El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 5. La teoría de los números #3
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5. La teoría de los números #3

Tenía una voz grave y pausada. Su daimonion era una pequeña serpiente del desierto marrón, con una banda en zigzag de color esmeralda. Delamare quedó impresionado por la belleza de sus ojos, pero no lo dejó traslucir, y mantuvo una expresión afable y cortés.

—Querría preguntarles, si me permiten, cómo denominan ustedes su organización —inquirió—. Se los conoce como «los hombres de las montañas», pero ¿eligieron ustedes dicho nombre?

—No —respondió Leila Pervani—, porque es inexacto. Entre nosotros, decimos simplemente «nosotros».

—Sí, claro. Ahora me interesaría averiguar qué tipo de relación tienen con Thuringia Potash.

Les explicaré los motivos: el Magisterio mantiene discusiones preliminares en vistas a un posible contrato con dicha empresa y nos consta que ustedes han tenido tratos con ellos.

Les confieso que estoy menos impresionado con ellos que con lo que he oído sobre ustedes.

La exploración de vías por medio de las cuales podríamos establecer un trato directo entre nosotros sin pasar por la farragosa burocracia de una gran empresa podría redundar en beneficio mutuo.

—¿«Un trato directo entre nosotros»? —preguntó Sayadov—. ¿Se refiere a nosotros con el Magisterio, y a ustedes con nosotros?

—A eso me refería, en efecto.

—¿Y saben en Thuringia Potash que está hablando con nosotros?

—No.

—O sea, ¿que está dispuesto a engañarlos?

—Mi objetivo principal es el bienestar de mi organización y no el de Thuringia Potash.

Sayadov inclinó la cabeza. Los otros dos se mantuvieron imperturbables.

—Continúe, por favor —lo invitó Sayadov.

—Siento curiosidad por saber cuál es el objetivo que los anima —planteó Delamare con tono calmado—.

Las actuaciones suyas de las que he tenido conocimiento, por haber sido difundidas en Occidente, por ejemplo: ¿habrían llevado a cabo dichas acciones, u otras parecidas, si Thuringia Potash no les hubiera pagado para ello?

¿Para ustedes tenían un aspecto ideológico o eran puras transacciones comerciales?

Esa vez fue la mujer quien respondió.

—No hay nada puro —afirmó—, ni siquiera los pensamientos de los ángeles. Nadie mueve ni un dedo, señor presidente, sin el impulso de un centenar de motivos distintos. Pero sí, estábamos en sintonía con los objetivos de Thuringia Potash en las actuaciones a que hace mención.

—¿Qué objetivos tienen entonces en lo tocante al edificio que hay en el desierto de Karamakán?

—Es una emanación del mal —declaró Omar Husaín—. Por consiguiente, queremos destruirlo.

—¿Y usted? —preguntó Sayadov—. ¿Qué interés tiene en ese edificio?

—Queremos controlar el tráfico que discurre a través de él —respondió Delamare—, el comercio de productos derivados de las rosas.

Para ello debemos, en primer lugar, comprenderlo; después, hacernos con su control; y luego, en caso necesario, neutralizarlo.

Compartimos el punto de vista que el señor Husaín acaba de expresar…

—¿Que es algo maligno? —dijo este.

—Sí. No obstante, somos del parecer de que, si lo destruimos sin comprenderlo, dejaríamos margen a la posibilidad de que resurgiera de otra forma. De ello estriba la necesidad de proceder de la manera que pretendemos.

—Ya han reunido una gran fuerza militar. ¿Por qué necesitan nuestra ayuda?

—Porque ustedes se pueden desplazar de manera veloz y discreta, cosa que queda fuera del alcance de un nutrido ejército.

Ya han demostrado que son capaces de atacar por sorpresa en cualquier lugar, desde Constantinopla hasta la frontera occidental de Cathay.

Además, son hábiles e imaginativos; el uso que dieron a esos vehículos de Thuringia Potash en la intervención de Tashbulak fue muy ingenioso.

Thuringia Potash no está, a mi parecer, bien dirigida.

En cambio, tengo la impresión de que, sea cual sea el engranaje de su liderazgo colectivo, este resulta más efectivo y mucho menos engorroso.

Les ofrezco la oportunidad de aliarse con una organización mayor, más rica y mucho más influyente que cualquier empresa de carácter comercial.

Creo que tenemos una base sólida de la que partir.

—Una base, es posible —concedió Zafar Sayadov—, pero ya hemos tenido algún enfrentamiento con el Magisterio. Necesitaríamos garantías de que se dejará de perseguir a nuestra organización.

—Por supuesto. Yo también necesitaré garantías por su parte.

Estoy en condiciones de informarles de que los preparativos que tienen lugar en toda Europa y más allá de sus confines, la concentración de tropas, el establecimiento de alianzas, acuerdos y tratados, para cuya culminación hemos trabajado de forma ardua, son parte de los necesarios cimientos diplomáticos destinados a la declaración de una guerra santa, con el objetivo de capturar y destruir esa emanación del mal que hay en el desierto de Karamakán.

Me gustaría poder anunciar que el acuerdo cuyo bosquejo estamos perfilando en esta conversación va a ser una parte constitutiva de la organización de este bloque.

No obstante, como comprenderán, para ello tendré que darles una denominación, para lo cual habría que establecer una identidad de conocimiento público, una marca, por así decirlo, mediante la cual puedan darse a conocer a los fieles de todo el mundo.

Creo que, en una ocasión al menos, una rama de su movimiento había utilizado el nombre de la Hermandad del Santo Propósito.

En este sentido, mencionaré de paso que el organismo que yo dirigía en Ginebra antes de acceder a la presidencia del nuevo Consejo Supremo se llamaba la Liga para la Instauración del Santo Propósito.

En mi opinión, un título que comprendiera dichas palabras sería acertado y edificante a la vez.

Los tres invitados intercambiaron miradas. Delamare no logró descifrar la expresión de sus caras, pero por lo menos no habían rechazado de entrada la idea.

—Propongo que mantengamos más conversaciones —dijo, mientras se volvía hacia él, Zafar Sayadov.

Una vez que se hubieron marchado las visitas, no sin antes haber fijado una fecha para una posterior entrevista, Delamare mandó llamar a su secretario personal.

—Una mujer que se hace llamar Leila Pervani —dijo—. De unos treinta y ocho o cuarenta años. De altura media, o un poco menos. Delgada y atlética. De pelo negro. Probablemente persa o kurda. Según parece, había ejercido como académica. Averigüe todo lo que pueda sobre ella.