13. Un espía en la casa de Dios #2
Los sonidos que emitía el daimonion parecían casi una lengua, pero no se trataba de alemán ni de francés, ni de ningún idioma europeo, de hecho.
Karpelin evocó en su imaginación a la superviviente de alguna horrenda catástrofe que estuviera dando alaridos en las ruinas de su aldea, rodeada de los cadáveres de sus hijos.
Después, el individuo que había llegado a las proximidades de la puerta volvió a intentar accionar la manilla y, esa vez, esta se abrió.
La mayoría de los presentes se abalanzaron al instante hacia ella, tratando de abrirse paso a empellones.
El clérigo que había presentado al ponente se encontraba entre ellos.
El daimonion corrió a refugiarse en un rincón, bajo el altar de la comunión, donde permaneció cabizbajo, como si quisiera enterrar la cara bajo el suelo de piedra.
Karpelin, que además de espía era curioso de por sí, fue el último en abandonar la capilla.
—¿Por qué ese daimonion no lo mira? —susurró su daimonion ratón—. ¿Por qué no se queda pegado a él? Parece que es a él a quien más teme.
Karpelin comprendió a qué se refería.
—Le tenía miedo cuando estaba vivo —murmuró a modo de respuesta.
—Había algo raro entre ellos —afirmó su daimonion.
Desde fuera les llegaban sonidos de voces que discutían, explicaban y reclamaban.
De un momento a otro, iba a llegar alguien investido de autoridad.
Karpelin tuvo una repentina ocurrencia; se hincó de rodillas y juntó las manos como si rezara, justo a tiempo, porque en el umbral habían aparecido otras caras, cuerpos uniformados y armas.
Podrían haber sido policías, pero parecían más bien soldados. Karpelin reparó en las charreteras de la Oficina del Correcto Deber, organización similar a la del antiguo y temible Tribunal Consistorial de Disciplina.
El primero de los recién llegados reparó en Karpelin, pero enseguida se vio empujado a un lado por un compañero suyo, que señalaba al tembloroso daimonion encogido debajo del altar.
—¡Allí está! ¡Mira!
Cuatro o cinco individuos avanzaron desplegados, con los rifles en alto, hacia la mesa. Sus daimonions, que también eran variedades de perro, manifestaban un claro descontento con la situación. Dos de ellos intentaron rezagarse, en vano.
—¡Eh! ¡Sal de ahí! —gritó uno de los soldados.
El daimonion trató de hundir aún más la cabeza.
Otro individuo con uniforme de sargento se acercó a Karpelin, sin dejar de lanzar ojeadas hacia el altar.
—Señor, señor —le dijo—. Tiene que abandonar el edificio, por favor.
Karpelin abrió los ojos y lo miró, pero mantuvo las manos en posición de orar.
—Le estoy diciendo que se vaya —insistió, endureciendo el tono, el sargento.
—Sí, está bien —contestó Karpelin—. Ya lo entiendo. Pero no le hagan daño, ¿eh? Solo está aterrorizado.
—Nadie le va a hacer daño, pero usted se tiene que ir. Vamos, dese prisa.
Karpelin se levantó con cuidado y se encaminó al final de la hilera de sillas.
Entonces hubo algo que asustó al daimonion de Brande, porque se levantó de un salto aullando y abandonó corriendo el amparo del altar.
Con el sobresalto, uno de los soldados disparó el arma y, aunque no le dio al daimonion, destrozó una ventana.
En un frenesí de miedo y angustia, el daimonion se precipitó con todas sus fuerzas directamente contra la pared, como si creyera que esta era de papel, y salió proyectada hacia atrás, con los huesos de la cara aplastados y astillados, pero todavía vivo.
El dolor se agregó entonces al terror; la pobre criatura debía de estar casi enloquecida, pensó Karpelin, mientras su propio daimonion sollozaba de pena.
Luego llegaron dos hombres uniformados más, provistos de una larga vara con un lazo de alambre.
Para entonces, el sargento había dejado de prestar atención a Karpelin, más interesado en la captura del daimonion. Pese a que le resultaba muy duro mirar, considerando que alguien debía ser testigo de lo que ocurría, este se obligó a quedarse, estrechando a su pequeño daimonion contra su pecho.
El daimonion del fallecido se debatía con violencia, aunque sin tener ninguna noción de dónde estaba ni de lo que le sucedía.
Las patas le resbalaban en el suelo de piedra, y, cuando los hombres trataron de pasarle el lazo metálico en torno al cuello, lanzó gritos y alaridos y sollozó exactamente como…
, como un ser humano, concluyó Karpelin.
Claro que era humano, por supuesto que lo era, y su persona yacía muerta y él no podía morir.
El propio daimonion de Karpelin le rogaba que hiciera algo para ayudarlo, algo, lo que fuera.
No obstante, lo habían atrapado ya con el lazo y, entre cuatro fornidos individuos, lo arrastraban en dirección a la puerta.
Era imposible que ofreciera resistencia.
El umbral estaba atestado de gente que se asomaba, entre codazos, a curiosear con ojos como platos, exactamente como se comportarían, según imaginó Karpelin, los espectadores de una ejecución pública.
Los soldados blandían bastones que descargaban a diestra y siniestra para despejar el paso hasta la puerta de los compañeros que arrastraban al daimonion, el cual forcejeaba estrangulado por el lazo.
Una vez que se hallaron fuera, un montón de brutales caras de humanos los acompañaron, mientras Karpelin y su daimonion ratón se dejaban caer en una silla cercana y daban rienda suelta al llanto, para desahogar su pena e impotencia.
Fueron a informar de la noticia a Marcel Delamare, que se encontraba degustando una copa de vino en compañía de varios huéspedes importantes en el jardín de La Maison Juste.
—Quédate aquí, Mathieu —murmuró a su secretario particular—. Debo ocuparme de esto.
Por la ciudad circulaban ya, como centellas de una hoguera desatendida, rumores listos para incendiar cualquier material inflamable que tocaran.
Combinada con su personalidad adusta y extravagante, las circunstancias de la muerte de Gottfried Brande causaban una sensación que el Magisterio difícilmente podía sofocar.
Cuando Delamare llegó a la sede de la Oficina del Correcto Deber cinco minutos después de que lo hubieran informado de las novedades, delante de la entrada principal se había arremolinado ya una pequeña multitud.
—¡Monsieur le Président! —oyó llamar a alguien.
Reconoció la voz de Theophile Engelmann, un periodista especializado en asuntos de religión. Su cerebro ponderó de forma instantánea una disyuntiva: ¿sería mejor o peor hablar con él?
—Buenas tardes, Theophile —saludó con semblante grave, mientras se detenía—. Un asunto desconcertante.
—¿Sabía usted qué iba a decir Gottfried Brande en su conferencia, monsieur Delamare?
—No. Nosotros no nos dedicamos a la censura. ¡Por el amor de Dios! El profesor Brande era desde luego muy libre de decir lo que quisiera, y nosotros habríamos escuchado con suma atención las palabras de tan distinguido erudito.
—Y su daimonion…
—Me va a tener que disculpar, Theophile, pero en las actuales circunstancias no puedo decir nada hasta haber examinado yo mismo el caso.
—¿Lo van a matar? —preguntaron otras voces—. ¿Lo van a abatir? ¿Está muerto o está vivo?
Las voces brotaban de diferentes puntos del gentío, que no paraba de crecer.
Delamare levantó la mano, sacudió la cabeza y, con sonrisa pesarosa, dejó que su escolta le abriera camino para poder entrar en el edificio.
Su daimonion lechuza levantó las alas y las agitó un par de veces, en una rara manifestación de contrariedad.
—¿Y bien? —espetó Delamare al oficial responsable.
—Por aquí, monsieur le …
—¿Aún está vivo?
—Sí, pero está muy abrumado. No puede…
—¿No hay margen de duda de que Brande está muerto?
—Ninguno, monsieur . Ha muerto en el acto de una apoplejía.
—¿Y el daimonion está herido? ¿A causa de qué?
—Según tengo entendido, es porque se ha precipitado corriendo contra una pared. O sea, que se lo ha provocado él mismo, tratando quizá de…
—Lléveme ahora mismo a verlo.
Delamare bajó tras el oficial por unas escaleras y luego entró en un cuarto destinado al interrogatorio de prisioneros. Una mesa y dos sillas sujetas al suelo de baldosas constituían todo el mobiliario. No había ninguna ventana, solo una cenefa de luz en el techo.
El daimonion tenía una estampa deplorable.
Era la criatura más desgraciada que Delamare había visto en toda su vida.
El presidente se instaló en una silla, observando cómo trataba de esconderse en un rincón, bajo la mesa, y luego en otro, apretando la cara destrozada contra la pared, sin dejar de emitir un continuo y balbuciente grito estrangulado.
—Déjenme —ordenó Delamare al guardia.
—Pero podría…
—No puede hacer nada. Retírense.
—Me quedaré aquí mismo, fuera, monsieur le Président —le informó el hombre antes de cerrar la puerta.
—¿Me entiendes? —preguntó Delamare, marcando las sílabas.
La única respuesta fue un constante gemido de angustia. El daimonion lechuza de Delamare desplegó las alas y bajó de su hombro hasta la mesa para inspeccionar a aquel ser demente y su penosa cara.
—¿Sabes dónde estamos? —probó a preguntar Delamare en alemán.
No obtuvo respuesta.
—Me llamo Marcel Delamare. Estás al cuidado del Magisterio, en Ginebra. ¿Sabes qué le ha ocurrido a tu persona, a Gottfried Brande?
El daimonion exhaló un tenue gruñido. De modo que sí reconocía el nombre.
—Podemos tratar de curar tus heridas —prosiguió Delamare—. En todo caso, podemos remediar tu dolor. ¿Puedes hablar algo? ¿Puedes pronunciar palabras en alguna lengua?
El daimonion dejó escapar un sonido forzado de la garganta.
—Es persa, creo —informó el daimonion lechuza de Delamare.
Después dirigió al daimonion una frase en dicha lengua, que el presidente identificó como un saludo.
Por toda reacción, el daimonion se tapó la cara con una pata y luego la retiró con un gesto de dolor. Tenía los ojos bien cerrados. El único sonido que exhaló fue un largo y quedo gemido, apenas audible.