El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 6. Eagle Works Terrier 1500 #2
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6. Eagle Works Terrier 1500 #2

Dio un respingo para despertarse un poco, consciente de que, si se quedaba dormida en el banco, se caería a la gravilla del sendero.

Se acostó, pues, en la hierba, a la sombra de las ramas del cedro, y enseguida se encontró entretenida jugando con Pan.

Eran muy pequeños, porque eso fue mucho antes de que se separasen.

Estaban levantando una presa en el brazo de río de Castle Mill, y cada vez que lograban acumular varias ramas, el molinero salía y los regañaba a gritos.

Entonces reunieron un ejército de castores, con los que erigieron una presa en un santiamén.

Al final, el molinero se dio por vencido y su esposa salió con una bandeja de pescado y patatas fritas, y todos se sentaron a comer en la presa; y de repente Pan soltó un chillido, tan fuerte y cercano, tan cargado de rabia, que se despertó, y entonces descubrió que estaba forcejeando allí, en ese mismo momento, en el jardín de la embajada, con un joven que le resultaba vagamente familiar…

No, no era ella quien forcejeaba con él; él peleaba con Pan, su Pan, su Pan de toda la vida, su queridísimo Pan.

Completamente despierta ya, se abalanzó contra el agresor, que osaba ponerle las manos encima a su daimonion, dentro del corazón de su propio ser…

Se encontraba de nuevo en Bolvangar, dentro de la jaula con la guillotina de plata…

Pan le arañaba los brazos, el hombro, las manos…

¡No! No era Pan. ¿Cómo podía haber pensado tal cosa?

Pan no estaba allí. El que la atacaba era Olivier Bonneville…

Hablaba a gritos del aletiómetro, expulsando gotas de saliva, con la cara enrojecida y los ojos desorbitados.

Lyra se puso a darle puñetazos con ambas manos y, de inmediato, soltó también un grito de dolor, debido a la lesión de la mano izquierda…

Bonneville le rodeaba el cuello con una mano.

Agitó la cabeza en todas direcciones, tratando de clavar los dientes en la muñeca del joven, al tiempo que con la mano le arañaba y aporreaba la cara, y con las rodillas y los pies le golpeaba los muslos y espinillas.

Aprovechando que su daimonion halcón revoloteaba cerca de ellos, Lyra logró agarrarle un ala durante un segundo ambárico y la retorció con fuerza.

El daimonion cayó aleteando y gimiendo junto a ellos, y Bonneville le soltó la garganta y se volvió para recogerlo.

Entonces Lyra le propinó una patada en la espalda, debajo de las costillas, que lo proyectó contra la gravilla.

Teniéndolo allí tendido a su merced, volvió a patearlo y apretó con todas sus fuerzas el pie en la zona de los riñones.

De haber podido, lo habría matado. Él tuvo, no obstante, suficientes energías para zafarse, y ella no tenía bastantes para seguirlo.

Se quedó, pues, de pie, temblando y jadeando, y, con la mano izquierda apretada contra sí, observó como el joven se ponía en pie ayudándose con una rama del cedro antes de alejarse tambaleándose hacia la salida del jardín, sosteniendo a su maltrecho daimonion entre las manos.

Lyra se acostó en el banco del solitario jardín y se echó a llorar.

Alice Lonsdale dormía en una dura litera de un barracón requisado, que se encontraba en un lamentable estado de abandono. Antes del amanecer, alguien la despertó sacudiéndola y ella apartó con violencia la mano.

—Alice Lonsdale, levántese —le ordenó una voz masculina.

—Ni se le ocurra volverme a tocar —espetó ella, medio dormida.

De repente, las manos levantaron de golpe la sucia sábana y las delgadas mantas. Dormía completamente vestida debido al frío. Su daimonion perro, Ben, que dormía a sus pies, se levantó de un brinco para protegerla, gruñendo, y Alice se incorporó y lo contuvo rodeándolo con los brazos.

Había dos hombres en el dormitorio. Los alcanzaba a ver recortados con la tenue luz que entraba por la ventana. Ambos llevaban unas recias porras.

—Levántese, Alice —repitió la misma voz—. Hay alguien que tiene que hablar con usted.

—¿Quiere ponerse el abrigo? —dijo el otro individuo, y lo descolgó del gancho que había detrás de la puerta.

—¿Qué pasa? —preguntó, adormilada, la chica de la litera de arriba—. Alice, ¿quién es?

—Tranquila, Sonia. Tú quédate aquí. Mira…, quédate estas mantas. Supongo que tardaré bastante en volver.

Alice arrojó las mantas hacia arriba y la muchacha pronunció un susurro de gracias, antes de cubrirse con ellas y darse media vuelta.

—Tenga, póngaselo —dijo el hombre, mientras le tendía el abrigo—. Hace frío fuera.

—¿Adónde vamos?

—Ya lo verá. Venga.

Le tiró del brazo y ella se soltó con vigor.

—¡Jolines, deje que me ponga los zapatos! —se quejó.

—A ver esos modales… —la afeó el otro hombre.

—Váyase a paseo.

Las ocupantes de las otras dos literas se habían despertado, según advirtió Alice, pero ninguna se atrevió a hacer ni el menor ruido.

Los zapatos no eran los suyos, sino unas holgadas zapatillas deportivas, con unos endebles cordones.

Sentada en la litera, los ató con cuidado para que no se rompieran.

Se puso el abrigo sobre los hombros y apartó el brazo de un tirón, porque el hombre trataba de sujetarlo.

—Que no me voy a escapar… Quíteme las manos de encima.

Después de cerrar con llave la puerta del barracón, la condujeron por una carretera llena de baches que comunicaba con los otros edificios.

Con la tenue luz del amanecer, advirtió que la mayoría estaban deteriorados, y en uno de ellos incluso se había caído el techo por completo.

La carretera seguía hasta una alta valla de acero que separaba los barracones de los bosques que había más allá.

—¿Adónde vamos? —volvió a preguntar Alice.

—Inspector Mackenzie —contestó el segundo individuo.

—¿Quién es?

—Quiere hacerle unas preguntas.

—Ya, pero ¿quién es? ¿Es ese un rango de la policía o qué?

—Si él quiere que lo sepa, seguramente se lo dirá.

—O sea, que usted no lo sabe. ¿Y su jefe de aquí, lo sabe él?

—No es mi jefe.

—Cállese —espetó el otro hombre a Alice—. Como diga una palabra más, va a entrar ahí esposada.

A poca distancia de la valla, llegaron a un cruce y torcieron a la izquierda.

En ese tramo, paralelo al linde del bosque, la carretera era más ancha y estaba en mejor estado.

La oscuridad iba cediendo minuto a minuto, como si se retirara de los edificios para adentrarse entre los árboles.

Una de las edificaciones tenía, de hecho, luces encendidas, visibles en las ventanas.

Aun siendo de ladrillo, igual que el barracón que servía de dormitorio, tenía mayores dimensiones y mejor aspecto.

—¿Es ahí donde está el inspector Mackenzie? —preguntó Alice.

—Sí —confirmó el segundo individuo.

—¿Y cómo se llama este edificio?

—Le he dicho que se callara —reiteró el primer individuo.

—Era solo una pregunta.

—No tiene por qué saberlo —contestó el hombre.

Entonces, no obstante, llegaron ya ante la puerta y Alice pudo leer la flamante y reluciente placa de bronce que había al lado. En ella ponía:

brYTSEC

ORD DIVI SIÓN CORRECTIVA

REGI ÓN SUR

—Está un poco torcida —señaló Alice.

Estaba claro que la habían colocado deprisa y corriendo: el día clareaba más y más, y, aparte, encima de la puerta se había encendido una lámpara ambárica. Alice pudo ver los arañazos que había dejado en el bronce un resbalón de destornillador.

—Que se calle —le volvió a ordenar el primer individuo, mientras su compañero llamaba al timbre.

—Tampoco les habría costado tanto conseguir unas buenas herramientas. Hasta yo podría haberlo puesto más derecho. ¿Y qué es eso de brYTSEC ? ¿Y ORD ?

—Pregúntele al inspector Mackenzie.

—Pues sí se lo pienso preguntar.

En la cerradura giró una llave y se abrió un resquicio de puerta. El primer individuo mostró un pase o una insignia, y la puerta se abrió del todo. El segundo individuo urgió a Alice a avanzar posándole una mano en la espalda. Ella, por su parte, se retorció para evitar el contacto.

—Inspector Mackenzie —dijo el primer individuo.

El empleado de la puerta asintió con la cabeza.

—¿Nombre?

—Alice Lonsdale. B5. Procure que no se desmande.

B5 era el barracón dormitorio donde dormía Alice.

—Sígame —dijo el empleado, después de marcar algo en un portapapeles.

Alice se volvió a mirar a los dos hombres que la habían conducido allí desde la celda, para memorizar sus caras.

—Siga, vaya con este señor —le indicó el segundo individuo.

Ben rozó la rodilla de Alice y esta avanzó hacia el empleado, que se mantenía parado al pie de las escaleras, tabaleando en el portapapeles. Luego oyó como la puerta de fuera se cerraba y cruzó una mirada con Ben. Ambos pensaron lo mismo: «Ellos no tenían la llave. Nadie la ha vuelto a cerrar».

—¿Adónde vamos? —preguntó Alice.

—Al segundo piso.

—¿Quién es el inspector Mackenzie?

—De los Servicios Especiales ORD.

—¿Qué es ORD?

—Eso no es de su incumbencia. Hable menos y suba.

Su daimonion era un cuervo, que los observó con frialdad mientras los seguían.

Las escaleras de cemento tenían un pasamanos de madera en ambos lados.

En el segundo piso, empezaron a recorrer un pasillo recubierto de una deslucida pintura, alumbrado con unas vacilantes luces cenitales y desprovisto de toda ventana, foto o tablón de anuncios.

Allí había tan solo una interminable hilera de puertas marcadas con números, pintadas con el mismo color crema insípido de las paredes.

El empleado llamó a la puerta número 239 y la abrió sin esperar.

—Aquí tiene a la señora Lonsdale, del B5, señor —anunció.

—Hágala pasar, gracias —respondió una voz suave.