11. El monte Damāvand #2
—Algo sobre mí, en realidad. Algo que yo no sabía. Dijo que algo que yo había hecho cuando era más joven determinaría por completo el curso de mi vida.
—¿Qué fue eso que hiciste?
—Fue cuando Alice y yo os llevamos a Lyra y a ti por el río en mi canoa, La bella salvaje, para poneros a salvo.
—¿Y eso lo averiguó el decano con el aletiómetro?
—No lo precisó. De todas maneras, no me lo tomé muy en serio. Cada decisión que tomamos y cada cosa que hacemos, hasta la más insignificante, determina lo que ocurrirá después.
—Pero hay consecuencias que pesan más que otras.
—Bueno, sí. Me lo tomé con escepticismo porque… A nadie le gusta pensar que las cosas puedan estar predeterminadas. Preferimos pensar que somos libres. Por eso me resistí a creer lo que dijo el decano al respecto, porque parecía ligarme a un futuro que no había elegido.
—¿Ligarte a Alice?
Malcolm se llevó una conmoción al oírlo.
—Ligarme al Jordan College —contestó con prudencia.
Siguieron volando. Malcolm percibía algo distinto en el aire, un olor frío y limpio, probablemente de nieve.
La noche se hallaba justo en ese momento en que la oscuridad se llena de pequeños torbellinos momentáneos de oscuridad matizada, todavía distantes de las primeras tonalidades grises del alba, pero que son tal vez lo que más se asemeja a aquello que percibimos como fotones individuales.
La oscuridad se desleía en el cielo; en el firmamento, un millar de puntos brillantes de luz estelar se veían absorbidos sobre el telón de fondo, más luminoso, del amanecer.
Malcolm dejó que su mente se expandiera más allá de los sentidos; entonces oyó susurrar a Pan, o así le pareció, y creyó que él le respondía, pero no tenía ni idea de qué fue lo que dijo ninguno de los dos.
En su estado de duermevela, vio volar un ave sobre ellos: un ave blanca de alas afiladas, un charrán ártico tal vez, que cubre grandes distancias en su migración anual.
Después, de forma tan repentina que casi resultó audible, los primeros rayos de sol incidieron de pleno en ellos.
Volaban directamente hacia el astro y, deslumbrado por su resplandor, Malcolm sintió como si de hecho se encontrara en el interior de una de sus auroras, tal como él las llamaba, envuelto en un círculo de lentejuelas ampliado a escala del cielo.
El grifo paró de batir las alas y comenzó a planear.
Malcolm se irguió un poco y tendió la vista hacia un increíble paisaje de montañas y escabrosas crestas, de oscuros valles cubiertos de nieve, todavía al amparo de la noche.
Mientras miraba, no obstante, el sol ascendió hasta tocar los picos más elevados, que se encendieron como una multitud de hogueras.
Cerca de ellos, un grifo emitió un grito que casi sonó como un rugido, al cual respondieron otros situados algo más lejos.
Entonces el propio príncipe Keshvād exhaló un alarido, más potente y prolongado, agitando el cuerpo con tanto vigor que Malcolm se agarró de forma instintiva a las grandes plumas y crispó aún más las manos cuando el grifo se ladeó ligeramente hacia la izquierda.
—¡Mira! —exclamó Pan.
Abandonó el abrigo de la chaqueta de Malcolm y se puso de pie para mirar más allá de la cabeza del grifo, recibiendo en la cara el fulgor del sol.
Justo al frente, se alzaba una montaña de cumbre puntiaguda, más alta que todas las demás, completamente cubierta de nieve, simétrica y majestuosa.
A su alrededor, en el cielo del amanecer, los otros grifos se dirigían también hacia ella, como una escuadra de enormes naves, una armada que bogaba impulsada por el viento rumbo al palacio de Shahrnavāz.
La batería de la camioneta ambárica estaba completamente cargada.
Alice calculó que duraría unos ciento cincuenta kilómetros en una buena carretera.
Lo que ya no estaba tan claro era si iban a dar con una buena carretera.
Aquello de dar tumbos en medio del bosque, arremetiendo contra arbustos y cruzando riachuelos, consumía mucha energía.
De vez en cuando se detenía, y entonces ella y Ben aguzaban el oído, pero al no advertir indicios de que los persiguieran, reanudaban camino.
—Vamos a tener que dejar pronto la camioneta —opinó Ben.
—No sé si tiene que ser «pronto». Lo mejor es llegar hasta donde aguante la batería.
—Ya, pero no les costará nada seguirnos. Hay un solo camino, y por ese vamos. Además, seguro que ellos saben a dónde va a parar el camino. Podrían estar esperando a que aparezcamos al final.
—Ajá —admitió Alice—. Entonces, ¿qué propones?
—Que la dejemos en medio del camino para bloquearlo y después…
Alice paró el vehículo. Había oído algo. Ben volvió la cabeza para captar de qué se trataba.
—Voces —musitó—. Dos hombres, más adelante.
Ben también los oía.
—Bajemos —susurró Alice—. Deprisa, por allí.
Señaló hacia la espesura, a la izquierda.
Dejó la llave de contacto puesta, salió de la camioneta y se introdujo con el mayor sigilo posible entre los arbustos hasta quedar completamente escondida.
Después se acostó, amparándose de la vista con una rama.
Ben se tendió a su lado y ambos permanecieron quietos mientras las voces se acercaban.
—Vaya, ¿qué pinta esta camioneta aquí?
—Tiene la llave puesta. Mira.
—¿Qué hay en la caja?
—Una pala, un rastrillo… Un cubo, un saco de grava…
—Estarían rellenando los baches. ¿Para qué lo habrán dejado aquí?
—Igual es alguien que lo robó.
Alice oyó que abrían la puerta de la camioneta.
—Bueno… —dijo la primera voz—. ¿A ti qué te parece?
—No lo podemos dejar aquí. Está cortando el paso ¿no?
—Pues sí… Venga, sube.
Otros portazos, algunos roces de ramas, una carcajada de sorpresa cuando el vehículo se precipitó hacia adelante, el sonido de las ruedas que circulaban sobre un suelo irregular y después, de nuevo el silencio.
—¿Y ahora qué? —planteó Ben.
—Ahora buscamos una carretera y pedimos a alguien que nos lleve.
Alice se levantó de entre los matorrales y se sacudió la ropa. Ben olisqueaba el aire con las orejas erguidas.
—Por aquí —dijo, señalando la zona situada a la izquierda del camino.
—¿A cuánto queda?
—Veinte minutos si caminamos sin parar.
—Tampoco es que haya mucho con qué entretenerse. Vámonos, pues.
Y, de este modo, poco más de media hora más tarde, se encontraban instalados en una furgoneta que se dirigía a Oxford.
El palacio de una reina de criaturas capaces de volar no podía asentarse como una pesada mole en el suelo, aun cuando en ese caso el suelo se hallara suspendido a una altura de quinientos metros.
Sobre la cumbre de la montaña brotaba, cual añeja formación de corales, una helada inmensidad compuesta de terrazas, columnatas, arcadas, balcones, puentes, plataformas iluminadas con fuego, vertiginosas paredes rocosas tachonadas de espléndidas cavernas, amplias y elegantes pasarelas, agujas y pináculos, tanto de origen natural como artificial.
Mientras el príncipe Keshvād trazaba círculos en el aire preparando el aterrizaje, Malcolm se hizo cargo de la amplitud y perfección de aquella creación de los grifos.
Dos detalles llamaron su atención en especial: en primer lugar, todas las estructuras eran funcionales y no meramente decorativas; y, en segundo lugar, en toda la compleja red de formas que se erguía en el aire por encima del resto de las montañas de la cordillera, no había ni una sola barandilla ni antepecho.
No estaba construido para criaturas susceptibles al vértigo.
En aquella especie de colmena reinaba un laborioso trajín, un vaivén de grifos y otras criaturas aladas, cargadas de objetos que Malcolm no alcanzaba a distinguir.
Parecía como si estuvieran excavando un sector de la montaña; si bien se oía el ruido de estruendosos martillazos, las obras quedaban ocultas tras un inmenso contrafuerte de nieve, hielo y roca que descendía hasta decenas de metros por debajo de la cumbre.
Otros grifos, tocados con penachos escarlata, alzaron el vuelo en las terrazas del palacio en dirección a los recién llegados, profiriendo gritos de bienvenida que sonaban como un reto.
En la terraza más extensa de la cara oriental de la montaña, otros se colocaron en formación, presentando una altiva e inmóvil estampa bajo los rutilantes rayos del sol naciente.
El príncipe Keshvād inició el descenso y después, tras plegar las poderosas alas para aminorar la velocidad, alargó las patas delanteras de león para tomar contacto con el suelo.
Mientras se posaba, Malcolm se aferró a la pelambre leonina de la espalda y, con Pan prendido de su chaqueta, se incorporó con rigidez cuando el príncipe se detuvo.
—Recuerda, debes ser oro —musitó Pan.
Pese al ardiente dolor de la cadera, Malcolm logró bajar hasta el suelo de roca sin tropiezo.
Lo primero que hizo a continuación fue situarse frente al príncipe para dispensarle la reverencia más honda que pudo, esperando transmitir con ello el conveniente grado de respeto y agradecimiento.
Las caras de los grifos no estaban hechas para expresar emociones humanas.
Era como tratar de comunicarse con un escudo de armas.
Malcolm no tuvo más remedio que confiar en que la rígida e impasible esfinge que lo miró con ardientes ojos comprendería su gesto de cortesía.
Entonces el príncipe grifo inclinó la cabeza para corresponder a este.
Luego apareció la propia Gulya, temblorosa de cansancio, pero ansiosa por cumplir su papel de mediadora.
—Pantalaimon, señor Malcolm, ahora sale de la montaña el visir de su majestad. Hay que darle el tratamiento de señoría. Él los acompañará de inmediato hasta la sala del trono, donde la reina…
—Un momento, no tan deprisa. No somos prisioneros ni pedigüeños para que nos tengan que decir lo que debemos hacer.