12. Magnetita resonante #2
Los treinta y seis símbolos distribuidos en la franja exterior de la esfera, en el discernimiento de cuyos significados habían invertido tantas horas él y Lyra, estaban pintados con un cepillo tan pequeño que casi habría podido constituirse de un solo pelo.
Al verlos directamente por primera vez, sin el vidrio, Pan y Malcolm quedaron maravillados por la exquisita precisión de las imágenes.
Cada símbolo estaba pintado sobre un pequeño rectángulo de marfil rodeado de un fino marco dorado.
Aunque no faltaba ninguno, la esfera estaba partida por una gran grieta y dos de las manecillas estaban muy torcidas.
—¡La aguja! —exclamó Pan—. No está ahí.
—Tú lo conoces mucho mejor que yo. Recuérdame qué aspecto tenía la aguja.
—Era muy fina y puntiaguda. Tenía un color distinto del de las manecillas y se movía de forma independiente. ¿No se habrá desprendido del eje, o como se llame, del medio?
—Se llama el árbol. No la veo por ninguna parte.
Malcolm cogió el instrumento y le dio la vuelta con cuidado, aplicando el oído por si detectaba algo suelto en el interior. No oyó nada.
—Debió de haberse caído cuando sacaron el vidrio —dedujo Pan.
—La aguja no era de oro, ¿verdad?
—No. Era de algo distinto, de alguna especie de aleación… Era más bien gris, me parece. Se movía por sí sola. Uno podía situar las manecillas donde quisiera, para hacer la pregunta, pero la aguja era la pieza que daba la respuesta.
Malcolm trató de hacer girar una de las tres ruedas. Al ver que ofrecía resistencia, no quiso forzarla. Probó con otra, y la manecilla que controlaba se desplazó rápidamente por la esfera rota hasta topar con una de las manecillas torcidas. La tercera rueda estaba atascada, al igual que la primera.
—Entonces, nunca habías visto el mecanismo, ¿no? —le preguntó a Pan.
—No. ¿Puedes quitar la tapa trasera?
—No sin… Bueno, veamos.
Malcolm nunca iba a ninguna parte sin su navaja suiza, que conservaba desde la adolescencia. Tras abrir el cuchillo, tanteó con la punta el borde de la caja.
—No creo que la tapa trasera tenga una rosca.
Me parece que se encaja a presión. Fíjate, si no estuviera tan aplastada, bastaría con hacer palanca con la punta del cuchillo para abrirla, pero, al estar deformada, resulta más difícil.
Al menos, sé qué herramientas podrían servirnos en este caso.
Veamos si el prisionero-artesano del que ha hablado Gulya me puede prestar alguna.
Los sirvientes humanos que iban y venían y trabajaban en silencio en las cámaras y los pasillos de piedra de Damāvand no eran esclavos, como les habían explicado, sino prisioneros no remunerados por sus servicios, aunque desde su punto de vista venía a ser lo mismo.
Darius, el hombre que les habían asignado como criado a él y a Pantalaimon, había sido un pequeño delincuente de Isfahán, que había sucumbido como muchos otros de aquellos sirvientes a la tentación de querer robar algo de las inmensas reservas de oro de los grifos.
Al ser descubierto, había recibido el castigo normal: le habían cortado la lengua.
Del periodo de cautividad y trabajo de siete años al que había sido condenado, había cumplido ya cuatro.
Los grifos mantenían su palabra: al cumplirse el final del castigo al que habían sentenciado a un prisionero, lo trasladaban hasta las llanuras y lo dejaban libre, aunque, eso sí, sin poder hablar.
Los cautivos realizaban diversos tipos de labores.
Tal como Malcolm había intuido, la arquitectura, la carpintería y la creación de canales para el fuego de las paredes, así como los distintos servicios que requerían la reina y sus cortesanos y ministros corrían a cargo de humanos, que trabajaban bajo supervisión de los grifos.
Malcolm averiguó todo eso durante la conversación de varias horas que mantuvo con Darius, combinando sus rudimentarios conocimientos de persa con las inclinaciones de cabeza, gestos y gruñidos del hombre para alcanzar un mínimo margen de comprensión.
Pan y el roedor del desierto que tenía este por daimonion habrían podido alcanzar un mejor grado de comunicación de no haber sido porque el daimonion no hablaba nada y estaba aterrorizado por todo, en especial por Gulya.
Posado en la mesa mientras Malcolm y Pan repasaban lo que Darius les había dicho, el pequeño grifo había aportado con sus conocimientos detalles que complementaron lo que habían indagado con Darius.
Por lo demás, este les prestó una gran ayuda para conseguir las herramientas que necesitaban.
—Papel y lápices —detalló Malcolm—. No tinta ni plumas… Lápices. Y, aparte, herramientas. Voy a necesitar varios destornilladores pequeños…
En ese punto, tal como le ocurría a menudo, tuvo que explicar a qué se refería.
Gulya no sabía gran cosa del mundo de las herramientas y el trabajo manual, no solo porque no tenía manos, sino también porque eran actividades de humanos y, por ende, degradantes a ojos de los grifos.
Al final, decidieron que Malcolm confeccionaría una lista de las herramientas que necesitaba, y Gulya lo acompañaría a ver a uno de los prisioneros artesanos que tal vez pudiera proporcionárselas.
OS a MP:
Delamare ha enviado destacamentos, bajo el mando de Schreiber, para localizar y destruir las aberturas de la lista de Beamish.
El propio Beamish falleció, a consecuencia de las órdenes de Delamare.
Es una lástima. En todo caso, está claro que Delamare considera que estas aberturas son de suma importancia, puesto que desvía para ello recursos de su proyecto del Asia Central.
Dicho proyecto se está transformando en preparativos de guerra. Parece ser que va a dar un «relevante discurso» para presentar el asunto. Fuentes del Gobierno de su majestad afirman que tiene garantizado nuestro apoyo «entusiasta e incondicional». Ya se están produciendo movimientos de tropas.
Ni aquí ni en el Gobierno, nadie tiene ni idea de por qué está destruyendo esas aberturas. OS ha designado un reducido equipo para que investigue las aberturas más cercanas de las que tenemos conocimiento, pero eso va a llevar tiempo.
Mientras tanto, yo le había preguntado sobre esa reina Shahrnavāz…
¿Son grifos? ¿De verdad?
Explíqueme.
G ODWIN
MP a OS:
Algunos reinos están solapados, pero no tienen conexión entre sí.
Por ejemplo, los neutrinos: ellos no reparan en nosotros, ni nosotros en ellos.
Las brujas del norte son otro ejemplo. Ellas tienen sus preocupaciones, sus guerras, alianzas e intereses, pero raras veces se implican con personas de ciclo de vida corto como nosotros.
Lo mismo ocurre con los grifos. Los seres humanos no tenemos nada que ellos deseen, salvo el oro, por el que sienten una gran pasión, y la fuerza de trabajo manual.
Ellos se consideran gobernantes absolutos de dos reinos: uno exterior, que abarca buena parte de Asia y Moscovia, y otro interior [sic] cuyos límites van más allá de los lindes del universo visible.
Aparte de nuestra capacidad para extraer minerales y trabajar el oro, los humanos carecemos de interés para ellos.
No obstante, lo que descubra sobre ellos quizá sea de utilidad para OS a mi regreso, si es que regreso.
El aletiómetro que quieren que recomponga es el que pertenecía a Lyra Lenguadeplata y que ahora está en muy mal estado. Si dispone de alguna información sobre ella, me gustaría que me ponga al corriente.
MP
OS a MP:
SIGA EL DINERO
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Pan.
—Una de las razones por las que me envió aquí es que la situación con el dinero se está degradando y nadie sabe por qué.
No es por cosas como la inflación, que más o menos entendemos, sino por algo más fundamental.
Yo debía estar investigando sobre eso, y ahora me encuentro en este lugar donde el oro es rey y el dinero no significa nada.
Bueno, vamos a tener que ceñirnos a lo que debemos hacer donde estamos, porque está claro que no podemos hacerlo donde no estamos.
O sea, que, por ahora, centrémonos en eso.
—De todas formas, podría estar todo conectado.
—Sí, es posible. Esperemos que ese artesano tenga unas herramientas aceptables.
El prisionero artesano que había encontrado Gulya era un taciturno orfebre georgiano llamado Tamaz Khuroshvili.
Su principal función consistía en desprender piedras preciosas, que para los grifos no tenían ningún valor, de sus engastes en collares, pulseras y otros artículos robados, que después fundía para refinar el oro, que era lo más valioso para los grifos.
Malcolm tuvo que hablar con él a través de Gulya, y puesto que el orfebre no podía articular palabras, tuvo que formular sus consultas de tal forma que pudiera contestar con un sí o con un no.
Cuando Khuroshvili tomó conciencia de que Malcolm quería llevarse prestadas algunas herramientas, se puso nervioso, y su daimonion urraca empezó a volar frenéticamente en torno a su cabeza.
Pan trató de calmarla, pero resultaba difícil, porque tanto para la urraca como para el orfebre era evidente que Pan no era el daimonion de Malcolm, cosa que suscitaba ya miedo de por sí.
Al final, el hombre se encogió de hombros con fatalismo y, hundiendo la cabeza entre las manos, emitió un ronco quejido; y luego extendió las manos, sacudió la cabeza y se encogió de hombros otra vez.
—Dile que yo también soy un artesano —le pidió Malcolm a Gulya—. Cuidaré de sus herramientas como si fueran mías. Y no quiero quedarme con su trabajo. En cuanto haya terminado, se las devolveré con suma gratitud.