El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 16. Fuera de los límites
40%

16. Fuera de los límites

L a penúltima parada del autobús estaba prevista para una hora antes de la llegada a su destino final, en la estación de Bakú.

Lyra optó por quedarse en el compartimento, observando junto con Asta a los pasajeros que subían y bajaban del vehículo.

Veía, asimismo, cómo Ionides se movía con disimulo de un lado a otro del andén, como si estuviera estirando tan solo las piernas, aunque nunca se alejaba del autobús y escrutaba a todo el mundo.

—Nos vendría bien tener un plano de Bakú —dijo Asta—. No sé dónde debe de quedar la calle Huseyn Javid Prospekt.

—También nos vendría bien un mapa del mar Caspio y de las regiones que quedan más allá. Y un folleto de los horarios de las rutas de ferris, si es que existe tal cosa. Y un manual de conversación. Eso de viajar en un autobús de lujo me ha vuelto muy exigente, Asta.

—Pues me parece que dentro de poco se van a poner difíciles las cosas. Aunque también es posible que ese agente del Magisterio no tenga nada que ver con vosotros, ¿sabes? Podría estar ocupado en otros asuntos.

—Mira —advirtió Lyra—. Lo ha visto.

Ionides estaba apoyado en la pared de un puesto de periódicos, al amparo de la luz ambárica del otro lado.

Aunque sujetaba un periódico entre las manos, él y su daimonion gecko tenían la mirada pendiente de un individuo que llevaba un sombrero de tela, quien paseaba sin rumbo fijo, de la misma manera que lo hacía Ionides.

Lyra se arrellanó en el asiento y corrió un poco la cortina.

Asta se recostó en la mesa, y ambos mantuvieron la vista clavada en el hombre del sombrero de tela.

La vez anterior en que Ionides lo había visto se llamaba Dumitriu y sospechaba que podía haber sido rumano.

Vestía un anodino traje azul, tenía un bigotito y llevaba las manos en los bolsillos del pantalón.

Su daimonion, un gorrión, miraba hacia atrás desde lo alto de su hombro mientras recorrían el andén.

—Ha visto al señor Ionides —dijo Asta.

El gorrión gorjeaba algo al oído de Dumitriu. Este inclinó la cabeza, pero no se volvió a mirar. El conductor hizo sonar la bocina del autobús para avisar de que estaba a punto de marcharse. Dumitriu regresó despacio y aguardó a que hubieran subido los otros pasajeros.

—Está vigilando, sin mirarlo directamente —dedujo Lyra.

—Como el señor Ionides no venga rápidamente, el autobús se va a ir sin él —advirtió Asta.

Ionides plegó con parsimonia el periódico. Luego miró en derredor y fijó la vista en el panel de horarios, fingiendo cotejar la hora con un reloj de pulsera que en realidad no llevaba.

Los últimos pasajeros subían al autobús.

Dumitriu no miraba a Ionides, pero su daimonion no le quitaba el ojo de encima.

Se pusieron en marcha antes que Ionides, sumándose a los dos o tres últimos pasajeros que había en los peldaños de la puerta del autobús.

Entonces, de improviso, Dumitriu miró directamente a Lyra, que, con el sobresalto, no alcanzó a reaccionar a tiempo para retirar la cara de la ventana.

—Qué estúpida —murmuró—. Sabe que estamos aquí y yo acabo de confirmárselo. Menuda espía iba a ser.

—También sabe que tú lo sabes y que lo estás observando —señaló Asta—. Además, Ionides ha visto lo que ha pasado, así que se habrá enterado de todo.

—Pero si yo hubiera espabilado antes…

—No es tan sencillo sin Pan. Yo habría tenido que cumplir la función que le correspondía a él y haberte avisado. También es culpa mía.

—Al menos sabemos qué aspecto tiene —dijo ella.

Ionides fue el último en subir, justo antes de que cerraran las puertas. Después no pudieron ver nada más del exterior, pues el autobús se alejó en medio de la oscuridad.

La estación de autobuses de Bakú estaba todavía en fase de construcción.

Era evidente que el dinero invertido por Mustafá Bey se estaba gastando a un buen ritmo, pues las obras no se detenían por la noche; a esas horas, había obreros encaramados a los andamios y otros que descargaban sacos de cemento y arena de una hilera de camiones.

Un foco iluminaba en toda su altura una grúa que desplazaba una viga de hormigón.

En medio de toda aquella actividad, los autobuses hacían cola para acceder a los cuatro andenes que ya había terminados en el nivel subterráneo, para poder descargar y acoger nuevos pasajeros.

Antes de que el autobús se detuviera, cuando este todavía aguardaba con el motor encendido en la rampa del sótano, llamaron a la puerta del compartimento de Lyra. Era un ayudante que le traía una nota, escrita con lápiz en un trozo de papel de periódico.

En el gran reloj del andén 1. Vaya directamente allí y espérenme. A. I.

Nunca había visto la letra de Ionides; era apretada y picuda, pero perfectamente legible. Leyó el mensaje a Asta.

—No sé en qué andén vamos a parar —planteó el daimonion.

Pegando la cabeza a la ventana, Lyra consiguió atisbar una parte del andén, pero no vio ningún número. Con el cúmulo de personas que bajaban de los autobuses o esperaban para subir, iba a ser difícil abrirse paso y permanecer a la vez pendiente del individuo que los iba a seguir.

—Quizá sea mejor esperar a bajarnos hasta que se haya ido el individuo del sombrero de tela —opinó Asta.

Lyra se llevó un pequeño sobresalto, al advertir que Asta le seguía el hilo del pensamiento, tal como hacía Pan.

—Sí —convino, mientras el autobús avanzaba para ocupar el lugar del anterior—. Ah, mira…, hay un rótulo. Este es el andén número 2.

El autobús se paró. El andén seguía abarrotado. Las puertas del vehículo despidieron un silbido al abrirse, impulsadas por el mecanismo neumático, y los ayudantes colocaron un escalón.

Lyra miró por el borde de la cortina, lista para retirar la cabeza en el momento en que Dumitriu se volviera para mirarla.

No obstante, la puerta quedaba demasiado alejada y había un denso gentío.

Las personas que bajaban se apiñaban esperando para recuperar el equipaje; otras, ansiosas por reencontrarse con sus familiares o amigos presionaban para llegar hasta ellos, tratando de vencer la resistencia de quienes se apuraban intentando subir para localizar sus asientos.

—Yo estoy buscando el sombrero de tela, pero también podría habérselo quitado —dijo Lyra—. Por lo demás, tenía una presencia bastante anodina. Aparte, no veo ni rastro del señor Ionides.

—¿Hay solo una puerta?

—No… Hay una en la parte de delante, me parece. O puede que esa sea la de salida y la otra la de entrada…

Abajo cada vez había menos gente.

—Vamos a tener que irnos —opinó Asta.

Lyra se puso en pie y se cercioró de que tenía la porra a mano, justo debajo de la solapa de la mochila.

—Bien, súbete a mi hombro —indicó—. Apóyate en la mochila si quieres. Es que no tenemos ninguna otra opción, de verdad.

Asta se subió de un brinco. Era una sensación tan diferente de la que sentía al tener cerca a Pan…, extraña y perturbadora, pero reconfortante a la vez.

Abrió la puerta del compartimento, dispuesta a encontrarse cara a cara con Dumitriu, pero, evidentemente, no estaba allí.

Unos cuantos pasajeros hacían todavía cola para bajarse: una pareja joven que llevaba un bebé, un señor de mediana edad vestido con ropa sobria, que llevaba gafas de carey y un maletín en la mano, una anciana acompañada de una enfermera…

Y no se veía ni por asomo a Dumitriu. En el otro extremo del autobús, el equipo de limpieza ya había empezado a barrer y recoger la basura.

Lyra se colocó detrás de la anciana y la enfermera, que bajaban despacio y con cuidado los escalones.

—No se ven por ninguna parte, ni uno ni otro —murmuró Asta.

Una vez fuera del autobús, Lyra miró en derredor buscando algún rótulo indicativo.

A la izquierda partía una amplia escalera, sobre la cual había un letrero con flechas numeradas que apuntaban a la izquierda y a la derecha.

Al igual que el resto de la estación, el andén y las escaleras presentaban un aspecto provisorio e inacabado, con macizos pilares de hormigón sin recubrir, lámparas ambáricas colgadas de cables desnudos, suelos sin baldosas, letreros sujetados de forma temporal a las paredes…

Las flechas que había sobre las escaleras se descifraban al menos con claridad: indicaban que el andén 1 quedaba a la izquierda.

Lyra miraba hacia delante y Asta hacia atrás.

—¿Los ves? —preguntó en voz baja Lyra.

—No. Sigue andando.

Lyra se puso en marcha, adelantando a la anciana que iba con la enfermera. La pareja joven se dirigió también a las escaleras. El bebé lloraba. El hombre llevaba una pesada maleta en cada mano y la joven, cargada con una voluminosa bolsa además del pequeño, parecía al borde de las lágrimas también.

«Si fuera con ellos, habría menos posibilidades de que Dumitriu atacara», pensó Lyra.

—Sí —susurró Asta—. Adelante.

Se encontraban al pie de las escaleras.

—¿Quiere que la ayude? —le ofreció a la joven—. Le puedo llevar esa bolsa, si quiere.

La mujer volvió la cabeza, aturdida, impotente, completamente agotada.

Era evidente que no la había comprendido.

Lyra complementó el ofrecimiento con gestos, y el daimonion jilguero de la joven, posado sobre el bebé, le dijo algo.

Entonces entendió e inclinó la cabeza con gratitud.

Cuando se movía para desprenderse de la bolsa, el joven le habló con aspereza.

—No pasa nada, de verdad —aseguró Lyra.

Entonces se llevó una sorpresa al ver que Asta decía algo en un idioma que debía de ser el de ellos. El joven dio una respuesta escueta y asintió. La mujer dejó que Lyra cogiera la bolsa y los tres empezaron a subir despacio las escaleras.