14. Ilustración dinámica
A l comprar los billetes del trayecto, Lyra había cogido un folleto con los horarios.
De acuerdo con estos, la hora previsible de llegada a Bakú era las diez y media de la noche del segundo día de viaje.
Los horarios le parecían bastante fiables, porque, hasta el momento, todas las paradas habían tenido lugar a la hora precisada.
Despertó cuando el autobús se detuvo para repostar combustible en algún sitio.
Había allí unas colinas boscosas, y le pareció ver un lago.
Era una lástima que no tuviera ningún mapa, ni tampoco un libro para leer, o ni tan siquiera una revista o un periódico.
Un sirviente le llevó café y pastas, y volvió a plegar la cama.
Mientras tomaba tranquilamente el desayuno, contemplaba con la luz de la mañana el paisaje, que se iba alterando a medida que el voluminoso autobús ascendía, poco a poco, entre bosques de robles y chopos, y campos de trigo, adelantando a su paso carros tirados por burros.
En un momento dado, tuvieron incluso que esperar a que un pastor apartara su rebaño de la carretera.
La carretera… A Lyra le dio por pensar que todas las carreteras iban a parar a otras carreteras, lo cual, aun siendo un pensamiento poco original y más bien carente de interés, tal como reconoció ella misma, tuvo la virtud de recordarle el paquete de cartas que le había regalado aquel anciano caballero turco, el Myriorama.
Allí había la ilustración de una carretera que no terminaba nunca.
Sacó el desgastado mazo de la mochila y se puso a distribuir cartas sobre la mesa.
¿De dónde debían de provenir? ¿Dónde las habrían impreso?
Los dibujos parecían de comienzos del siglo XIX , de una época presidida por la poesía romántica y el protagonismo dado al paisaje y la sensibilidad; los paisajes de fondo eran en su mayoría europeos, bosques germánicos, montañas italianas, una costa mediterránea; las personas representadas eran campesinos, soldados, comerciantes, bandidos tal vez, niños que jugaban, un pastor con su rebaño que entorpecía el avance de un carruaje…
Igual como el pastor y el rebaño que unos momentos antes impedían el paso del autobús.
—Vaya —dijo—. ¿Qué significado debe de tener?
Había hablado en voz baja, pero no mentalmente, a causa del asombro que le había producido la coincidencia.
Se trataba desde luego de una coincidencia, pero ¿qué era, a fin de cuentas, una coincidencia?
¿De dónde surgía su significado? Evocó el proceso de aprendizaje que le había exigido poder llegar a leer el aletiómetro, por el cual había tenido que pasar dos veces: una en su niñez, guiada por el instinto, la intuición o el juego, y más tarde, tras su regreso a Oxford después del viaje al norte, en el que había invertido largas horas de arduo y cuidadoso trabajo, a fin de traducir el significado en forma de conciencia expresable.
¿Era eso la función que cumplía la imaginación?
¿Percibir relaciones entre cosas, relaciones que de otro modo resultarían invisibles, y atribuirles un significado?
Las relaciones entre el pastor y su rebaño que obstruían el paso del carruaje en el dibujo y los que ocupaban unos minutos antes la carretera en la realidad: el significado se hallaba en el hecho de que ella percibiera la similitud y no en las cosas en sí mismas, que, a menos que ella las viera, podrían haber sido algo contingente y carente de sentido.
Para que el significado existiera, ella tenía que participar en el proceso.
—¿Es este tu nuevo aletiómetro? —dijo Asta.
El daimonion de Malcolm había permanecido adormilado al sol junto a Lyra, y esta casi se había olvidado de su presencia.
Durante los dos días anteriores, todo había ocurrido con tanta rapidez, en un torbellino de peligro y miedo, que solo por el mero hecho de estar sentada pensando tranquilamente le parecía hallarse flotando en una especie de estado de benéfico vértigo.
Era algo parecido a distanciarse de la tierra en un globo como el de Lee Scoresby y encontrarse con un inesperado compañero allí; iba a tener que encontrar una manera de hablar con Asta que no creara confusión con el tipo de conexión que tenía antes con Pan.
—Algo parecido, espero —respondió a la pregunta de Asta—. ¿Había utilizado alguna vez Malcolm un aletiómetro?
—No, pero muchas veces mirábamos cómo lo utilizaba Hannah Relf. Uno hace una pregunta combinando tres símbolos, ¿no?
—Sí. Después tiene que tratar de encontrar un sentido a la respuesta.
—¿Por qué tres? Porque hay tres manecillas, ya sé, pero ¿por qué no dos o cuatro? ¿Por qué le asignaron tres manecillas?
—Porque cuatro es demasiado y dos no es suficiente —repuso Lyra, recordando algo que había oído en una conferencia sobre pautas narrativas en los cuentos populares—.
Bueno, lo que quería decir es que funciona perfectamente bien con tres.
Al combinarlo con la profundidad de alcance de los símbolos, se puede expresar prácticamente todo.
—Uno podría afirmarlo y el resto del sistema así podría confirmarlo, pero de todas formas no habría la certeza de que fuera cierto.
—¿Por qué no?
—En cualquier sistema, como un sistema matemático, por ejemplo, se puede demostrar un montón de cosas, pero siempre hay otras que no es posible demostrar.
—¿Es eso verdad?
—No es solo verdad, sino que está demostrado. Se puede demostrar que hay cosas que es imposible demostrar.
—¿Cosas verdaderas?
—Sí. Son verdaderas, pero para demostrarlo hay que mirar fuera de ese sistema.
Lyra se quedó pensando un momento.
—O sea, que el hecho de que hubiera tres imágenes, cuatro o diez mil, no cambiaría nada.
—No. Aparte, supongo que sería difícil hacer caber otra pieza de mecanismo en una caja tan pequeña.
—Sí, eso también es cierto.
Asta se subió a la mesa y miró las cartas.
—Y esto… ¿cómo se llama?
—En la caja pone «Myriorama».
—Con esto podrías disponer de tantas cartas como quisieras. No tendrías que limitarte a tres.
—No creo que tenga el mismo tipo de aplicación, la verdad… El señor que me lo dio lo usó para contarle un cuento a un niño. Además, esto son imágenes de cosas que suceden, ilustraciones y no símbolos como es el caso del aletiómetro, donde tienen unos significados definidos, organizados en estratos.
—Estas imágenes también podrían tener significados, pero serían algo dinámico y no estático.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, en el aletiómetro, un símbolo, como el de la colmena, por ejemplo, tiene muchos significados, pero cada uno es fijo.
—Sí, así es. La colmena tiene el significado de base de trabajo productivo, y también el de dulzura, luz, orden, información topográfica…
Sí, son fijos. Por eso hay libros en donde se detallan todos de manera ordenada.
Debe de haber una comprensión común del significado de las cosas. Si no, no funcionaría.
—Las imágenes de estas cartas son distintas, tal como bien has señalado.
Muestran cosas que están ocurriendo. Son ilustraciones de gente en movimiento, de encuentros, de sucesos, de cosas que ocurren en un margen de tiempo determinado.
Por eso ese hombre podía utilizarlas para contar un cuento.
Sería más difícil contar una historia con los símbolos del aletiómetro.
—Sí —admitió, con aire reflexivo, Lyra—. Claro que uno no usa el aletiómetro para eso, sino para discernir qué hay de verdad en una determinada situación, determinar los elementos esenciales. Por eso se lo considera como un medidor de la verdad.
—Ese objeto que usaste para abrir la cerradura de la puerta —dijo Asta—. Era un componente del aletiómetro, ¿no?
—Sí.
—¿Qué fue lo que pasó?
Lyra le habló de al-Khan al-Azraq y del escita tuerto que tenía un daimonion cautivo en una jaula, y le explicó, con los ojos empañados de lágrimas, cómo había pegado el hermoso aletiómetro a la mejilla, transmitiéndole amor, antes de desmontarlo.
Le contó que, al abrir la jaula, el hombre había despertado.
Entonces se había apoderado del aletiómetro y había huido con él, pero que, al llegar a lo alto de las escaleras, un grifo lo había agarrado y se lo había llevado.
Pese a que aquello había ocurrido hacía tan solo unos días, tenía la sensación de que hubieran transcurrido años.
—¿Es lo único que te queda?
—Y la tapa de vidrio. Bueno, unos los robaban a otros y había ido pasando continuamente de mano en mano; yo tuve suerte al haberlo conservado tanto tiempo.
Desplegó el papelito para enseñar la aguja a Asta. El daimonion se inclinó para observarla y la tocó con delicadeza.
—Necesitas algo mejor que ese trozo de papel para guardarla.
—Ya lo sé, pero…
—Ya encontraremos algo. Fabricaremos algo.
—Eso es lo que seguramente haría Malcolm.
—Desde luego.
—No sé si sería capaz de fabricar otro aletiómetro…
—Si tuviera tiempo, las herramientas y el oro, y el material de que está hecha esta aguja, estoy seguro de que sí sería capaz.
—¿Habías estado antes lejos de él durante tanto tiempo? —preguntó Lyra, guardando la aguja.
—No, nunca. Nos bastaba con saber que teníamos esa posibilidad en caso de ser necesario.
—¿Conociste a alguien que pudiera separarse?
—No.
—Entonces no habrás conocido a ninguna de estas personas.
Sacó la libretita negra, la Clavicula Adiumenti , y la dejó en la mesa. Asta la abrió con una pata y la examinó atentamente.
—Son nombres y direcciones… en sitios que van hasta Corasmia.
—Nombres de personas que pueden separarse.
—¿Cómo lo conseguiste?
Lyra le explicó que lo había encontrado en la mochila del botánico asesinado y de qué forma había averiguado de qué se trataba. Le relató su encuentro con el mago Agripa en Praga y cómo descubrió el nombre de la princesa Cantacuzino en Esmirna.
—¿Hay alguna dirección en Bakú? —preguntó Asta.
Lyra pasó las páginas, hasta localizar un nombre y una dirección: Horace Green, Villa Victor Hugo 23, Hussein Javid Prospekt, Bakú.
—Un nombre inglés —constató Lyra—. Quizá probemos con él. —Cerró la libreta y prosiguió—: De todas formas, es extraño. Uno tendería a creer que los daimonions y sus personas todavía tendríamos conciencia de lo que piensa cada cual, aunque no estuviéramos cerca…
—Lo que ocurre es que en esa comprensión mutua influye mucho el vernos las caras, oír las voces y todo ese tipo de cosas físicas.
Pensamos con nuestros cuerpos, comprendemos con nuestros cuerpos, y no con esta especie de ente abstracto que es la mente.
Yo puedo intuir lo que Malcolm pensaría o sentiría, y probablemente no me equivocaría, pero solamente lo sabría con certeza si estuviera cerca y pudiera verlo con los ojos y oírlo en su voz.
—Sí… Pero supongamos que ocurriera algún horrible accidente o algo por el estilo, eso sí lo notaríamos, seguramente. Cuando Pan presenció un asesinato en Oxford, creo que yo sentí algo, como una especie de conmoción, en el mismo momento que él.
—Sí, y si la conmoción fuera muy fuerte…
—Entonces moriríamos los dos.
Ambos guardaron silencio un momento.
—Lo peor sería —continuó Lyra— no estar con ellos, si…
No tuvo necesidad de concluir la frase, pues Asta sabía muy bien a qué se refería.
Alguien llamó a la puerta.
Lyra pestañeó y se incorporó, recobrando la compostura.
—Adelante —dijo.
Era Ionides, que entró rápidamente y se sentó en el otro asiento.
—Hay un agente del Magisterio en el autobús —anunció en voz baja—. Hay uno como mínimo, probablemente más.
—¿Es alguien a quien ha reconocido?
—Sí.
—¿Lo ha visto él a usted?
—No, me parece que no.
—¿Quién es? ¿Cuándo lo había visto antes?
—Hace dos años, en Bucarest. Entonces se hacía llamar Dimitriu.
—¿Lo conoce él a usted? ¿Cree que lo reconocería ahora?
—No, no tiene por qué. Nunca hablamos.
—¿Cómo ha sabido que era un agente del Magisterio?
—En Bucarest, lo vi pasar unos papeles a un hombre que me constaba que era del Magisterio. Más tarde, los vi juntos con otra persona. No tuvo suficiente cuidado y por eso me fijé en él.
—Quizá sea mejor que no vuelva a su asiento. Quédese aquí.
—No, señorita Plata. Desde mi asiento lo puedo vigilar. Dentro de más o menos una hora, vamos a parar durante diez minutos. Lo observaré especialmente, entonces. ¿Tiene esa porra pequeñita?
—Aquí mismo.
—Si tiene que usarla, golpéelo con mucha fuerza.
Ionides escuchó frente a la puerta, y luego se fue y cerró discretamente.
—Vaya —dijo Lyra.
—Es un poco extraño —opinó Asta—. Yo habría creído que nos estábamos distanciando del alcance del Magisterio. Lo de la campana del ángelus era un detalle indicativo, por ejemplo.
—No he entendido bien eso.
—Fue una de las cosas que Calvino prohibió al convertirse en papa, el último papa.
El control del Magisterio ha sido siempre tan absoluto que solían sofocar en el acto cualquier pequeño conato de disensión.
Un ejemplo de ello son los asesinatos que hubo en Pisidia, en la reunión de los cultivadores de rosas…
Tú no estás al corriente de eso, claro. Todavía tenemos muchas cosas que contarnos.
Relató a Lyra el ataque que llevaron a cabo los hombres de las montañas en el teatro donde tenía lugar el encuentro y cómo Malcolm mató a su cabecilla.
—¿Lo mató sin más?
—Ese hombre había matado ya a un inocente cultivador de rosas y habría matado a otros más. Era lo mejor que podía hacer. En realidad, no tenía otra opción. Con eso puso freno a todo.
—¿Ha…, ha matado a muchas personas Malcolm?
—Mató a una para mantenerte a ti con vida.
—Ah… Bonneville. Sí.
Lyra posó la mano en la porra, Pequeño, y recordó la ocasión en que Farder Coram dijo que, si las personas buenas querían derrotar a las malas, debían actuar sin escrúpulos. Quizá eso representaba matar algunas veces a alguien. Le producía desasosiego pensarlo.
Juntó las cartas del Myriorama y luego sacó una al azar. En ella aparecía una joven caminando, con aire abstraído, por la orilla de un río donde estaba pescando un muchacho. Asta se percató de qué miraba.
—¿Qué? ¿Qué significa? —preguntó.
—Supongo… que esa soy yo, y el muchacho es Malcolm, y…
—¿Y qué quiere pescar él?
—La verdad. Es el río del tiempo. La verdad es escurridiza, igual que un pez.
—Te lo estás inventando.
—Pero tiene su parte de verdad —arguyó Lyra.
OS a MP:
Escribo con prisas… Malas noticias. Me traicionaron, pero esto no lo van a encontrar. Por ahora no me voy a volver a comunicar. Ponte derecho y vuela como es debido.
G ODWIN