cogió el papel y lo guardó en el bolsillo, pero después lo tuvo que volver a sacar para enseñarlo al encargado que acudió con él.

Este le dijo algo que, aun sin comprenderlo, Lyra no dejó de interpretar.

Tras leer con actitud de veneración las palabras Mustafá Bey, habló con aspereza al subordinado, el cual se alejó a toda prisa.

Con un amago de reverencia, el supervisor dirigió un par de frases a Lyra, quien asintió con una sonrisa amable y expresión comprensiva.

Después desplazó la atención para ponerse a observar la arquitectura del edificio, con sus columnas de mármol, ventanas arqueadas y mosaicos en el techo, que ilustraban la velocidad y eficacia del servicio postal azerbaiyano.

El empleado regresó con un paquetito en la mano.

Disimulando su asombro, Lyra se inclinó para firmar el formulario que le presentó el encargado y después cogió el paquete.

Comprobó el nombre del destinatario: alguien había escrito «Para su majestad la reina Tatiana Iorekova» con letra clara y fluida.

El paquete, envuelto con eficaz esmero y sellado con cordel y lacre, era sorprendentemente pesado.

— Merci, messieurs —dijo, aceptando las reverencias del empleado y el supervisor.

El individuo que hacía cola detrás de ella la observaba con curiosidad. Sin hacer caso a ninguno de ellos, Lyra se encaminó con elegante porte hacia la gran puerta, que un hombre le sostuvo con deferencia para dejarla pasar.

—Vaya, estoy impresionado —reconoció Asta, mientras se dirigían al quiosco de prensa.

—Es extraordinario lo que se puede conseguir teniendo un papel firmado por Mustafá Bey.

—¿Tenían algo para la reina? —consultó Ionides en voz baja—. Qué bien. ¿Tiene un bolsillo? Guárdelo allí sin que nadie se entere de lo que hace. Ahora yo me voy a poner a caminar por ese lado y usted venga conmigo, sin alejarse.

—¿Nos está siguiendo alguien? —preguntó Lyra.

Guardó el paquete con disimulo, o así lo pretendió, en el bolsillo izquierdo de la falda. No alcanzaba a imaginar qué podía ser, ni quién lo había enviado, ni por qué razón. En vista de la respuesta de Ionides, ese no era, en todo caso, el momento idóneo para averiguarlo.

—Dos hombres. Han estado mirando como entraba y han esperado a que saliera. No se aparte de mí.

Echó a andar con paso desenvuelto y ella se fue con él. Asta se mantenía pegado a sus talones y el daimonion gecko de Ionides miraba hacia atrás, encaramado en su hombro. Lyra notaba el peso del paquetito en contacto con el muslo.

En el centro de la plaza, estaba la estatua ecuestre de un guerrero, que parecía ser un punto de encuentro para los ciudadanos de Bakú.

Aparte, había una zona ajardinada con césped y macizos de flores, y bancos y un puesto donde se vendía comida y bebida.

Ionides señaló hacia allí, desde el otro lado de la calle.

—Si nos sentamos allá, tendremos una buena vista para observarlo todo —dijo—. ¿Tiene hambre, señorita Plata?

—He comido una pasta, pero no era gran cosa.

Lyra se detuvo, junto a Ionides, en el primer semáforo y aguardó en compañía de media docena de transeúntes.

—¿Están por aquí? —murmuró.

—Están cerca, espiando —repuso el daimonion gecko—. Van a atravesar con nosotros cuando cambie el semáforo.

—Entonces —indicó Lyra, en voz muy baja, de tal forma que solo pudieran oírla Ionides y Asta—, vamos a ir más despacio que estas otras personas y, a medio cruzar, cambiaremos de idea y retrocederemos de pronto. Cuando yo dé la señal. El semáforo no va a durar mucho en rojo.

—Señorita Plata… —quiso aducir Ionides.

En este preciso momento, el semáforo se puso en verde y el grupo de peatones empezó a distanciarse de la acera. Lyra siguió la corriente, junto con Ionides, y los dos individuos acudieron detrás. Cuando habían atravesado tres cuartas partes del ancho de la calzada, Lyra los avisó.

—¡Ahora!

Se volvió y echó a correr en dirección contraria.

Asta se precipitó delante y Ionides la siguió sin vacilar.

Los dos individuos se vieron neutralizados por la sorpresa.

En un primer momento, se pararon en seco, como si quisieran ir en pos de Lyra, pero luego debieron de caer en la cuenta de que con ello se iban a delatar y se quedaron dudando.

Para entonces el semáforo había cambiado y los vehículos se abalanzaban en tropel hacia el paso de peatones, cortándoles el paso para poder perseguirlos.

—Ha estado genial, señorita Plata —elogió Ionides—. Ahora, vayámonos antes de que puedan volver.

Abandonaron la plaza y se desviaron a la derecha por una calle más angosta. Luego torcieron a la izquierda para entrar en otra animada calle comercial, justo en el momento en que un autobús se detenía en una parada.

—Subámonos —propuso Lyra.

Así lo hicieron, en compañía de tres personas más. Ionides preguntó algo al conductor y pagó el trayecto. Después se sentaron cerca de la puerta.

—Reina Plata, tiene usted mucha suerte —anunció Ionides—. ¿Sabe adónde va este autobús? A la terminal marítima de pasajeros.

—Perfecto —se congratuló ella.

—¿Todavía tiene el paquete que le ha llegado por correo?

—Desde luego.

Mientras el autobús se alejaba, ella e Ionides, y Asta y el daimonion gecko miraron en derredor para ver si los seguía alguien, pero no detectaron a nadie que pareciera sospechoso.

Entonces Lyra sacó, urgida por una intensa curiosidad, el paquetito cerrado con el cordel y el lacre.

—¿Sabe quién lo ha enviado? —preguntó Ionides.

—No tengo ni idea. Como va dirigido a la reina, supongo que no puede ser nadie más que Mustafá Bey.

Examinó con atención la marca grabada en el lacre y después la comparó con la que este había estampado con su anillo en el laissez-passer . Era la misma: dos caracteres arábigos entrelazados por medio de elegantes volutas.

—El mismo, ¿no?

—Sí. Voy a tener que romper el precinto para abrirlo. Es una lástima, con lo bien cerrado que estaba.

El autobús se movía entre un denso tráfico.

Lyra resquebrajó el lacre y lo retiró. Entonces encontró un complicado nudo en el cordel que había debajo.

Mientras trataba de deshacerlo con las uñas, Ionides se mantenía atento a la calle, a los pasajeros que subían, los edificios de los alrededores y el recorrido del vehículo.

—¿No lo quiere cortar? —dijo.

—No. Puede que en otro momento necesite el cordel. Ya casi he terminado.

—Malcolm también lo conservaría —aprobó Asta.

Una vez que hubo desatado el último bucle del nudo, sacó el cordel y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Después, al desplegar el papel marrón, encontró dentro otro paquete, que iba dirigido a la señorita Lyra Lenguadeplata, A/A Mustafá Bey, café Marletto, Alepo.

El autobús se detuvo. Bajaron cuatro pasajeros y subieron tres. Lyra encontró en el paquete de dentro una nota, con el sello de Mustafá Bey estampado con tinta roja.

Majestad:

Sea quien sea la persona que le envió este paquete a través de mí, es alguien dotado de gran inventiva y fe,

que confío se vea recompensada cuando usted lo abra. Espero que disfrutara de un cómodo viaje hasta Bakú.

Saludos solemnes,

M USTAFÁ B EY

—Tengo que escribirle un informe —recordó Lyra—. Lo haré en cuanto estemos instalados en el ferri.

El paquete interior estaba asegurado con cinta adhesiva y no con lacre, y la dirección estaba escrita con vigorosos trazos de tinta negra.

No había remitente. Por la manera como estaba envuelto y la presentación de la dirección, Lyra intuyó que lo habían enviado de manera precipitada.

Le costó tanto despegar la cinta adhesiva que el autobús llegó a su destino antes de que hubiera quitado el papel.

—Más vale dejarlo para después —le aconsejó Ionides—. Estamos en la terminal del ferri.

Los demás pasajeros se estaban levantando y recogiendo sus cosas.

Varios de ellos iban a embarcar probablemente en el ferri, porque llevaban maletas o mochilas, y había una madre con dos niños pequeños que tuvo que abrirse paso hacia la puerta cargada con un cochecito plegado y una pesada maleta.

Un hombre se ofreció a ayudarla a llevar la maleta, pero ella sacudió la cabeza con nerviosismo.

Uno de los niños lloraba. El hombre volvió a decirle algo y, angustiada y aturdida, la mujer le permitió al final que llevara el cochecito.

Detrás de ellos, los pasajeros se impacientaban; el conductor miraba hacia atrás para ver a qué se debía el atasco; Lyra guardó el paquete en la mochila y se volvió a sentar a esperar hasta que pudieran bajar.

Al cabo de dos minutos, los demás pasajeros habían abandonado el autobús. Lyra, Asta y Ionides se encontraban frente a la terminal de la Moderna Compañía de Ferris Transcaspianos, y el paquete permanecía a recaudo, sin abrir, cobijado en la mochila.