15. Una isla en medio del diluvio #2
La bruja y Malcolm cayeron al suelo, y Pan atrapó la delgada rama de pino en el aire y la arrastró hasta el interior de la habitación.
A Malcolm le dolía terriblemente la herida, a causa de la torsión de cadera que había realizado al rescatar a la bruja. De todas maneras, se levantó con esfuerzo y se volvió para ayudarla a ella.
«Una bruja», pensaba… Un ser tan extraño. Nunca había estado tan cerca de una, ni había visto…
No, no era cierto. Desde la bruma del tiempo, entre toda aquella urgencia, surgió el recuerdo de una escena.
Muchos años atrás, la baqueteada La Bella Salvaje se mecía amarrada a tierra, y en ella Lyra dormía siendo un bebé en brazos de Alice, mientras Pan permanecía acurrucado en forma de lirón entre las patas de su daimonion Ben, y Malcolm, aunque exhausto, se mantenía en vela en aquella pequeña isla bajo la luna, en medio de aquella inexorable riada; y a tan solo un par de metros de distancia, se erguía la esbelta y altiva figura de la mujer venida del norte remoto, con una delicada corona de flores en el pelo y una rama de nube pino posada en las rocas a sus pies: Tilda Vasara, reina de las brujas de… ¿Cuál era la región?
—¿Tilda Vasara? ¿Es usted? ¿Era así su nombre?
Estaba empapada, con el pelo desgreñado, y la ropa negra pegada al cuerpo y a los muslos; y no parecía que hubiera transcurrido ni un día desde aquella vez.
Conservaba la misma lozanía de la joven cuya belleza había embelesado al muchacho que llegó hasta allí afrontando la riada.
Hasta la diadema de flores amarillas parecía la misma.
Una vez de pie, Malcolm le dio la mano y después ambos dirigieron la mirada hacia la ventana, hacia la que seguían volando, entre gritos, los grifos.
Tras ayudarla a levantarse, fue a asomarse y cerró los postigos, sin prestar atención a las grandes criaturas que todavía porfiaban para poderse posar en la húmeda piedra del parapeto.
Pan sujetó la punta de una de las pesadas cortinas con los dientes y la corrió.
Luego Malcolm cerró la otra y los sonidos de afuera quedaron algo amortiguados.
—No esperaba que lo fueras a olvidar —dijo la bruja.
—No, era imposible que lo olvidara, como tampoco voy a olvidar este instante. ¿Por qué ha venido aquí?
—Para hablar con la reina. En cuanto supe que estabas aquí, creí que había una posibilidad de llevar a buen puerto mi misión.
—¿Cómo supo que estaba aquí?
—Mi daimonion te vio volar a lomos del príncipe grifo.
Otro recuerdo: el charrán ártico que había visto cuando el amanecer iluminó el monte Damāvand…, vinculado a un recuerdo más antiguo: el del ave blanca daimonion que susurraba algo al de Alice, Ben, mientras este vigilaba a la pequeña Lyra en la canoa.
—¿Dónde está ahora?
—Sobrevolando la tormenta.
Malcolm se apartó hacia atrás el pelo, para contener el agua que le chorreaba por la frente y se le infiltraba en los ojos. Después respiró hondo.
—¿Se quiere sentar? —ofreció—. Podemos proponerle una silla o ese montón de pieles. ¿Tiene frío?
—Nunca tengo frío, pero gracias de todas formas. Las pieles servirán.
Tomó asiento con la gracilidad con que parecía hacerlo todo.
El Malcolm adulto tuvo una reacción más compleja ante ella que la del Malcolm adolescente; incluso en ese momento de asombro, en el que aún tenía conciencia del peligro, no dejaba de reparar en la finura de su pálida piel, en la elasticidad de los músculos de los brazos y hombros, ni en la manera como modelaba la seda mojada sus caderas y muslos.
«Quítatelo de la cabeza, de manera permanente», se dijo.
—¿Para qué quiere hablar con la reina? —preguntó Pantalaimon.
—Quiero que me preste ayuda para mi pueblo y que acepte a cambio la nuestra. Quiero saber si son conscientes del peligro al que se enfrentan todos los pueblos del aire.
—Pues no parecían querer darle una buena acogida —destacó Malcolm.
—Seguramente, ocurre algo que los vuelve temerosos. En tiempos normales, nosotras no nos ocupamos de ellos, ni ellos de nosotras. Nuestros reinos apenas se tocan. Tenemos diferentes preocupaciones e intereses.
Malcolm pensó que le había escrito casi las mismas palabras exactas a Glenys Godwin un par de días antes.
—Pero ¿qué ha pasado para que se altere la situación? —planteó.
—Los vientos están decayendo. El aire está enrarecido. Esto nos va a afectar a todos, y es preciso que hablemos de ello.
—¿El aire está enrarecido? —dijo Pan—. Pero si parece…, y el viento que sopla fuera es igual de fuerte que siempre, ¿no?
—Me refiero a otros vientos. Me llevaría cierto tiempo explicarlo, y para entonces…
Alguien aporreó la puerta con tanto ímpetu, que el ruido sofocó casi el de la tormenta.
—Deje que hable yo —aconsejó Malcolm a la bruja—. No pronuncie ni una palabra hasta que estemos en presencia de la reina.
Abrió la puerta de par en par y se plantó en el umbral. El visir y los tres guardias que lo acompañaban hicieron ademán de entrar, pero Malcolm los interceptó de inmediato con severa actitud.
—¿Por qué tratan con tal descortesía a mi invitada, la reina Tilda Vasara?
—¡Ha matado a dos de mis guardias!
—¿Y es ella la culpable? Ha venido aquí en son de paz, para solicitar una audiencia con su reina a fin de tratar un asunto de suma importancia para todos los pueblos del aire ¡y ustedes mandan un escuadrón de guerreros para atacarla y liquidarla!
Es lógico que se haya defendido. Ahora llévenos de inmediato ante la reina Shahrnavāz y compórtese con la debida cortesía.
El visir se quedó mudo y paralizado. Malcolm se volvió hacia la bruja y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
Después de ponerse en pie con aquella gracia incomparable, ella cogió la rama de nube pino que le tendía Pan como si de un cetro se tratara.
El visir no tardó en tomar conciencia de que tenía la misma categoría de reina que Shahrnavāz y se hizo a un lado para dejarlos pasar primero.
Ellos tres salieron sin ninguna prisa al pasillo y prosiguieron en dirección a la gran sala.
La bruja iba en el centro, flanqueada de Malcolm y Pan.
Mientras caminaban, oyeron voces acaloradas provenientes de la sala y de más allá, el ruido de pasos precipitados y el tañido de un gong que sonaba a cierta distancia. Fuera, la tormenta seguía desatada: incluso en el interior de la montaña, oían el aullido del viento y el estrépito de los truenos.
—¿Dónde queda su reino? —preguntó en voz muy baja Malcolm.
—En el lago Onega —respondió la bruja.
Los grifos alzaban la voz como si discutieran o impartieran órdenes, o como si debatieran exaltadamente sobre algo. Malcolm, que no los había oído hablar entre sí, estaba intrigado por su lengua, pero no era aquel momento propicio para pensar en eso, porque ya casi habían llegado a la gran sala.
Una buena señal, pensó: habían desplegado la alfombra. Consideraban la ocasión como un acto de Estado. No parecía, pues, que fueran a ser condenados a muerte rápidamente.
Frente al espacio donde se había colocado la reina para recibirlos la vez anterior, había dos taburetes de madera labrada con profusos adornos, dispuestos a un metro el uno del otro.
Con su veteranía en asuntos de corte, el visir se hizo cargo al instante de la situación e invitó a avanzar a Malcolm y a la reina de las brujas, indicando que Malcolm se instalara en el taburete de la derecha y Tilda Vasara en el de la izquierda.
En el pasillo sonó un revuelo de roces y murmullos de voces de grifo, que quedó sustituido por un absoluto silencio en el momento en que entró la reina.
Las facciones aguileñas de los grifos no permitían una amplia paleta de expresiones: la ferocidad era prácticamente lo único que eran capaces de proyectar.
No obstante, la lentitud y frialdad con que posó primero la mirada en Malcolm y luego en Tilda Vasara, hizo sospechar a este que estaba a punto de dar rienda suelta a un estallido de rabia.
Malcolm ofreció una calmada reverencia y la bruja inclinó la cabeza.
Shahrnavāz se colocó en postura tendida y les indicó que se sentaran.
Tilda Vasara lo hizo con la ligereza de una pluma.
Malcolm, impedido por el dolor de la pierna, demostró mucha mayor torpeza y casi estuvo a punto de caer buscando a tientas el taburete.
«No te azores —pensó—. Limítate a hablar con la máxima dignidad posible».
—Majestad —se dirigió a ella con firmeza—, permítame que le presente a la reina Tilda Vasara, dirigente del clan de brujas de la región del lago Onega.
—¿Y dónde queda eso? —preguntó la reina de los grifos.
—En las lejanas tierras del noroeste —respondió con calma Tilda Vasara—, justo al sur de donde empieza el hielo.
—¿Y por qué se ha dirigido a mi artífice antes de hablar conmigo?
—¿Es un artífice? —preguntó la bruja, con manifiesta sorpresa—. Para mi pueblo es un hombre de gran importancia.
—En los reinos del oro, un artífice es un hombre de gran importancia —aseveró Pan.
Las dos reinas se volvieron hacia el daimonion, y Malcolm quedó maravillado por su impudencia. Shahrnavāz acabó por inclinar la cabeza.
—La reina Tilda Vasara ha recurrido a mí en busca de refugio, porque la estaban atacando cinco de sus guerreros.
Aunque cumplían órdenes, era vergonzosa la desproporción de fuerzas.
Trae un mensaje de suma importancia para todos los pueblos del aire, del más poderoso hasta el más insignificante, que merece ser escuchado.
Reina Shahrnavāz, usted ha sido hospitalaria conmigo.
Le pido que prodigue su generosidad a esta valiente reina de las brujas y escuche lo que ha venido a decir.
—Hable, pues —conminó la reina de los grifos.