12. Magnetita resonante #3
Gulya explicó todo cuanto Khuroshvili estaba dispuesto a entender.
Con patente resignación, este indicó a Malcolm que lo acompañara hasta el banco donde trabajaba y abarcó con un gesto el material, invitándolo a que eligiera.
Malcolm escogió unos alicates de punta fina y otros planos, un martillo de bola y plano, pequeño pero macizo, un destornillador normal y otro muy pequeño con cabeza giratoria y una lima de relojero.
También seleccionó una recia placa de acero aproximadamente del tamaño de su mano, como superficie de apoyo para trabajar.
Khuroshvili exhaló un suspiro de impotencia.
Al observar los estantes que había detrás del banco, Malcolm advirtió media docena de frascos con tapones de corcho y señaló hacia ellos.
El orfebre asintió con la cabeza. Malcolm los olió todos, más que nada por curiosidad, y después sostuvo uno en el aire con ademán de interrogación.
Khuroshvili se encogió de hombros y volvió a asentir, como si dijera «¿Qué más da?
». Malcolm guardó con cuidado el frasco en el bolsillo de la camisa antes de juntar las manos e inclinar la cabeza como gesto de gratitud.
—¿Necesitas algo más? —preguntó Gulya.
—Por ahora no. En caso de que necesite algo, te lo volveré a pedir. Hazme el favor de asegurarle que cuidaré bien de sus herramientas.
Gulya los volvió a acompañar a sus habitaciones y luego se marchó.
—¿Qué hay en ese frasco? —quiso saber Pan.
—Aceite de linaza.
—¿Para qué lo necesitas?
—Es muy útil en general… Ahora creo que voy a poder retirar la tapa trasera. Así podremos ver lo que hay en el interior. Me habría gustado poder llevarme ese tornillo de banco, pero pesa demasiado para trasladarlo.
—Mira, está llegando otro mensaje en la piedra.
OS a MP:
Visité la abertura de Gales del norte registrada en la lista de Beamish.
Cuesta muchísimo de encontrar; es casi imposible de ver; es asombroso.
Lo que hay en el otro lado no es sin duda este mundo.
Me recordó el Annwn del que hablan los Mabinogi, el otro mundo de los celtas, un ámbito completamente distinto.
Cuénteme todo lo que sabe de esas ventanas, sin demora.
G ODWIN
—Habrá que obedecer las órdenes —dijo Malcolm—. Mientras yo desmonto esto, tú me colaboras con lo otro. Cuéntame todo lo que descubristeis Lyra y tú sobre ese tipo de lugares, esas aberturas.
—¿Todo…? Está bien. El anciano que Will encontró en la Torre de los Ángeles, en Cittagazze, dijo que…
—Cronológicamente.
—Sí, claro. Bueno, la primera vez…
OS a MP:
Su información sobre las aberturas es intrigante, pero inservible. ¿El único objeto capaz de crearlas está en manos de un joven de otro mundo? Entonces más vale centrarnos en este.
El Gobierno de su majestad aprobó una ley de indemnidad corporativa. Las grandes empresas ya no tendrán que responder por los perjuicios causados por sus productos o actividades.
Noticias de Ginebra: el Magisterio celebra un congreso centrado en la regulación de la doctrina destinado a que Delamare ponga su marca sobre lo que debemos creer todos.
Quizá también va a hacer el gran anuncio con respecto a la guerra.
El Gobierno de su majestad va a enviar como representante al obispo de Kensington para reiterar su apoyo al Magisterio.
Es un rastrero adulador. Corre el rumor de que Gottfried Brande, famoso novelista y filósofo, asistirá y dará una conferencia.
G ODWIN
—Pero ¿por qué, monsieur le Président ?
—Porque lo que diga aquí en Ginebra lo podemos contener. En cambio, si lo dice en otra parte, no.
Marcel Delamare caminaba bajo los plátanos de un parque contiguo al lago en compañía de su secretario particular, un diplomático y sacerdote luxemburgués llamado Mathieu Crespin, cuyo diminuto daimonion serpiente seguía muy atentamente la conversación.
—Brande es una amenaza —afirmó sin ambages el secretario—. Solo nos ocasionará perjuicios.
—No está en sus manos perjudicarnos. No dispone de ninguna organización, su prestigio académico se ha reducido a niveles bajísimos y no tiene seguidores.
—¿Que no tiene seguidores? Tiene miles…, probablemente cientos de miles. Gente joven de todos los países…
—No —matizó Delamare—. No son seguidores. Son admiradores.
—Si tan poca importancia tiene, ¿para qué haberlo invitado?
—Nosotros no lo invitamos. Él anunció que iba a venir y, créeme, Mathieu, si te digo que nos habría causado muchos más problemas si hubiéramos rechazado su participación.
Irás a recogerlo a la estación de tren esta tarde y lo tratarás con mucha cortesía.
El sitio que le correspondería naturalmente en el seminario sería en el grupo de debate sobre doctrina y responsabilidad social, pero él lo consideraría como un insulto y exigiría un acto solo para él, de modo que es eso lo que le vamos a proporcionar.
Va a hablar a las cuatro de la tarde del martes en la capilla de la Sagrada Presencia.
Anúncialo como una rara oportunidad de escuchar a uno de los pensadores más destacados de la actualidad, sin añadir nada más.
—Pero ¿y su discurso, monsieur le Président ? ¿El discurso de casus belli ?
—Aún no es el momento adecuado. Antes, hay dos alianzas que quiero concretar. Además, creo que necesita un contexto diferente, una ocasión única libre de distracciones.
—Pero ¿de qué va a hablar el profesor Brande? ¿Lo sabemos?
—Da prácticamente igual, porque, tal como digo, vamos a poder contenerlo. ¿Sabes cómo funciona un silenciador? Pues es lo mismo.
—Ya. Como usted desee, monsieur Delamare.
—Asegúrate de que cuente con un alojamiento confortable.
Querrá verme para mantener una entrevista personal, lo cual será, por mucho que yo lo lamente, imposible.
Pregúntale para cuándo tiene reservado el billete de regreso y procura que haya un coche que lo lleve a la estación. Hay que ser muy corteses, Mathieu.
—Por supuesto, monsieur le Président . De todas formas, ¿puedo preguntar por qué? ¿Qué beneficio puede reportarles su presencia?
—Bah, algo aprenderemos de ello. Siempre se aprende algo.
—Leila Pervani —dijo Abdel Ionides—. Pues verá, fuimos amantes, durante un corto tiempo, en Alejandría. También fuimos colegas. Yo era matemático, y ella, especialista en física de partículas. ¿Conoce la expresión coup de foudre ?
—Sí —confirmó Lyra—. Fue así, ¿no?
Se encontraban sentados frente a frente, con la mesa entre medio, en el pequeño compartimento del autobus de luxe .
Asta permanecía sentado a la manera de una esfinge junto a la ventana, con el daimonion gecko de Ionides, que se había posado en el cristal.
La lámpara ambárica del tabique iluminaba la cara tumefacta de Ionides, evidenciando el tiempo que tardaría en recuperarse.
Lyra pensó que tampoco ella debía de verse muy favorecida con la luz.
—Completamente —dijo Ionides—. De inmediato, tanto en el plano intelectual como en el resto.
Pasamos la noche hablando de sus investigaciones, y después nos acostamos, y después hablamos de las mías.
Durante seis meses, no existió nada más.
Ella investigaba nuevos métodos de examinar de forma experimental el campo de Rusakov.
Yo estaba interesado en las matemáticas, pero me encontraba en los límites de esa disciplina.
La única manera en que podía avanzar era la fenomenológica, más o menos. Es sorprendente, ya ve.
—Eh… Sí. ¿Y el polvo?
—El polvo no es el campo, sino la partícula asociada con el campo. Son diferentes formas de estudiar lo mismo, aunque es más complejo que eso. Todo es más complejo, excepto las cosas que son más simples.
—¿Se complementaban entre sí las investigaciones de ella y las suyas?
—Sí, por completo, como si fuera algo predestinado a ocurrir. ¿Cómo era posible que ella hubiera estado trabajando exactamente en lo mismo, tan cerca, en la misma institución?
—En algunos sitios está prohibido estudiar el polvo. ¿Afectó eso a su manera de trabajar?
—Desde luego. Debíamos tener cuidado. Ella empleaba equipos caros y tenía que dar explicaciones para justificar el tiempo invertido en cada experimento.
Yo, por mi parte, ya era una persona sospechosa.
Algunos textos que había escrito fueron retirados por orden de las autoridades y había tenido que prometer que no iba a tocar ese tema.
—O sea, que era peligroso para los dos.
—Sí, y en una sociedad recluida, una institución pequeña como la universidad, plagada de rumores y chismes…
—Ya me lo imagino.
—Pero las conversaciones que manteníamos juntos… Era como dos personas que escalaran una montaña que nadie había escalado nunca, unidos por una cuerda. Llegamos tan lejos, tan alto, que nadie más podría habernos entendido.
—¿Qué pasó?
—¿Lo quiere con mucho detalle?
—Más adelante, con todo lujo de detalles, pero ahora solo el hilo principal.
—De acuerdo. La universidad inventó un escándalo para acusarla.
La defendí y me expulsaron. Las autoridades iban a meterla en la cárcel, pero huyó desde Egipto a quién sabe qué lugares.
Tuvo que abandonar su trabajo, por supuesto, su equipo, su investigación…
, todo. En cuanto a mí, enseguida vi lo que se me venía encima: acusaciones de herejía, juicio, mentiras, cárcel y castigos incluso peores.
Por eso me fui al puerto, encontré un barco donde necesitaban un cocinero y al día siguiente emprendí viaje hacia Palermo.
Para mí fue más fácil seguir con mi investigación que para ella.
No necesitaba laboratorio, ni instrumentos, ni equipo, solo papel y lápiz.
Renuncié a mi nombre y me convertí en Abdel Ionides, intérprete, guía, mendigo, espía, delincuente de poca monta, etcétera…
—¿Y qué fue de ella? ¿Por qué estaba en la casa del nuncio?
—¿Se acuerda de esa vez que me preguntó por los hombres de las montañas?
—¿Esa vez? Si ha sido solo esta mañana… Pero sí, me interesa.
—Leila está con ellos. Al principio, cuando lo oí, pensé que era imposible, que era un error fundamental.
Pero es verdad. Entonces tuve que preguntarme: ¿qué iba a sacar de ellos?
¿Acaso se había vuelto loca? Hay que tener presente que está muy bien entrenada y tiene unas grandes dotes físicas.
Eso lo necesitaba para llevar a cabo el trabajo que hacía en Alejandría.
Los hombres de las montañas son fanáticos de la peor especie; lo que Leila investiga es igual de abominable para ellos que para el Magisterio.
Aparte, la conozco muy bien, porque no tenía secretos conmigo.
Éramos amantes. A ella lo que le apasiona es la física y no le interesa en absoluto ni la política ni la argumentación religiosa.
Si los hombres de las montañas lo supieran…
, si pudieran leerle el pensamiento, la matarían en el acto.
Luego se me ocurrió que quizá se escondía en el único lugar donde no la iban a ir a buscar.
Puesto que ninguna universidad ni centro académico respetable la volvería a contratar después de lo de Alejandría, estaba claro que no podría volver a dedicarse a la ciencia.
Quizá habría podido conseguir un empleo en una empresa con muchos recursos del tipo Thuringia Potash, dotada de un gran departamento de investigación, pero ni siquiera eso era seguro.
Entonces, ¿qué hizo? A ella le interesaba ante todo mantenerse orbitando en torno a la cuestión del polvo y, por consiguiente, se aproximó a quienes lo quieren destruir.
—Peligroso.
—Casi demencial. Pero ahora que la ha visto, en esa celda de la cárcel, ¿le ha parecido que tenía algo de loca?
—No. Aunque se ha llevado una sorpresa al verlo, se veía totalmente equilibrada y controlada.
—Darab no ha cambiado —aseguró el daimonion gecko de Ionides desde la ventana.
—Darab es su daimonion —explicó Ionides.
—Y usted, cuando la ha visto, cuando ha visto a Leila…, ¿se ha alegrado? —preguntó Lyra.
—¿Y a usted qué le parece, señorita Plata? Yo temía por ella.
—¿Cuándo se enteró de que era amiga de los hombres de las montañas?
—Hace dos años, o puede que tres. Primero pensé que era imposible, pero, después de reflexionar, entendí el porqué. No era porque estuviera de acuerdo con ellos, sino por la misma razón por la que yo me puse a trabajar para usted, señorita Plata.
—¿A qué diablos se refiere con eso?
—Para mí era la mejor manera de llegar a Karamakán. También era por algo de lo que hablamos en cierto momento…, esa palabra que dijo…, alkahest.
Lyra se arrellanó y cerró los ojos. Sentía como si el día hubiera sido demasiado largo y ya tuviera suficiente.
El cómodo asiento que dentro de poco se desplegaría para servir de cama, la suave luz de la mesa, la oscuridad de la noche por la que surcaba sin tropiezos el autobús…
, todo le inducía unas ganas casi irresistibles de dormir.
Se incorporó con esfuerzo y respiró hondo.
—Me lo va a tener que explicar —dijo.
No obstante, antes de que Ionides pudiera responder, llamaron a la puerta del compartimento.
—Aquí tiene la cena, su majestad la reina, con los respetos de Mustafá Bey —anunció una voz—. ¿Puedo entrar, por favor?
—Sí, pase —contestó ella.
Ionides se apartó para dejar paso al asistente, que depositó una bandeja en la mesa. Había pinchos de carne, pan y ensalada; dos platos, dos vasos, una botella de vino y una jarra de agua. Lyra cayó en la cuenta de que, además de cansada, estaba hambrienta.
—Primero comamos —dijo—, y después nos vamos a dormir. Ya seguiremos hablando en otro momento.
Estaba tan exhausta que se quedó dormida en cuanto el asistente retiró la bandeja.
Ionides la tapó con una manta y se fue a su asiento.
En un lugar indefinido entre montañas, el autobús se detuvo para repostar combustible.
Lyra oyó la voz del conductor, unos pasos en el asfalto y una conversación en voz baja; un par de pasajeros se bajó y recogió el equipaje.
En un estado de duermevela, Lyra advirtió que Asta dormía en la almohada junto a ella.
El autobús volvió a ponerse en marcha y Lyra se quedó de nuevo dormida.