El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 16. Fuera de los límites #3
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16. Fuera de los límites #3

—El caso es que nadie sabe qué hacen ni por qué lo hacen. Para mí que ni ellos mismos lo saben de verdad, o, en todo caso, la mayoría de ellos. Solo cumplen órdenes que no entienden.

—Lo que sí está claro es que ese inspector intentaba endosarle algo malo a Malcolm.

—El muy cabrón.

—Una acusación de ese tipo… Es algo imposible de lavar, la verdad.

Alice se preguntó dónde debía de estar Malcolm; después se acordó de cuando este era un muchacho y se fueron en la canoa durante la riada, de lo burlona y desagradable que había estado con él al principio y de cómo él lo había arriesgado todo para salvar a la pequeña Lyra, y de la admiración que había sentido por él a partir de entonces.

—¿Rodeamos el río o lo cruzamos? —preguntó Ben.

Habían llegado al borde del extenso prado.

Un poco más arriba, había un grupo de caballos pastando y, no lejos, un par de vacas bebían en el río.

A la derecha, una mujer con un niño pequeño se dirigía con paso lento hacia el puente de Aristotle Lane, a un centenar de metros iban dos chicas absortas conversando y, por el lado de la izquierda, había un par de hombres trabajando en el astillero de Medley, pero, por lo demás, no se veía a nadie.

—Crucemos directos, agachando la cabeza —decidió Alice.

El prado era muy extenso. Le llevaría como mínimo una hora llegar al otro extremo, donde se encontraba la Trucha, junto al puente por el que habían pasado a toda velocidad ella y Malcolm más de veinte años atrás, justo antes de que se lo llevara la riada.

Se pusieron en marcha a paso vivo.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —planteó Ben.

—Aún no lo he pensado.

—No podemos volver al trabajo.

—Brenda tendrá algún quehacer para nosotros. Así podríamos estar fuera de circulación en la cocina.

—Aunque no por mucho tiempo. Podríamos ir a Londres y escondernos allí.

—No seas bobo. Nos quedaremos en la Trucha hasta que sepamos qué traman esos del CCD, o como se llamen ahora… Era Brytsec, ¿no?

Se sentía como una ignorante, desconectada del mundo que antes conocía. En el mundo habían ocurrido cosas y ella no había visto ningún periódico, y las mujeres que habían llegado recientemente al campo de internamiento no disponían apenas de información.

Llevaban unos cinco minutos caminando cuando vieron a alguien al frente.

—¿Es un hombre a caballo? —preguntó.

—No lo veo bien… Sí —confirmó Ben—. Es un soldado.

En efecto, el hombre llevaba un uniforme, y también un rifle enfundado junto a la silla. El caballo avanzaba hacia ellos al trote. Ya estaba lo bastante cerca como para que pudieran oír con claridad cuando les gritó:

—¡Alto! ¡No se muevan!

Alice se paró, porque no le quedaba más remedio.

Ben emitió un quedo gruñido a su lado y ella se encaró al jinete cuando este detuvo la montura demasiado cerca, como si esperase que se asustara y diera un paso atrás.

Ella no se arredró, desde luego. Después recordó de inmediato que era una fugitiva, una prisionera que había escapado, y que no le convenía en lo más mínimo retar a ningún bravucón uniformado.

Por consiguiente, retrocedió un paso y se esforzó por encoger un poco la postura.

—No pueden seguir por este lado —dijo el soldado.

Era joven, de unos veintipocos años tan solo. Con su carácter, Alice era muy capaz de pararle los pies. «Pero no ahora —se dijo a sí misma—. Ahora no».

—Ah. No lo sabía. ¿Por qué? ¿Qué pasa, señor?

El «señor» era un tanto exagerado, pero sabía el efecto que iba a causar.

—Esta parte del prado ha sido requisada como propiedad del ejército, para usarla como campo de entrenamiento.

Mañana van a poner una valla como es debido.

Lo mejor es que salga del prado por allí —aconsejó, mientras señalaba hacia su izquierda— y dé un rodeo por la carretera. ¿Adónde iba, por cierto?

—Solo hasta Godstow, a ver a mi abuela.

—¿Y de dónde viene ahora?

—De Cowley. Estaba trabajando allí, pero, como mi abuela no está bien, he pensado que sería mejor venir a cuidarla unos días.

El soldado la miró de arriba abajo, con toda la confianza de quien todavía no se había visto sometido a prueba en la vida.

—Pues ya se puede marchar. A partir de la semana que viene, todo el prado va a ser zona prohibida. No lo olvide. Al que entre, lo van a detener.

—Gracias —dijo ella, con humilde actitud.

Aceptando con resignación su escrutinio, se alejó hacia el camino de Jericho. Al cabo de un minuto, oyó el tintineo del arnés y el ruido de los cascos, que le indicaron que se marchaba.

—Es imposible que puedan cerrar todo el prado —aventuró Ben.

—¿Te apuestas algo?

Al llegar al puente, con intención de coger el sendero que comunicaba con Aristotle Lane, se paró y se volvió a mirar.

Aunque estaba demasiado lejos para verlo con detalle, se percató de que en la parte del prado de Godstow había mucho trajín.

Había caballos y vehículos, y estaban montando varias tiendas.

—El mundo está cambiando —dictaminó Ben.

—Más vale que vayamos con la cabeza agachada. Espero que Brenda y Reg estén bien.

Tuvieron que caminar media hora más, hasta que por fin entraron en el jardín de la Trucha y se dirigieron a la puerta de la cocina.

El lugar estaba tranquilo. Puesto que hacía un poco de frío, el día no era el más indicado para tomar algo afuera.

Aparte, no se percibía ningún olor a asado ni a pescado frito.

—Pasa algo raro —comentó en voz muy baja a Ben.

Al posar la mano en la puerta de la cocina, se quedó dudando. A través del cristal de arriba, pudo ver que las luces estaban apagadas. Hizo girar la manilla y entró. La cocina estaba fría; en las salas de adentro no sonaban voces y no había ninguna olla ni sartén en los fogones.

Estaba a punto de trasladarse al bar en busca de Brenda, cuando se abrió la puerta de ese lado y apareció un soldado. Se quedó igual de sorprendido que ella y su daimonion cuervo agitó las alas encima de su hombro.

—¿Quién es usted? —preguntó—. ¿Qué hace aquí?

—Lo mismo iba a decirle yo a usted —respondió con tono afable—. Estaba buscando a Brenda o a Reg. ¿No están por aquí?

—¿Alice?

Era la voz de Brenda, que había sonado detrás del soldado. Parecía como si no estuviera bien. El hombre se apartó para dejarla pasar. Brenda iba cargada con una pila de servilletas y paños de cocina doblados y planchados.

—¿Quién es? —le preguntó a Brenda el militar, que señalaba a Alice con el pulgar.

Esta advirtió entonces que tenía galones de sargento.

—Es Alice.

—¿Alice qué más?

—Alice Lonsdale. Esa amiga nuestra.

—He venido a ver a mi abuela —explicó Alice, con el tono más modoso posible—, y se me ha ocurrido pasar a saludarlos. ¿Qué ocurre aquí?

—Nos han requisado el local —repuso Brenda, muy pálida—, para dar alojamiento a las tropas, ¿entiendes?

—Ah, ya veo —dijo Alice, inclinando la cabeza como si se tratara de algo lógico y evidente—. ¿Puedo ayudar en algo?

—¿Usted vive aquí, en Wolvercote? —preguntó, todavía receloso, el soldado.

—No, vivo por Cowley. He venido a ver a mi abuela. Es que yo antes había trabajado aquí, en el bar y haciendo un poco de todo, ¿ve?

—Entonces pase.

El sargento salió a la terraza y miró en derredor.

—Coge esas sábanas de ahí y ve al armario de la ropa —le indicó Brenda en voz baja—. Compórtate con normalidad.

Alice recogió las sábanas recién lavadas del tendedero y subió las escaleras detrás de Brenda.

—¿Es el único que está aquí? —susurró.

—-Por ahora. Reg está hablando con el oficial, fuera. ¿Qué has…? Creíamos que estabas… ¿Dónde estabas?

—Me he escapado. Me metieron en un maldito campo de retención de esos, por Henley, creo que estaba. Lo que pasa es que los de seguridad han sido tan descuidados que he conseguido salir, y he encontrado una camioneta que me ha llevado hasta Oxford. He intentado cruzar por Port Meadow…

—Sí, han prohibido la entrada. El ejército ha acordonado esa zona.

—¿Cuándo? Deben de haber sido más rápidos que el rayo.

—La mayoría llegaron justo ayer, aunque da la sensación de que lo tuvieran planeado desde hace meses. Y tú, cariño, ¿estás bien?

—Tengo sed y un hambre de lobo, y no llevo ni un penique en el bolsillo.

Me he tenido que fugar del campo así, tal cual voy.

Como he robado un camión, igual me van a buscar por eso, si es que se llegan a aclarar.

Me han hecho muchas preguntas sobre Malcolm, que si dónde estaba, que si qué hizo, que si tal, que si cual…

Tiene suerte de estar en el extranjero, la verdad.

No pensaba hablarle a Brenda de la clase de preguntas que le habían hecho; ni siquiera se lo iba a contar a Malcolm, suponiendo que fuera a verlo de nuevo. Mientras ayudaba a Brenda a doblar las sábanas, se enteró de que también se habían llevado a otras personas.

—Es como si de repente estuviéramos en otro país —lamentó Brenda—. No se sabe a quién preguntar. Reg intentó hablar con el viejo Gordon Rudyard y lo único que le pudo decir fue que, por la situación de emergencia, habían…, ¿cómo dijo…?, suspendido el Parlamento.

Gordon Rudyard actuaba como representante de Oxford en el Parlamento, desde antes que naciera Alice.

—¿Qué emergencia? —preguntó esta.

—Todo ha ocurrido tan deprisa… Escucha, acompáñame a la cocina y te calentaré un cazo de sopa y te prepararé un bocadillo. Podremos hablar en voz baja, sin perder de vista a ese sargento. ¿Qué ha pasado en el Jordan? ¿Has vuelto allí?

—No. Lo he pensado, pero me he acordado de que fue allí donde me detuvieron.

Están ese maldito tesorero y el…, ¿cómo se llama…

?, el nuevo decano, ese tal doctor Hammond.

Si alguien me viera, correría la voz por todo el centro en cuestión de minutos.

Entonces llamarían al CCD y me arrestarían, y apuesto a que esta vez tendrían una mejor vigilancia en el campo donde me pusieran.

Brenda, no puedo quedarme mucho tiempo aquí; no me puedo fiar…