El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 16. Fuera de los límites #4
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16. Fuera de los límites #4

Se le había estrangulado la voz. Al entrar en la cocina, encontraron al padre de Malcolm despidiéndose en la puerta trasera del oficial responsable del acantonamiento que, percatándose de su llegada, se tocó la gorra para saludarlas antes de marcharse.

Reg cerró la puerta y se volvió hacia Alice, reprimiendo toda reacción de sorpresa.

—¿Qué tal, Alice? —dijo con fingida animación en la voz, al tiempo que escrutaba en torno a sí.

—Hola, Reg. Brenda ya te contará dónde he estado y todo eso. Me tengo que ir pronto.

—No te vas a marchar hasta que hayas comido algo —determinó Brenda—. Siéntate aquí y córtate pan y queso… Ah, hay un buen pedazo de jamón en la despensa… Y te voy a calentar un poco de sopa de cebolla.

Reg, con su fornida presencia, como un dechado de firmeza y tenacidad, se sentó en la mesa y cogió el cuchillo del pan. Advirtiendo que a ella le temblaban las manos, Alice no protestó.

—Bien, esperaré a que Brenda me lo cuente todo —dijo—. Ahora lo importante es lo que vas a hacer.

—¿Se han marchado? —preguntó Alice en voz baja.

—Sí —confirmó Brenda, mirando por el ventanillo de la puerta—. Están subiendo los escalones de la carretera. Solo eran dos.

Después se volvió para trasvasar un poco de sopa de una sopera a un cazo.

—La verdad es que no lo sé —reconoció Alice—.

Es como si pensara que iba a volver a casa sin más, como si creyera que el Jordan era mi casa, hasta que me he acordado de que no podía volver allí…

, hasta que se acabe todo esto. Así que he venido aquí y me he encontrado con que no se podía pasar por Port Meadow y…

No sé qué hacer, pero si me quedo aquí os traeré complicaciones.

—Bah, déjate de bobadas —replicó Reg.

—Sí, son tonterías —convino Brenda—. Aquí estarás segura.

—No —insistió Alice—. Ya sé que no me vais a delatar, pero ¿cómo podría esconderme aquí?

Hay demasiada gente que me conoce en Godstow, y también en Oxford.

Esta mañana, me habría topado con Sheila Murphy si no me hubiera desviado de mi camino.

No puedo quedarme aquí, Reg. No me voy a quedar sentada todo el santo día en un armario sin moverme. Tengo que ir a alguna otra parte.

—¿Tienes alguna idea? —preguntó él.

—Ben ha dicho Londres, pero no estoy segura.

Reg cortó una recia loncha de jamón y preparó un bocadillo. Después de ofrecérselo en un plato, rebanó más pan para preparar otro.

—No me fío de la comida de Londres —dijo—. Allí hacen unos bocadillos delgadísimos. Aunque te comas todo un plato, al cabo de media hora ya vuelves a tener hambre. ¿Conoces a alguien allí?

—Pues no. Es porque como allí hay tanta gente, sería más fácil que no me descubrieran, supongo. No creo que me cueste encontrar trabajo.

Brenda le colocó un tazón de sopa delante y sacó una cuchara del cajón.

—Cómetela antes de que se enfríe —la alentó.

—Es que hace bastante frío aquí —destacó Reg.

—¿Van a poner a vivir aquí a unos cuantos soldados? ¿Es eso lo que has dicho? —preguntó Alice, después de tomar una cucharada de sopa.

—Ese oficial ha estado revisando las habitaciones. Calcula que tenemos sitio para treinta y cinco. ¡Treinta y cinco, imagínate!

—Los voy a envenenar —dijo Brenda.

—¿Y os van a pagar? —quiso saber Alice.

—Sí, más o menos. A ese precio, no les voy a cocinar platos de primera.

—Tendremos suerte si vemos algo de dinero —pronosticó Reg—. Escucha, Alice, me preocupa que te vayas sola a Londres. ¿No se fue a vivir allí algún miembro del servicio del Jordan, o algo así?

—Hombre, ahora que lo pienso, Sally Jamieson. Encontró un empleo en un gran hotel del West End…, no recuerdo cómo se llamaba.

—¿Habsburg? ¿Savoy? ¿Claridge’s?

—Eso era, sí, el Savoy. Voy a hacer eso. Iré allí para ver si me consigue un empleo. Será fácil.

Pese a que trataba de mostrarse confiada, desenvuelta incluso, no se le escapó la mirada de inquietud que intercambiaron Reg y Brenda.

—La sopa está muy buena, Brenda —elogió—. No te creerías la bazofia que nos daban de comer en ese sitio.

Reg, que había cortado pan para más bocadillos, se levantó para ir a la habitación de al lado. El daimonion tejón de Brenda, Kerin, había estado hablando en voz baja con Ben, y Alice sabía que la debía de haber puesto al corriente de todo lo importante.

—Supongo que esta ropa es la única que tienes, ¿no? —dijo Brenda.

—Sí, claro. Seguramente, debe de apestar, y yo también. Me he tenido que escapar cuando se ha presentado la ocasión, y de todas formas tampoco tenía nada.

—Bueno, yo soy mucho más alta que tú, pero puedes coger lo que encuentres en mi armario. Igual hay una chaqueta que no sea demasiado grande. Si quieres, te puedes bañar también. Uno se siente mucho mejor estando limpio. No te olvides de los bocadillos. ¿Quieres un poco más de sopa?

—Ay, Brenda…

Alice solo se sentía vulnerable cuando la ayudaban, lo cual era una estupidez, pero no podía evitarlo. Al pensarlo, dejó escapar un quedo bufido burlón que casi sonó como un sollozo y que Brenda fingió no haber oído.

Reg regresó y al sentarse, depositó algo en la mesa. Alice no distinguió qué era hasta que se hubo enjugado los ojos.

—Había pimienta en la sopa —dijo—. Reg, ¿qué es…?

Era un fajo de billetes y unas cuantas monedas.

—Cógelo, boba, vamos —la animó Reg—. Servirá para el billete de tren hasta Londres y para vivir un par de semanas. Escríbenos unas líneas para contarnos dónde estás y cómo te va. Ni se te ocurra rechistar. Cógelo.

—Seguramente, Londres sería lo mejor —opinó Brenda—, por eso de que pasarías más desapercibida entre tanta gente.

Alice inclinó la cabeza y guardó el dinero en el bolsillo. A todos les costaba hablar. Reg salió a barrer la terraza, según dijo, y Brenda tomó asiento.

—¿Cómo está Malcolm? —logró articular Alice—. ¿Dónde está ahora?

Brenda exhaló un suspiro entrecortado.

—La última vez que tuvimos noticias de él estaba en Constantinopla. Ojalá supiera dónde está ahora. Ni siquiera estamos seguros de adónde iba.

—¿Y Lyra? ¿Dijo algo de ella?

—No. Ella desapareció como si la hubiera tragado la tierra, sin decir ni una palabra.

Alice se terminó la sopa.

—¿Te acuerdas de cuando le dio aquellas clases, hará unos cinco o seis años?

—Sí, vagamente. ¿Por qué?

—¿Se pelearon, o algo? Tuvieron algún tipo de roce, o algo así…

—Él se quejaba a veces de ella, de que no trabajaba y ponía excusas, pero no hubo nada grave. No me acuerdo, la verdad. Solo tuvo unos pocos alumnos de secundaria, para ganar un dinero extra.

—Ah. Ella me dio a mí quejas de él, un par de veces. Reconozco que no me habría gustado tener que darle clases.

—Es curioso. Cuando vino aquí, solo unos días antes de que desapareciera, fue como si los dos no se conocieran. Se comportaron con educación, sin naturalidad, como si desconfiaran el uno del otro. Claro que, por otra parte, no habían tenido ningún contacto ya de mayores.

Alice le refirió a Brenda la extraña escena que tuvo lugar cuando, estando Lyra con ella, Malcolm había entrado de improviso en la sala de estar. Antes de que pudiera responder, Reg abrió la puerta de la terraza.

—Mira, Alice, se me ha ocurrido que te podría llevar por el canal en la barca nueva. En el río tienen patrullas, pero en el canal todavía no.

—Está muy orgulloso con ella —explicó Brenda—. Tiene un pequeño motor de gas. Le da pereza remar.

—Vaya, gracias…

—Iríamos hasta el ramal de Castle Mill. Queda solo a un paso de la estación.

—Será mejor que te vayas olvidando del baño —le aconsejó Brenda—. No hueles mal, para nada. Te prepararé un par de cosas para que te lleves.

—Esta va a ser la segunda vez que me voy de aquí en barca —dijo Alice—. Un poco más y me acostumbro. Gracias, Reg. Gracias por todo, a los dos.