El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 16. Fuera de los límites #2
41%

16. Fuera de los límites #2

Una vez arriba, Lyra devolvió la bolsa y sonrió al bebé; el daimonion perro del hombre agitó la cola y, tras expresar su gratitud con sonrisas, la familia se marchó por la derecha.

Lyra empezó a abrirse paso entre la abarrotada pasarela hacia las escaleras que comunicaban con el andén 1.

Observaba a cada uno de los pasajeros que tenía enfrente, con la confianza de que Asta miraba hacia atrás.

Dumitriu no se veía por ningún lado, ni tampoco Ionides.

Un poco más adelante, iba caminando el individuo con gafas de carey.

Pronto lo perdió de vista; aparte de él, no reconoció, sin embargo, a nadie.

Las escaleras desembocaban en un amplio pasillo, alumbrado por un fluorescente de agresiva luz, y la mayoría de los pasajeros se desplazaban por esa zona. Eran pocos los que proseguían hacia el nivel más oscuro del andén 1.

—¿Los ves por alguna parte? —susurró.

—No, pero ahí está el gran reloj —repuso Asta.

Este pendía, rodeado de una armazón de hierro, en la parte central del andén.

Indicaba que eran las diez y veinte. Asta bajó al suelo y siguió a pie, mirando a ambos lados.

En ese nivel, el ruido del resto de la estación quedaba amortiguado; no parecía que por el momento fuera a llegar ni salir ningún autobús, porque solo había dos o tres personas sentadas en los bancos o consultando los horarios de la pared.

Lyra no había visto antes a ninguno de ellos y, desde luego, Dumitriu no estaba allí.

—Lo mejor será que esperemos aquí —decidió. Se sentó con la mochila en el regazo en un banco vacío que había cerca del reloj, y Asta se subió de un salto para situarse a su lado—. Perdona que te haya hecho ir sobre mi hombro —añadió.

—No quedaba más remedio. De todos modos, era muy cómodo.

—Pero ya sabes… Yo no…

No tenía ni idea de lo que iba a decir. De repente, ambos se sentían violentos.

—En un caso de emergencia… —dijo Asta.

—Sí, claro.

—No te preocupes por eso. Pero… mira quién viene ahí.

El alumbrado del andén 1 estaba inacabado.

Los tubos fluorescentes colgaban de cables desnudos a intervalos irregulares, creando zonas de luz separadas por amplias franjas de oscuridad.

En una de dichas franjas oscuras, un hombre caminaba despacio hacia ellos.

Cuando llegó a una de las zonas de luz, lo primero que vio Lyra fue un sombrero de tela.

La cara quedó iluminada un instante, antes de quedar bajo la sombra del ala del sombrero, rodeada de oscuridad. No les cupo ninguna duda, sin embargo.

—Dumitriu —dijo Lyra.

Aflojó la solapa de la mochila y, tentando la porra, notó el confortante tacto de la cuerda que rodeaba su mango.

Dumitriu siguió acercándose, mirándola a ella; consciente de que la luz le daba en la cara, la volvió un poco hacia él, para darle a entender que estaba dispuesta a hacerle frente.

Asta se levantó, agitando despacio la cola.

El hombre caminaba por el centro del andén, pero, cuando se halló más cerca, se desplazó levemente hacia el borde. ¿Acaso pretendía volverse y abalanzarse sobre ella en el último minuto? ¿Tendría una pistola? ¿Cómo iba a actuar? ¿Y dónde estaba Ionides?

Lyra dejó asomar un poco la porra. Dumitriu se percató de su gesto y, tendiendo la mirada hacia delante, siguió caminando despacio, pasó de largo y se alejó por el andén. Cayendo en la cuenta de que había estado conteniendo la respiración, Lyra exhaló el aire.

—Se ha dado cuenta de lo que hacías con la porra —dijo Asta.

—Muy bien. Está dando la vuelta.

No obstante, solo llegó hasta los horarios exhibidos en la pared más próxima.

Hizo deslizar el dedo por una columna, seguramente la de horas de salida, acto seguido miró el reloj de pulsera y, después de consultar el reloj del andén, se quitó el suyo y lo ajustó.

En ningún momento desvió la vista hacia Lyra.

Acto seguido, se fue con calma hasta el banco más cercano y se sentó.

—Señorita Plata —la llamó Ionides, provocándole un sobresalto.

Se hallaba justo a un metro de distancia, tranquilo y relajado.

—Pero… Mire, está justo ahí —dijo ella, señalando con la cabeza a Dumitriu.

—¿Ese? No, no es él. ¿Ha visto a un hombre con un maletín y unas gafas grandes?

—No era él, ¿o sí?

—Sí lo era, pero ya no.

—No lo habrá matado, ¿verdad?

—No ha habido necesidad. Cuando uno ve al tipo malo y cerca también hay un policía, y también una joven con el bolso abierto, lo que hace es sacarle el monedero del bolso, dejarlo caer en el bolsillo del tipo malo y después decirle al policía que lo ha visto robando.

Ellos se quedan discutiendo un buen rato y el policía acaba deteniéndolo. La prueba es clara, indiscutible.

—Y nosotros que creíamos…

Volvió a mirar al individuo del sombrero de tela y, esa vez, le pareció que tenía un aspecto completamente inocente.

—Vaya —exclamó Asta.

—¡Gracias! —dijo Lyra—. Ha sido una buena artimaña.

—Pues sí, señorita Plata. ¿Qué hacemos ahora? ¿Quiere buscar un hotel?

—Son casi las once… Es demasiado tarde para ir a casa del señor Green. Sí, busquemos un hotel barato.

Ionides tenía un olfato especial para ese tipo de gestiones.

Al cabo de un cuarto de hora, estaban instalados en un establecimiento limpio pero decadente, situado a un paso de la estación.

Lyra se quedó dormida enseguida en su diminuto cuarto.

Asta, por su parte, se puso a mirar la calle desde el alféizar.

El vehículo que había recogido a Alice Lonsdale la dejó en Saint Clement’s, justo delante del puente Magdalen, donde comenzaba la Oxford High Street.

Aunque agradable, el conductor era más bien taciturno y no demostró curiosidad alguna por los motivos por los que viajaba sola aquella joven.

Tras varias tentativas de iniciar conversación, continuaron más o menos en silencio hasta que la camioneta se detuvo al final de Iffley Road y Alice le dio las gracias y se despidió.

—¿Y ahora qué hacemos, Ben? —planteó.

—Buscar algo de comer —contestó el daimonion.

—No seas tan imbécil. ¿No ves que no tenemos dinero? Va a tener que ser el Jordan o la Trucha.

—El Jordan está más cerca. Deben de estar a punto de servir la comida. Si vamos por Brasenose Lane, dentro de media hora van a salir a fumar algunos empleados.

—Se podría probar. De todas formas, al final vamos a tener que ir a Godstow.

—¿Para escondernos, te refieres?

—Durante un tiempo, no mucho, seguramente. En realidad —añadió—, igual no vamos a pasar por el Jordan.

—¿Para evitar chismes?

—Sí, si se enteran de que he vuelto, en menos de cinco minutos habrá corrido la noticia por toda la casa. Y ahora ya no me fío de ese sitio.

—Ya. Entonces tendremos que caminar bastante.

—Menudo holgazán estás hecho.

—A veces me gustaría ser un ratón o un pájaro.

—¡Ja! Pues un ratón no me serviría para calentarme los pies.

—Pero sí el bolsillo, ¿no?

Iba a tener que aparentar que estaba atareada.

Le habría ayudado mucho tener algún tipo de bolsa para fingir que iba de compras.

Sabía que le sería imposible hacerse pasar por una dama ociosa que salía a dar un paseo, e, incluso en ese caso, la dama debería tener algo que llevar encima, ya fuera una bolsa o un bolso de mano.

«Bueno, vamos a tener que hacer lo que podamos», resolvió.

Tras cruzar el puente, torcieron a la izquierda por Rose Lane y, dejando atrás el Jardín Botánico, entraron en Cardinal’s Meadow.

Era uno de esos días grises y calmados, pues aún no había llegado la temporada para el turismo, ni las competiciones de críquet o de piraguas.

En el patio de la escuela cercana, había niños jugando en el recreo de mediodía, pero en Broad Walk solo circulaban un señor mayor con traje de tweed, que podría haber sido un profesor, y un par de jóvenes que se dirigían, con atuendo de fútbol, al campo de deporte de Iffley Road; uno de ellos le dirigió una mirada apreciativa y el otro una leve sonrisa; no suscitaron ninguna reacción por su parte.

Un poco más lejos, vio a una mujer con una cesta de la compra, que acababa de llegar de St Aldate.

—Tuerce a la izquierda, hacia el río —la apremió Ben.

—¿Quién es? —murmuró Alice, desviándose por el sendero conocido como el paseo de los Chopos.

—Encoge los hombros, o haz como si cojearas. Mantén la cabeza gacha.

—¿Quién es?

—Sheila Murphy.

—Mierda…

La mujer se encontraba aún demasiado lejos de Alice como para haberla reconocido. De todas formas, eran viejas amigas y, si la veía, sería difícil no entablar conversación con ella.

Apuraron un poco el paso y Ben se puso a trotar delante, para dar la impresión de que iban a algún sitio con un objetivo concreto.

Ben se detenía de vez en cuando y se volvía a mirar atrás, aunque en realidad lo que hacía era comprobar si la mujer iba atrás.

Al final resultó que no, pues esta continuó por Broad Walk para dirigirse a High Street.

—También podríamos seguir bordeando el río —propuso Ben, una vez la hubieron perdido de vista—. Por aquí hay menos gente.

—Sí, de acuerdo. Aunque será mejor que tengamos a punto alguna explicación, por si acaso.

Aquella ruta sería probablemente un poco más rápida, además; el río continuaba por el borde de Port Meadow, y, a partir de allí, Godstow y la Trucha quedaban solo a un paso.

—No sé si habrán dictado una orden de búsqueda contra nosotros —dijo Ben, mientras proseguían por la zona próxima al depósito de correos, donde Pan había sido testigo del asesinato de Roderick Hassall a comienzos de año.

—No somos tan importantes como para eso.

—Pero hemos robado un camión y hemos roto una valla.

—De todas formas, no tiene suficiente importancia.

—¿Qué vamos a decir cuando nos encontremos con alguien conocido?

—Diremos que nos detuvieron en una redada con muchas otras personas y, como no pudieron descubrir nada en contra nuestra, nos soltaron.

—Igual podría funcionar…