10. Leila, ¿cómo no?
H abía hablado en inglés.
En su delgada silueta recortada con la luz se evidenciaba tensión, como si estuviera lista para luchar, o para huir. Asta bajó al suelo y se situó cerca de Lyra, que se incorporó despacio, con las manos en los costados.
—¿Se puede saber qué haces? —volvió a preguntar la mujer.
—Lo puede ver por sí sola —contestó Lyra, sin levantar tampoco el tono—. Soy Tatiana Iorekova, reina de Novaya Zemlya. Este hombre es mi consejero, a quien han golpeado y torturado sin miramientos. Lo estoy liberando y nos vamos a ir dentro de poco. Ahora dígame quién es usted.
—Tú no eres ninguna reina. Y este hombre se llama Rashid Xenakis. Es un mentiroso, un tramposo, un ladrón y un contrabandista, entre otras cosas. Yo me llamo…
—¿Leila? —dijo Ionides, con la especie de graznido casi inaudible al que había quedado reducida su voz.
—Leila, ¿cómo no? —confirmó ella—. Pero ¿qué te han hecho, Rashid?
—Lo han dejado herido y magullado, y lo vamos a sacar de aquí, y como intente impedírnoslo, la voy a matar —amenazó Lyra—. ¿No me cree capaz? Fíjese en la puerta. Fíjese en la cerradura y después quítese de en medio.
Asta había avanzado un paso hacia la mujer y la observaba con ojos muy abiertos y el cuerpo erizado, haciendo oscilar despacio la cola.
Era difícil descifrar su expresión, pues la poca luz le daba de espaldas, pero su delgado daimonion serpiente había alargado el cuello y se movía a derecha e izquierda, lamiendo el aire.
—Rashid os dirá si podéis creerme o no —declaró con aplomo—, y, puesto que según parece os fiais de él, más vale que lo escuchéis.
Me llamo Leila Pervani. No formo parte del Magisterio, ni tampoco estoy en contra de él.
Estoy dispuesta a ayudar a mi antiguo amigo, el profesor Xenakis, porque en un tiempo le tuve cariño.
Por eso he venido aquí. Pero ¿qué haces tú?
¿Cómo has entrado? ¿Cómo crees que vais a poder salir?
—Es evidente lo que estoy haciendo. Como necesito la ayuda de mi consejero, lo voy a liberar. Si se aparta y no interfiere, no le haré daño. De lo contrario…
—No tendrías ni la menor posibilidad. Escúchame y deja de perder el tiempo con amenazas.
Arriba están en el oratorio y tardarán unos diez minutos en salir.
Después el nuncio bajará aquí para seguir con el interrogatorio.
Si sigues mis instrucciones, quizá consigáis salir del edificio.
Si sigues desperdiciando el tiempo discutiendo, no saldréis con vida de aquí.
Ese daimonion no es tuyo —dijo, señalando a Asta.
—Si alguna vez volvemos a encontrarnos, en un momento en que podamos hablar, se lo contaré todo. Ahora, dígame, ¿cómo podemos salir?
—En el mostrador de recepción hay una joven que hará lo que yo le diga.
Dispondrás más o menos de un minuto para cruzar el vestíbulo y salir por la puerta de la calle.
Aparte de esa, hay solo la del patio, que está custodiado.
Os sería imposible salir por allí. Debéis ser precavidos, porque el oratorio está en la planta baja, igual que la recepción.
—¿Era el ángelus eso que sonaba? —preguntó Asta.
—Sí —respondió la mujer—. Tenéis poco tiempo. Ayúdalo a ponerse de pie y seguidme.
Lyra trató de levantar a Ionides de la cama, pero ya no le quedaban fuerzas.
—Deme la escoba, reina Tatiana —le pidió él.
Usándola a modo de muleta, logró ponerse en pie y empezar a caminar cojeando detrás de Leila Pervani. Lyra y Asta intercambiaron una mirada mientras Ionides y la mujer salían de la celda delante de ellos, y Lyra percibió en los ojos del daimonion algo parecido al afecto y el compañerismo.
Cuando salieron juntos al pasillo, sintió que se le levantaba un poco el ánimo.
Leila Pervani aguardaba al pie de las escaleras, debajo de la luz.
Llevaba un vestido de color azul claro, bastante sencillo, pero tenía un porte tan elegante que Lyra no pudo por menos de advertirlo, pese al peligro que entrañaba la situación.
El incesante tañido de aquella campana parecía resonar en cada ladrillo de las paredes, para recordárselo.
Al observar la manera como se desplazaba Ionides, apoyándose torcido en la escoba, la sangre que todavía manaba del cuero cabelludo lacerado y la oreja rota, Lyra no pudo contener un acceso de ira. Luego sacó la porra del cinturón.
—Esperad en lo alto de las escaleras mientras yo hablo con la chica de recepción. No abráis la puerta. Cuando yo llame, salid deprisa y seguidme. Muy deprisa.
Con el sigilo de un gato, subió corriendo y salió, antes de cerrar la puerta sin hacer el menor ruido.
—¿Va a poder subir las escaleras? —susurró Lyra.
—Despacio, señorita Plata.
Asta se adelantó para escuchar tras la puerta mientras Lyra ayudaba a Ionides.
Le costaba mucho avanzar; había perdido una sandalia y tenía el pie desnudo ensangrentado.
Aun así, se aplicaba en subir sin emitir quejas.
Lyra iba detrás, empuñando la porra pequeña y Asta lo observaba todo desde el rellano.
Llegaron arriba. Transcurrió un minuto y después otro, y ellos seguían inmóviles y silenciosos, atentos a cualquier posible ruido.
Ionides tenía la respiración carrasposa; Lyra temblaba a causa del dolor y el agotamiento, y la campana, que no paraba de sonar, la mantenía en un estado de nervios enloquecedor.
Después la manilla de la puerta giró.
—Acompañadme —dijo Leila Pervani—, sin perder ni un segundo.
Se hizo a un lado y, en cuanto Ionides hubo salido al pasillo, se alejó corriendo hasta la esquina. Desde allí inspeccionó el vestíbulo y después les hizo señal para que avanzaran.
Lyra ayudaba a caminar a Ionides. Antes de doblar la esquina, la mujer levantó un dedo.
—Seguid —les indicó cuando se hubo cerciorado de que no había peligro—. Salid directamente sin parar.
Ionides la miró y, observando la mirada con que le correspondió ella, Lyra captó toda la complejidad de la suma de afecto y pesar que circuló entre ambos.
Aunque notó una tensión en el brazo de Ionides, tiró con suavidad de él y lo ayudó a proseguir.
Cuando se encontraban a medio camino de la puerta principal, cesó el ruido de la campana.
Lyra se detuvo, paralizada por la sorpresa.
No obstante, reaccionó enseguida al oír un ruido de sillas que se desplazaron en un suelo duro y una voz que entonaba una oración, seguida de otras que le contestaban.
Después empezó a sonar un órgano y luego se oyeron ruidos de pasos y de voces que hablaban.
Lyra, que había apoyado la mano en la puerta de afuera, la impulsó justo en el momento en que se abría la del oratorio a su espalda.
Percatándose de ello, Leila Pervani se precipitó hacia los primeros fieles que salían. Hablaba con apremio, señalando hacia atrás, hacia el rincón que conducía a las escaleras.
—Deprisa —urgió Asta.
Lyra impulsó a Ionides a cruzar el umbral y salió con apremio tras él, dejando que la puerta se cerrara por sí sola.
—Mejor será que nos demos prisa —dijo—. Seguro que vendrán a perseguirnos.
—Leila los va a distraer —afirmó, con voz ronca, Ionides—.
Les enseñará la puerta de la celda y les explicará que solo alguna forma de magia diabólica puede haber causado esos destrozos y que probablemente yo me he transformado en un lagarto con dientes de hierro, al que sería demasiado arriesgado seguir.
A usted ni siquiera la han visto, y ella no la va a mencionar. Reina Tatiana, le debo…
—Chis. Tenemos que apurarnos —respondió ella—. Será para más tarde.
Tras cruzar la calzada, se adentraron en el callejón para recuperar la mochila y después se fundieron entre los viandantes que poblaban a esa hora del atardecer las calles.
Chen el camellero, convertido en dueño virtual de las ruinas del centro de investigación de Tashbulak, tenía una nueva compañera.
Esta se llamaba Dilyara. Hasta que se produjo el ataque, había sido empleada de limpieza en el centro y añoraba aquel estilo de vida ordenada, los almacenes llenos de material perfectamente apilado y el proceso con el que se llegaba a sacar brillo y esplendor a las cosas.
No era originaria de la región; provenía de una zona más lejana que la mayoría de sus antiguos compañeros de trabajo y estaba acostumbrada a estar sola.
Un acceso de nostalgia la había impulsado a regresar a los edificios en ruinas, y en Chen había encontrado un patrón ideal, pues era así como acabó por considerarlo, patrón o sujeto que limpiar.
Se sometía de forma impasible a sus abrazos y, poco a poco, fue limpiando la arena, restos de yeso y vidrios rotos de los pasillos, hizo acopio de escobas, plumeros, palas y trapos servibles.
Observaba cómo el hombre confeccionaba aquellos diablos e ídolos que quemaba con aceite para asustar a posibles intrusos, cocinaba toda sustancia comestible que pudiera encontrar, respondía en su lengua a los gruñidos que él farfullaba en la suya, le llevaba agua caliente y jabón y le enseñaba cómo utilizarlos.
Cada vez pasaba más tiempo en los laboratorios.
Los asaltantes habían destrozado las cosas sin tener ni la más mínima noción de lo que era valioso, importante o tan siquiera ofensivo desde el punto de vista de sus preceptos religiosos.
Para ellos todo carecía de interés y, además, disfrutaban con la idea de ser como el viento purificador de Dios, tal como había dicho para halagarlos y alentarlos uno de sus cabecillas, e irrumpían como una oleada, sin entretenerse con nada.
Dilyara consideraba que la labor que se había llevado a cabo en aquellas austeras y silenciosas salas había sido tan importante y fascinante que no había palabras para describirlo.
Lo comentaba entre susurros con su daimonion, un zorro con voluminosas orejas y curiosidad ilimitada.
Los laboratorios eran un lugar sagrado, cuyos secretos eran indescifrables incluso para los fieles que allí rezaban, cuyos suelos no solo necesitaban ser barridos, sino que lo merecían, cuyos bancos anhelaban estar limpios y relucientes, donde todo objeto susceptible de ser reparado ansiaba conscientemente el contacto de una mano restauradora.
De todos modos, había allí un grandísimo tesoro de material que no necesitaba de ningún tipo de restauración, pues el viento de Dios había pasado meramente en medio y luego se había esfumado.
Dilyara y su daimonion trabajaban, limpiaban, veneraban y aprendían con un sentimiento de beatitud. Chen no prestaba atención alguna, pero iba más limpio.
Lo primero que hicieron fue comprar a toda prisa unas sandalias, una camisa y unos pantalones nuevos para Ionides.
Después se desplazaron a la estación de autobuses de Bab al-Faraj, que quedaba bastante cerca de la residencia del nuncio, para comprar billetes para el primer autobús con destino hacia cualquier lugar situado al este.
El de Bakú, ciudad de la ribera del mar Caspio, con un recorrido de dos días de viaje, que salía al cabo de una hora, parecía el más idóneo.
Mientras Ionides se retiraba a los lavabos para adecentar en la medida de lo posible su apariencia, Lyra fue a la taquilla.
Al presentar el laissez-passer de Mustafá Bey, la trataron con suma deferencia, tal como le había prometido el ilustre mercader.
El autobús pertenecía, tal como descubrió, a una de las nuevas flotillas de vehículos de las que le había hablado Mustafá Bey, destinados a cubrir trayectos de larga distancia y dotados de cierto nivel de lujo.
Había incluso la posibilidad de ir en un compartimento privado, igual que en los trenes internacionales, y la reina Tatiana consideró que sería un error no permitirse viajar de esa forma.
Aunque era caro, por supuesto, el oro de Farder Coram le iba a durar un tiempo todavía.
Después de comprar los billetes para el compartimento y un cómodo asiento contiguo para su mago personal, le quedó tiempo para visitar la tienda de la estación y adquirir los artículos de aseo necesarios para los viajeros.
Ella y Ionides se subieron juntos al autobús, pero guardaron silencio hasta que este se hubo puesto en marcha y tuvieron tras de sí las luces de la ciudad y la oscuridad del desierto en frente.
Una vez que estuvieron instalados en la mesita de su compartimento privado, tomando el té que les había servido un asistente, Lyra empezó a relajarse.
—Y ahora —dijo— quiero saberlo todo acerca de Leila Pervani.