8. Las potencias del aire #2
Ambos prestaron oído. El sonido de una sirena se aproximaba a unas tres o cuatro calles de allí.
—Viene en esta dirección —dedujo Ionides.
—El joven del aletiómetro —dijo Lyra.
—¿Ha estado aquí? —preguntó Malcolm.
—Sí. He tenido que pelear con él y le he hecho daño a su daimonion —explicó—. Tenemos que…
—Nos tenemos que ir ahora mismo —urgió Ionides.
—¿Hay otra verja? —planteó Malcolm.
—Por allí, pero la tienen cerrada con llave.
—Vamos. Lyra, ¿puedes correr?
—Estás cojeando —observó ella—. ¿Y tú puedes correr?
—Date prisa y no te preocupes.
Enfilaron el sendero de grava en pos de Ionides, quien torció a la derecha rodeando la casa.
—¿Tiene algún plan? —consultó a Malcolm, una vez que lo hubieron alcanzado.
—Tengo dos. ¿Todavía funciona esto como una embajada?
—No.
—Entonces solo tengo uno. ¿Dónde está esa verja?
—Por allí…
A la sirena, que cada vez sonaba más cercana, se sumó el sonido de otra, proveniente de otra dirección.
Mientras se esforzaban por llegar a la puerta, sobre ellos planearon unas sombras.
Malcolm pensó por un momento que se trataba de su aurora particular, el círculo de lentejuelas, pero no era así: cuando el primer vehículo entró por la verja a su espalda, con el sonido del motor refrigerado por aire adaptándose a la reducción de velocidad y el aullido repentinamente intensificado de la sirena, las sombras se esfumaron y la luz del sol volvió a inundar el jardín.
—Ha ocurrido algo —sentenció Lyra, mirando en derredor.
—Algo distinto…
Los tres se encontraban todavía en el sendero, a un centenar de metros más o menos del grupo de árboles que crecían junto a la otra verja.
El furgón camuflado paró en seco, proyectando chorros de gravilla y un estruendo de sirena por los aires, y a continuación, de entre los árboles, surgió otro vehículo, que llevaba el distintivo POLIS.
Malcolm se agachó para susurrarle algo a Asta.
—Pase lo que pase y cueste lo que cueste, quédate con ella.
Él y Ionides se situaron cada uno a un lado de Lyra; ella, por su parte, sacó una porra muy corta de la mochila. Una vez que hubo transferido el bastón a la mano izquierda, Malcolm extrajo con la otra una pistola pequeña del bolsillo. Ionides parecía empuñar un cuchillo.
Las dos sirenas seguían sonando, una delante y otra detrás, haciendo estremecer el aire del jardín con su aullido demencial.
Del primer furgón saltaron varios hombres armados que se dispersaron corriendo, mientras los apuntaban.
Después, de lo alto llegaron a toda velocidad otras sombras: fue como si les hubieran arrojado un cubo de agua fría.
Algunos de los hombres armados levantaron la vista y retrocedieron a trompicones. Uno de ellos cayó al suelo. Otros dos dieron media vuelta y huyeron.
El individuo que estaba a cargo del primer furgón dio una orden al conductor, y la sirena calló. Un instante después también cesó la del otro vehículo. Entonces pudieron oír algo más, como si unas gigantescas alas, del tamaño de las aspas de un molino, batieran en el aire.
Malcolm no había perdido de vista a los soldados.
Estaba calculando: primero, el sargento, colocar a Lyra detrás de él; el segundo, ese hombre tan alto, pero esas sombras…
Su propia visión estaba oscilando… y, aunque no era el escotoma, le causó el mismo efecto: una revelación, una nueva manera de ver, la abertura de ventanas de acceso a una percepción diferente del mundo…
El combate que presenció en el cielo aquella noche en el desierto…
, ¿serían las mismas criaturas que habían acudido también allí?
Alzó la vista, pero la luz era demasiado cegadora.
Ionides lanzó un grito. Malcolm y Lyra lo vieron reducido en el suelo por tres soldados que recibían instrucciones de un individuo de tez macilenta, vestido con hábito clerical.
Antes de que pudieran reaccionar para ir a auxiliarlo, un soldado con más arrojo que los demás disparó hacia el aire y de inmediato una vasta criatura descendió en picado, lo agarró y se lo llevó hacia el cielo…
El hombre daba alaridos, que no cesaron hasta que la criatura lo dejó caer desde gran altura, más allá de las copas de los árboles… hasta que chocó con el suelo y calló.
Lyra ocultó la cara en el hombro de Malcolm.
Más sombras… Una queridísima voz que gritaba el nombre de Lyra…
—¡Pan! ¡Ay, Pan! ¡Aquí! ¡Estoy aquí!
Escudándose los ojos con la mano, miró hacia el cielo, hacia las veloces sombras y hacia el sol… Una andanada de disparos, gritos de humanos, un estruendoso rugido llegado del cielo…
Ionides trataba de resistirse, pero lo habían maniatado.
Un soldado le descargó una porra en la espalda.
Con su bastón, Malcolm le propinó al soldado un violento golpe en la cabeza que lo derribó.
Luego este se levantó como pudo y huyó. Los otros dos que tenían inmovilizado a Ionides lo arrastraron hacia el furgón.
Con la cara vuelta hacia el cielo, Lyra tiraba del brazo de Malcolm, gritando algo que él no alcanzaba a comprender.
Entonces se soltó para tratar de llegar hasta Ionides y liberarlo, pero, antes de conseguirlo, algo dotado de un poder superior a lo que había conocido hasta entonces lo agarró por el hombro, lo levantó del suelo y, con un gigantesco batir de alas, lo fue distanciando más y más del jardín, hasta una altura desde la que se dominaban los edificios y la ciudad.
—¡Malcolm! ¡Malcolm! —gritaba Lyra.
A diferencia de él, ella seguía en el suelo, y Asta permanecían a su lado. Se había quedado cerca de Lyra, tal como él le había indicado.
En medio del tumultuoso torbellino de sensaciones y sentimientos, del dolor, la estupefacción y el temor por Asta y por Lyra, Malcolm descubrió que aún estaba en condiciones de pensar con claridad; y lo que pensó fue que, más allá del nombre con que se denominaran a sí mismas y más allá del nombre que les hubieran dado los poetas, esas criaturas que lo llevaban volando por el cielo pertenecían a la misma categoría de seres que el hada del Támesis y que el viejo gigante del río, y que, en aquellas otras ocasiones, él había sobrevivido, igual que Lyra.