El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 11. El monte Damāvand #4
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11. El monte Damāvand #4

Pan recordó otra escena, acaecida mucho tiempo atrás: cuando entró con Lyra en el palacio de Iofur Raknison, el usurpador del trono de los osos acorazados.

Algún día le contaría a Malcolm aquellos hechos.

En ese momento, había tenido que esconderse en el bolsillo de Lyra, transformado en ratón, porque esta tenía un plan para engañar a Iofur y era de vital importancia que nadie viera a Pan.

El palacio de Iofur era grotesco y feo, estaba recubierto de elementos decorativos carentes de sentido y de excrementos de miles de aves, y apestaba a suciedad y a perfume malo.

Aquel palacio, en cambio, era limpio y austero, y solamente olía a nieve y a aire de montaña.

Los únicos colores que habían visto eran los de la alfombra de la gran sala, y era patente que a los grifos les interesaban más las proporciones que la clase de decoración recargada a la que era aficionado Iofur Raknison.

La alfombra resultaba tanto más impresionante precisamente por el contraste que ofrecía con todo lo demás, y también porque debían de haberla desenrollado y extendido en cuestión de minutos, mientras Malcolm y Pan se encontraban en los aposentos de los huéspedes.

Ambos esperaban asistir a algún tipo de ceremonia que precediera la aparición de la reina: una procesión tal vez, o música, o un anuncio formal, pero ello se debía a que, aunque ninguno de los dos había estado en presencia de la realeza en Inglaterra, ambos eran criaturas de Oxford, donde prácticamente nada tenía lugar sin algún tipo de etiqueta.

Allí no tuvo lugar ninguna. La reina salió sin prolegómenos por un pasillo y quedó iluminada por la brillante luz del sol en medio de la alfombra.

No les cupo duda de quién era. Era más alta que la mayoría de ellos y de más edad, lo cual se manifestaba en algunas plumas blancas intercaladas en el plumaje de color pardo.

No obstante, lo que esencialmente reclamaba respeto era la magnificencia y confianza implícitas en su porte.

Malcolm comprendió de inmediato que ambos debían tener mucho cuidado.

¿Quién había mandado cortarle la lengua al criado?

Se desplazó como si quisiera cederle espacio, pero en realidad lo hizo para colocarse de pleno frente a los rayos del sol.

—Majestad —dijo con voz muy clara, mientras se inclinaba—, me llamo Malcolm y mi compañero se llama Pan. Os transmito saludos de mi tierra.

—No ha venido aquí para eso —replicó ella.

Su voz era áspera, como habría cabido esperar de un águila, pero con una riqueza expresiva casi parecida a la de los humanos. «Cuidado», volvió a pensar Malcolm.

—No, majestad. Su pueblo me rescató a mí y a mi compañero de un gran peligro, por lo cual les estamos profundamente agradecidos. Estamos viajando hacia el este, lejos de nuestro país, en busca de algo muy valioso que se perdió. Creo que deberemos ir mucho más lejos para poderlo encontrar.

—Mi asistente Gulya me ha contado algunas cosas que me cuesta comprender. ¿Qué es eso tan valioso que se perdió?

—La imaginación —repuso Malcolm.

—Explíquenmelo.

—¿Me permite hablar su majestad? —intervino Pan.

La reina se volvió hacia él. Gulya, que se encontraba cerca, permanecía quieta y callada, pero Malcolm creyó percibir en sus ojos desorbitados el terror que debía de sentir. Pan avanzó para situarse de cara al sol al lado de Malcolm.

—¿De modo que tú sabes qué es eso de la imaginación? —inquirió la reina.

—Me parece que ustedes tienen dos reinos, majestad, un reino exterior y uno interior, ¿no es así?

—Sí.

—Nosotros, los humanos, o al menos muchos de nosotros, creemos lo mismo. El medio gracias al cual nos movemos entre el reino exterior y el interior es la imaginación.

Ponderando, al parecer, el sentido de aquellas palabras, la reina movió con suavidad la cabeza mirando a Pan y a Malcolm, luego a los cortesanos que la rodeaban y después hacia las grandes montañas que se alzaban más allá de la terraza, hasta detener de nuevo la vista en Pan.

—¿Habéis perdido todos esa cosa?

—No —respondió él—. Solo la chica humana que es la otra parte de mí. Es su imaginación lo que vamos a buscar.

Malcolm se acordó de las páginas dobladas que le había entregado Ionides bajo el naranjo de la villa: el discurso que había dado, o que iba a dar, Marcel Delamare titulado La imaginación, una doctrina falsa, seductora y peligrosa .

¿Acaso los grifos no sabían nada relativo a la imaginación, o bien se referían a ella con otra palabra?

—¿Y quieren continuar con esa búsqueda? —volvió a preguntar la reina.

—Es nuestro mayor deseo, majestad.

La soberana marcó otra pausa, durante la cual miró al visir, a Gulya, a Pan y de nuevo a Malcolm.

—Tengo entendido que es usted un artesano, un artífice —dijo.

—En las esferas del oro de las que provengo, el artífice es la persona de más alto rango del reino.

La soberana asintió, con aire reflexivo.

—Eso está bien —declaró—. Artífice Malcolm, se va a poder quedar aquí hasta que haya ejecutado la labor que le pido.

Tengo en mi cámara del tesoro un artículo que está en mal estado.

Trabajará con él para mí. Si lo restaura hasta devolverle su condición original, los llevaremos a cualquier parte del mundo adonde deseen ir.

Hasta que esté satisfecha de su trabajo, se quedarán aquí.

Efectuó un gesto y entonces el visir se apartó, dejando paso a un hombre con delantal de orfebre. Este avanzó sosteniendo algo envuelto en una tela. Cuando lo dejó sobre la alfombra, Pan y Malcolm quedaron estupefactos.

El objeto, de reluciente oro, tenía más o menos el tamaño de la mano de Malcolm.

Estaba aplastado, torcido y roto. Tenía una esfera de marfil, partida por la mitad, y varias ruedas, engranajes y palancas, algunos de ellos sueltos.

Estaba claro que ya no volvería a funcionar.

No obstante, no cabía duda de algo: era, o había sido, un aletiómetro.