6. Eagle Works Terrier 1500 #4
—Pura basura.
—¿Cómo empezó a trabajar Pauline en la Trucha?
—Yo le conseguí el empleo.
—¿Se la presentó a él?
—No —replicó Alice, con desdeñoso énfasis—. Se la presenté a la señora Polstead, la madre de Malcolm. Ella es la que prepara la comida y, como necesitaba alguien que la ayudara en la cocina, le hablé de Pauline y la empleó. Eso es todo. No hay nada más.
El inspector anotó algo y después cerró el archivador y la miró de frente. Su cara mostraba sosiego, cierta satisfacción incluso, pero le brillaban los ojos. Se pasó por los labios la punta rosada de la lengua.
—¿Ha acabado? —dijo Alice—. ¿Me puedo marchar?
—Dentro de un momento. ¿Es consciente de que se halla en una posición delicada, Alice?
—Para usted soy la señora Lonsdale.
—Ni siquiera he empezado a hacerle preguntas sobre sus propias… irregularidades.
—Usted es que no para…
—Excepto si hay desgana.
—¿Y eso qué significa?
—Mi apetito por lo sórdido es limitado, y también mi tiempo, pero ya tendremos otra charla dentro de poco, usted y yo, Alice…
—¿Qué es Brytsec?
—Brytish Security, tal como puede ver en este uniforme.
—Yo creía que eran ORD. ¿Qué son, lo uno o lo otro?
—ORD es una rama de Brytsec.
—¿Y qué significa?
—La Oficina del Riguroso Deber.
Señaló las charreteras de los hombros y la insignia de la solapa. Se había arrellanado en la silla, tratando de dar una impresión de holgado dominio de la situación.
—Hombre, primeramente, desde aquí no puedo leer eso, y aparte, deben de ser una banda nueva, porque nunca había oído ese nombre.
—Antes nos llamaban el Tribunal Consistorial de Disciplina. Eso sí lo debe de haber oído.
—Una panda de matones presumidos. Ahora se entiende. Si no tiene otra cosa más útil que usar que esas preguntas que me ha estado haciendo, van a tener que buscarse otro más inteligente para que dirija la cosa. ¿Y ahora ha terminado? ¿Me puedo ir a mi preciosa y calentita celda?
El daimonion gato del inspector se levantó y estiró con languidez el lomo.
Acostado a los pies de Alice, Ben le correspondió con un gruñido y entonces el gato soltó un bufido.
Ben se arrojó al instante hacia él. Alice estaba lista, pues ya lo había previsto: en cuanto el gato se apartó de un salto, proyectó las manos y, agarrando la parte frontal del escritorio, lo empujó con todas sus fuerzas.
El inspector tardó demasiado en reaccionar y cayó de espaldas, con el escritorio encima y la silla hecha pedazos bajo su cuerpo.
El hombre aún no había tenido tiempo de exhalar grito de sorpresa cuando Alice y Ben se habían precipitado ya hacia el pasillo y corrían hacia las escaleras.
Aquellos pasamanos de madera: en su escuela había unos exactamente iguales, y sabía cómo bajar a toda velocidad, lanzándose de cabeza y dejando deslizar las manos en la mitad del tramo, para después propulsar las piernas y posar los pies en el suelo del rellano.
En la escuela la habían encerrado para castigarla por ello y entonces volvía a estar encerrada, pero no por mucho tiempo.
Aplicando la misma técnica, aterrizó en el piso de abajo y se abalanzó hacia la puerta.
Tras ellos comenzó a sonar un timbre. Alguien gritaba, pero no parecía que en la planta baja hubiera nadie, y entonces llegaron a la puerta y… ¡Sí! Todavía no la habían cerrado con llave.
Salieron disparados al exterior. La camioneta se encontraba a escasos metros de distancia; dos hombres descargaban losas de la caja.
Alice no se lo pensó dos veces. Sabía conducir ese tipo de máquina, porque Roger le había enseñado.
Durante su breve matrimonio, lo había ayudado con entregas de material muchas veces y, aunque refunfuñaba para disimular, en realidad había disfrutado bastante.
Abrió la puerta del lado del conductor. Ben subió de un salto y se corrió para dejarle sitio.
Luego cerró de golpe mientras, atrás, los obreros aún no habían empezado ni a protestar.
Puso el contacto, y el motor ambárico reaccionó al instante.
La camioneta se alejó a toda velocidad, soltando un reguero de losas por la caja.
—¡Eh! —gritó alguien.
—¿Adónde vamos? —preguntó Ben, bamboleándose mientras Alice cogía una curva.
—Afuera, en cuanto veamos una verja —repuso ella.
—¡Allí hay una!
—¿Dónde?
—En la valla. Allí a la derecha…, da al bosque.
—Échate al suelo —le indicó ella, antes de salir de la carretera y dirigirse circulando por la hierba directamente hacia la puerta de metal que había al otro lado.
Sujetando el volante con la mano izquierda, se protegió con el brazo derecho la cara.
La resistente camioneta chocó con la verja emitiendo un chirrido de metal y un estrépito de vidrios machacados.
Después se paró en seco con un gemido del motor y las ruedas siguieron girando.
Alice se vio proyectada contra el volante, pero el brazo la protegió.
Entonces puso marcha atrás y, tras separarse un poco del obstáculo, volvió a precipitarse contra él. Esa vez lo superó.
Ante sí tenía un sendero enlodado y lleno de maleza. Hundió con fuerza el pie en el acelerador y, mientras Ben se agarraba al asiento con los dientes para no salir disparado, el Terrier 1500 se abrió paso tambaleándose entre las ramas y las zarzas, y se adentró a trompicones en el bosque.