El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 9. Oro y nada más que oro #4
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9. Oro y nada más que oro #4

Lyra ya se había arrodillado, aparentando estar atareada con el cepillo y el recogedor.

No levantó la vista para mirar a aquellos hombres.

Asta, por su parte, hacía lo que le correspondía hacer al daimonion de una criada, manteniéndose disponible en humilde actitud, aunque en realidad estaba listo para huir, pelear o tan solo buscar otro lugar que hubiera que limpiar.

Las voces se alejaron, hablando en árabe.

Antes de que resultaran inaudibles, se abrió y cerró otra puerta.

—¿Has entendido lo que decían? —susurró Asta.

—No. ¿Y tú?

—El hombre mayor pedía cuentas por una luz que estaba encendida cuando debería haber estado apagada.

—Qué raro. Parecía alguien importante. Probablemente subían del nivel del sótano. Vayamos a investigar.

—Lyra… —Asta calló de repente—. Tatiana, quería decir.

—¿Qué?

—Ni siquiera te voy a decir que tengas cuidado. ¿Ves? No he dicho nada.

En el pasillo se abrió una puerta, la misma por la que habían entrado ellos.

Lyra se encorvó para quitar un polvo inexistente en el suelo, mientras a su lado pasaban, sin reparar en ella, el sargento que había visto en el patio y un soldado.

Este le hacía preguntas al sargento en italiano, a las cuales obtuvo únicamente un gruñido a modo de respuesta.

Pese a que siguieron adelante sin prestarles atención, el daimonion terrier del soldado se volvió a mirarlos un instante antes de que doblaran la esquina y se introdujeran por la puerta, situada más lejos, al igual que habían hecho los otros.

Lyra y Asta intercambiaron una mirada y se comprendieron de forma instantánea.

Cualquier persona observadora percibiría algo extraño en el emparejamiento de aquella chica y ese daimonion.

En una calle bulliciosa o un mercado, habrían pasado inadvertidos, pero en un lugar como aquel, no tardarían en darse cuenta de que los dos no componían un solo ser, lo cual podía tener consecuencias fatales.

Anita Schlessinger estaba en lo cierto al decir que no había que llamar a la atención.

—No podemos dar media vuelta y marcharnos —dijo Lyra—. Veamos qué hay abajo.

Cargando el material de limpieza, dobló la esquina con porte de criada, en busca de la puerta por la que debían de haber salido el primer par de individuos.

Esta quedaba a menos de un par de metros a la derecha.

Con la escoba bajo el brazo izquierdo y el cepillo y el recogedor en el suelo, probó a accionar la manecilla.

Un momento después, se encontraban al otro lado, en lo alto de unas escaleras.

La solitaria bombilla ambárica de la pared iluminaba una pintura descascarillada, manchada y llena de raspaduras y arañazos. En el aire flotaba un olor a humedad y a moho.

—Hemos llegado al buen sitio —susurró Lyra.

Bajaron quince escalones de madera hasta llegar al piso inferior.

Otra macilenta bombilla alumbraba las puertas que flanqueaban un pasillo.

En cada una de ellas había un ventanillo, semejante a un buzón, situado a la altura de la vista.

Eran cinco puertas en total, y junto a cada una de ellas había un interruptor de luz.

El suelo era de cemento, y Lyra no alcanzó a oír nada.

Examinó la primera puerta, observando la manilla y el ventanillo.

Asta, entre tanto, se desplazó para prestar oído delante de cada una de las demás puertas. Lyra probó a hacer girar la manilla: estaba fija, de lo cual se desprendía que probablemente no había manija en el interior y que la cerradura era accesible tan solo desde el pasillo.

—Están todas vacías, excepto la última de la derecha —musitó Asta, regresando a su lado—. Hay un hombre durmiendo dentro, pero ¿cómo…?

—Yo puedo abrirla. Tú tendrás que montar guardia.

Se fue hasta la última puerta y, tras dejar con cuidado el cubo y la escoba en el suelo, llamó con los nudillos al ventanillo. La tapa de contrachapado, que normalmente debía deslizarse por una ranura, estaba atascada.

—Señor Ionides —susurró frente a ella—, mi mago particular. ¿Está usted ahí dentro?

No oyó ninguna respuesta, ni sonido alguno. Después captó un murmullo:

—¿Señorita Plata? ¿Es usted?

—Sí. Voy a abrir la puerta —susurró—. Tardaré unos minutos. No se mueva y esté tranquilo, pero atento.

Sacó del bolsillo del pecho un trozo de papel doblado múltiples veces. Si seguían temblándole de ese modo las manos, no lo iba a conseguir. Respiró hondo varias veces y se enjugó las manos en el vestido.

—Asta, hay muy poca luz aquí —lamentó—. Vas a tener que ayudarme con tu vista. Voy a utilizar algo muy delicado y, si se me cae, no lo voy a volver a encontrar, o sea, que no le quites los ojos de encima.

Cogió la fina aguja plateada. ¿Por qué diantre había pensado que aquello iba a ser posible?

En todo caso, era necesario. Se inclinó para observar más de cerca la cerradura.

En torno a esta había una placa de acero con muchos arañazos.

Casi todos los mecanismos debían de encontrarse en el interior de la madera de la puerta, de modo que tendría que escarbar para llegar hasta allí.

Volvió a respirar a fondo y se puso manos a la obra.

Lo realmente complicado era el tamaño de la aguja.

Ante ella, el acero y la madera no presentaban más resistencia que la mantequilla, pero de nada servía cortar directamente hacia dentro.

Tenía que ir rebanando el material y retirándolo, viruta a viruta, hasta dejar al descubierto la cerradura en sí misma.

Asta observaba, con estupefacción al principio, pero en silencio, pendiente hasta del más mínimo detalle.

Una vez que quedó visible el metal de la cerradura, Lyra se enderezó para descansar la espalda y guardó la aguja en el envoltorio de papel antes de estirarse a ambos lados.

Le escocían los ojos y le temblaban los dedos, y, para acabar de complicar las cosas, tenía la luz a la espalda, con lo cual su sombra le entorpecía la visión.

—¿Qué es eso? —preguntó Asta, aludiendo a la aguja.

—Tuve que… sacrificar el aletiómetro. Pero conservé la aguja. Ya te lo contaré…

Aún no había reanudado su labor cuando empezó a sonar una campana, una campana grande como la de un oratorio.

Si bien se encontraba a cierta distancia, resonaba por todo el edificio.

Sobresaltada, Lyra estuvo casi a punto de dejar caer la aguja con su envoltorio.

No se trataba, sin embargo, de una alarma.

Sonó tres veces, despacio, y después paró.

Lyra se quedó quieta y se disponía a tomar la aguja entre los dedos cuando la campana volvió a sonar, con otros tres tañidos.

Otra pausa, seguida de tres tañidos más.

Luego, después de una pausa posterior, empezó a sonar despacio, pero de forma continua.

Pestañeó y sacudió la cabeza. «Continúa», pensó.

Aquella vez se arrodilló en lugar de quedarse encorvada.

Era solo cuestión de persistir, cortar, cortar y cortar, pedazo a pedazo.

Los residuos los dejaba caer al suelo, pues no tenía sentido tratar de recogerlos y casi no hacían ruido.

Se detuvo para volver a susurrar junto a la puerta.

—¡Señor Ionides! Acuda a la puerta si me oye.

No oyó ningún atisbo de movimiento ni de voz.

—¿Tú lo has oído responder antes? —preguntó a Asta.

—Desde luego. Y esa campana es del ángelus. Interesante.

Lyra no sabía qué significaba eso, ni estaba de humor para averiguarlo.

Con los ojos escocidos, los dedos agarrotados, las rodillas casi insensibles y las piernas temblorosas, siguió seccionando la cerradura, hasta acumular un montón de astillas de madera y virutas de metal a su alrededor.

La puerta todavía seguía cerrada. Entonces tendría que adentrarse en la médula de la recia tabla de roble; aún le quedaba material que escarbar, y el tiempo seguía corriendo.

La campana paró.

Miró a Asta, medio mareada. Primero pestañeó para quitarse el sudor de los ojos y después se los enjugó con el dorso de la mano.

Aguzaron el oído, pero no oyeron nada. Seguramente no tardaría en llegar algún guardia para echar un vistazo al prisionero, llevarle comida, o conducirlo a una sala de interrogatorio.

Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en la labor.

Fue retirando finas virutas de roble y de acero, hasta que la aguja se le deslizó por los dedos, resbalosos por el sudor, y cayó al suelo en medio de un silencio absoluto.

Exhaló una exclamación ahogada, pero Asta, que se había mantenido vigilante, tocó el lugar donde había caído la aguja entre el serrín.

Era invisible. Lyra jamás la habría encontrado.

Asta, en cambio, la levantó con la boca mientras ella se erguía para estirarse y respirar a fondo.

—Ya falta poco —dijo el daimonion, tras depositar con cuidado la aguja en la palma de Lyra.

—De todos modos, estoy preocupada. No oigo nada.

—Yo sí. Respira. Es posible que lo hayan apaleado, pero está vivo. En cuestión de unos minutos, podrás abrir.

Le dolían todos los músculos. Los ojos le picaban por culpa del sudor que continuamente se tenía que enjugar. Se inclinó y volvió a aplicarse en la tarea. Asta irguió las orejas, volviéndose a mirar hacia las escaleras. Al advertirlo, Lyra paró, pero no oyó nada.

—No te apures —le aconsejó Asta.

—Es muy fácil decirlo.

Al cabo de un minuto, había dejado al desnudo el cerrojo, la barra de acero reforzado que se deslizaba por el hueco del marco de la puerta cuando se hacía girar la llave. Una vez que la hubiera cortado…

No obstante, la aguja no penetró en él. Ni siquiera le hizo mella. De la garganta de Lyra brotó un quedo sollozo de frustración y decepción, que casi le hizo soltar la aguja.

—¿Qué ocurre? —preguntó con voz calmada Asta.

—Es que… creo que… —Volvió a probar, de nuevo en vano—. No sé… No sé qué…

Se enderezó, respiró hondo, cerró los ojos y volvió a respirar, tratando de concentrarse, más allá del dolor instalado en todos sus miembros, del sudor y el temblor.

¡Faltaba tan poco ya! Y no había acero, diamante ni nada en ningún universo capaz de oponer resistencia al filo de la aguja.

A no ser que hubieran descubierto algún material que sí…

Los huesos rotos de su mano izquierda se manifestaron en forma de una palpitante molestia.

Inhaló aire, estremecida. ¿Qué habría hecho Will? ¿Qué le había dicho Farder Coram? ¿Qué había comentado Giorgio Brabandt?

Se echó a reír. Ahora que lo recordaba le resultaba gracioso. Asta la miró con curiosidad.

—El problema no está en la aguja, ni en el cerrojo —explicó Lyra—, sino en mí.

Tenía que estar atenta y relajada a la vez. Concentrarse con calma. Su mente debía cortar el acero como condición para que la aguja lo cortara. Había que pensar y actuar de forma simultánea, sin pensar.

Fue fácil. Bastó con un leve toque con la aguja para que el cerrojo cediera y la puerta quedara suspendida tan solo de los goznes.

—Muy bien —la felicitó Asta.

Una vez que hubo guardado la aguja en su envoltorio de papel, empujó suavemente la puerta.

Aunque era pesada, se abrió en silencio.

La celda estaba a oscuras. Solo la tenue luz de la bombilla que había al pie de las escaleras disipaba en algo las tinieblas.

No obstante, puesto que los ojos se le habían acostumbrado a la penumbra, alcanzó a distinguir una cama estrecha en la que había acostado un hombre.

—¿Señorita Plata? ¿Por qué ha tardado tanto?

Tenía la voz débil y carrasposa, pero era Ionides, y estaba vivo. En cuestión de unos segundos, sin poner mientes en el dolor, Lyra se arrodilló a su lado.

—Ay, ¿qué le han hecho a mi mago personal?

—¿El señor Malcolm ha escapado?

—Se lo ha llevado un grifo. Ha sido como si lo buscase a él. Pero usted ¿puede moverse? ¿Está en condiciones de caminar?

Asta ya había iniciado una silenciosa conversación con el pequeño daimonion gecko, a quien daba golpecitos y lametazos, recabando información según los procedimientos propios de los daimonions.

—Ayúdenme a sentarme, señorita Plata. Tal vez pueda caminar.

Tenía la garganta lastimada, así como la boca. Se notaba que le dolía al hablar. Lyra se levantó y le tomó la mano izquierda con la derecha suya. Puesto que también ella estaba un poco mareada, dejó que se tomara su tiempo para ponerse de pie.

Cuando su cara quedó visible con la leve luz, advirtió que lo habían golpeado de forma brutal. Le chorreaba sangre de una de las orejas y tenía un ojo completamente cerrado, la nariz destrozada y varios dientes rotos.

—Quien quiera que sea que haya hecho esto, me encargaré de que lo pague —declaró con fervor, dando rienda suelta a la rabia que había anidado en su pecho.

Ionides puso los pies en el suelo, pero era evidente que lo atormentaba algo más.

—¿Las costillas? —intuyó Lyra.

Él asintió, pero el mero hecho de inclinar la cabeza le producía dolor. ¿Cómo demonios lo iban a sacar de allí?

Entonces ocurrieron dos cosas a la vez. La campana empezó a sonar de nuevo y sobre la cama se proyectó una sombra. Lyra se volvió de inmediato y vio la forma de una mujer recortada en el umbral.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —preguntó la mujer.