7. El naranjo #2
—Durante estos últimos diez años, han sido solo ejercicios de imaginación.
En Alejandría, estudiaba las variaciones de las fuerzas de campo.
El campo gravitacional y el campo ambaromagnético varían con la distancia, tal como sabemos todos.
Este campo, el campo de Rusakov, no parecía afectado por la distancia.
Había una fuerza mínima que permanecía inalterada fuese cual fuese la distancia de la fuente…
—¿La fuente? ¿Cuál es la fuente, en este caso?
—Ahí es donde comienza el peligro, donde se vuelve una cuestión prohibida.
El campo de Rusakov está estrechamente relacionado con la conciencia humana.
Cuando varía, no lo hace debido a la distancia, sino a la atención de un observador humano.
Las ecuaciones son complicadas de seguir, pero la implicación es que el campo de Rusakov impregna todo lo que hay en el universo.
Existe conciencia en todas partes. No es del mismo tipo de conciencia en cada parte, pero es algo a lo que sería difícil aludir con otro nombre.
Eso es precisamente lo que las autoridades no vieron con buenos ojos.
—Tal como era de esperar. Y, en este caso, ¿a qué autoridades se refiere?
—La universidad, el gobierno civil y los estamentos religiosos. La policía fue la única que no demostró ningún interés. No pueden dedicarse a investigar asuntos de filosofía o de teología experimental cuando tienen ladrones y asesinos que atrapar.
»Y ahora pasamos a la cuestión de las rosas y de la imaginación.
Malcolm observó cómo aquel mendigo-académico disfrutaba contando su historia, igual que un actor delante de un público atento.
Asta y el daimonion gecko permanecían juntos sobre la mesa, escuchando.
«¿Dónde está el polvo en este jardín? —pensó Malcolm—.
Debe de rodearlos a todos ellos, formando corrientes y espirales de entendimiento y expectación».
—Tashbulak —dijo Malcolm—. Karamakán. Un edificio rojo, custodiado con uñas y dientes.
—Está enterado. ¿Ha estado allí?
—No, pero pienso ir. Hábleme de las rosas y de la imaginación.
—¿Sabe usted del poder del aceite que producen a partir de esas rosas especiales? ¿Sabe lo que pueden revelar?
—Sí.
—¿Conoce Thuringia Potash?
—Parece ser que están implicados en esos asuntos, pero no sé gran cosa al respecto.
—Llevan dos años intentando sintetizar ese aceite.
—Ah —dijo Malcolm—. De modo que era eso.
—Han invertido todos sus recursos, laboratorios farmacéuticos, toda clase de expertos y herramientas de investigación, y un montón de dinero…
y no lo han conseguido. Esa sustancia no se lo permite.
En el aceite de rosa originario hay una molécula que presenta diferentes propiedades según se analice.
Lo hacen de una manera y obtienen tal y tal resultado.
Con eso piensan: «¡Así es como se elabora!
». Entonces lo sintetizan exactamente igual, y nada, solo les da aceite de rosa ordinario.
Entonces lo analizan de otra manera, les da un resultado diferente, prueban con eso, y nada otra vez.
Luego prueban de otra forma, y pasa lo mismo.
Es como si supiera lo que están haciendo y se burlara de ellos.
—Como si… Un momento. ¿Se refiere a la misma manera en que el fotón que parece saber por qué ranura debe pasar?
—Sí, algo muy parecido. Lo prueben como lo prueben, no es el buen método.
Debe de haber una manera correcta, puesto que el aceite existe, pero no hay forma de sintetizarlo.
Esta es la conclusión a la que llegué cuando trabajaban de forma teórica sobre la cuestión.
Podría haberles ahorrado bastante tiempo a los de TP, pero me alegré de ver cómo desperdiciaban sus recursos.
—¿Cómo sabe todo eso? Si no tiene ninguna posición académica, ¿cómo puede estar al corriente de…?
—Conozco a mucha gente y muchas cosas. Ahora hablaremos de la imaginación.
—Adelante, pues.
—Mañana el presidente del Consejo Supremo del Magisterio va a dar una gran conferencia en Constantinopla. Aquí tiene el texto.
Del bolsillo de la raída chaqueta de lino sacó un fajo de varias páginas mecanografiadas dobladas, que Malcolm cogió, francamente desconcertado. Después de desplegarlas, leyó el título:
Sur L’Imagination
Doctrine fausse, séduisante et dangereuse
—¿Ahora le va a declarar la guerra a la imaginación? —dijo.
—Esta es la primera vez que lo deja así de claro. Es claro, directo y apasionado. Una locura.
—¿Cómo ha conseguido esto?
—Estuve implicado en la transferencia.
—Lo robó.
—Por supuesto.
—¿Me lo puedo quedar para leerlo?
—Si está en sus manos, es peligroso para usted y no tanto para mí. Sí, quédeselo. Y ahora tengo algo más que contarle. Por eso le había explicado todo lo anterior, porque, si no, no lo habría escuchado con la claridad que se merece. Creo que usted conoce a la persona para la que trabajo.
—¿Cómo? ¿Quién es?
—La he acompañado desde Seleukeia hasta aquí. Es la señorita Lyra Lenguadeplata.
Malcolm notó un sobresalto de emoción en todos los nervios del cuerpo.
—¿Dónde se encuentra ahora? —preguntó, con educada formalidad, sin mover ni un músculo.
—En el hotel de las Palmas, en la calle Zakkum. Lo puedo conducir hasta allí en cuestión de veinte minutos.
En realidad, tardaron treinta, porque Malcolm no podía ir más deprisa de lo que se lo permitía la pierna.
Ionides lo trató con gran solicitud y, en un momento dado, desapareció un instante en el interior de un bazar para volver a salir con un bastón para que Malcolm se pudiera apoyar en él. No quiso aceptar dinero a cambio.
Cuando llegaron, en el hotel de las Palmas reinaba un ambiente de confusión y de pánico.
Estaba claro que la recepcionista, una mujer de mediana edad con un daimonion terrier que no paraba de ladrar, no tenía ni idea de lo que había ocurrido, ni por qué.
Los huéspedes —algunos a medio vestir, por haberse visto interrumpidos durante una siesta, u otra actividad que exigía llevar poca ropa— mostraban diversos grados de rabia, temor, incomodidad, resentimiento, estupor y ansias de aplacar cualquier autoridad a la que hubiera que aplacar, al tiempo que reclamaban que se les rindiera cuentas al resto de los mortales.
Concentrados en el vestíbulo, gritaban, rogaban, se explicaban, se excusaban, acusaban y sollozaban. Mientras Ionides y Malcolm observaban la escena desde la entrada, apareció un individuo. Identificándolo como el posible portero, Malcolm lo detuvo con firme ademán.
—¿A qué se debe todo esto?
—Ha habido un registro de la policía, caballero. No hay de qué preocuparse. Ya ha pasado todo. No hay motivo para alarmarse…
Se subió a una silla y dio unas palmadas.
—Messieurs-Dames! S’il vous plaît! ¡Disculpen, damas y caballeros! ¡Escuchen, por favor! ¡La emergencia ha terminado! ¡Tengan la amabilidad de volver a sus habitaciones o a seguir con lo que hacían! La policía se ha ido… No pasa nada… No hay de qué preocuparse…
Convulso y sudoroso, trataba de alisarse el pelo, que ya tenía pegado a la cabeza por culpa de la humedad. Mientras seguía hablando, Malcolm y Ionides intercambiaron una mirada y un gesto de complicidad.
Ionides trató de sortear a un rechoncho individuo de fino bigote que descargaba una y otra vez el índice en el mostrador de recepción, vertiendo agrias protestas en francés relacionadas con su equipaje.
La recepcionista extendió las manos, con expresión de impotencia y temor, y entonces Ionides se adelantó y le habló en voz baja en griego.
Malcolm, entre tanto, se centró en el portero y le ofreció la mano cuando trataba de bajarse de la silla.
—Gracias… Merci, monsieur … Sí, damas y caballeros, todo está arreglado.
— Monsieur?
Malcolm alargó un billete de cinco dólares, que el portero hizo desaparecer hábilmente en un bolsillo.
—A su entero servicio, caballero. ¿En qué puedo servirle?
—Ha mencionado usted a la policía. ¿Buscaban a alguien en concreto?
—No lo sé, caballero. No han dado explicaciones. Quizá no eran de la policía. Los he tenido que llamar así, porque la gente reconoce la palabra «policía», ya me entiende.
—Había una joven inglesa que se alojaba aquí sola. ¿Estaba en el hotel cuando ha llegado la policía?
—No creo, monsieur . Al ser mediodía, probablemente estaba fuera. Cuando se han ido, no se han llevado a nadie. Un momento, que voy a preguntar a madame Galatas…
Se volvió hacia la recepcionista, pero Ionides ya se apartaba del mostrador, sacudiendo la cabeza.
—No estaba aquí —informó a Malcolm.
—¿Dónde la vio por última vez? ¿Aquí?
—En el jardín de la embajada brasileña. No queda lejos. ¿Puede caminar?
Dolorido y desbordante de amargura y de rabia contenida, Olivier Bonneville se llevó a su daimonion herido hasta una casa situada no lejos de la embajada y abrió la puerta.
Tras el mostrador del vestíbulo, había una joven a quien no había prestado atención anteriormente. Esta observó cómo entraba, observó cómo se dirigía tambaleante a la escalera y observó cómo ponía el pie en el primer escalón.
—Eh —lo llamó.
—¿Qué quiere? —replicó él.
—El jefe reclama su presencia —dijo, y señaló hacia atrás con el pulgar—. Ahora mismo.
—Estoy ocupado.
—Pues, si no quiere complicaciones, va a tener que ir.
Bonneville dio media vuelta, mirando con gesto airado.
Desde donde se encontraba, la joven advirtió los arañazos que tenía en la cara, el polvo y la tierra adherida a su ropa y el rasgón del pantalón en la zona de la rodilla.
No le inspiró la menor compasión: ese chico era un chulo malcriado, y ya era hora de que alguien le diera una lección.
—¿Qué es lo que quiere? —le preguntó el joven.
—Nada que tenga que ver conmigo —contestó con expresión fría y hostil.
Sabía perfectamente por qué no le había hecho ningún caso nunca. Se debía a que no era guapa. A esa rubia de la sección consular sí le prestaba, en cambio, bastante atención.
El joven se encogió de hombros, lo cual le provocó una mueca de dolor, y entonces la chica reparó en el ala rota de su daimonion, que permanecía flácido y con ojos apagados entre sus brazos.
La conmoción le inspiró un asomo de lástima, que se esfumó, sin embargo, en cuanto él hubo pasado delante del mostrador.
Lo oyó llamar a la puerta y también oyó la seca respuesta llegada desde el interior.
El chico abrió la puerta con aprehensión y entró.
Luego, como ya no oía nada más, la recepcionista volvió a enfrascarse en su revista.
Bonneville se plantó delante del hombre sentado detrás del escritorio con una mirada retadora, o al menos así le pareció a él.
Ante sí tenía al padre Gerhardt, el nuncio magisterial, y también a alguien más: una mujer de unos cuarenta años, persa tal vez, vestida con ropa de estilo occidental, con una gruesa cadena de oro colgada del cuello y los ojos más oscuros y grandes que había visto nunca en alguien que no fuera famoso por su belleza.
Era ciertamente muy bella y, que él supiera, no era una famosa.
En cualquier caso, no la había visto antes, y su presencia lo hizo sentir aún más miserable.
El nuncio, un individuo delgado de expresión agria, le hizo una pregunta.
—¿Dónde estabas?
La desconocida observó a Bonneville con franca curiosidad.
—He encontrado a la chica —respondió, rehuyendo la mirada de la mujer.
—¿Y qué ha pasado?
—Eh… Creo que no debía de estar en sus cabales.
—¿He preguntado qué ha sucedido?
—Hemos tenido una pelea.
Bonneville raras veces se había sentido tan incómodo. Tras dedicarle una brevísima ojeada, percibió incluso un esbozo de sonrisa en los labios de la mujer, tras lo cual agachó la vista hacia la alfombra.
—¿Y quién ha ganado? A ver, ponte derecho.
Bonneville estaba casi incapacitado por el dolor en la zona de los riñones, a causa de las patadas de aquella zorra. Trató de enderezarse, pero hubo de hacerlo despacio, respirando hondo. Su daimonion reposaba desmadejado en sus brazos.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó la mujer, señalándolo, con voz grave y tono de preocupación.
Tal vez aquella sonrisa había sido una muestra de conmiseración. El malestar de Bonneville se acrecentaba con cada segundo.
—La chica lo ha lesionado —contestó con hosquedad.
—¿Dónde ha ocurrido eso? —preguntó el padre Gerhardt—. Vamos, no te demores.
—En el jardín de la embajada brasileña.
La mujer enarcó las cejas mirando al nuncio.
—Es, en efecto, un parque público —aclaró este, antes de preguntar a Bonneville—: ¿Sigue todavía allí?
—Probablemente, no.
—¡Habla más alto, muchacho!
—He dicho que probablemente no —repitió, de mala gana, Bonneville—. Pero yo también le he hecho daño. No puede haber ido lejos. Además, le puedo contar otra cosa.
—¿Qué?
—Hay un hombre que le ha hecho de guía. Se llama Abdel Ionides. Lo he visto después de que la…, después de que ella me atacase. Pero no es un guía. Sabe demasiado… sobre las rosas y otros temas. Deberían detenerlo. Les dará mucha información sobre ella y sobre adónde se dirige.
—¿Abdel Ionides? —dijo el nuncio, mientras cogía una pluma—. Descríbelo.
Bonneville así lo hizo, con bastante fidelidad. El nuncio lo anotó todo.
—Y esa joven —intervino la mujer—, ¿tenía a su daimonion consigo?
Era desconcertante tener que mirarla a la cara siendo, como era, tan hermosa.
—¿Quién es esta mujer? —consultó Bonneville al nuncio.
—Alguien más importante que tú. Sube a lavarte y espera en tu habitación.
—Doctora Leila Pervani —se presentó la mujer, mirando a Bonneville.
—Olivier Bonneville —repuso este—. Y no, no tenía ningún daimonion. ¿Qué vamos a hacer? —le preguntó al padre Gerhardt.
—Localizarlos a los dos y neutralizarlos, cosa que no has sabido hacer tú. Ahora vete.
Mientras subía trabajosamente las escaleras bajo la mirada burlona de la recepcionista, Bonneville reconoció que había sido un error abordar a Lyra por su cuenta.
La horrible patada que le había dado en los riñones lo había dejado sin fuerzas, pero eso no había sido nada en comparación con lo que había sentido cuando había retorcido el ala de su daimonion con la mano.
Había sido igual que si la hubiera introducido en su propio pecho y le hubiera partido una costilla.
¡Quién iba a pensar que una chica hiciera eso!
Y, para colmo, había tenido que sufrir una humillación espantosa delante de una mujer cuya existencia ignoraba minutos antes.
No iba a permitir que eso volviera a ocurrir.