El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 6. Eagle Works Terrier 1500
18%

6. Eagle Works Terrier 1500

—V amos a dejar el coche aquí —anunció Timur Ghazarian.

—¿Dónde estamos? —preguntó Malcolm, completamente despierto ya, aunque con el cuerpo agarrotado y dolorido.

Era temprano. Ghazarian le había proporcionado una muda de ropa a Malcolm, que ahora tenía la presencia de un respetable viajero.

Se encontraban en algún punto de la parte oeste de las afueras de Alepo, en una amplia carretera bordeada de pequeñas fábricas, distribuidores de muebles al por mayor, algún que otro huerto polvoriento y talleres mecánicos.

—En cuanto veamos una parada de autobús, ocultaremos el coche y pasaremos disimulados entre los usuarios del transporte —explicó Ghazarian.

Habían cruzado la frontera sin ningún percance.

Impresionados con el uniforme de Ghazarian y la documentación de Malcolm, los guardias habían dejado a un lado cualquier posible recelo.

Malcolm tuvo la impresión de que su superior parecía preocupado por algo de mayor envergadura; Ghazarian coincidió con él.

—El problema que afrontan es que sus altos mandos no tienen ni idea de en qué bando deberían colocarse en caso de que se desatara un conflicto con el Magisterio. Es lógico que estén ansiosos.

—Sí, claro… Timur, ¿puedes parar allí, junto a esa verja de la derecha?

Ghazarian se detuvo, después de comprobar que no había ningún coche delante ni detrás.

No había indicios de que los siguieran y, aunque empezaba a haber más tráfico, este era fluido.

Mientras llevaba a cabo la maniobra, Malcolm rebuscó en su cartera y luego sacó una tarjeta de visita que guardó en el bolsillo de la chaqueta.

—Ahora me llamo George Hanson —anunció.

—Como quieras —repuso Ghazarian, observando el edificio que se alzaba delante, más allá de una verja cerrada—. Pero ¿por qué aquí? Ah, ya entiendo. TP… ¿Otra vez ellos?

Aquello parecía un centro académico de tamaño mediano o un centro de investigación. Sobre la entrada pendía el emblema de Thuringia Potash, un león rampante con una franja roja y blanca en diagonal. No había ninguna señal de actividad.

Malcolm se bajó trabajosamente del coche y miró en derredor. La verja estaba cerrada con candado, la caseta del vigilante, cerrada, y el aparcamiento vacío.

—Aún es temprano —señaló Ghazarian, que había acudido a su lado.

—No es eso. Fíjate en los arbustos y en las flores de los macizos. TP debería de tener sin duda un equipo de jardineros que se ocuparan de ellos, pero el caso es que nadie los ha regado desde hace una semana.

—Es curioso.

—Aquello de enfrente, ¿no es un café?

Lo era, en efecto, y estaba abierto. Había dos hombres sentados en una de las mesas de fuera, y en ese momento salía por la puerta un camarero con una bandeja. El edificio encalado quedaba un poco retirado de la carretera, tras una pequeña explanada con espacio para media docena de coches.

—Creo que me vendrá bien desayunar —dijo Malcolm.

—Te esperaré en el coche. La gente se pone nerviosa con los uniformes. No te quedes mucho rato.

Malcolm cruzó cojeando la carretera y entró en el café, seguido por las miradas de los individuos instalados en la mesa de fuera.

En el interior no había ningún cliente. El propietario correspondió al saludo de Malcolm con una recelosa inclinación de cabeza.

Malcolm pidió café con pastas y se puso a hablar en voz baja con Asta mientras esperaba.

—Un sitio agradable —ponderó Malcolm—, limpio y acogedor. Habría sido, lógicamente, el sitio a donde venía a comer o a tomar algo el personal de TP. Debe de echar de menos lo que le reportaban.

—Creo que Timur tiene razón. Es mejor que no nos quedemos más tiempo del estrictamente necesario.

El dueño acudió con el café y un plato de cruasanes de aspecto algo mustio.

—Esa empresa que hay al otro lado de la carretera, Thuringia Potash, ¿cuánto tiempo lleva cerrada?

—Dos semanas, más o menos.

—¿No sabría por qué?

—Fue de un día para otro, de repente —respondió, con un encogimiento de hombros, el propietario—. A mí nadie me contó nada. Claro que es normal…

—Sí, desde luego. El caso es que yo debía tener una reunión allí esta mañana. La habíamos concertado hace semanas. Soy representante de una empresa de ingeniería.

El propietario asintió con la cabeza.

—No sé qué hacer —prosiguió Malcolm—. Creo que veo una especie de cartel pegado en la puerta, pero no puedo ir a leerlo porque la verja está cerrada.

Tenía la esperanza de que hubieran dejado una dirección para contactarlos o algo así.

Nunca había visto nada igual. Supongo que usted tendría muchos clientes de esa empresa, ¿no?

—Sí, muchos. Cada día. Y ahora… nada.

—¿Y no le explicaron a nadie por qué cerraban? ¿No hubo ningún aviso ni nada?

El daimonion del hombre, una especie de estornino de grandes dimensiones, le susurró algo al oído.

—Hay gente que dice que tenían un gran proyecto que salió mal.

Se supone que no había que hablar de eso, que era un secreto, pero, ya sabe, en los cafés todo el mundo habla, cuentan cosas, y yo oigo de paso…

Tenían un gran proyecto, pero nadie pensaba que fueran a cerrar. Fue una sorpresa enorme para todos.

—¿Qué clase de proyecto? Bueno, no me lo cuente si es un secreto, pero he hecho todo este viaje para venir a hablar del nuevo filtro que ha creado mi empresa y, como comprenderá, ellos deberían haberme puesto al corriente de sus intenciones. ¿Oyó alguna cosa sobre la naturaleza de ese proyecto?

El dueño tendió la mirada hacia la carretera, así como también miró hacia los dos clientes de fuera y hacia la cocina que quedaba detrás de él, pese a que era evidente que no había nadie más en el local. Luego posó la vista en la cartera que Malcolm se había sacado del bolsillo.

—Por las molestias —dijo este, dejando un par de billetes encima de la mesa—. Tendré que darle explicaciones a mi jefe. Cualquier cosa que pueda decirme…

—No siempre entiendo lo que oigo. Un día oigo decir a alguien que trataban de fabricar algún tipo de medicamento nuevo, o algo así, y que no les salió bien.

Gastaron un montón de dinero y de recursos, con empleados de esos de categoría, ya sabe, pero no consiguieron que funcionara.

Yo solo escuchaba, claro, aunque no siempre entiendo bien.

—Bueno, muchas gracias, de todas formas. Me ha sido de gran ayuda. Así al menos tengo algo que decirle a mi jefe. ¿No sabrá si TP tiene alguna otra oficina o fábrica en Alepo?

—No, solo esta.

—¿Y no dejaron a nadie allí para…, qué sé yo…, vigilar o responder a las consultas?

—No. Se fueron todos.

Malcolm apuró el café y se levantó.

—Bien, muchísimas gracias —dijo, estrechándole la mano al propietario—. Espero que su negocio se recupere. Quizá llegue otra empresa y se anime otra vez este bar.

—Para mí será demasiado tarde. Pronto tendré que cerrar. Que le vaya bien.

Malcolm y Asta se marcharon. Los dos clientes de fuera no les prestaron ninguna atención. El tráfico de la carretera era cada vez más denso y tardaron más en cruzar.

Cuando llegó al coche, encontró a Ghazarian conversando con alguien.

Se trataba de un individuo de mediana edad, que parecía incómodo con la ropa informal que llevaba, como si hubiera preferido ir vestido con traje.

Su daimonion, un pájaro carpintero, permanecía posado en su hombro con los ojos cerrados y aspecto alicaído.

—Ah, ahí llega mi acompañante —dijo Ghazarian al ver acercarse a Malcolm—. Señor Hanson, ¿está listo para proseguir viaje?

—Casi. Buenos días, señor —saludó Malcolm al otro hombre—. ¿Tiene usted algo que ver con Thuringia Potash?

—Era jefe de contabilidad. Ahora todo está cerrado. ¿Venían a ver a alguien?

—Director del Departamento de Ingeniería. Aquí tiene mi tarjeta.

Alargó la tarjeta que había guardado en el bolsillo, en la que ponía que era George Hanson, ejecutivo de ventas de Coventry Hydraulics, fabricantes de bombas, filtros y compresores.

—Ya. Demasiado tarde —comentó el hombre, con tristeza.

—¿Qué ocurrió?

—Gastaron demasiado dinero, sin una buena supervisión.

—Estaban desarrollando algún tipo de medicamento, ¿no?

—Biosíntesis. No es que sea mi especialidad.

Si tiene un filtro para contener el goteo de dinero, eso ya me interesaría más.

De todas maneras… —Miró en derredor y se acercó un poco más, para proseguir en voz baja—: De todos modos, tienen un nuevo proyecto, en los territorios del este, del lejano este.

Es algo confidencial, pero al ser de tanta envergadura, la información acaba por salir a la luz, con o sin filtros.

—¿Ha oído usted algún detalle al respecto?

—No. Aunque los supiera, tampoco debería decir nada.

—O sea, que es algo grande… ¿De muchísima envergadura?

—No. Ya he hablado bastante.

—¿Tiene el nombre de alguna persona conectado con eso? ¿Alguien con quien pueda ponerme en contacto?

El hombre volvió a negar con la cabeza, con aire pesaroso, pero firme a la vez. Después se encogió de hombros y le devolvió la tarjeta.

—He hecho el viaje en balde —se lamentó Malcolm—. Bueno, no será la primera vez. Ha sido un placer hablar con usted, señor…

—Nasim.

Se estrecharon las manos y luego el melancólico Nasim reanudó su paseo. Malcolm y Ghazarian se fueron con el coche.

Lyra se quedó un rato en el jardín de la embajada brasileña.

Se sentía atrapada en una especie de estado de embotamiento, casi de coma, semejante a un sueño.

Era como si toda su energía se hubiera evaporado en aquel cálido aire, dejándola como una sombra desprovista de peso, de voluntad y de imaginación.

Le costaba mantener los ojos abiertos; tenía una terrible pesadez de cabeza, y el jardín estaba tranquilo y solitario…