5. La teoría de los números #2
—Se podría clarificar más. —La miró mientras ella lo observaba a él, y en sus ojos afloró otra expresión, como si estuviera realizando una valoración de su persona—.
Nada está vacío —afirmó, despacio—. Aunque uno no vea nada dentro de una taza, una caja o una habitación donde no hay nada, están llenos de campos, de campos de todo tipo.
Algunos los conocemos un poco, algunos no, y hay otros de los que ni siquiera sospechamos que sean campos. La conciencia…
De pronto, calló, como si hubiera hablado demasiado.
—¿La conciencia es un campo? ¿Es eso? —preguntó Lyra.
—Sí —confirmó él, con cara de desasosiego.
—¿El campo de Rusakov? ¿Se refiere a eso?
Ionides se localizó una hebra de hierba de fumar en la lengua y, tras desplazarla hasta los labios, la escupió.
—Podría ser —dijo—. Es posible.
—Meditaré sobre el asunto. Es interesante.
Ionides presionó la punta ardiente del cigarrillo con el índice y el pulgar. Lyra dio un respingo, pero parecía como si él no sintiera nada.
—Ahora otra pregunta, señorita Plata. Esta vez es algo que quiero saber.
—¿Qué?
—El sitio a donde vamos a ir, Karamakán, según dice. Por Dios que es un sitio enorme, lleno de arena… ¿Adónde quiere ir exactamente?
—A un sitio llamado Tashbulak, cerca del borde de un lago llamado Lop Nor. Allí había un centro de investigación botánica. A varias jornadas de viaje de ese lugar hay un edificio rojo en medio del desierto, y allí es adonde quiero ir.
—¿Por qué, si no la van a dejar entrar? No dejan entrar a nadie.
—¿Cómo lo sabía?
—Abdel Ionides lo sabe todo.
—Sí, claro. Pues bien, yo creo que hay algo que debo hacer una vez que haya entrado.
Creo que es algo que solo yo puedo hacer.
Y es importante porque me recuerda…, el ambiente que respira…
, la sensación que tengo cuando pienso en ello…
Hace mucho tiempo estuve en una montaña en el Ártico y vi otra abertura de mundos en el cielo.
La sensación que tuve entonces… Me parece que ese edificio rojo del desierto es igual.
—Así que tiene algo importante que hacer en el edificio rojo. Yo me quedo fuera y la acompaño a la vuelta. Mismo precio, sin extras. Y ahora, señorita Plata, ¿qué le ha dicho Mustafá Bey?
—Muchas cosas interesantes. Sabía quién es usted.
—No —replicó con aplomo—. Cree saberlo, pero solo conoce algunos pedazos y nada más. ¿Qué más ha dicho?
—Me ha dado un…, un pasaporte, por así decirlo. Y me ha pedido que le mande informes en cada etapa del viaje.
—¿Un pasaporte?
—O un laissez-passer .
Sacó la carta y se la enseñó. Al leerla, Ionides emitió un quedo silbido.
—¿Pone en esas otras lenguas lo mismo que en inglés? —preguntó ella.
—Sí, lo mismo en las tres. ¿Sabe lo valioso que es este papel? Guárdelo como oro en paño. Bien, señorita Plata, voy a prepararlo todo para el viaje. Ahora deberé tener la prestancia de un verdadero sorcier particulier de la reina Tatiana.
Acto seguido, se levantó y, tras devolverle la carta, inclinó la cabeza y se marchó con paso sosegado.
Lyra miró en torno a sí. En el jardincillo había tan solo una mujer sentada con su hijo en la hierba, a escasa distancia.
Sus daimonions jugaban juntos y hasta ella llegaba la voz de la madre, la risa del niño y el quedo zureo de una tórtola.
Más allá de las zonas que quedaban al amparo de la sombra de los árboles, las calles y las plazas parecían, no obstante, envueltas en silencio, como si la ciudad contuviera la respiración.
Marcel Delamare, que se hallaba de visita en Constantinopla para atender asuntos magisteriales, se quedó parado durante un espacio de tiempo perfectamente calculado en el lugar donde habían martirizado a Simeón Papadakis.
Con la cabeza gacha y los ojos cerrados, movía los labios como si estuviera rezando.
Después, exhalando un audible suspiro, se encaminó a la sala del Consejo, donde estaban las salpicaduras de sangre, protegidas con placas de cristal, enmarcadas con madera.
Allí se hincó de rodillas para rezar. Entre quienes se arrodillaron junto a él se encontraba un joven monje de expresión vivaracha, vestido con hábito de subdiácono mayor.
El recién ascendido hermano Mercurius hacía gala de una diligencia superior a la habitual en las atenciones que dedicaba al nuevo huésped, y es que este era un personaje de importancia superior a la normal, y la reacción que tenía el hermano ante la proximidad del poder no se diferenciaba apenas de la de una aguja en presencia de un imán.
Al final, Delamare se dispuso a levantarse y el monje le brindó una amistosa mano para ayudarlo.
—No me toque —le espetó el presidente en voz bien alta, de modo que todos los presentes lo alcanzaron a oír.
El hermano Mercurius lo soltó con modesta sonrisa y ademán contrito. Delamare se marchó en compañía de un puñado de secretarios, dejando al joven subdiácono sin el menor sentimiento de humillación. ¿Acaso no había dicho el propio Señor aquellas mismas palabras a santa María de Magdala?
—Hay que cerrar este pasillo —decretó Delamare, y el secretario de mayor rango tomó nota—.
Que levanten el suelo y lo cuelguen, enmarcado en oro, en un lugar destacado de la sala.
Pongan otro suelo aquí, de baldosas, y después ya podrán volver a usar el pasillo.
Ahora muéstrenme los aposentos del patriarca.
Las habitaciones donde había vivido el patriarca eran pequeñas y humildes, casi miserables incluso, tal como advirtió con aprobación Delamare. Las mantendrían exactamente tal y como estaban, como testimonio de la santidad de su difunto ocupante.
Aquel sitio no era, con todo, adecuado para recibir visitas. Las oficinas, que le enseñaron a continuación, eran, en cambio, espaciosas, acogedoras y de apariencia aséptica, como si las hubiera diseñado un arquitecto especializado en hoteles para clientes acaudalados en viaje de negocios.
—Esto servirá —le dijo el presidente al secretario que le mostraba las dependencias—. Haga subir aquí a mis visitas en cuanto lleguen.
—Creo que ya veo su coche, su santi…, señor pre…, señor —contestó el joven, mientras miraba hacia el patio, lamentando que no se hubieran puesto de acuerdo en el tratamiento que había que darle al presidente.
—Con señor bastará —indicó Delamare, quien por lo general prefería no incomodar a sus subalternos—. Hágalo subir directamente y pida que preparen algún refrigerio.
El joven no formaba parte del personal que Delamare tenía a su servicio en Ginebra.
Pertenecía al Secretariado de Constantinopla, pero aún no había recibido las órdenes sagradas, a diferencia de la mayoría de sus compañeros.
A Delamare le agradaba su aspecto. Su daimonion era un gorrión, que se mantenían encaramado sobre su hombro, con la cabeza ladeada y calmada expresión de curiosidad.
—A propósito, ¿cómo se llama? —preguntó Delamare cuando ya el joven abría la puerta.
—Felix Murad, señor.
Delamare inclinó la cabeza y la puerta se cerró discretamente.
El presidente esperaba tres invitados: eso era lo único que sabía el personal del Patriarcado.
Aquella era la primera vez en que la mayoría de los clérigos de la sede lo veían.
Su motivo manifiesto para visitar Constantinopla, aparte de rendir homenaje en el lugar donde sufrió martirio san Simeón, era asistir a la consagración del siguiente patriarca, a quien ya se había elegido, pero cuya identidad carecía de toda importancia.
Cuando había explicado que esperaba visita, el vasto engranaje del Patriarcado se había puesto en marcha para ejecutar sin demora los preparativos a fin de que todo discurriera sin contratiempos.
Delamare sacó unos papeles del maletín y los depositó en el escritorio. Al poco tiempo, llamaron a la puerta y Felix Murad la abrió para hacer pasar a los recién llegados.
Delamare se puso en pie para saludarlos.
Eran dos hombres y una mujer, vestidos a la occidental, pese a que parecían persas o iraquíes.
Debían de tener unos diez años menos que Delamare, que les calculó una edad de entre treinta y cuarenta años.
Uno llevaba una poblada barba, y el otro, que iba afeitado, tenía profusas marcas de viruela en la cara.
La mujer, delgada, parecía delicada y frágil, hasta que se movió.
Entonces quedó patente que había realizado algún tipo de entrenamiento atlético.
Era una persona vigorosa, tal como comprobó después Delamare con su apretón de mano.
—Señor presidente —dijo en francés el barbudo—, le presento a la doctora Leila Pervani, y este caballero es el señor Zafar Sayadov. Yo soy el señor Omar Husaín.
Delamare les estrechó la mano y, tras señalarles unos cómodos sillones, se sentó con ellos en lugar de quedarse detrás del escritorio.
El personal estaba bien entrenado; nada más sentarse los invitados, Felix Murad volvió a llamar a la puerta e hizo pasar a unos sirvientes cargados con bandejas de té, café, agua y pastelillos de miel.
Delamare, entre tanto, observó sin disimulo al individuo con marcas de viruela, Zafar Sayadov.
De modales apacibles, vestido con ropa sencilla, con una calvicie incipiente, de estatura media y con su apretón de manos flojo, parecía más bien un funcionario de poca monta.
El barbudo, Husaín, tenía una presencia mucho más imponente; aun así, Delamare advirtió que tanto él como la mujer mostraban una deferencia clara hacia Sayadov.
—Les estoy sumamente agradecido por haberme venido a ver —dijo Delamare, una vez que se hubieron marchado los sirvientes—. No me voy a quedar mucho tiempo en Constantinopla. Dígame, monsieur Sayadov, ¿es usted el líder de esos hombres de las montañas?
—Eso es inexacto, señor presidente. Tenemos un liderazgo colectivo. Yo soy un representante y no un director.
—Gracias por aclarármelo. ¿Y usted, doctora Pervani, es también una representante?
—Exactamente.