El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 17. El profesor de francés
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17. El profesor de francés

L a villa Victor Hugo, situada en Huseyn Javid Prospekt, era un pomposo edificio con una fachada de mármol cargada de elementos decorativos, que debió de haber albergado algún ministerio o embajada de alguna potencia imperial, pero que había pasado sin duda a cumplir funciones de menor categoría.

Lo habían dividido en apartamentos y oficinas, y contaba con una guardería en la planta baja.

—¿Quién es ese tal Horace Green? —preguntó Ionides, mientras observaban la deslucida entrada—. ¿De qué lo conoce?

—Vi su nombre en la agenda de alguien. Tenemos algo en común y pensé que me podría ayudar. Pero debería ir sola, únicamente con Asta. ¿Me puede esperar un rato? Mire, hay un café allá.

—Si necesita ayuda, viene corriendo y yo me termino el café ipso facto.

El portero informó a Lyra de que debía subir al segundo piso, por medio del ascensor revestido de madera de roble.

La puerta número 23 era una de las cuatro que había en ese rellano.

Había llegado a las diez de la mañana, pues había calculado que esa era una hora decente para ir a visitar a alguien.

Llamó al timbre. Al cabo de medio minuto, se abrió un resquicio de puerta y por esta asomó la cara de un hombre de mediana edad, calvo y con gafas.

Después de observarla con cautelosa expresión, miró a Asta y, tras mirarla nuevamente a ella, se le desorbitaron los ojos.

Luego respiró hondo e inclinó despacio la cabeza, antes de retirar la cadena de seguridad y abrir por completo la puerta. No tenía daimonion.

«Ha dicho algo en persa», pensó Lyra.

—Disculpe —dijo en inglés—. Como tiene un nombre inglés, había creído…

—Sí —confirmó el hombre—. ¿Usted también es inglesa? ¿Quiere que le dé clases de francés?

—No. ¿Es eso a lo que se dedica?

—Enseño francés, sí. Pero la mayoría de mis alumnos son azerbaiyanos o persas. Me…, me parece que intuyo la razón por la que está aquí. Adelante, pase.

La acompañó, junto con Asta, a la sala de estar.

—La clavicula , sí —dijo ella, enseñándole el cuaderno negro—. ¿Se acuerda de un hombre llamado Roderick Hassall? Posiblemente estuvo por aquí…, no sé…, en algún momento del año pasado.

—Sí, en efecto. ¿Es suyo?

Lyra le dejó hojear la agenda, donde localizó su propio nombre y consultó varios más.

—Ah, perdone —se disculpó—. Siéntese, por favor. Le prepararé un poco de café. ¿O prefiere té?

—Es usted muy amable. Café, por favor. Me llamo Lyra Lenguadeplata, por cierto.

—Lyra Lenguadeplata. Un nombre interesante. Y… —Miró a Asta.

—Se llama Asta. Es un poco complicado. Es el daimonion de un amigo mío que ahora está viajando con mi daimonion, Pantalaimon. Eh… ¿Está ocupado en este momento? No quisiera molestarlo si tiene que recibir a algún alumno. El caso es que no es fácil explicárselo rápidamente.

—Hoy no tengo clases previstas —respondió él, con un conato de suspiro—. Dispongo de tiempo.

Mientras preparaba el café y las tazas en la cocina, Lyra y Asta observaron la sala de estar.

Aquella era la casa de un hombre aficionado a la lectura, probablemente soltero, que mantenía mal que bien un decoroso grado de orden y limpieza.

Las estanterías rebosaban de libros; la mesa que había junto a la ventana estaba llena de papeles y diccionarios, y de la pared colgaba una mandolina sujeta a un clavo con una cinta roja.

En la repisa de la chimenea había varios fotogramas, en los que aparecía una mujer joven, en un caso, y en otros algo mayor, pero, por lo demás, no se advertía ningún indicio de su presencia en la habitación.

—Es un buen hombre, un romántico —murmuró Asta, y se situó junto a Lyra en el sofá.

—¿Lo dices por los fotogramas?

—Por la mandolina.

Green regresó con una bandeja y la dejó en la mesa que había entre el sofá y un sillón.

—El señor…, eh, el doctor Hassall, ¿le dio ese cuaderno, su clavicula ? —preguntó.

—No. Lo asesinaron. Esto estaba junto con otros objetos dentro de su mochila.

—¿Que lo asesinaron…? —contestó, con genuino asombro—. ¿Dónde…? ¿Cómo?

—Quizá será mejor que le cuente todo desde el principio —propuso Lyra.

—Sí. Sí. Qué horrible, Dios mío.

—Me parece que debería empezar por explicarle de qué manera nos separamos mi daimonion Pan y yo por primera vez. Para cumplir una promesa, yo tenía que ir a un sitio, un sitio a donde no podía ir con él, de modo que no tuve más remedio que… Fue horroroso tener que hacer eso.

—Comprendo. Continúe.

—Yo me quedé separado de la misma forma —intervino Asta—.

Mi persona, Malcolm Polstead, había rescatado a Lyra en una inundación, cuando era muy pequeña, y tuvo que ir a hacer algo peligroso mientras yo me quedaba cuidando de ella.

Y desde entonces estamos separados. Fue horrible, pero tuvimos que hacerlo.

Horace Green sabía escuchar con paciencia.

Lyra se tomó un momento para organizar mentalmente los hechos y luego empezó con la muerte de Hassall.

Mientras iba desgranando el relato, se sentía como un músico que tocara una pieza que conocía de memoria.

Consciente de dónde estaba y a dónde se dirigía, refrenaba un poco el ritmo para efectuar un cambio más espectacular de cadencia en otro momento, con la perspectiva de la música que estaba por sonar, demorándose un poco, pero sin desperdiciar el tiempo, incluyendo algún que otro detalle cuyo efecto se manifestaría con mayor vigor más adelante, descartando ciertos elementos que no merecía la pena incluir…

Era la primera vez que experimentaba aquella versión de sí misma…

, descontando, por supuesto, el precedente de todos aquellos años de fabulación infantil, en los que relataba, mentía e inventaba, y que habían desembocado en aquella inédita sensación, completamente adulta, de actuar como una artista.

Durante la hora larga que duró el relato, Horace Green la escuchó con suma atención, levantándose solo para volver a servirle café.

—Vaya, pobre Hassall —lamentó, una vez que Lyra hubo llegado al final, al momento en que pulsó el timbre de ese apartamento de la villa Victor Hugo—. Voy a tener que tachar su nombre de mi clavicula . Me cayó bien. Se notaba que había pasado por muchas penalidades, aunque no me contó gran cosa.

—Sebastian Makepeace, el alquimista, nunca le explicó a mi daimonion Pan qué significa clavicula , ni tampoco la otra palabra, adiumenti . Dijo que lo descubriría sobre la marcha.

—Significa una llave pequeña para ayudar, o apoyar, ese tipo de cosa. Cada nombre que aparece aquí corresponde a alguien que perdió a su daimonion o que es capaz de separarse de él, alguien que comprende, pues. Tiene suerte de contar con este cuaderno —ponderó, hojeándolo.

—¿Cómo perdió usted su daimonion? Alguien me dijo que no es descortés hacer esa pregunta.

—Mi esposa y yo íbamos caminando por los Alpes —explicó Green—.

Nuestros daimonions eran pájaros ambos. Nos considerábamos las personas más felices del mundo.

Luego, un día, un gavilán…, una variedad de gavilán que no había visto nunca…

, atrapó a su daimonion en el aire. Mi Belissa se fue volando a defenderlo, pero mi esposa murió en el acto a causa del shock y su daimonion se esfumó.

Entonces el gavilán agarró en su lugar a Belissa y me la arrancó del corazón.

Debe de estar viva, porque yo sigo con vida, pero nunca he logrado encontrarla, y mi mujer está muerta.

—Los perdió a los dos al mismo tiempo —constató Lyra en voz baja.

Guardaron silencio un momento.

—¿Qué es lo que me quería preguntar? —dijo luego el hombre—. ¿En qué la puedo ayudar?

—Con cualquier cosa que sepa. Cualquier cosa que haya oído sobre el desierto de Karamakán, o sobre un grupo llamado «los hombres de las montañas», o… algo que guarde relación con Oakley Street.

Lyra había omitido mencionar Oakley Street en su relato, considerando que era uno de los elementos que podría haber constituido un mero estorbo.

No había motivo por el que Horace Green hubiera podido oír hablar de la organización, pero cuando ella pronunció el nombre, levantó bruscamente la cabeza.

Asta se posó en posición erguida en el brazo del sofá.

—¿Oakley Street? —repitió Green.

—¿Conoce ese nombre?

—Me suena de algo, pero… —Sacudió la cabeza—. ¿Dónde está?

—En Londres, en Chelsea.

—Alguien hizo una alusión una vez. Yo solo lo oí de paso, porque estaba hablando con otra persona. De todas formas, no creo que tuviera nada que ver con Chelsea. Quizá exista otro Oakley Street en otra parte. ¿Por qué le interesa?

—Yo creo que… seguramente significa algo aparte de la dirección.

Es como si hubiera, pongamos por caso, un famoso oratorio o algo por el estilo allí, y al oír Oakley Street, la gente supiera que se estaban refiriendo a «San Benedicto» o lo que fuera.

O como, por ejemplo, «Whitehall» significa la Función Pública.

El caso es que no sé de qué se pueda tratar.

Quizá no tenga importancia alguna. Solamente lo oí mencionar en una ocasión, igual que usted.

—Sí —corroboró Green—. De todos modos, es curioso.

Lo oí en la fiesta de una embajada, y no es que me inviten a menudo a esta clase de eventos.

Había un hombre que preguntaba por la oficina postal, porque esperaba un mensaje de Oakley Street, y el individuo con quien hablaba frunció los labios y sacudió, muy débilmente, la cabeza.

Me llamó mucho la atención, y, por lo que había oído decir de dicho individuo, me parece que podría haber tenido algo que ver con la inteligencia, con el espionaje, ya sabe.

Pero… —Se encogió de hombros—. ¿Qué era eso otro… , lo de los hombres de las montañas?

—Son una especie de grupo religioso.

—No, lo siento —dijo, con un suspiro—. Me temo que no le sea de gran ayuda. Llevo una vida muy tranquila aquí. Leo los periódicos, pero últimamente cada vez menos.

—Ah, había algo más. ¿Ha oído la palabra alkahest ?

—Una palabra interesante… ¿Es árabe?