7. El naranjo
Ya había comido algo y recibido los cuidados oportunos para su herida, y se sentía mucho mejor.
La villa, que la embajada brytánica le tenía alquilada a un mercader de diamantes sirio, servía a menudo para acoger visitas o personal recién llegado mientras buscaban alojamiento propio.
Timur Ghazarian lo había llevado allí y había tomado todas las disposiciones con los empleados de la embajada; el agregado de economía no tardaría en acudir a su encuentro esa tarde y tendría sin duda unas cuantas preguntas interesantes a las que debería responder.
Instalado en la tumbona debajo del naranjo, con los reflejos dorados del sol incidiendo en las páginas que examinaba y el suave ruido del roce de las hojas, Malcolm se planteaba qué le iba a decir al agregado.
El problema estaba en parte en que la tarea que le había encomendado realizar allí Oakley Street no era tanto económica como filosófica, y el servicio diplomático aún no había considerado necesario nombrar ningún funcionario para que ocupara el puesto de agregado filosófico.
Malcolm iba a tener que jugar lo mejor posible sus cartas.
Mientras examinaba el archivo, había tratado de tomar notas, pero el papel era demasiado brillante y el lápiz resbalaba sobre él sin dejar apenas marca.
Se sentía extraño, pasivo y calmado, casi indiferente.
Hacía mucho tiempo que no se encontraba tranquilo y en reposo; quizá se necesitaba tener un don especial para hacerlo sin sentir desasosiego, o quizá era algo relacionado con aquella sensación oceánica de vasta atención espontánea que había dedicado, sin proponérselo, al jardín, y también los distantes sonidos del tráfico y a la luz que bailaba encima de la tumbona.
Seguramente, todo se debía en parte a la medicación que le habían administrado.
Dejó la carpeta en la pequeña mesa de palo de rosa y volvió a coger la piedra.
De forma ovalada, con la misma longitud de la palma de su mano, tenía el grosor equivalente al de la punta de su dedo meñique y un color negro verduzco carente de iridiscencia.
Era lisa, más delgada en los bordes que en el centro, como si hubiera sufrido un prolongado desgaste.
Era muy dura; había efectuado una prueba con la navaja y no había llegado a trazar ni una muesca. Era más pesada de lo que parecía.
Dado que uno de los lados no era brillante, sino liso y de una incitadora opacidad, se le ocurrió la idea de probar a escribir encima con el lápiz.
El resultado fue estupendo; había olvidado el placer de hacer deslizar un lápiz afilado sobre una superficie que presentaba solo la justa resistencia.
Recordó quién le había hecho tomar conciencia de ello; fue el señor Palmer, de la escuela primaria, quien le enseñó que era mucho más satisfactorio dibujar con un lápiz afilado en un papel con una leve textura que con uno desmochado en un papel satinado como la porcelana.
«Siéntelo —le decía—. Educa tus dedos y no solo tu cerebro».
Por tanto, Malcolm estaba familiarizado con el mundo de los sentidos, y, cuando tocó la piedra con la punta del lápiz, que había afilado hacía tan solo unos minutos, reconoció con un leve suspiro de satisfacción el encuentro de la buena herramienta con el buen material.
Pero ¿por qué se la había enviado Glenys Godwin?
Timur Ghazarian no sabía prácticamente nada al respecto.
Malcolm trazó una línea curva y después, obedeciendo a un impulso, agregó una serie de marcas en zigzag en paralelo a ella, parecidas al escotoma centelleante, su aurora particular, el círculo de lentejuelas.
A continuación, escribió su nombre abajo y entonces se llevó una sorpresa monumental.
El círculo de lentejuelas desapareció con suavidad, como si se hundiera en la superficie de la piedra. Luego su nombre se esfumó de la misma manera y aparecieron unas nuevas palabras escritas con una letra que reconoció:
¿Polstead? ¿Es usted? GG
Glenys Godwin…
Aquello era imposible. Pestañeó y sacudió la cabeza, como si quisiera despertar de un sueño. Sin embargo, las palabras seguían allí, y así era como ella firmaba, con sus iniciales.
¿Présidente? , escribió.
Sí. ¿Dónde está?
En Alepo, en la villa Edesa. ¿Dónde está Oakley Street?
Oakley Street está en Hemel Hempstead.
Malcolm se tomó un instante, antes de escribir Muy romántico .
La respuesta se hizo visible de inmediato:
Al tocar este pecho trabaja un conjuro.
Y él respondió: Que señorea en tus palabras, Christabel.
Perfecto. Dígame qué hace el Magisterio.
Malcolm expuso todo lo que había observado, incluido lo que había visto en el edificio de Thuringia Potash, lo cual le llevó tiempo. A medida que escribía, las palabras de una o dos frases se borraban en la piedra, y dejaban espacio para agregar más.
Al final escribió: ¿Y qué diantres es esta piedra? ¿Hay alguien más que la pueda leer?
Yo tengo una idéntica… Existen un par de ellas. Es una magnetita resonante. Y ahora, dígame: ¿por qué no ha obedecido las órdenes? ¿Qué demonios hace en Alepo?
Recuperarme de un disparo que recibí en la cadera. Voy a seguir avanzando hacia el este.
—Caballero, señor Polstead, tiene una visita.
Era el criado que se ocupaba del cuidado de la casa. Sus zapatillas de cuero no producían ningún ruido sobre las losas del suelo.
—¿Quién es, Alí?
—No me ha dado ningún nombre, señor. No parece una persona respetable. Si quiere, me quedaré cerca mientras hablan.
—No hace falta, gracias. Ya te llamaré si lo necesito.
—Como usted diga.
El criado se retiró y Malcolm escribió: Tengo visita. Seguimos después . Dejó la piedra boca abajo sobre los documentos, pero al final decidió poner un papel encima. Alí acompañó al recién llegado y se marchó sin pronunciar ni una palabra.
—Soy Abdel Ionides, guía intérprete y factótum —se presentó el hombre—. Y usted debe de ser, espero, el señor Polstead.
—Soy Malcolm Polstead. Buenos días. ¿En qué puedo servirle, señor Ionides? Siéntese, por favor.
Malcolm señaló otro sillón. Ionides resultaba intrigante: aunque llevaba una ropa raída y harapienta, casi como un mendigo, se veía desenvuelto y seguro de sí, y en su cara, marcada por una larga cicatriz, se vislumbraban una mente rápida y una inteligencia sutil.
Antes de sentarse, desplazó un poco el sillón para situarlo en plena sombra.
—Oí pronunciar su nombre a un joven que está decidido a matarlo.
Sin embargo, hay algo extraño en esto, porque se refirió a usted llamándolo el señor Matthew Polstead.
Por boca de otra persona he oído que su nombre es Malcolm Polstead, y ahora usted mismo ha dicho Malcolm.
¿Cuál es el nombre correcto, señor? ¿Hay otro caballero inglés con un nombre parecido?
—Malcolm es correcto. Y ese joven debe de ser Olivier Bonneville.
—En efecto, caballero.
—¿Dónde está ahora? ¿Lo sabe?
—No. La última vez que lo vi fue en una de las ciudades abandonadas que hay al oeste de Alepo.
—¿Esa a la que llaman al-Khan al-Azraq?
—Tiene otros nombres, pero es esa, sí. Mantuve una breve conversación con él en la que supe de su nombre, aunque no fuera correcto, según parece, y lo convencí de que no matara a la persona a la que acompañaba como guía hacia Alepo.
Es posible que aún esté en el desierto o que ya haya llegado a esta ciudad, no lo sé.
—¿Cómo averiguó dónde estaba yo?
—No ha sido difícil.
—¿Por qué quería matar a la persona a quien acompañaba?
—Para apoderarse de algo que ella tenía. Es un joven arrogante, cargado de deseos de venganza, aunque él llame a eso justicia.
—Sí, ya lo creo. ¿Y ha venido hasta aquí solo para avisarme de eso?
—No, no solo por eso, señor Polstead. También he venido para hacerle una consulta sobre cierto problema. Tiene que ver con el campo de Rusakov y su partícula asociada, el polvo, vamos.
Asta, que permanecía acostado al sol, en apariencia dormido, abrió los ojos.
Su pelambre rojiza se volvió ambárica por la curiosidad y el daimonion gecko de Ionides tuvo una reacción similar: bajó corriendo desde su hombro y después se desplazó de un salto desde su mano hasta la mesa.
Asta dio un brinco para acercarse a él y entonces se frotaron los hocicos con cautela.
—¿Por qué cree que yo puedo decirle algo al respecto? —contestó Malcolm—. Es un asunto de física y yo soy historiador.
—Sé que estuvo implicado en la transferencia de algunos documentos y papeles relacionados con los estudios de Rusakov.
—Implicado en la transferencia… —Malcolm no pudo por menos de sonreír—. Se podría expresar así. En realidad, los robé, pero eso fue hace mucho. Nunca he estado implicado profesionalmente con ese campo de investigación. ¿Qué relación tiene usted con eso?
—Hasta hace diez años, fui profesor de matemáticas en la Universidad de Alejandría, y estuve muy volcado en el estudio del campo de Rusakov.
Junto con mis colegas, realicé algunos descubrimientos que llamaron la atención de las autoridades, y nos ordenaron parar.
Yo continué, de todas formas, y al final cerraron el instituto que dirigía.
Mis enemigos de la administración universitaria montaron un escándalo, con bases completamente falsas, a partir de lo cual me fue imposible seguir trabajando en el terreno académico.
Desde entonces me he ganado la vida como guía y traductor, solventando las dificultades de mis clientes.
A veces como mendigo y a veces como ladrón.
El mundo nos obliga a asumir esos papeles y debemos interpretarlos lo mejor que podamos.
—Hábleme de sus descubrimientos relacionados con el campo de Rusakov.