6. Eagle Works Terrier 1500 #3
Al entrar en la habitación, Alice descubrió que el inspector era un hombre rollizo de cincuenta y pico años, de pelo gris peinado con brillantina, ojos azul claro y expresión amable y comprensiva.
Su daimonion era un gato persa. Tenía algo que le recordó al bibliotecario de su escuela, que había sido la única persona del centro que se había interesado por ella, aunque no precisamente con la clase de interés sano que pudiera haber sido de su agrado.
—Siéntese —le dijo, al tiempo que se marchaba el empleado.
Había una solitaria silla de madera encarada hacia un liviano y endeble escritorio.
Por la ventana situada a la izquierda del inspector se veía la valla de acero del otro lado de la carretera y los bosques aledaños, donde la primera luz del amanecer iba plasmándose en un difuminado tono gris.
Aparte de eso, la única iluminación provenía del fluorescente ambárico del techo.
Alice tomó asiento. El inspector había estado hojeando un archivador, pasando hojas y realizando de vez en cuando una anotación a lápiz.
No había nada más en el escritorio, ni estantes en la pared y ni tan siquiera un archivador.
El radiador de hierro emplazado bajo la ventana despedía un calor opresivo, que parecía intensificar el aroma almizcleño de la colonia que llevaba el hombre.
El inspector siguió ojeando el archivo y Alice siguió observándolo a él.
La suya era una cara paradójica: reflejaba paciencia e incluso afabilidad, tal como había percibido de entrada, pero también había algo implacable en ella.
Era el tipo de semblante apacible de quien se complacería presenciando los actos de crueldad de otra persona.
La camisa blanca del uniforme tenía los puños un poco sucios: siendo tan temprano, cabía deducir que, o bien la llevaba puesta desde el día anterior, o bien había trabajado toda la noche.
Tenía un tenue cerco rojo en torno a los ojos.
Una vez que hubo reparado en todo ello, Alice se fijó en el daimonion gato.
Lo malo era que los gatos son inescrutables.
La cara plana y los ojos entornados del felino no expresaban nada.
El inspector Mackenzie cerró el archivador y dejó el lápiz al lado, paralelo al borde. Luego levantó la vista para mirar a Alice.
—¿Conoce a un hombre llamado Malcolm Polstead?
—Es un viejo amigo mío —respondió Alice, apenas sorprendida.
—¿Amante?
—Ocúpese de sus asuntos.
—¿Lo conoce de hace mucho?
—Desde que éramos niños. Hace veinte años, más o menos.
—¿Dónde está ahora?
—Pues estamos jodidos, porque no lo sé.
—Procure no ser tan mal hablada. ¿Cuándo lo vio por última vez?
—A principios de enero, que yo recuerde.
—¿Cuándo se marchó?
—Poco después.
—¿No le dijo adónde iba?
—¿Y por qué me lo iba a decir?
—Son viejos amigos, ¿no? ¿Lo ve a menudo?
—Cosa de una vez al mes, diría.
—¿A qué se dedica?
—Es un estudioso, un arqueólogo.
—Ah, ¿sí? ¿Y uno puede vivir de eso?
—Si es bueno, sí.
—¿Viaja mucho?
—Bastante.
—¿Qué significa eso?
—Hombre, si para trabajar tiene que hacer excavaciones en sitios de ruinas antiguas, tiene que ir a donde están las ruinas, ¿no? ¿Y por qué me pregunta por él, por cierto?
—¿Tiene familia? ¿Mujer, hijos?
—No. Sus padres están vivos y los ve a menudo. No tiene hermanos.
—¿Habla a veces de su trabajo?
—Conmigo no.
—Entonces, ¿de qué hablan?
—De cotilleos de la universidad, más que nada.
—¿Qué universidad es esa?
—¿La suya o la mía?
—Usted no es una académica, ¿verdad?
—¿Cómo lo ha sabido?
—No es lo bastante inteligente —declaró, sin que se alterara en lo más mínimo su afable expresión—.
No habla como una erudita, ni tiene apariencia de serlo.
¿Para qué iba a desperdiciar el tiempo con una sirvienta un estudioso como él?
A no ser que haya de por medio algo de índole sexual, cosa que usted no ha negado.
—Ni tampoco he admitido. ¿A cuenta de qué ley me tienen encerrada? ¿Con qué derecho hace cualquier tipo de pregunta, y menos aún de tipo indecente y personal?
—¿De qué universidad? Tampoco me ha respondido a eso.
—Él trabaja para el Durham College.
—¿Dónde queda eso? ¿En Durham?
—En Oxford. Usted ya sabe todo eso… Debe de estar en ese archivador.
—Entonces, ¿para qué universidad trabaja usted?
—El Jordan College.
—¿Qué tratamiento le dan? ¿En calidad de qué trabaja?
—Ama de llaves.
—¿Cuánto tiempo hace que trabaja allí?
—Quince o dieciséis años, no sé.
—Le voy a preguntar algo más sobre el profesor Polstead …
—No es profesor. Es doctor Polstead.
—Cuando se va a excavar ruinas, ¿se mantiene en contacto con usted? ¿Le manda cartas, postales o cosas por el estilo?
A través de la ventana, Alice captó algo que se movía fuera. Al volver levemente la cabeza, vio una camioneta que circulaba despacio por la carretera paralela a la valla. Reconoció el modelo: era una antigua EW Terrier 1500. El vehículo se detuvo y después volvió a ponerse en marcha.
—No —respondió, volviendo a centrar la atención en el inspector—. Normalmente está en una selva, en un desierto o algo así. ¿De dónde quiere que saque las postales?
—Hábleme de sus amigos. ¿Conoce a alguno?
—A alguno que otro.
—¿Alguna vez salen juntos, a un pub o a algún sitio de esos?
—Raras veces.
—¿Cuándo se casó con Roger Lonsdale?
—Hace quince años.
Por eso había reconocido el tipo de camioneta. Roger tenía una igual.
—¿Ya no están juntos?
—Él murió al cabo de un año.
—¿Cómo? ¿De qué?
—De un accidente en una obra.
—¿Hijos?
—No.
—¿Qué clase de relación tiene con una chica llamada Lyra Lenguadeplata?
—La cuidaba de pequeña. Era huérfana.
—¿Y dónde está ahora?
—No tengo ni idea.
—Corren rumores sobre ella y el doctor Polstead. ¿Hay algo de verdad en eso?
Alice se quedó atónita, pero procuró mantener la compostura.
—¿Qué clase de rumores? ¿De qué está hablando? —preguntó sin perder la calma.
—¿No ha oído nada?
—No. ¿Me lo va a contar usted?
—Por conducta inadecuada entre profesor y alumna.
—No había oído una estupidez como esa en toda mi vida.
—Pues, entonces, ¿dónde está ahora esa chica?
—Ya le he dicho que no tengo ni idea.
—Se marchó más o menos al mismo tiempo que él, ¿no?
—No me acuerdo.
—Dos allegados suyos se marchan juntos… ¿y no recuerda cuándo?
—¿Quién dice que se marcharon juntos?
—¿No fue así?
—No.
—¿Quién se fue primero?
—Creo que fue ella.
—O sea, ¿que él la seguía?
—¡No! Intenta usted presentar las cosas de…
—No intento presentar nada de ninguna forma. Solo trato de esclarecer la verdad.
—Lo que pretende es contar una sarta de embustes.
El inspector le asestó una mirada de reproche. El daimonion gato, que dormitaba sobre el escritorio junto a Alice, entreabrió los ojos y la miró directamente.
El hombre se humedeció un dedo para pasar unas cuantas páginas del archivo. Tras leer algo durante un minuto, volvió otra página.
—¿Cuánto hace que él le dio clases particulares?
—No me acuerdo. Hará unos cuatro años.
—O sea, ¿que ella debía de tener quince años?
—Dieciséis.
—¿Y no recuerda nada de esa época? ¿Le hizo ella alguna confidencia?
Alice percibió el quedo gruñido que estaba a punto de emitir Ben, acostado a sus pies, y alargó la mano para posarla en su cuello. Interpretando su intención, el daimonion dejó de gruñir. El inspector, no obstante, lo había oído y se había percatado de su gesto.
—De algunas cosas hablábamos y de otras no —explicó Alice, satisfecha de la firmeza de su voz—. Como sabía que yo no podía entender lo que aprendía en los libros o en la universidad, hablábamos de otro tipo de cosas.
—¿Le habló de algo que guardara relación con Malcolm Polstead?
—No.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada.
—¿Ni siquiera por qué de repente pararon esas clases particulares que le daba?
—Debió de ser porque había aprendido lo que necesitaba sobre ese tema. No lo sé. No sacará nada si va por ese camino, ni ahora ni nunca.
—O sea, ¿que no sabe por qué motivo ella estuvo llorando sola después de una de esas… sesiones de clases particulares?
—¿Cómo dice?
—¿Ni por qué a su amigo Malcolm Polstead lo vieron ajustándose la ropa después de haber salido de la habitación ese día?
—¿De dónde ha sacado esas porquerías?
—De un miembro del personal de la universidad.
—¿Quién?
—No me hallo en condiciones de revelar su nombre. ¿No sabe nada más sobre ese incidente?
—No hubo ningún incidente. Usted se lo ha inventado. No me gustaría tener una mente tan retorcida como la suya.
El inspector volvió a lamerse el dedo, pasó varias páginas más y dejó transcurrir otro minuto de silencio mientras leía.
—¿Conoce a una chica llamada Pauline Simms? —preguntó, mirándola a la cara.
—Sí.
—¿Quién es?
—Trabaja en la Trucha, que es el restaurante de los señores Polstead, los padres de Malcolm.
—¿Qué edad tiene?
—Unos diecisiete años, diría.
—¿Sabe si mantiene alguna relación con el doctor Polstead?
—Hombre, se conocen, como es lógico, porque la Trucha es su casa.
—Me refería a relaciones sexuales.
Alice sabía que Pauline estaba prendada de Malcolm, y él también era consciente de ello.
—Eso es ridículo —contestó.
—¿Sabe que ella está embarazada?
—No he oído nada del asunto, y no me lo creo.
—Eso no tiene nada de ilegal, claro, puesto que ya tiene edad de consentimiento. Pero entre eso y el otro caso con Lyra…
—No hubo ningún caso con Lyra. ¿Cómo puede mentir de esa forma? ¿Han hablado con Pauline?
—En efecto.
—¿Y qué dijo ella?
—Dijo que el padre era Malcolm Polstead.
Alice respiró hondo antes de responder.
—Conozco a Pauline desde que era una niña. No me imagino que dijera eso, porque no es verdad. O sea, que deben de habérselo inventado usted y su patulea de embusteros. Pues lo que es yo, no pienso acusar ni a Pauline, ni a Lyra, ni a Malcolm Polstead.
—Ya veo que le cuesta reconocer que pueda estar equivocada, pero hay testigos. Y lo de Lyra y ahora lo de Pauline no dice nada bueno, como comprenderá, de él y de su afición por las muchachas mucho más jóvenes que él.