9. Oro y nada más que oro #2
Lo condujo hacia el grifo de mayor tamaño. Como ya llevaba un tiempo con ellos, sabía cómo debía comportarse y conocía los nombres de las personalidades más importantes de su especie.
—Os saludo, príncipe Keshvād, listo para recibir vuestras órdenes.
El príncipe grifo observaba con intensidad a Malcolm, tal como había hecho Gulya.
—¿Quién es este hombre? —preguntó el príncipe.
—Se llama Malcolm. Es un estudioso, un gran erudito y un famoso artesano. Es capaz de debatir con filósofos y trabajar con la madera y el metal. Y también con el vidrio —añadió con osadía Pan.
—¿Y qué hace ahora?
—Está concentrado en una visión, augusto príncipe.
—¿Una visión de oro?
—Es muy posible, augusto príncipe.
—No es la humana a la que buscabas. ¿Por qué mi siervo lo ha elegido a él y no a ella?
—Por lo que alcancé a ver, augusto príncipe, mi Lyra escapó de una banda de soldados y se refugió entre unos árboles.
Quizá vuestro siervo no pudo llegar hasta ella.
Y este hombre…, no sé, parece como si fuera de oro.
Sin embargo, es un ser humano, un hombre como muchos otros.
Es un gran amigo mío y de Lyra, y estará encantado de presentaros sus respetos a vos y a vuestra nación.
—No tiene daimonion.
—Su daimonion huyó con mi Lyra. Es algo que ocurre a veces.
—Su majestad, mi madre, la reina Shahrnavāz, querrá verlo. Volaremos durante el resto del día y toda la noche para llevarlo a Damāvand. Tú también vendrás.
Pan recordaba lo que había sucedido la única vez que trató de poner en entredicho la decisión de un grifo: Gulya había tenido que salvarle la vida.
Aquellas criaturas eran intensamente orgullosas y apasionadas.
Sin la menor intención de volver a exponerse otra vez, inclinó la cabeza ante el príncipe Keshvād y se alejó para ir a hablar con Gulya.
—¿Por qué querría conocer la reina a Malcolm? —le preguntó en voz baja.
—Porque es un tesoro.
—¿Un tesoro? ¿A qué te refieres?
—Es oro. ¿No lo sabías? Míralo. Tiene el aroma del oro.
De modo que ellos creían eso de verdad, constató Pan, consternado.
—Pero ¿qué va a hacer con él?
—Guardarlo en su cámara del tesoro.
—Tengo que hablar con él de esto…
—Va a dar lo mismo. De todas maneras, va a ser su tesoro.
—¡Va a ser un prisionero!
—Se lo tratará con honor y respeto. Será el ser más valioso que la reina haya recibido en su cámara del tesoro.
—Pero no puede… Por cierto, ¿cómo sabe ella de su existencia?
—Siempre hemos sabido que este hombre iba a llegar.
—Y… ¿queda muy lejos Damāvand? —preguntó Pan, aquejado por una sensación de vértigo.
—Sí, muy lejos. Al sur del mar Caspio. Es un monte sagrado.
Sumido en una profunda desesperación, Pantalaimon se puso a oscilar el cuerpo de modo inconsciente, dejando escapar un quedo sonido plañidero.
—Déjame —le rogó a Gulya, una vez que hubo recobrado la voz—, quiero hablar con Malcolm.
Gulya no dio señales de pensar que Pan o Malcolm pudieran considerar que aquel destino tuviera algo malo, aparte de ser un gran honor.
Una vez que se hubo marchado, Pan se puso a escarbar la hierba con rabia, pero enseguida paró, porque Malcolm se estaba incorporando y miraba en torno a sí.
Entonces se acercó a él y se subió de un salto a la piedra que había al lado.
—¿Ya estás despierto?
—No dormía. Estaba mirando algo.
—Bueno, escucha, porque tenemos problemas.
Los grifos tienen una reina, que es todopoderosa, y van a llevarte con ella, porque quiere ponerte en su cámara del tesoro, porque eres de oro, o tienes el aroma del oro, o algo así.
Sobre todo, no te rías. Son tremendamente orgullosos, impulsivos y apasionados.
No toleran que les lleven la contraria. Haré que me lleven a mí también, para hacerte de consejero.
Creo que lo mejor sería que tú seas igual de orgulloso, puntilloso y exigente que ellos.
Compórtate como un príncipe tú también… Ellos entienden este tipo de cosas.
—¿Qué es eso de oro? ¿Que yo soy de oro?
—Es por tu pelo y tu piel. No entiendes hasta qué punto los hipnotiza eso.
Malcolm se pasó la mano por la cabeza y soltó un bufido.
—Pero ¿y qué le va a pasar a Lyra? —planteó.
—Si Asta la acompaña…
—Debo reconocer que eso me tranquiliza un poco.
—Vamos a tener que permanecer juntos. Yo seré…, vamos a ver…, tu criado o algo así.
Malcolm no pareció muy complacido con la idea.
—Y dime, ¿qué hacías tú en Alepo? —prosiguió Pan.
—Estaba buscando a Lyra. Y, aparte de eso, espiaba, investigaba cosas como Thuringia Potash. Justo acabábamos de llegar. Pero, más que nada, buscábamos a Lyra.
Pan miró en derredor. Los grifos se movían, colocándose en orden, como si se dispusieran a partir muy pronto.
—¡Gulya! ¡Gulya! —llamó.
El pequeño grifo lo oyó y acudió de inmediato a su lado.
—Te explicaré lo que vamos a hacer —anunció Pan—. Yo acompañaré a Malcolm siempre. Nos deben proporcionar un vuelo cómodo y comida para humanos, con fruta, pan y carne cocinada como mínimo. Todos debéis tratar a Malcolm con sumo respeto, y también a mí porque soy su sirviente.
—Pero…
—No hay discusión posible, Gulya. Si la reina Shahrnavāz se enterase de que nos han tratado mal ¿qué castigo te impondría a ti?
—No, no, Pan, no hagas eso, por favor. Claro que vais a estar bien atendidos, muy bien atendidos, te lo prometo.
—¿A qué te referías antes cuando has dicho que sabíais desde siempre que este hombre iba a venir?
—Es el hombre de oro. Lo sabemos desde siempre. Es parte del futuro que vivía en el pasado.
—Es correcto —convino Malcolm—. Y ahora dime: ¿tú y tu pueblo habláis solo con palabras o también con imágenes?
Pan se quedó desconcertado, pero Gulya pareció comprender la pregunta.
—Comprendemos de las dos formas —repuso—, aunque, cuando tenemos algo eterno que decir, usamos imágenes.
—¿Cómo podéis…? —quiso intervenir Pan.
Malcolm le dirigió una mirada de advertencia que lo silenció de golpe.
—Diles a tus compañeros y amigos grifos —solicitó Malcolm— que no solo soy de oro en carne, sino también en conocimiento, y que poseo auténtico oro de esa clase para entregaros a todos vosotros, cosa que haré cuando hable con su majestad la reina Shahrnavāz.
Por eso he acudido a vuestro lado. Mi ayudante Pantalaimon, además, debe tener la libertad de permanecer conmigo o de ir adondequiera que necesite ir en cualquier momento.
—Sí —acató Gulya—. ¿Y eres un filósofo y un artesano? ¿Un artífice?
—¿Mi compañero te ha dicho eso?
—Sí.
—Mi compañero siempre dice la verdad —declaró Malcolm, con tono firme y calmado, adoptando una fachada de poderosa autoridad.
Gulya inclinó la cabeza.
—Volveré cuando estemos listos para irnos —dijo, antes de alejarse.
—¿Les has dicho que era un filósofo y un artesano? —preguntó Malcolm a Pan.
—Hombre… Eso es lo que eres, ¿no?
Malcolm lo miró en silencio. Pan se encogió, avergonzado, pero no tardó en recuperarse.
—¿Qué querías decir con eso de hablar con imágenes? —preguntó—. Gulya sí lo ha entendido, pero yo no.
—Quería saber si tienen una forma de comprensión metafórica aparte de la literal.
—Y… ¿a qué se refería con eso de algo eterno, de tener algo eterno que decir?
—A lo mismo. Algo eterno…, algo situado al margen del tiempo.
El lenguaje utiliza tiempo, tiempo de todas clases; las imágenes, en cambio, solo tienen el presente.
Es evidente que los grifos comprenden esa diferencia.
No sé si deben de crear imágenes por sí mismos, como algo físico, o practicar algún tipo de arte o artesanía.
Siento curiosidad por conocer la manera como aprehenden las cosas.
—Cuando dices «aprehender», ¿te refieres a eso que tiene que ver con el lenguaje transmitido con imágenes? ¿A ideas que surgen de las imágenes, como por ejemplo del aletiómetro?
—Sí… ¿Se lo llevó Lyra al marcharse?
—Ah, sí. Ella nunca se iría a ninguna parte sin él. Siempre nos ha acompañado. Mira, creo que vamos a viajar con el príncipe Keshvād.
Malcolm se puso en pie y se colgó la mochila del hombro.
El príncipe Keshvād trazaba círculos en el aire por encima de ellos. Los demás ya habían alzado el vuelo en su mayoría, pero dos de ellos planeaban junto al príncipe Keshvād, como si fueran guardias o asistentes.
El príncipe Keshvād aterrizó cerca y luego se colocó en postura tendida, según la nomenclatura heráldica, semejante a la de la Gran Esfinge.
Su lomo, amplio y profundo, les proporcionó espacio de sobra para acostarse, justo en la zona donde acababa la pelambre de león y empezaban las plumas de águila.
Luego las inmensas alas se desplegaron en toda su envergadura y los dos viajeros notaron debajo de ellos la impresionante estructura del grifo y el batir de sus músculos mientras se elevaban en el cielo y proseguían rumbo este hacia la cumbre del monte Damāvand, situado a más de mil quinientos kilómetros de distancia.
Pese a que momentos atrás había hecho alarde de tener en su posesión un documento firmado por Mustafá Bey, Lyra tenía reparos en utilizarlo tan pronto y tan cerca del propio ilustre mercader.
Aunque seguramente le sería útil a cientos de kilómetros de allí, en Alepo podía resultarle más bien bochornoso.
Así pues, no tenía más remedio que recurrir a su ingenio.
Antes que nada, ella y Asta debían averiguar a dónde habían llevado a Ionides, y después idear la manera de liberarlo.
Antes de lo sucedido aquella noche en al-Khan al-Azraq, habría recurrido de forma automática al aletiómetro, pero entonces…
Por un momento, pensó en el Myriorama, pero no lo conocía lo bastante bien y no tenía tiempo para aprender a usarlo, en el supuesto de que…
—Esos soldados deben de depender de alguna autoridad —le comentó a Asta—. Si no son de la policía, entonces… ¿Has visto algún emblema en el furgón? ¿Alguna palabra o algún símbolo?