11. El monte Damāvand #3
El visir, un grifo de alas plateadas con digno porte de consejero de Estado, se encontraba ya cerca.
Se detuvo, no obstante, a escuchar mientras Pan seguía hablando.
Malcolm se quedó impresionado con la desfachatez del pequeño daimonion, pero los grifos concentraban la mirada no en Pan, sino en él, en su cara iluminada de frente por la luz del sol.
—Somos honorables huéspedes venidos de los reinos del oro. Antes de ver a la reina, debemos disponer de tiempo para asearnos y reposar de los rigores del viaje. Tenemos hambre y sed. Una vez que nos hayamos repuesto, será un placer ir a saludar personalmente a su majestad.
El visir inclinó la cabeza.
—Les hemos preparado unos aposentos —anunció—. Tenemos contacto con el mundo humano y aquí recibimos embajadores de todos los reinos de cierta importancia. Atenderemos con gusto todas sus necesidades. En primer lugar, ¿podríamos saber qué forma de tratamiento debemos darles?
—Yo me llamo Malcolm. Bastará con usar mi nombre. Mi acompañante y consejero se llama Pan.
El visir inclinó la cabeza y giró sobre sí para conducirlos a las profundidades de la montaña. Gulya se apresuró a situarse al lado de Pan y juntos siguieron a Malcolm.
Resultaba incomprensible que, con sus patas de león, los grifos hubieran podido excavar aquellos túneles y grandes cavernas.
Malcolm estaba ansioso por averiguarlo. En realidad, ardía en deseos de hacer un sinfín de preguntas, pero, con su grave solemnidad, el visir no parecía la persona más indicada para ello.
Un amplio y largo pasillo de piedra, de suelo liso, pero de paredes rugosas, iluminado por una serie de lámparas de nafta, conducía a una gran galería con techo sostenido por pilares labrados en la roca, que por un lado se abría al cielo.
Por el esplendor de las proporciones, la serena austeridad de las paredes de roca desnuda y la galería festoneada de hielo orientada hacia el azul del aire, Malcolm dedujo que tal vez era una sala destinada a ceremonias o recepciones de Estado.
En las paredes había distribuida media docena de hornacinas excavadas en la roca, en las cuales ardían fuegos.
Dichos fuegos parecían brotar directamente de la sustancia de la montaña, alimentados por un combustible invisible, que no era madera ni carbón.
Malcolm sentía una intensa curiosidad y habría deseado indagar más, pero el visir siguió adelante y los condujo a un pasillo más pequeño acondicionado con hornacinas similares provistas de fuegos más pequeños, hasta llegar a una puerta.
Allí se llevaron una sorpresa, pues junto a esta había, doblado haciendo una reverencia, un hombre, un ser humano vestido con una sencilla túnica blanca y turbante.
Su daimonion rata del desierto se escondía detrás de una de sus piernas.
Gulya se apresuró a decirle algo al visir, quien —sin mirarlo directamente a la cara— dispensó una inclinación de cabeza a Malcolm y se retiró.
—Este hombre es vuestro criado —explicó Gulya—. Se llama Darius. Os proporcionará cuanto necesitéis. No habla, porque le cortaron la lengua, pero oye y entiende vuestro idioma.
Darius abrió la puerta, que era de recia madera perfectamente ensamblada y encajada en el marco, aunque sencilla y carente de decoración. Malcolm y Pan entraron, pero Gulya se quedó en el umbral.
—Volveré cuando sea el momento de acompañaros para ver a la reina —dijo, y, después de añadir algo en su lengua dirigiéndose a Darius, se fue. Entonces este se inclinó ante ellos y cerró la puerta.
—Darius, ¿me entiendes cuando hablo así? —preguntó Malcolm.
El criado asintió. Debía de tener unos cincuenta años, según los cálculos de Malcolm, y era delgado, con la cara marcada de cicatrices y semblante melancólico. Su daimonion ocultaba la cabeza, poco dispuesto a comunicarse.
—¿Eres un cautivo de los grifos? —preguntó Malcolm.
Darius sacudió la cabeza.
—Entonces, ¿eres un hombre libre?
El sirviente volvió a negar con la cabeza, pero más despacio. Al ver que su situación era demasiado compleja como para respuestas binarias, Malcolm resolvió ahondar en la cuestión más adelante.
Echó un vistazo a la habitación. Esta contaba con un mobiliario muy sencillo, compuesto por una silla, una mesa y diversas pieles de animal apiladas con pulcritud en el suelo y que sin duda cumplían la función de cama.
Todo estaba limpio, sin embargo, y la silla y la mesa estaban confeccionadas con esmero a partir de un tipo de madera que Malcolm no reconoció, aunque tal vez habría podido tratarse de alguna variedad de arce.
En la mesa había una lámpara de aceite, un plato con uvas y manzanas, y una jarra de agua con dos vasos de cristal.
El aire estaba frío, pero en una hornacina ardía otro fuego sin combustible.
—Darius, ¿qué es lo que arde aquí?
El criado efectuó un amplio gesto, como si quisiera dar a entender que lo que ardía era la propia montaña.
—¿La roca? ¿La tierra?
Darius asintió y de nuevo apuntó con énfasis hacia el suelo.
—¿El fuego proviene de debajo de la tierra?
Otra inclinación de cabeza.
La única abertura de la pared contaba con ventanas acristaladas y con una pesada cortina que se podía correr como protección contra el frío y ofrecía una amplia panorámica de la cordillera.
Darius hizo un gesto y, al mirar hacia donde señalaba, Malcolm vio unas pequeñas hogueras en los flancos de otras montañas próximas.
—El mundo entero está en llamas —resumió Pan—, pero todo está bajo control.
—¿Hay algún sitio donde me pueda lavar? —preguntó Malcolm.
Darius se volvió y le indicó que lo siguiera. En la habitación contigua había un lavabo de mármol, hacia el que manaba un hilillo constante de agua que se evacuaba a través de un tubo conectado al suelo.
—Gracias, Darius. ¿Puedes volver dentro de un cuarto de hora? Entonces estaremos listos para ir a conocer a la reina.
El sirviente inclinó la cabeza y se fue.
—Les gusta mantener a las visitas con frío, pero limpias —comentó Malcolm, de regreso del cuarto de baño.
—Mira, hay un baúl de madera en el rincón.
—Ah, sí. No me había dado cuenta.
El baúl, de austera forma, era de cedro.
Al levantar la tapa, Malcolm aspiró a fondo su fragancia y se vio transportado de inmediato al taller del señor Taphouse, el anciano carpintero del priorato de Godstow, por la época en que lo ayudaba a hacer un armario destinado a guardar las vestiduras reservadas a las ceremonias especiales.
«Una vez fabriqué un ataúd de madera de cedro —le había explicado el señor Taphouse—.
Ese señor quería mantener a las polillas alejadas de su tumba.
Bueno, el cliente siempre tiene razón, Malcolm, incluso cuando está equivocado».
—¿Qué es eso? —dijo Pan, que miraba, encaramado desde el borde, la tela plegada que había en el interior.
Malcolm descubrió que dentro había varias túnicas de gruesas telas de terciopelo y brocado, y diversos chales de seda. Cogió la más grande, una prenda de terciopelo de intenso color azul, y se la puso. Le quedaba justo a la medida.
—Así estoy más abrigado. No sé a quién debió de haber pertenecido.
—También hay un sombrero.
Era un gorro de astracán. Malcolm se lo probó y se lo volvió a quitar.
—Puede que me lo ponga después. Vamos a tener que decidir cómo presentamos a ese personaje que es de oro. ¿Quién tuvo esa ocurrencia? ¿Gulya o tú?
—A mí no me eches la culpa —contestó Pan—. Ella lo sacó a colación primero. Luego se me ocurrió a mí que podría sernos útil que nos vieran como algo valioso en lugar de… inservible.
—Dijiste que le habían echado un maleficio.
—Sí. Es así de pequeña porque un brujo le echó una maldición. De no haber sido por eso, tendría el mismo tamaño que los otros. Si lo llega a matar, se librará del hechizo.
—¿Quién es ese brujo?
—Un hombre llamado Sorush.
—¿Es un hombre y no un grifo?
—Un hombre… u otra cosa. También podría ser un demonio.
Tiene esclavos grifos, que no se pueden marchar porque les corta las alas cuando son jóvenes y pequeños.
Ha acumulado inmensas cantidades de oro.
Por eso los grifos conocen su existencia, y todos lo odian y lo temen, pero no saben cómo combatirlo.
—¿Vive por estas montañas?
—No lo sé… ¿Por qué te interesas por él?
—Por si acaso.
—Ah… ¿Y dónde queda, por cierto, esta montaña de Damāvand? ¿Habías oído hablar de ella?
—Me parece que está al sur del mar Caspio —respondió Malcolm—, pero no sé gran cosa más. Me gustaría hablar con Gulya del asunto.
Aún se le hacía extraño estar hablando con Pan y no con Asta. Al mismo tiempo, les resultaba fácil, como si ambos sintieran la existencia de una gran masa de conocimiento compartido.
Llamaron a la puerta y, acto seguido, el sirviente Darius entró sin aguardar e inclinó la cabeza.
—Estamos listos —dijo Malcolm—. Puedes conducirnos hasta la reina.
Darius se hizo a un lado para dejarlos salir de la habitación.
El visir los aguardaba fuera de la gran sala, junto con Gulya y un séquito de guardias grifos.
Sin mediar palabra ni gesto alguno, este comenzó a andar con paso majestuoso por el pasillo.
Malcolm y Pan fueron a la zaga, precediendo a Gulya y a los guardias.
Entraron en la gran sala, donde el sol que llegaba a través de la galería alumbraba algo que antes no se encontraba allí: una enorme alfombra cubría la totalidad del suelo, con luminosas tonalidades de rojo y azul, amarillo y verde, marrón, negro y beis, dispuestas en intrincados motivos que Malcolm identificó, una vez más, como fruto de la labor de unas manos humanas.