El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 13. Un espía en la casa de Dios
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13. Un espía en la casa de Dios

G lenys Godwin estaba al corriente de lo que acontecía en Ginebra porque Oakley Street disponía de un agente en el seno del Magisterio.

Este se llamaba Leenart Karpelin y trabajaba en los archivos de la catedral.

Sus superiores y amigos lo tenían por un erudito diligente y un individuo discreto y piadoso cuya única afición al margen de su trabajo era el canto coral; poseía una voz de tenor no muy potente, pero firme.

Pese a que no se mantenía exactamente en secreto, el congreso dedicado a la regulación de la doctrina se consideraba un asunto de interés clerical, una reflexión profesional en torno a cuestiones técnicas y filosóficas que en principio no resultaban de gran interés para el creyente de a pie.

Marcel Delamare, por ejemplo, había estado trabajando en un borrador centrado en el tema de la naturaleza funesta y engañosa de la imaginación, que serviría de base para el discurso que pensaba dar en un coloquio cerrado.

Había, sin embargo, unas cuantas sesiones abiertas al público en general, entre las cuales se encontraba la conferencia que iba a pronunciar el célebre novelista Gottfried Brande.

El secretariado de la presidencia la había organizado con impecable habilidad, programándola para una hora del día y de la semana en la que la mayoría de los delegados y demás asistentes estarían ya algo cansados y les apetecería más disfrutar de una siesta que de una conferencia.

No se anunciaba con ningún título, porque el que había dado Brande (una cita del filósofo Hegel) era por desgracia demasiado largo para encajar en el programa y, por consiguiente, nadie podía saber de qué iba a tratar.

Aparte, el hecho de que el conferenciante hubiera anunciado un poco tarde su intención de intervenir había dificultado que se publicitara con la plena eficacia que sin duda merecía; y finalmente, en la nota biográfica, la famosa novela de Brande Los hipercorasmios constaba con el título erróneo de Los hiperbóreos .

Leenart Karpelin no dejó de reparar en todo ello y así lo informó a Oakley Street.

Se presentó con algo de antelación al acto y, tras tomar asiento en la estrecha capilla de la Sagrada Presencia, observó pacientemente con la mortecina luz como iba llegando la veintena aproximada del resto de los asistentes.

Karpelin era consciente de que, con la capacidad para cien personas que tenía el templo, los asientos vacíos serían una patente expresión del mensaje que quería transmitir el Magisterio al conferenciante.

Cuando resultó claro que no iba a haber más público, un clérigo a quien no reconoció Karpelin acudió al atril y dio un golpecito solicitando silencio.

—Buenas tardes, damas y caballeros —dijo.

Sus palabras quedaron casi difuminadas a causa de la lamentable acústica y, o bien por inadvertencia, o porque no supo cómo remediarlo, prosiguió sin realizar ningún esfuerzo para adaptar la voz—: Tenemos hoy el gran privilegio de acoger a un distinguido conferenciante, filósofo y, eh, novelista que cuenta con innumerables lectores en Europa y otros continentes.

La obra del profesor Gottfried Brande ha sido elogiada por su originalidad y fuerza, tanto en el ámbito académico como en el mundo de, eh, la ficción popular…

Karpelin observaba a Brande, que permanecía sentado justo detrás del atril.

Al escuchar las palabras «ficción popular», el filósofo crispó los puños e hizo rechinar los dientes de manera audible.

Karpelin advirtió que el daimonion acostado a sus pies, un voluminoso perro de raza indefinida, trataba de esconder, aún más de lo que ya la tenía, la cabeza debajo de una pata.

Tenía algo extraño que Karpelin no logró identificar.

El presentador, entre tanto, llegaba ya al final de su introducción:

—Tenemos, como digo, en este congreso sobre la regulación de la doctrina el gran privilegio de poder escuchar el punto de vista de un ponente tan eminente de fama internacional. Demos, pues, la bienvenida al profesor Gottfried Brande.

El clérigo se hizo a un lado mientras el público aplaudía educadamente.

Brande se levantó y se aproximó al atril, alto, demacrado, con semblante sombrío y una deslucida túnica académica negra.

Karpelin vio y alcanzó incluso a oír como chasqueaba los dedos.

Entonces el daimonion pastor alemán avanzó tras él, con el vientre pegado al suelo, en actitud casi timorata.

Karpelin pensó que era una de las criaturas más infelices que había visto nunca.

Brande miró cómo el daimonion se echaba de nuevo y cerró los ojos. Después se volvió hacia el público.

—Yo he procurado durante toda mi vida hablar y escribir con claridad.

Deploro esa tendencia humana, de la que a mí mismo me costó mucho deshacerme, a expresar los pensamientos con metáforas o lenguaje figurativo en general.

A dicho fin, tengo por costumbre suprimir todo ejemplo de esa manera de pensar difusa cuando corrijo el primer borrador de un escrito.

Inicio esta charla especificando esto, porque quiero que tengan presente que lo que voy a decir esta tarde debe interpretarse de manera literal.

Esto no es un ejercicio de retórica florida.

Se trata de algo demasiado importante para debilitarlo con metáforas.

He acudido aquí porque está a punto de producirse un gran cambio convulso en la vida humana y quiero describirlo con fría y simple exactitud.

Su voz sonaba mucho más perceptible que la del clérigo que lo había presentado.

Al principio, Karpelin creyó que se debía a que Brande simplemente hablaba más claro, pero había un factor adicional: todo en su persona reflejaba una intensa presencia con respecto a los sentidos de la vista y el oído.

Tal vez se debía a que, en torno al iris, sus ojos se veían muy blancos, sus expresiones faciales eran fáciles de interpretar incluso con la apagada luz de la capilla y su voz se transmitía a través del opresivo aire con la misma potencia de la de un cantante de ópera; en resumen, era la persona más concentrada que Karpelin había visto en mucho tiempo.

—Hay algo que no va —susurró su daimonion ratón.

—Chis. Ahora escucha.

Brande se mantenía totalmente inmóvil mientras hablaba, con las manos plegadas a ambos lados del atril y los pies asentados con firmeza en el suelo de piedra. Seguía propagando con regularidad su voz, con la resonancia de un barítono, marcando cada sílaba.

—Este encuentro se ha organizado, según nos dicen, para tratar de la regulación de la doctrina.

Jamás ha habido una época en la que ese tipo de proyecto sea tan necesario y superfluo a la vez.

Necesario, porque no somos bestias y no podemos vivir sin una noción compartida de lo que son los hechos y la razón.

Superfluo, porque todos los elementos para dicha noción compartida están desplegados ya y llevan estándolo durante… , este delante de él…, llevan estando…

Paró, como si le faltara el aliento. Luego se aclaró la garganta y lo volvió a intentar:

—Los elementos para dicha noción compartida llevan desplegados… Ah… Ah… No, no, ahora no…

Con las manos crispadas sobre el pecho, cayó a plomo y se golpeó la cabeza en el atril, antes de chocar con el suelo.

Karpelin lo presenció todo con claridad, porque el asiento de delante estaba vacío.

Vio cómo el clérigo que había presentado el acto se levantaba con incertidumbre de su silla y miraba en derredor antes de desplazarse hacia Brande; vio como el daimonion perro se despegaba un poco del suelo y después se alejaba a trompicones, con la cola entre las patas; vio cómo algunos miembros del público, más o menos unos seis, se levantaban de forma automática, para luego detenerse, pues era evidente que ya nada se podía hacer: Brande estaba muerto, inerte como el mármol, con los ojos desorbitados.

«Pero su daimonion…».

Su daimonion caminaba de un lado a otro de la capilla, gimiendo y ladrando un poco, con el vientre casi pegado al suelo y la mirada despavorida, presa de un miedo deleznable.

El clérigo, que se había encorvado junto a Brande con una mano alargada, como si quisiera tocarle la cabeza, se percató de la presencia del daimonion y dio un respingo de terror.

En su precipitación por apartarse de él, estuvo a punto de saltar por encima del cadáver.

Al bajar del estrado, dio un traspié y habría caído de bruces de no haberlo sostenido un individuo que estaba en la primera fila.

A partir de ese momento, todos concentraron la mirada en el daimonion, que debería haber desaparecido.

Su persistente existencia era contra natura y resultaba, por tanto, igual de horripilante que un cadáver decapitado que se levantara y se pusiera a caminar.

Karpelin experimentó una oleada de horror tan profundo que casi se desmayó.

Para entonces, todos los asistentes se habían levantado y se concentraban tratando de alejarse del daimonion perro, profiriendo en algunos casos gritos de terror.

Los daimonions, todavía más asustados que sus personas, se aferraban a ellas, ocultando la cara, ladrando, gimiendo o chillando…

El daimonion perro, por su parte, corría de un lado a otro, aullando y lanzando zarpazos contra el suelo. Karpelin y su daimonion sentían una honda compasión, matizada por la náusea suscitada por el carácter absolutamente perverso de la situación.

—¡Abran las puertas! —gritó alguien.

—Déjenlo salir…, rápido…

Reaccionaban frente a él como si fuera una criatura de la oscuridad, un espíritu maligno, un fantasma nocturno.

Detrás de Karpelin, alguien estaba vomitando.

Un hombre más desesperado que los demás se precipitó hacia la puerta de la capilla, pero, antes de llegar a ella, el despavorido daimonion dio un brinco hacia la manilla, obligándolo a retroceder.