13. Un espía en la casa de Dios #3
Delamare volvió a probar en alemán.
—Me parece que seguramente hablabas en esta lengua con el profesor Brande, pero si prefieres utilizar otra y decírnoslo, podemos hacer traer un intérprete. Mientras tanto, ¿podemos hacer algo para que estés más cómodo? ¿Quieres agua, o una alfombra?
No hubo respuesta. De no ser por el constante y quedo gemido de dolor y angustia, se habría podido interpretar que estaba dormido, o muerto. Pero no, no estaba muerto, porque en ese caso habría desaparecido. Tal vez no era ni siquiera un daimonion…
—Ni se te ocurra —le advirtió su propio daimonion.
—¿El qué?
—Lo ibas a tocar.
—Solamente para ver si…
—No hagas eso. Se moriría en el acto.
—¿Se moriría de qué?
—De vergüenza.
—Con eso quedaría resuelta la cuestión.
—Pero de manera deshonrosa. No cabe duda de que es un daimonion. No lo toques.
Delamare se apoyó en el respaldo para observar a la atormentada criatura. Parecía un ser situado en el límite del agotamiento y el dolor, que se sabe solo y sin posibilidad de recibir ayuda.
—Pero no era su daimonion —destacó Delamare de improviso.
—¡Ah! —exclamó el daimonion lechuza.
—Entonces, ¿de quién es?
—Gottfried Brande no era tu persona, ¿verdad? —preguntó, adelantando el torso, en alemán.
El daimonion ovilló la columna y trató de cubrirse la cara con ambas patas, pero tuvo que desistir, por el evidente dolor que ello le provocaba.
—Dime, ¿por qué acabaste cumpliendo ese papel? ¿Por qué fingía él que tú eras su daimonion?
Delamare lamentó en ese momento no haber asistido a la conferencia de Brande, ni haber hablado de antemano con él, pues de ese modo habría podido observar su interacción con el daimonion.
Si bien este no efectuó ninguna tentativa para responder, de sus ojos empezaron a brotar lágrimas.
—Creo que me entiendes. Ahora estás solo y sufres mucho.
Yo te he ofrecido tratar de aliviar tu dolor.
Aquí tenemos expertos en el tratamiento de daimonion enfermos.
Hay medicamentos, profesionales de curas a través de la palabra e incluso de la cirugía.
Ningún daimonion tiene que padecer más de lo necesario.
Junto a la cara destrozada del daimonion, en el suelo se iba formando un charco de lágrimas. Delamare llegó a la convicción de que, en efecto, lo entendía.
—Si quieres decir algo, quizá sobre tu persona inicial o tal vez sobre tu país de origen…
El daimonion levantó la cabeza y murmuró:
— Nichts.
Acto seguido, desapareció como si estuviera compuesto de humo. Lo único que quedó fue el charco de lágrimas.
—¿Qué ha dicho? ¿Cuál era esa palabra?
—«Nada». No tenía nada que decir y así lo ha dicho. —Delamare se arrellanó en la silla—. Es lo único que sabemos.
—Bueno, ya averiguaremos algo más. ¿Crees que era persa lo que sea que haya dicho?
—La última palabra ha sido en alemán, pero sí, lo demás era persa, me parece.
Delamare se puso en pie y abrió la puerta.
—Ha muerto —anunció al guardia.
Echó a andar por el pasillo, y, al cabo de un momento, su daimonion se instaló sobre su hombro. Mientras abandonaba el edificio, Delamare convocó a varios oficiales y asesores a una reunión inmediata que se iba a celebrar en La Maison Juste. En su mente se estaba fraguando una idea genial.
Leenart Karpelin a Oakley Street:
La sensación causada por la muerte de Gottfried Brande no tiene trazas de disiparse.
La versión oficial asegura que Brande falleció de una apoplejía y que la conmoción provocada por su muerte fulminante hizo que su daimonion se separara de él, enloquecido por el miedo.
Le dieron refugio en La Maison Juste, mientras los médicos atendían a Brande, pero, a pesar de todos los cuidados dispensados, él y su daimonion fallecieron casi simultáneamente en cuestión de una hora.
El Magisterio ha tenido la precaución de conservar el texto de su conferencia y se dice que se plantean la posibilidad de publicarlo en su memoria.
La cuestión del daimonion sigue siendo un misterio.
Todos los que asistieron al suceso saben que Brande murió en el acto; nadie cree que su daimonion fuera «normal» en ningún sentido.
Los rumores sobre el comportamiento que tuvo después de su muerte se propagan y multiplican.
Algunos afirman que su fantasma habita todavía la capilla de la Sagrada Presencia.
Una delegación de fieles ha solicitado un servicio de exorcismo.
Una pequeña observación: Marcel Delamare, que siempre luce un estilo y porte proverbialmente inmaculado, se está volviendo descuidado con su vestimenta.
La manchita en la que ayer reparé en su solapa sigue ahí todavía hoy, y tenía las uñas mugrientas.
Lo menciono únicamente porque se trata de algo muy inusual.
—¿Que lo vamos a publicar? ¿De verdad?
—Oh, no tal cual, por supuesto. Pero sí percibo varias ventajas de presentar una versión reescrita, en la que resaltaríamos e incluso incluiríamos diversos puntos de vista de nuestra propia cosecha.
Delamare y su daimonion se encontraban en sus habitaciones particulares de La Maison Juste, examinando el texto de las notas que Brande tenía consigo cuando murió.
En el escritorio del presidente reposaban asimismo otras páginas de manuscrito que habían encontrado en su equipaje al registrar su habitación de hotel.
—¿Cuándo tendremos tiempo para hacer eso? —planteó su daimonion lechuza.
—Podría encargarse algún académico joven, como Maximov, por ejemplo.
—No me fío de él.
—Entonces otra persona. Cualquier estudiante de posgrado estaría encantado de hacerlo.
—Tampoco es tan evidente. Marcel, la única mente capaz de poner orden en esta confusa y contradictoria diatriba es la tuya. No veo por qué ibas a dedicarle tiempo a…
—Porque tiene algunas intuiciones bastante novedosas. Lo que dice del lenguaje…
—Entonces róbalas. Apodérate de ellas, simplemente. Después quema los papeles.
—El caso es que él iba en la misma dirección que nosotros.
—Guárdalo todo en la caja fuerte. Déjalo allí cerrado y vuelve a revisarlo una vez que hayamos neutralizado a la chica.
Delamare dejó reposar la espalda en la silla y se puso a tabalear en el escritorio.
—Sí —concedió—. La chica llegará esta noche a Bakú y, después, pronto se habrá acabado el asunto.