9. Oro y nada más que oro #3
—Pues sí. Entre los colores de camuflaje de la puerta del conductor había una pequeña cresta o algo así.
Me ha parecido raro, porque creo haberlo reconocido.
Era un dibujo de una lamparita, como esas de los romanos, con una llama en la punta.
Como cuando Malcolm iba a la escuela y había algo que se llamaba la Liga de San Alexander…
—¡El Oficio del Santo Deber!
—¿Es así como lo llaman ahora?
—Me parece que sí. Cuando me escapé, en el transbordador que venía de King’s Lynn había unos soldados con esa misma insignia… O sea, que son de esa organización. Qué interesante…
—¿Intentaron detenerte en el transbordador?
—Esa era su intención, pero los engañé. Sin embargo, no creo que aquí me funcionara el mismo truco.
Al llegar a la puerta, se detuvieron para observar la calle. Pese a ser la hora más calurosa de la tarde, había un tráfico intenso y un abundante trajín de personas.
—Hay un policía en el cruce —dijo Asta, que se había subido a un pilón para ver mejor.
Lyra se acercó un poco. El hombre no controlaba el tráfico; solo vigilaba la calle. En previsión de que, si no actuaba deprisa, se vería paralizada por los nervios, Lyra echó a andar con celeridad para hablar con él, consciente de que Asta se había bajado de su atalaya y la seguía.
El agente llevaba una pistola en una cadera, una porra en la otra, esposas prendidas del cinturón y una especie de aparato ambárico sujeto a la bandolera. Su daimonion, un perro pastor alemán, se levantó y se puso a gruñir en voz baja cuando se acercó.
—Disculpe, señor —dijo en inglés.
—¿Qué quieres? —replicó el hombre, con voz entrecortada.
—Necesito poner una denuncia, señor, pero tiene que ser en la oficina del correcto deber, no en la policía. No es exactamente un delito, pero creo que les interesará saberlo.
—¿La oficina de qué?
—Me parece que lo llaman así, la oficina del correcto deber. Hace unos minutos había un par de furgones suyos en el jardín. He intentado llegar hasta ellos, pero se han ido demasiado deprisa.
—¿Y qué quieres que yo haga?
—Solo necesito saber dónde está su sede principal, para ir a poner la denuncia.
—¿De dónde eres?
—De Gibraltar, señor.
—¿Dónde queda eso? Bah, da igual. Creo que lo que buscas es el Bureau d’Obligation Correcte.
—Sí, algo así, me parece, señor. Gracias. ¿Sabe dónde tienen la sede?
—¿Qué es lo que quieres denunciar?
—No es tanto una cosa, sino más bien a una persona. He visto a alguien que se parecía a un hombre a quien, según tengo entendido, están buscando.
—¿Cómo se llama? ¿Dónde lo has visto?
—Creo que ofrecen una recompensa por él, y si se lo digo a usted…
—La compartiremos, mitad y mitad.
Asta, mientras tanto, le susurraba al oído al perro daimonion, el cual se volvió hacia el policía con el rabo entre las piernas y le dijo algo en árabe. El joven agachó la vista y, cuando la volvió a posar en Lyra, en su inmaduro semblante se evidenció algo parecido al respeto.
—En la torre del reloj —la informó—. Bab al Faraj. ¿La conoce?
Lyra asintió, pese a que no la conocía.
—Siga por esa calle de allí, donde está el café en la esquina y continúe hasta que vea la torre del reloj. A la izquierda hay una callejuela que se llama Hasbeiya. Allí está el palacio del nuncio. Allí está Le Bureau .
—Hasbeiya —repitió Lyra—. Muchísimas gracias, monsieur le gendarme .
El hombre efectuó un breve saludo y observó con alivio cómo Lyra y Asta se marchaban.
—¿Qué le has dicho a su daimonion? —preguntó Lyra.
—Le he dicho que eras la hija del poderoso príncipe Eduardo de Windsor.
—Pues parece que ha funcionado. Voy a tener que mostrarme a la altura. —Cruzaron la calzada y prosiguieron en la dirección que les había indicado—. Ha dicho el palacio del nuncio, ¿no? ¿Qué es un nuncio?
—Una especie de embajador del Magisterio. Sí, concuerda. ¿Qué vamos a hacer allí?
—Ya se nos ocurrirá algo.
Llegaron a su destino en menos de diez minutos.
—No tiene mucho aspecto de palacio —observó Lyra.
La calle Hasbeiya era una tranquila vía con edificios de viviendas dispuestos entre bloques de oficinas, pequeños talleres y algún que otro comercio.
El único indicio de que en ella pudiera vivir y trabajar un alto representante del Magisterio era la placa de bronce exhibida en una gran casa de aspecto serio y respetable, pese a que las letras eran demasiado pequeñas para descifrarlas desde la otra acera.
—Tiene que ser allí —determinó Asta—. ¿Se nos ha ocurrido algo ya?
—Sí. No vamos a entrar por este lado. Miremos primero ahí dentro.
La única tienda de la calle era una quincallería angosta y mugrienta donde vendían cubos, plumeros, cepillos, pequeñas herramientas y otros productos para el hogar.
Asta siguió a Lyra hasta el interior. El propietario dejó a un lado el periódico con un quedo suspiro mientras Lyra pagaba una escoba, un pequeño mantel azul, un paquete de imperdibles, un cepillo y un recogedor de basura.
Después volvió a cogerlo mientras ellos se marchaban.
—Me parece que he visto un callejón enfrente de la fachada del palacio. Iremos por allí un momento —dijo Lyra.
Asta se adelantó para comprobar que no había nadie.
—¿Sabes? Podrías hablar conmigo y así podríamos planear juntos las cosas —señaló el daimonion de Malcolm.
—Disculpa. Tienes razón. Hace tanto tiempo que funciono sola que me cuesta recordar…
Había también otro motivo. Si Asta hubiera sido su daimonion y hubieran estado charlando juntos en voz baja, él se habría posado en el hombro de Lyra, pero el gran tabú que prohibía tocar el daimonion de otra persona parecía aún más absoluto tratándose de Malcolm.
No obstante, Lyra previó que ninguno de los dos iba a mencionarlo.
Pese a que la calle no era muy transitada, aguardó a hallarse al amparo de posibles miradas y entonces desplegó el mantel y lo partió en dos.
El pedazo más grande se lo colocó a modo de toquilla en la cabeza, sujetándolo con un imperdible.
A continuación, rasgó el resto del mantel y, tras estrujar los retales obtenidos, los puso en el recogedor y luego se ensució la cara con un poco de polvo que retiró de la pared de ladrillo.
—La mochila… —dijo.
—Los cubos de basura —sugirió Asta—. Si están llenos, será mejor no dejarla cerca, porque podrían venir pronto los basureros, pero si están vacías.
—¡Buena idea!
El primer cubo tenía el fondo cubierto de una capa de desechos, probablemente procedentes del vaciado de varias papeleras.
—Creo que servirá —resolvió Lyra.
Después palpó el interior de la mochila para sacar su diminuta porra, que tenía por nombre el Pequeño, y la guardó bajo el cinturón. Tras recuperar la aguja del aletiómetro, dejó caer la mochila en el cubo de basura.
—Ahora vas a hacerte pasar por una criada, ¿verdad?
—Los dos vamos a representar ese papel.
—No podemos entrar por delante, o sea, que… ¡Un momento! ¡Escucha!
Desde la calle llegó el inconfundible sonido de un motor refrigerado por aire. Del otro lado de la calle, un vehículo acababa de salir del edificio y se alejaba incrementando la velocidad.
Asta se precipitó a mirar por la esquina.
—Era eso —confirmó, al volver—. Es un furgón igual que los que había en el jardín. Hasta es posible que sea el mismo.
Lyra acudió a su lado y asomó con prudencia la cabeza.
—¿Ves el edificio principal? En el costado hay un portal. El furgón ha salido por allí.
—Entonces va a ser nuestra puerta de entrada —anunció Lyra.
—¿Así sin más?
—Exacto. Así sin más.
Tras cruzar la calle, se adentraron por el portal y fueron a parar al patio.
En ese momento, en el edificio principal se abrió una puerta por la que salió un soldado, con galones de sargento en la manga.
Con la cabeza gacha, Lyra agitó uno de los «plumeros» antes de deslizarse por la misma puerta delante del sargento.
Tenía muy presente el consejo que le había dado Anita Schlessinger, cuando le explicó la anécdota de la actriz que era capaz de volverse invisible.
En ese caso, Lyra hacía lo contrario, igual que hacían las brujas, igual que sabía hacerlo Will.
Asta se percató al instante y le siguió la corriente.
Al ver a una criada que sacudía un plumero, el sargento no le prestó mayor atención.
Una vez en el interior, Lyra avanzó con paso pesado pero resuelto por el pasillo, hasta detenerse en un rincón.
Aquella parte del edificio se parecía a la zona destinada al servicio de los hoteles: deslucida y funcional, carente de atractivo.
El suelo estaba cubierto con toscas esteras, que al menos resultaban discretas al caminar.
A su alrededor se percibía quietud, aunque no un silencio absoluto.
Era evidente que había gente allí, personas que trabajaban.
«Si Pan estuviera aquí conmigo, sabríamos exactamente qué hacer», pensó Lyra.
No habrían tenido necesidad de decir nada, pues habrían compartido una comprensión perfecta.
Asta, sin embargo, lo hacía todo bien, y era reconfortante contar con su presta compañía y su inteligencia.
—Viene alguien —susurró el daimonion de Malcolm, mientras permanecían indecisos al final del pasillo.
Oyeron un ruido de voces antes de alcanzar a distinguir las palabras.
La voz predominante correspondía a un varón de mediana edad que se expresaba con brusca impaciencia, a la cual respondía de vez en cuando una voz más joven, apaciguadora y compungida.
Se encontraban a la vuelta del pasillo, aunque parecían provenir de un nivel más bajo.
Entonces la puerta se abrió, dando paso a un par de personas.