17. El profesor de francés #2
—No lo sé. El destructor de vínculos… Esa era la frase que lo acompañaba.
—Me ha picado la curiosidad. Deje que lo consulte.
Sacó uno de los gruesos y desgastados volúmenes de una vieja enciclopedia.
—Alkahest… Aquí está. Es un término de alquimia.
«El disolvente universal imaginado por los alquimistas…
», «Un material buscado por los alquimistas, capaz de disolver el resto de…
». Aquí hay más información, pero viene a decir lo mismo, quizá porque nunca llegaron a descubrirlo realmente.
Es el destructor de vínculos al que alude.
Supongo que en eso quedan incluidos los enlaces atómicos, entre otros.
—Gracias —dijo Lyra—. No sé si acabo de comprenderlo, la verdad… De todas formas, al menos sé un poco más.
—¿Guarda relación con algo que está buscando? —preguntó él, al tiempo que colocaba el volumen en la estantería.
—Supongo que sí, pero no sé por qué.
—¿Adónde va a ir a continuación?
—Más allá, hacia el este, pero como hay que atravesar el mar, no sé…
—Hay líneas regulares de ferri, tres veces por semana. Van hasta Krasnovodsk, creo, y pueden ir incluso más lejos si el capitán así lo desea o si alguien le paga por cubrir ese tramo. ¿Y después?
—Ah, después voy a ir más lejos aún. ¿Sabe quién es Mustafá Bey? ¿Ha oído ese nombre?
—Sí, ¿cómo no? Es una persona importante. No lo conozco en persona. Claro que no creo que le interese aprender francés, porque seguramente ya lo habla. Es muy rico e influyente. ¿Por qué pregunta por él?
—Hemos venido aquí desde Alepo en un autobús de su empresa. Era muy cómodo. No sé si sus autobuses tienen alguna ruta que continúe hacia el este.
—Lo siento, no lo sé —respondió Green.
—¿Me permite hacerle una pregunta? —intervino Asta, desde el brazo del sofá.
Lyra había advertido que el daimonion había ido a instalarse allí en el momento en que había hecho mención a Oakley Street y había reparado, al igual que Green, en la atención con que escuchaba.
—Por supuesto —repuso este—. No sé si conoceré la respuesta, pero puedo probar.
—¿Qué sabe usted de los grifos?
El hombre pestañeó, sorprendido, y se pasó la mano sobre la cabeza.
—Pues… prácticamente nada. Supongo que existen, pero tienen muy poco que ver con los seres humanos.
Se pueden ver de forma ocasional en alta montaña, según tengo entendido, aunque yo nunca los he visto.
Entran en esa categoría de cosas situadas en las partes nebulosas del mundo que son mitad mitología y mitad verificables.
En todo caso, pertenecen a un ámbito diferente, a una manera diferente de ser y a un orden diferente de cosas…
No sé quién tendría conocimientos sobre ellos, porque la mayoría de gente, en especial las personas instruidas, no querrían hablar de ellos, de la misma forma como tampoco hablan de fantasmas ni de apariciones, porque los considerarían como individuos extraños.
—Gracias —dijo Asta.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque vimos uno.
—Ah —contestó el hombre, con una educada sonrisa.
—Creo que es hora de que lo dejemos trabajar —dijo Lyra—. Seguro que tiene clases que preparar. ¿Son sus alumnos niños en su mayoría o más bien universitarios?
—Tengo niños que se preparan para los exámenes, unos cuantos adultos con tiempo disponible e interés por la cultura francesa, y varios hombres de negocios que quieren comerciar con países de habla francesa. Hay un poco de todo.
Lyra se puso en pie y le estrechó la mano. «Un hombre melancólico», pensó, resumiendo sin duda la impresión que se habría llevado Pan. Green los acompañó hasta la puerta.
—Un hombre amable, apenado por su pérdida —comentó Asta en las escaleras—. Es una persona valiente. Lástima que no nos haya podido dar mucha información.
—Ah, yo creo que sí —discrepó Lyra.
Una vez afuera, aguardaron para cruzar la bulliciosa calle y encontraron a Ionides en una terraza, inmerso en la lectura de un periódico en lengua persa. Aunque advirtió su presencia, no levantó la vista.
—Haga como que no me ha visto —le dijo en voz baja cuando estuvo cerca—. Vaya adentro. Quédese cinco minutos y después salga y vaya a reunirse conmigo un poco más allá, por allí.
Indicó con un breve movimiento de cabeza la dirección del centro de la ciudad.
Ella pasó discretamente de largo y entró en el café, que era también panadería y confitería.
Tras simular una gran indecisión para escoger lo que quería, compró una pasta y salió sin apresurarse, para después enfilar la Huseyn Javid Prospekt.
—Ha visto que alguien vigilaba —dedujo Asta.
—Yo no he podido mirar a mi alrededor. ¿Tú te has percatado de alguien que merodeaba cerca?
—Desde donde estoy, no. Hay demasiado trajín.
Lyra siguió adelante tendiendo la vista al frente y hacia el otro lado de la calle, procurando mover lo menos posible la cabeza.
En un momento dado, se detuvo a mirar el escaparate de una tienda de ropa, aunque lo que en realidad observaba era a las personas que había detrás de ella.
Después prosiguió a paso lento. Unos cuatrocientos metros más allá, vio que había un cruce con un semáforo.
Como estaba verde para los vehículos y el tráfico era denso, había cuatro o cinco personas esperando para cruzar.
Ionides era una de ellas. Lyra y Asta llegaron justo antes de que cambiara el semáforo. Él no se volvió a mirar y ellos atravesaron la calzada tras él y después se adentraron por una calle estrecha. Entonces él se paró delante de una librería a mirar el escaparate. Lyra lo imitó.
—¿Qué tal le ha ido con ese profesor de francés? —preguntó Ionides.
—He averiguado algo interesante, aunque de forma indirecta. ¿Nos está siguiendo alguien?
—Sí. Estaba mirando la casa. Cuando usted ha entrado, ha anotado algo y se ha quedado esperando. Se ha quedado mucho rato, señorita Plata.
—¿Todavía estaba allí cuando he salido?
—Sí. Ha vuelto a anotar algo, pero no la ha seguido a usted ni a mí hasta aquí. Se ha quedado allí, vigilando quizá a ese tal Green.
—Espero que no le pase nada… Señor Ionides, ¿adónde deberíamos ir para recoger un correo postal? ¿Cree que debe de haber una oficina principal de correos?
—Es el mejor sitio por donde empezar. ¿Cree que igual le han enviado algo?
—No cuesta nada ir a preguntar.
—¿Como la señorita Plata o como la reina Tatiana?
Lyra lo miró con una carcajada.
—No se me había ocurrido pensarlo. Tendría que ser ambas cosas.
—Tanto si pregunta por un nombre como por otro, va a necesitar papeles.
—Tengo el laissez-passer que me hizo Mustafá Bey para la reina Tatiana, pero solo he sido reina desde entonces.
—Solo vas a tener una oportunidad —advirtió Asta—. No puedes dar un nombre y luego otro si no aciertas a la primera. Veamos, ¿quién podría haberte enviado algo aquí a Bakú?
—Mmm. Uno nunca sabe. De todas formas, vale la pena intentarlo. Vamos a buscar la oficina de correos. Después compraremos los billetes para el ferri.
—¿Un ferri para dónde? —preguntó Ionides.
—Para donde sea. Lo importante es cruzar el mar. El señor Green ha dicho Krasnovodsk. ¿Qué opina usted?
—A ver, deje que lo piense. Primero vamos a la oficina de correos y después decidimos.
¿Cómo podría haberle enviado alguien una carta?
, pensó Lyra. Era una idea peregrina. No obstante, la mención de Oakley Street se iba repitiendo, como si rebotara, y tenía la sensación de que las cosas estaban conectadas, como en la comunidad secreta, de una forma misteriosa que no se ceñía tan solo a la mera ley de causa y efecto.
Mientras caminaban por las bulliciosas calles hacia el lugar donde Ionides creía que se encontraba la oficina de correos, sentía inquietud y excitación a la vez.
Era como si hubiera trabajado para resolver un complicado problema de matemáticas e intuyera que le faltaba poco para encontrar la solución, pero aún no fuera capaz de verla.
Ni de imaginarla, añadió para sí, consciente de su ferviente deseo de volver a hablar con Pan sobre cosas y mundos imaginarios.
Si seguía por aquellos derroteros, sin embargo, lamentando que su daimonion se hubiera marchado en busca de su imaginación, caería en una espiral de remordimiento, miedo e infelicidad.
«Nada por aguas limpias —se dijo—. Apártate de ese remolino de estancamiento.
Confía en el mundo, pero fluye por corrientes cristalinas».
La oficina de correos principal se encontraba en un extremo de una espaciosa plaza ocupada por un denso tráfico. Para poder cruzar la calle, tuvieron que esperar a que cambiara el semáforo.
—¿Qué? ¿Quién vas a ser? —preguntó Asta cuando estaban ya en el vestíbulo.
—En realidad, me conviene más ser la reina, porque es la única identidad para la que tengo papeles.
—Yo esperaré por aquí —dijo Ionides, antes de dirigirse a un quiosco de prensa.
Lyra estaba segura de que, si dispusieran de tiempo, Ionides podría localizar a alguien capaz de falsificar nuevos documentos con el nombre que escogiera.
Por el momento, sin embargo, tenía que ser la reina y aceptar todas las dificultades que ello acarreaba, como por ejemplo el problema inmediato que suponía encontrar el mostrador adecuado en el vestíbulo central en medio de la multitud de rótulos escritos en tres alfabetos diferentes.
—Te voy a tener que hacer subir otra vez, porque no puedo leer los carteles —le indicó a Asta, agachándose—. Perdona.
Asta se posó de un salto en su hombro y Lyra se enderezó a continuación.
Todavía le resultaba extraño tener tan cerca al daimonion de otra persona.
Esa clase de intimidad generaba casi una especie de timidez.
No obstante, Asta, que participaba de los conocimientos de lenguas que tenía Malcolm, se puso a mirar un momento a su alrededor sin expresar protesta alguna.
—Por allí a la izquierda. Es el mostrador donde aguarda esa mujer de la chaqueta roja.
—Gracias —dijo Lyra, antes de inclinarse para depositarlo de nuevo en el suelo.