9. Oro y nada más que oro
L yra echó a correr, por supuesto. Era lo único que podía hacer.
El jardín de la embajada era largo y estrecho, y el edificio estaba encarado hacia la franja alargada.
El alboroto, el forcejeo, el pánico y el terrorífico descenso del grifo bastaron para distraer a los guardias del nuncio, y de este modo no advirtieron a la delgada joven que se escabulló hacia los árboles.
Por fortuna, estos componían una tupida espesura, y también había arriates de arbustos.
Y así, oculta entre los hibiscos y los jazmines, Lyra se quedó escuchando los gritos, la aceleración de los motores y algún disparo esporádico.
Había alguien a su lado.
Ahogando una exclamación, advirtió a menos de un metro de distancia, algo rojizo, del tamaño de un voluminoso gato…
—¡Asta! No… ¿Eres Asta? ¿Eres tú? —susurró, sin resuello.
De todos modos, se habría quedado sin respiración, aunque no hubiera corrido antes.
—Sí, Asta —confirmó el daimonion con calma—. Esa criatura se ha llevado a Malcolm sin darme tiempo a hacer nada. ¿Qué era? ¿Habías visto antes a un ser así?
—Un grifo, me parece. Hace unas noches, vi cómo uno se llevaba a un hombre, como si fuera una pluma. No sé nada de ellos. Ah, esto es horrible. No sé… No paro de decir lo mismo… No sé qué hacer ahora. ¿Era el señor Ionides la persona que estaba con Malcolm?
—Sí. Ha venido a vernos hace unas horas, a la casa de la embajada donde estábamos, para hablar con Malcolm de ti y de otras cosas. Después nos hemos ido a buscarte de inmediato.
—Y ahora lo han detenido —dijo Lyra, sollozando casi.
—El grifo que viste la otra vez…, ¿por qué se llevó al hombre?
—Creo que debía de haber robado algo. Parece ser que a los grifos lo único que les interesa es el oro, y ese hombre se había apoderado de mi aletiómetro. Debió de relucir con la luz de la luna. Ay, esto es insoportable…
Luego se echó a llorar.
—¿Y Pan? —le preguntó Asta, acercándose—. ¿Aún no lo has encontrado?
—No, y ahora seguramente no lo voy a encontrar nunca.
—He oído su voz. ¿Tú no? Justo ahora…, te llamaba desde el cielo…, lo he oído gritar tu nombre.
—¿Cómo? ¿De verdad? A mí me ha parecido oírlo también, pero…
—Creo que iba con esos grifos.
—¿Esos grifos? Yo solo he visto uno, y ha sido cosa de un segundo. ¿Cuántos había?
—Una docena, como mínimo.
A Lyra la asaltó una sensación de vértigo.
Aguzó el oído, como si Pan la llamase aún, pero no oyó nada ni remotamente parecido a su voz.
Y ahora eso: entre todo era demasiado. El sonido de los coches de la policía se diluía en medio del ruido normal de la ciudad.
Las tórtolas todavía zureaban en el jardín, como si allí no hubiera ocurrido nada, y las cigarras emitían sus estridentes chirridos en las copas de los árboles.
—¿Crees que la policía te buscaba? —preguntó Asta.
—Es muy posible. Se han llevado al señor Ionides y seguramente saben que me había hecho de guía…
Asta, hasta que las cosas se hayan calmado, vamos a fingir que eres mi daimonion, ¿eh?
Pan hizo lo mismo con esa muchacha que encontró, la que había perdido a su daimonion.
Fingieron. La encontré en la ciudad abandonada y me lo contó…
—Buena idea. Será más seguro para ambos. Tenemos que contarnos todo lo que nos ha ocurrido. Y ahora pasemos a las cuestiones prácticas. ¿Tienes algo de dinero?
—Sí, gracias a Farder Coram. Ah, Malcolm lo conoció, ¿verdad?
—Sí.
—Y tenemos que rescatar al señor Ionides.
—¿Por qué lo tratas de señor?
—Por respeto. Es muy importante.
—Por lo que he visto y oído de él, coincido contigo. ¿Ya se han ido todos, la policía o lo que fueran?
Lyra se levantó con cautela y miró en torno a sí.
El jardín estaba igual que cuando había llegado.
Lo único distinto eran las roderas que habían dejado en la gravilla los furgones al frenar.
Los grifos parecían haber llegado y desaparecido en cuestión de un momento.
La madre y el niño se habían marchado, pero había una pareja de ancianos que caminaban despacio cogidos del brazo y un hombre vestido a la usanza árabe que leía un periódico sentado en un banco.
—Creo que podríamos intentar salir —opinó Lyra.
—¿Cómo te vas a llamar?
—Ah. Bueno, por ahora soy la reina Tatiana Iorekova de Novaya Zemlya. Eso también fue idea de Farder Coram. Tengo un documento para demostrarlo, con la firma y sello de Mustafá Bey, nada menos. ¿Y tú?
—Nunca he tenido que hacerme pasar por nadie… Tendría que ser algo que empiecen por A.
—Atalanta.
—Demasiado largo. Dejémoslo en Afra. ¿Tú notas si Pan está en peligro? —preguntó Afra-Asta.
—Antes creía que sí, porque en ese caso sentiría miedo, pero, desde que se fue, siento miedo casi siempre. ¿Estás tú asustado por Malcolm?
—No, curiosamente no. Es que no creo que corra peligro.
—Ni siquiera… —Lyra elevó de forma involuntaria la mirada hacia el cielo.
—No. Yo creo que los grifos se lo han llevado por algún motivo, no con intención de hacerle daño. Y, si no me he equivocado al pensar que he oído a Pan, también deben de estar cuidando de él.
—Ojalá sea así —dijo Lyra.
Acompañada por el elegante caminar del daimonion, la reina Tatiana Iorekova salió de los arbustos. Después cruzaron juntos el jardín, con aplomo y confianza, como la viva estampa del valor y la calma.
El grifo que había agarrado a Malcolm se elevó por encima de la ciudad, apretándole con tanta fuerza los hombros que este creyó que iba a desmayarse del dolor antes de que lo soltara y debiera afrontar una caída en picado.
De todas formas, prefería estar inconsciente llegado el momento, se dijo, aunque también era probable que el grifo no fuera a dejarlo caer, con lo cual le convenía hacer abstracción del dolor y acumular toda la información posible.
En primer lugar, aquella criatura no estaba sola. Delante de ella y a ambos lados, iban volando como mínimo otras seis, y probablemente había más detrás.
En segundo lugar, no cabía duda de que había oído una voz que lo llamaba por su nombre, y aun cuando no fuera imposible que esas criaturas fueran capaces de hablar, la voz parecía provenir de un ser pequeño.
En tercer lugar, no iban a seguir volando mucho tiempo. Se dirigían a una cadena de colinas, contigua a una larga planicie situada al sureste de la ciudad. Malcolm vio cómo algunos de los otros grifos dejaban de batir las alas y empezaban a planear, descendiendo hacia la ladera más cercana.
Al cabo de poco, el que lo llevaba a él empezó a bajar también.
El poderoso vaivén cesó, lo que le procuró a Malcolm un alivio en los hombros.
El descenso se prolongó hasta el pie de las colinas de la planicie: entonces volvieron a batir las grandes alas, en ese caso para aminorar el avance y prepararse para aterrizar.
Parecía como si la tierra se acercara con alarmante velocidad.
No obstante, el grifo, que había calculado la distancia a la perfección, mantuvo durante unos segundos un pie a corta distancia del suelo para que Malcolm bajase antes de volver a elevarse para acabar posándose unos metros más allá.
Malcolm tenía la impresión de que aquella enorme criatura era un macho y no una hembra.
En las proximidades, sus compañeros, que debían de sumar entre todos más o menos una docena, ya estaban detenidos ya y desperezaban las alas o estiraban sus piernas de león.
Malcolm tuvo que recordarse a sí mismo que no era la primera vez que veía cosas extrañas.
No estaba alucinando. Como si quisiera confirmar que aquello era verdad, en un ángulo de su visión comenzó a centellear un pequeño cerco de luz.
Acogiéndolo, se sentó en una roca para recuperarse.
Entonces volvió a oír aquella misma voz.
—¡Malcolm! ¡Malcolm!
Hacia él se dirigió dando brincos sobre la reseca hierba un daimonion, cuya pelambre de cálidos tonos castaños, blanca en el cuello y en el pecho, resultó inconfundible con la diáfana luz de la tarde… ¡Pantalaimon!
—¡Pan! ¿Eres tú?
—Sí, soy yo. ¿Está Lyra contigo?
—No. Acababa de encontrarla en ese jardín, pero cuando estos… ¿Qué es lo que son?
—Grifos.
—Cuando han bajado, ella se ha ido corriendo hacia los árboles. Asta iba con ella.
—Entonces tenemos suerte de que ya pudiéramos separarnos antes.
—Sí, ya lo había pensado.
—Estás sangrando…
Malcolm se palpó el hombro. El grifo le había clavado las garras en la piel, pero era algo superficial. Lo que más le preocupaba era la herida de la cadera.
—Pero, Pan, ¿qué sabes tú de…?
Abrió los brazos, mirando en torno a sí con maravillado estupor.
Las grandes criaturas hablaban. De sus gargantas de águila y pechos de león brotaban ásperos gruñidos guturales, con una entonación muy parecida al habla humana.
La intensa luz del sol arrancaba de sus plumas destellos de un sinfín de colores, que iban del púrpura casi negro a un deslumbrante blanco níveo, con todo un arcoíris de tonalidades intermedias.
Al cabo de poco, la aurora particular de Malcolm se puso a girar y centellear como si una parte del resplandor de los grifos se hubiera desprendido para llegar a él a través del aire.
Viendo que tenía una preocupación interior, Pan se instaló cerca, sin decir nada.
Luego el pequeño grifo hembra, Gulya, llegó volando y se posó a su lado.
Pan levantó una pata, para reclamarle silencio.
Gulya había fijado la mirada en Malcolm.
Este permanecía sentado de cara al sol con los ojos cerrados y su cabello pelirrojo dorado relucía con la prístina luz.
La baqueteada mochila de lona se encontraba a su lado.
Pan reparó en algo que no había advertido nunca: las pecas que salpicaban la nariz y las mejillas de Malcolm y los visos dorados que espejeaban en su incipiente barba en la zona de la mandíbula.
—Acompáñame —le susurró Gulya a Pan.