15. Una isla en medio del diluvio #3
—Gracias, reina Shahrnavāz —respondió Tilda Vasara—.
De un tiempo a esta parte, las brujas de todas las regiones han percibido cambios en el cielo.
Los vientos son más violentos que antes en ciertos casos, y en otros, son demasiado flojos.
El aire está corrompido y viciado. La atmósfera ha perdido frescor, con pequeños grados al principio, tanto que casi resultan imperceptibles, pero que no dejan de ir a peor.
Los atardeceres presentan colores que nunca se habían visto antes; las aves migran en estaciones inéditas o fallecen por millares de enfermedades desconocidas para nuestras curanderas.
Dígame, gran reina: ¿no se ha percatado su pueblo de esos cambios?
En la inmensa sala se había instalado un silencio absoluto. La tormenta seguía bramando, aullando y sacudiendo la montaña, pero allí no se movía ninguna criatura. De pie o en postura tendida como la reina, todos observaban como Tilda Vasara hablaba con tal grado de seriedad.
—Tilda Vasara, es verdad lo que dice —admitió Shahrnavāz—. Las cuestiones que menciona nos han perturbado también a nosotros. Ahora dígame: ¿habla solo en nombre de su clan o representa a todas las brujas del norte?
—En la anterior luna nueva, todas las reinas de los clanes del norte celebramos una gran reunión junto al río Lena.
Nuestra conclusión unánime fue que estos cambios que describo, y otros que hemos advertido, no podemos afrontarlos las brujas solas con nuestros propios medios.
Pensamos que deben de estar afectando a todos los seres del aire.
Solo una gran alianza, mucho mayor que ninguna de las que hemos constituido hasta ahora, tendría el poder de oponerse a ello.
Otras reinas asumieron la misión de viajar al este, al oeste y al norte extremo; a mí me eligieron para venir al sur hasta el gran reino de los grifos.
Fue una afortunada coincidencia que residiera aquí en este palacio este hombre, con quien había hablado hace años, cuando era joven.
Me consta que es un fiel y valeroso representante de su pueblo, y pensé que podría actuar tal como acaba de hacerlo, haciéndose valedor de mí ante su majestad.
—¿Cómo sabía que estaba aquí?
—Nosotras sabemos muchas cosas, reina Shahrnavāz. Hemos logrado incluso descubrir algo sobre el origen de estas perturbaciones.
Los guerreros y cortesanos grifos presentes en la gran sala seguían la entrevista con gran atención.
Malcolm pensó que, en cualquier otra corte, lo normal sería que, llegado ese punto, los principales representantes se retirasen a un espacio más reducido para tratar de ciertas cuestiones en privado.
No obstante, estaba claro que Shahrnavāz no tenía ningún inconveniente en seguir hablando delante de todos, y también era probable que las brujas estuvieran acostumbradas a celebrar concejos abiertos.
Sentado a corta distancia en el suelo, Pan iba trasladando la mirada de unos a otros con apasionado interés, planteándose, según intuía Malcolm, pues a él le sucedía lo mismo, en qué podía afectar aquello a Lyra.
—Háblenos, pues, de ese origen —reclamó la reina de los grifos—. ¿Qué ha pasado para provocar esto? No se trata de un asunto reciente. Desde hace miles de años advertimos cambios en la atmósfera.
—Y también nosotras. Hay muchos fenómenos naturales que afectan el aire: volcanes, manchas solares, impactos de meteoritos, corrientes oceánicas…
Nosotras estamos familiarizadas, igual que ustedes, con todo eso.
La naturaleza suele reaccionar de forma conjunta, de tal modo que la atmósfera se recupera, pero, durante estos últimos tres siglos, están interviniendo otros factores.
Yo digo tres siglos, y algunas de las reinas de nuestros clanes dirían dos milenios.
Es algo silencioso e impalpable. Se desplaza en nubes invisibles y no hay forma de describirlo, combatirlo ni destruirlo.
En todo caso, no es posible describirlo con nuestra lengua y tal vez no se pueda con ninguna otra.
—Entonces, ¿por qué habla de eso? —replicó Shahrnavāz—. Este tipo de parloteo no lleva a ninguna parte. El fenómeno que describe podría incluso no existir.
—¿Me permite hablar, su majestad? —intervino Pantalaimon.
La reina de los grifos posó la vista en el daimonion, tan pequeño y decidido, y, aunque le chispearon los ojos, no dijo nada.
—Según he sabido, los grifos establecen, con su sabiduría, una distinción entre un reino exterior y un reino interior.
El reino exterior es el mundo por el que podemos viajar y que se puede medir y plasmar en mapas, y que tanto grifos, como brujas, o como humanos, pueden compartir y comprender por igual.
El reino interior lo abarca todo hasta la distancia de la más lejana estrella e incluye los misterios del corazón y de la mente.
Las brujas tienen un concepto similar. Lo que la reina Tilda Vasara describe es un fenómeno tanto del reino interior como del exterior.
Si no tomamos conciencia de ello, va a ser difícil ponernos de acuerdo en algo.
—El daimonion tiene razón, majestad —declaró Tilda Vasara, sin dejar tiempo a que hablara Shahrnavāz—.
Me parece que algunos hombres y mujeres tienen otra expresión para referirse al reino interior: lo llaman «la comunidad secreta».
La influencia a la que he aludido tiene incidencia sobre esa parte de nuestro mundo, el reino interior de ustedes, el ámbito de la comprensión.
—La otra ocasión en que hablamos, daimonion —dijo la reina Shahrnavāz, dirigiéndose a Pan—, tratamos de esa cosa que estabas buscando, eso a lo que llamáis la imaginación. Repíteme lo que dijiste entonces.
—Yo creo que nos ayuda a movernos entre los reinos interior y exterior, majestad. Es algo que está muy imbricado con la comunidad secreta.
La reina de los grifos guardó silencio durante un minuto casi, con la mirada clavada en el suelo. Después se volvió para mirar a Tilda Vasara, a Pan y, por último, a Malcolm. Luego levantó la vista para posarla directamente en el visir.
—Manden llamar al maestro Ruzbeh —dijo.
El visir se movió para impartir en voz baja una orden a uno de los guardias y después regresó a su sitio.
Todos permanecieron inmóviles y callados.
Malcolm trató de calcular el tiempo que transcurría.
Al cabo de unos cinco minutos, o eso calculó, se produjo una agitación entre los grifos y un coro de murmullos, y luego estos abrieron un pasillo a través del cual llegó un individuo muy viejo, un ser humano y no un grifo.
Su daimonion era un jerbo, que permanecía posado en su hombro, con ojos brillantes y mirada curiosa.
Viendo que el anciano se apoyaba en un par de bastones, Malcolm se levantó para cederle su taburete.
Ante ese gesto, que complació visiblemente al anciano, la reina volvió a mirar al visir.
Al cabo de un momento, un grifo acudió con otro taburete, en el que Malcolm se instaló de buen grado.
La reina Shahrnavāz habló al maestro Ruzbeh en persa.
Con su grado de comprensión de dicho idioma, Malcolm captó que le estaba transmitiendo un resumen de lo anteriormente dicho, con bastante precisión.
El anciano escuchaba con atención, adelantando un poco la cabeza, de lo cual Malcolm dedujo que tal vez estaba algo sordo.
La mirada que de vez en cuando posaba en Malcolm, en Pan y en Tilda Vasara estaba impregnada, con todo, de una gran sabiduría, viveza y curiosidad.
Una vez que la reina hubo terminado de exponerle el contenido de la conversación previa, el maestro Ruzbeh asintió y pronunció un par de palabras en el mismo idioma. A continuación, se volvió hacia la bruja.
—No conozco ninguna de las lenguas nórdicas, lo lamento —se disculpó, con voz queda y ronca, pero clara—. Confío en que podamos hablar en inglés.
—Sí, sería lo mejor —convino esta.
—¿A usted también le conviene así, señor? —consultó a Pan.
—Oh, sí —confirmó este, disimulando su sorpresa—, para mí también sería lo mejor.
—Veo que usted entiende mi idioma —dijo entonces en persa el viejo consejero a Malcolm—, pero sería más sencillo comunicarnos en el suyo.
Malcolm asintió mudamente y el maestro Ruzbeh prosiguió en inglés.
—Si su majestad no tiene inconveniente, proseguiremos de este modo.
Han estado hablando de un fenómeno que yo no he experimentado por mí mismo.
Un motivo podría ser que tengo los sentidos embotados por la edad.
De todas formas, su pueblo, majestad, me ha hablado de cambios como esos que han mencionado, cambios que han advertido en los cielos, cosas que quizá tendrían un menor significado para las criaturas que viven en el suelo.
En el curso de mi vida, he leído mucho y he oído muchas cosas, y nunca había aparecido esto en ninguna historia, poema o crónica que yo conozca.
Por otra parte, los informes sobre estas alteraciones se han incrementado notablemente a lo largo de las semanas anteriores.
Se tomó un momento de pausa, durante el cual Malcolm alcanzó a oír el rasposo roce del aire en sus pulmones.
—Un testigo fiable —continuó el maestro Ruzbeh— ha contado de forma precisa y detallada que, de un tiempo a esta parte, ha advertido esta degradación en el aire que se da a veces en zonas donde ha habido evidencia de actividad sulfurosa o fulminante en el nivel del suelo.
No obstante, no se ha observado ninguna causa de este nuevo efecto; parece tratarse de algún fenómeno eruptivo o explosivo, tal vez de origen volcánico, aunque no tenga lugar necesariamente en regiones volcánicas.
Malcolm experimentó una sacudida instantánea y tuvo la certeza de que lo mismo le había ocurrido a Pan: ambos se acordaron de los mensajes que Glenyis Godwin les había hecho llegar a través de la magnetita. Tomó conciencia, asimismo, de que Tilda Vasara se había vuelto a mirarlo.