El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 8. Las potencias del aire
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8. Las potencias del aire

E l padre Gerhardt se puso manos a la obra, haciendo caso omiso de la presencia de la doctora Leila Pervani, cosa de la que ella se congratuló, pues le intrigaba verlo en acción.

No bien Bonneville hubo salido de la habitación, el nuncio descolgó con brío el teléfono y habló rápidamente con alguien que solo le contestó con una áspera palabra Jawohl .

El padre Gerhardt se levantó sin perder un segundo y tras coger una pistola de un cajón, la guardó en un bolsillo de la sotana. Luego miró con expresión calculadora a la mujer y sacudió la cabeza.

Salió de la oficina y cruzó el vestíbulo, sin dedicarle ni un vistazo a la recepcionista, que ya estaba acostumbrada a dicha actitud.

Ella, en cambio, sí observó con interés a mademoiselle Pervani, que salió con paso más lento tras él.

Vestía ropa cara y se movía con elegancia, sin hacer ningún ruido, pese a que el suelo era de piedra.

A su paso, dejó una leve estela del perfume que llevaba, un aroma a madera y especias que resultaba casi embriagador.

La recepcionista lamentó no tener el atrevimiento para preguntarle qué era.

En el patio, bajo la supervisión de un sargento y del padre Gerhardt, los miembros de la Guardia Magisterial subían a la parte posterior de un furgón penitenciario adaptado con pintura de camuflaje desértico…, precaución del todo innecesaria, puesto que nunca lo habían utilizado fuera de la ciudad.

—Atrapadlos vivos —ordenó el nuncio, con su voz rasposa—. ¿Me habéis oído? Vivos.

Luego montó al lado del conductor. Uno de los hombres abrió la verja y el furgón salió a la calle.

Leila Pervani llamó con suavidad a la puerta del cuarto de Olivier Bonneville y aguardó.

—¿Quién es? —contestó este por fin.

—Quiero hablar contigo —dijo ella.

—Espere.

Hubo un ruido de movimientos dentro de la habitación y después se abrió la puerta. El joven la miró, ceñudo y ruborizado, en mangas de camisa.

—¿Puedo entrar? —preguntó.

Tenía la habilidad de presentarse toda ella con una presencia suave, blanda y agradable, a la que no se podía resistir.

Bonneville se hizo a un lado y, no bien hubo entrado, ella dejó escapar una queda exclamación compasiva al ver a su daimonion posado en el dorso de una silla, con un ala extendida, rota.

Su daimonion, una serpiente de color arena con motivos de tonalidad esmeralda, siseó desde su manga. Entonces alargó la mano hacia la silla y el daimonion se deslizó hasta el asiento, desde donde se pondría a hablar, tal como preveía, en voz muy baja con el maltrecho halcón.

—¿Y tú estás herido? —preguntó a Bonneville.

—Sí, ya se lo he dicho —respondió, sin dar más explicación.

La mujer advirtió que le mortificaba todo lo ocurrido y también el hecho de que ella se interesara por la cuestión.

—¿Me puedo sentar? —preguntó.

Él se encogió de hombros. No había otro sitio donde sentarse aparte de la cama. Ella se instaló en la punta y, al cabo de un momento, él se sentó con cuidado en el suelo, apoyando la espalda en la pared. Tenía el semblante tenso a causa del dolor.

—Olivier, ¿no es eso? Yo soy Leila. Lamento mucho lo de tu daimonion. Estas cosas se curan por sí solas, pero durante un tiempo va a ser doloroso para los dos. Me interesaría saber un poco más sobre ese hombre del que has hablado, ¿cómo se llama? Ionides. ¿Cómo lo conociste?

—Él me seguía, allá por el desierto, cerca de unas ruinas.

Yo lo acorralé y le pregunté qué diablos hacía.

Entonces me salió con un cuento relacionado con un tesoro.

Todo eso me tenía sin cuidado. Lo único que quiero es algo que me robó esa chica.

Él es una especie de guía o de intérprete, o en todo caso finge serlo, porque en realidad es solo un ladrón.

A esa chica la engañó, pero a mí no me pudo engañar.

—¿Y dices que trabaja para ella?

—No habría llegado tan lejos en caso contrario. Ha perdido a su daimonion. Supongo que lo está buscando.

—¿Qué fue lo que te robó?

—El aletiómetro de mi padre. Hay también un hombre implicado en el robo. Un tal Polstead, Matthew o Malcolm, no sé bien.

—¿Ese Ionides también pretende hacerse con el aletiómetro?

—Ha tenido muchas ocasiones de cogerlo, así que probablemente no. Él quiere ese tesoro del que hablaba, algo que está muy lejos en el desierto, hacia el este, casi tocando con Cathay.

—¿Por qué va con la chica, si puede avanzar más deprisa yendo solo?

—La necesita. Hay algo que solo ella puede hacer para que consigan el tesoro.

—¿Y qué es ese tesoro?

—Ni idea. Tal como he dicho, me tiene sin cuidado.

La mujer asintió y después miró al daimonion herido con aire de intensa compasión y ternura. Por más que la escrutó, Bonneville no alcanzó a percibir nada engañoso en ella, pero tenía arraigado el hábito de la desconfianza.

—¿Sabes? —dijo la mujer—. El otro día hablé con Marcel Delamare.

—¿Dónde?

—En Constantinopla, en el palacio del Patriarca.

Bonneville sabía que Delamare estaba allí. Por el momento, parecía decir la verdad.

—Me habló de ti —prosiguió ella—. Dijo que eras el mejor aletiometrista que había conocido.

—Es posible que al principio sí, pero me trataba como a un criado. Haz esto, haz lo otro, busca esto, no busques lo otro. Yo tampoco quería ser su oráculo domesticado. Tenía mis propios planes.

—Eso está bien, pero ahora has vuelto con el Magisterio, ¿no?

—Bajo mis condiciones. Ellos disponen de servicios a los que no podría acceder por mi cuenta.

Leila Pervani rememoró la escena a la que había asistido en la oficina del nuncio.

Si «bajo sus condiciones» implicaba que lo mandaran a su cuarto igual que a un chiquillo malcriado…

No obstante, Bonneville estaba humillado, maltrecho y furioso, casi paralizado por el orgullo.

Leila tendió la mano hacia su daimonion serpiente, que se despidió con un siseo del halcón antes de volver a trepar por su brazo.

—Gracias, Olivier —dijo—. De veras te lo agradezco. Espero que podamos volver a hablar pronto. Podríamos aprender cosas el uno del otro, y tus conocimientos son algo único. Ahora acuéstate y deja que se te cure la espalda.

Antes de irse, Leila le sonrió y él esquivó la mirada.

—Ahí está —dijo Ionides—, en ese banco.

Acababa de entrar junto con Malcolm en el jardín de la embajada brasileña.

Hacía una tarde calurosa, saturada de zumbidos de insectos, y no había casi nadie en el jardín; una pareja de personas mayores daba de comer a los gorriones con algo que tenían en una bolsa y una joven dormía acostada a la sombra de un árbol en el banco hacia el que señalaba Ionides.

—¡Pero esa no es Lyra! —exclamó Malcolm.

Tenía el pelo corto y oscuro, desgreñado, y estaba tan delgada…

—¡Sí que lo es! —afirmó Asta, mientras se dirigía hacia ella brincando.

Malcolm fue tras él más despacio, impedido por la lesión de la cadera. Se había percatado de la perplejidad con que Ionides advirtió que él y su daimonion podían separarse, y de la expresión calculadora que cruzó su semblante.

Posado en el brazo del banco, Asta ronroneaba ya cerca de la cabeza de Lyra.

Al ver que Lyra dormía profundamente, Malcolm trató de arrodillarse junto al banco para despertarla sin brusquedad, pero le dolió tanto el intentarlo que tuvo que renunciar y quedarse de pie.

Lyra estaba tan quieta que podría haber estado muerta y, desde luego, sin un daimonion…

Nunca la había visto sin Pantalaimon. Cayendo en la cuenta de que, si se despertaba mientras él estaba de pie justo allí, el sol le daría de pleno en los ojos, se desplazó hacia un lugar donde este incidiera en su cara y no en la de ella.

—¡Lyra! —la llamó en voz baja, apoyándose en el respaldo del banco—. ¿Me oyes? Lyra, despierta.

Ionides se había separado un poco para montar guardia. Malcolm inclinó un poco más la cabeza.

—¡Lyra, despierta! Vamos a tener que irnos de aquí. No te asustes. Despierta tranquilamente.

Ella seguía sin reaccionar. Fruncía el ceño dormida, sudorosa y demacrada. Jamás la habría imaginado con un aspecto de tanta desdicha. Alargó la mano para posarla en su hombro. Aquella era la primera vez que la tocaba.

—Lyra…

Ella dio un grito, se replegó y se levantó de un salto como un animal salvaje a punto de escapar.

—Señorita Plata —dijo Ionides con calma.

Entonces se volvió, perpleja, antes de volver a mirar a Malcolm.

—Lyra, todo va bien, estás a salvo —aseguró este.

—¿Malcolm?

Él asintió con la cabeza y ella posó la vista en el banco, desde donde Asta los observaba.

—Malcolm, ¿de verdad eres tú?

Tenía la voz un poco ronca, un poco tensa, un poco soñolienta. Malcolm todavía conservaba el recuerdo del contacto con su hombro: ¡qué frágil! Le dieron ganas de rodearla con los brazos, aun siendo consciente de que eso era un imposible.

—Sí, soy yo de verdad —logró articular—. Gracias al señor Ionides, que me ha traído hasta aquí. Ven con nosotros. Iremos a otro lugar más seguro.

—¿Cómo…? ¿Dónde…?

—¿Has encontrado a Pan? —le preguntó él—. ¿Está por aquí cerca?

—No… Ah, mi mochila. Tengo que cogerla…

Estaba sobre la hierba, junto al banco. La recogió y se la colgó del hombro.

—El hotel —dijo—. Ha ido la policía o algo por el estilo…

—¿Has dejado algo allí? —preguntó Malcolm.

—Tengo todo lo que necesito. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has llegado?

Todavía no estaba despierta del todo. Parecía exhausta.

Llevaba una falda estampada que no se veía muy limpia y apenas se mantenía en pie.

Pestañeaba, tratando de mantener los ojos completamente abiertos frente a la luz del sol.

Y el cabello… Parecía una desconocida, y, además, se había lastimado la mano.

—Enséñame la mano —le pidió Malcolm.

Lyra la adelantó, temblorosa, y él la dejó reposar en la palma de la suya. Tenía un intenso morado y dos dedos torcidos, desalineados.

—Están rotos —determinó Malcolm.

Ella confirmó con la cabeza.

—Señor Malcolm —lo llamó Ionides—. Escuche.