15. Una isla en medio del diluvio
M alcolm y Pan estaban trabajando en sus habitaciones.
En la mesa ardía una lámpara de aceite, porque el cielo estaba oscuro, cargado de pesados nubarrones, y las rachas de viento hacían traquetear los postigos y estremecer la llama de la lámpara.
Abrigado con una manta sobre los hombros, Malcolm hacía progresos con el aletiómetro.
Una vez hubo retirado el mecanismo, lo cual supuso una ardua tarea a causa de la deformidad de la caja, quedó sorprendido por la sencillez de este.
Las tres ruedas estaban conectadas a las tres manecillas de la esfera por medio de simples engranajes que, por suerte, estaban todavía intactos.
No encontró ningún mecanismo que moviera la aguja, pero, dada la ausencia de esta, la cuestión era por el momento irrelevante.
—Cuando Lyra movía las manecillas, ¿se movía la aguja? —consultó a Pan.
—No. Se quedaba como si estuviera colgando.
Parecía que, de no haber estado el vidrio de por medio, se habría puesto a girar con solo soplar.
Solamente se movía cuando ella pensaba la pregunta y cuando las manecillas estaban en la posición correcta para formularla.
Después parecía como si…, como si se moviera por sí sola, sin ningún mecanismo.
No temblaba, ni vacilaba, ni oscilaba. Siempre nos parecía como si estuviera viva.
Los relojes no parecen vivos, en cambio.
¿No hay ningún mecanismo al que estuviera sujeta?
—No. Parece como si colgara sin sujeción. Quizá falte alguna pieza, pero no veo que haya siquiera un lugar donde pudiera caber. ¿Hay alguna prenda de seda en el baúl de cedro? ¿Una bufanda, un chal o algo así?
Pan se introdujo en el baúl y se puso a revolver la ropa.
—Aquí está. Es también negra, como la tela con la que Lyra lo envolvía siempre —comentó, subiéndose de un salto a la mesa.
—Voy a guardar aparte el mecanismo —explicó Malcolm, mientras lo envolvía con cuidado con la tela—. No hay que mencionárselo a la reina. De todos modos, como no es de oro, tampoco le interesaría. Más adelante, lo examinaré con más detenimiento, pero por ahora…
—Mira —lo avisó Pan—. Otra vez hay palabras en la piedra.
Estaba mirando la magnetita resonante, que se encontraba junto a las herramientas en la mesa. El mensaje de Glenys Godwin se iba formando ante sus ojos. Malcolm cogió la piedra y Pan se encaramó junto a su brazo para leerlo con la luz de la lámpara.
— Traicionado … —leyó en voz alta Malcolm—. Sí que es una mala noticia. ¡Maldita sea! Si le dio tiempo a escribir esto, debe de haber podido escapar, pero… Y aquí estoy yo, bloqueado en lo alto de una dichosa montaña. ¿Ponte derecho y vuela como es debido? ¿Qué debe de querer decir?
—Es un fragmento de una canción que habla de un águila ratonera y un mono. Debe de referirse a nosotros y a los grifos.
—Va a entregar la piedra a otra persona. Ojalá consiga…
Malcolm cerró los ojos. Le palpitaban las sienes y notaba aquella especie de restallido y destello ambárico, situados justo por debajo del umbral de percepción que a menudo precedía la aparición del círculo de lentejuelas, su aurora de migraña, tal como había creído él al principio que se llamaba.
Tal vez se debía a que se hallaban a una gran altura allí en la montaña, pero parecía que la presión de la atmósfera había bajado rápidamente.
—Se prepara una tormenta —vaticinó Pan.
Se hallaba situado encima del parapeto, con la pelambre erizada por los dedos invisibles del viento.
Malcolm acudió a su lado y, protegiéndose con la manta del penetrante frío, observó el horizonte preñado de nubes negras, tan grandes como las montañas, surcadas de espectaculares rayos de luz de sol que por momentos alcanzaban a rozar fulgurando alguna que otra cumbre, para luego desaparecer al instante cual luces de un faro.
De improviso, una potente racha de viento golpeó su nido de águilas, tomando por sorpresa a Pan, que vaciló en lo alto de la balaustrada. Malcolm proyectó de inmediato la mano para sostenerlo y luego la retiró. Ninguno de los dos mencionó lo ocurrido.
Frente a ellos, un relámpago azotó la negrura del aire con un millar de ramificaciones y, tres segundos más tarde, el trueno estalló, haciendo retumbar con su eco las montañas y temblar la propia sustancia de la tierra.
A Pan le fascinaban normalmente las tormentas, y a Malcolm le gustaban también, siempre y cuando no se encontrara en una barca rodeado de agua.
La inmensa mole de Damāvand debería haber constituido, en principio, un refugio seguro.
No obstante, ambos notaron cómo se estremecieron y temblaron las paredes de su pequeña habitación cuando retumbó el siguiente trueno, aquella vez de manera simultánea con el restallido del relámpago.
—¿Qué hacen? —preguntó, a voz en cuello, Pan.
Había tenido que elevar la voz para hacerse oír entre el aguacero, de proporciones monzónicas, que empezó a batir la montaña, acompañado de un sonido percutante, como de un centenar de pisadas de cascos que aporrearan el suelo.
—¿Qué? ¿Quiénes? —gritó a su vez Malcolm, tratando de ver el punto hacia donde señalaba Pan.
—¡Grifos! ¡Están saliendo a volar en plena tormenta!
—¿Dónde? Ah, sí… Son cinco o seis. No sé cómo pueden volar así.
Sí volaban, sin embargo, batiendo las colosales alas, elevándose con vigor para repentinamente caer en picado, como proyectados a un abismo, y luego remontar de nuevo, cual nadadores en un mar embravecido, bregando con cada respiración y con cada latido.
—¿Adónde van? —gritó Pan.
No era insólito verlos volar en torno a la montaña, montando guardia, transmitiendo mensajes o llevando noticias del reino exterior, pero sí era insólito verlos arriesgar la vida, tal como así parecía, en una tempestad como aquella.
Escudándose los ojos para protegerlos de la violenta lluvia, Malcolm y Pan observaron el inestable vuelo de los cinco o seis grifos, que afrontaban sorteando rocas y simas la tormenta, la cual había transformado en cuestión de minutos un mero oscurecimiento localizado del aire en un vasto tumulto tempestuoso.
Casi toda la luz que percibían provenía de los frecuentes estallidos de relámpagos, pero, de vez en cuando, entre las nubes aparecía una brecha y, como venido de otro planeta, un rayo de sol se abría camino hasta la febril masa de vapor y oscuridad.
Gracias a la luz de uno de aquellos rayos, Malcolm distinguió otra figura, mucho menos voluminosa que la de los grifos, que se movía velozmente a través de la tormenta en dirección a la montaña, bajando y subiendo en las alas de una indómita corriente de aire, deslizándose a uno y otro lado entre la turbulencia igual que un pececillo en un arroyo.
—¡Mira! —exclamó Malcolm en medio del aullido del viento.
—¡Una bruja! ¡Una bruja! —gritó Pan.
Malcolm entornó los ojos y forzó la vista, tratando de compensar el efecto de la cortina de agua.
—Sí, ya la veo. ¡La van a atacar!
Los cinco o seis grifos tenían iguales o mayores dificultades para mantenerse en el aire que la bruja, puesto que sus enormes alas sufrían más las violentas embestidas del viento que la pequeña figura que, montada en su rama de nube pino, surcaba como una golondrina los golfos y cañones del cielo.
Con todo, los grifos eran poderosos. Mientras que ella cabalgaba a lomos de la tormenta, ellos la atravesaban como balas de cañón. Estaba claro que la habían visto; iban a por ella.
—Hay uno que… —dijo Pan.
Malcolm retuvo la respiración, porque el primer grifo se había acercado lo bastante como para propinarle un zarpazo a la bruja.
No obstante, para ello tuvo que erguirse en el aire y entonces una ráfaga de viento lo impulsó a un lado.
Entre los fogonazos de los relámpagos, vieron que la bruja alargaba un brazo hacia la espalda y después, que tenía un arco en las manos, con el que disparó una flecha al siguiente grifo que se le aproximó.
Este quedó proyectado hacia atrás y cayó dando tumbos.
Hasta sus oídos llegaron sus gritos de rabia y de dolor, antes de que acabara estrellándose contra un pináculo de roca, con una fuerza cuya onda de choque casi llegaron a sentir.
Pan había aferrado el brazo de Malcolm, sin que ni uno ni otro tuviera conciencia de ello.
Toda su atención se concentraba en la diminuta figura de la bruja, que volvía a subir y a bajar velozmente para evitar los zarpazos de los grifos, aún más furibundos que antes.
Disparaba sin cesar flechas que en su mayoría se perdían, sin hacer blanco, en el aire.
Una de ellas sí hizo, sin embargo, diana en el cuello de un grifo que trataba de abatirse sobre ella.
Este perdió el control y cayó dando alaridos, a escasos centímetros de ella.
La bruja lo había sorteado justo a tiempo, pero entonces se encontró con que el resto de los grifos estrechaban el cerco, de modo que renunció al arco para agarrar con ambas manos la rama de pino y propulsarla hacia la cumbre…
justo hacia el retazo de luz de su ventana, justo hacia el parapeto.
Aunque entorpecidos por las embestidas del viento, los tres grifos la seguían, batiendo con tenacidad las poderosas alas, adelantando los picos águila para desgarrar aquella carne que tenían tan cerca…
—¡Por aquí! ¡Por aquí! —gritó Pan.
Malcolm tendió la mano hacia el precipicio, aferrado al parapeto. A la bruja le faltaba poco para poder cogérsela. Justo debajo, justo detrás, aquellos ojos fulgurantes, monstruosos e inhumanos, y los rugidos de furia…
—¡Agárrese a mi mano! ¡Deprisa! —gritó Malcolm, arrojando su voz al viento.
Logró asirle la mano y tirar a plomo de ella para superar el obstáculo del antepecho, justo en el momento en que el primer grifo se empinaba ya para descargar las gigantescas zarpas de león.
En medio del azote del agua, estas resbalaron, no obstante, y la colosal criatura se vio impulsada a un lado por una masa de aire que la golpeó con la contundencia de una ciclópea ola.