5. La teoría de los números
L yra encontró a Ionides sentado en un banco cerca de la fuente, leyendo un periódico en pleno sol.
Era poco más de mediodía, y hombres y mujeres paseaban tranquilamente por la plaza, ellos en mangas de camisa y ellas con sombrilla, tentados por los diversos olores a carne asada a la parrilla, a especias o a pan recién horneado que llegaban un poco de todas partes.
Algunos permanecían sentados en el murete que rodeaba la fuente, disfrutando del frescor que irradiaba el agua.
Lyra tomó asiento al lado de Ionides y se quitó la cinta que se había puesto como distintivo real.
—¿Ya no es una reina? —le preguntó él.
—No. Viajo de incógnito.
—¿Y yo ya no soy un sorcier ?
—No. Ahora se hace pasar por poeta.
Su daimonion gecko soltó una carcajada, parecida al sonido de un cascabel.
—No será la primera vez —declaró con alegría, al tiempo que doblaba el periódico.
—Vamos, acompáñeme. Quiero encontrar un sitio más tranquilo, con sombra, un jardín o un parque. Seguro que usted conoce un lugar así.
—Por aquí —dijo—. El embajador de Brasil era un hombre generoso. Regaló su embajada y su jardín a la gente de Alepo en recuerdo de su esposa. Es muy romántico. Tiene muchos árboles.
—¿Y cómo reaccionó el Gobierno de Brasil?
—Aún no se lo ha contado. Ahora ya es demasiado tarde.
Puesto que en las aceras había demasiado trajín para poder hablar en paz, Lyra guardó silencio mientras Ionides la conducía a su destino.
No cabía duda de que las personas que entonces salían del trabajo para comer se echarían después una siesta, a no ser que el deseo de ganar dinero fuera superior a las ganas de acostarse en un sitio fresco.
Lyra quedó de nuevo maravillada por el encanto de la ciudad, por el placer que evidenciaban a su alrededor las caras y las voces, por el franco goce sensual derivado del hecho de tener un cuerpo en un mundo que tan bien lo acogía.
No había experimentado nada igual desde que Pan se había marchado; desde mucho antes, de hecho: la última vez que había sentido aquella fluidez fue en una de aquellas largas tardes de verano que había pasado con Dick Orchard junto al río, compartiendo con él caricias y besos, mientras Pan y el precioso daimonion zorro de Dick jugaban en las inmediaciones.
En el momento en que entraba con Ionides en el jardín de la embajada, sintió una punzada tan aguda que se le escapó un quedo murmullo de pérdida y dolor.
Ionides se acercó un poco más, como si quisiera sostenerla en caso de que tropezara, pero no dijo nada. Siguieron caminando por un sendero de grava hasta un banco dispuesto bajo la amplia copa de un cedro.
Lyra tomó asiento y después él se instaló a su lado.
—Y ahora, señor Ionides, quiero que me hable de los buenos números y de los espacios que hay entre ellos —pidió.
—¿Los buenos números? Cincuenta es un buen número si se habla de dólares —contestó él—. Y el espacio que media entre mí y cuarenta dólares es muy ancho.
—Vaya, qué buena respuesta. Primero dejemos zanjado este asunto. —Contó treinta dólares—. Esto es lo que le debo. Y esto —agregó, mientras añadía diez más— es lo que agregaría si accede a ir conmigo a Karamakán.
—¿La misma tarifa que para venir a Alepo?
—Desde luego, siempre y cuando nos pongamos de acuerdo en la distancia y el tiempo.
—Acepto, señorita Plata. Confío en usted. Ya contaremos según avancemos.
Cuando se dieron un apretón de manos, notó la mano de Ionides firme, fresca y reseca. Después él dobló el dinero y lo guardó.
—Y ahora, insisto —prosiguió Lyra—. Quiero saber qué es eso de los buenos números. No intente engatusarme.
—¿Cómo sabe si la estoy engatusando o no?
—Cuando no dice la verdad, tiene un parpadeo en el ojo izquierdo. Ya me había percatado antes. Y ahora explíquemelo, que quiero saberlo.
—¿Dónde ha oído hablar de los buenos números?
—En esa ciudad abandonada, en Madinat al-Qamar. Había unas voces que me hablaban. Me dijeron que provenían de los abismos que hay entre los buenos números, pero no me aclararon nada más.
—¿Le importa si fumo?
—¿Puede fumar y hablar al mismo tiempo?
—Sí. Es muy fácil.
—Entonces no me importa. ¿Qué sabe de los buenos números?
Ionides sacó un cigarrillo de un paquete baqueteado y encendió una cerilla. Expulsó una fina bocanada de humo, mientras la observaba sin pestañear lo más mínimo.
—Existen muchas clases de números —expuso—. Hay números que están en la recta numérica, como uno y dos, menos cuarenta y seis, u once coma cinco. Aparte están los que se prolongan de manera indefinida, como el número pi. Después están los números primos. ¿Conoce los números primos?
—Sí.
—También tenemos el infinito.
—¿Es eso un número?
—No, pero pensamos un poco en el concepto en relación con los números. Luego están los números imaginarios, como la raíz cuadrada de menos uno.
En ese momento, Lyra se acordó de aquel laboratorio situado en el mismo confín del mundo, de la inacabable noche ártica y de su padre, que le explicaba algo…
—Algo sé al respecto —dijo—. Continúe.
—Ahora yo le hago una pregunta, señorita Plata. La raíz cuadrada de menos uno; ¿existía antes de que alguien pensara en ella?
—Tuvo que existir…, supongo. Aunque estuviera escondida, estaba allí.
—¿Y cree que es el único tipo de número que existe, pero que no podemos ver?
—No —respondió al cabo de un instante—. Probablemente, debe de haber otros en los que no hemos pensado. En realidad, tiene que ser así.
—Como los buenos números quizá.
—Ah.
—Quizá.
Ionides exhaló un aro de humo que se alejó flotando, hasta que se deshilachó y acabó por romperse. No era difícil, determinó Lyra, imaginárselo vestido con una toga académica, dando una clase de matemáticas en un aula llena de alumnos.
—¿Y ya no hay más? —preguntó.
—Podría haber números móviles —repuso Ionides—. O números vieneses. O números oscuros, o números pesados. O números malos.
—Esas palabras podrían significar cualquier cosa.
—Podrían ser nombres que aplicar a las clases de números que aún no hemos descubierto.
En la memoria de Lyra rebulló el recuerdo de una clase de física. Trató de distinguir qué era, pero, después de centellear un momento, como un pez dorado, el atisbo se volvió a retirar a las profundidades.
—¿Sabe algo de los campos? —preguntó—. Me refiero al campo gravitacional o el campo electromagnético, espacios dentro de los que se ejerce algún tipo de influencia.
—Sí sé lo que es un campo. ¿Por qué lo saca a colación?
—Me estaba planteando si eso de los buenos números podría describir puntos incluidos en un campo determinado.
Ionides permaneció callado durante un buen rato.
Su expresión cambiaba rápidamente, y pasaba de abstracta a turbada, calculadora, reflexiva, jocosa, maliciosa o melancólica.
Era posible que estuviera haciendo teatro: quizá solo reflejaba que era consciente de que ella lo estaba observando.
También cabía la posibilidad de que trasluciera de veras lo que pensaba.
El ojo izquierdo no le parpadeó en lo más mínimo, aunque, de todas formas, aquello había sido una invención suya.
—¿Y bien? —inquirió, retomando el hilo—.
Supongamos, de la misma manera en que hay números que no podemos ver todavía y no podemos verlos porque no hemos imaginado cómo puedan existir…
Si no tuviéramos conocimiento de ese campo concreto, no se nos habría ocurrido pensar que necesitaba una clase determinada de números para describirlo.
—¿Cómo lo podríamos saber? —planteó él.
—Tendríamos que…, supongo que necesitaríamos un instrumento que todavía no existe. O un proceso.
—O, simplemente, mirarlo desde una perspectiva distinta.
—¿Qué clase de perspectiva? ¿Qué opinaría ese amigo suyo, el santo de la India?
—Él diría que es usted muy curiosa, señorita Plata. En toda mi vida no había conocido a una persona tan curiosa. También diría que tenemos la respuesta a muchas cosas antes de que conozcamos siquiera la pregunta. Lo que se necesita es encontrar la mejor manera de verla.
—Dicho así, suena muy fácil.
—No, no es fácil, pero es factible. Una vez me preguntó por algo a lo que llama la comunidad secreta. ¿Se acuerda?
—Sí. Entonces me dijo que nunca había oído hablar de eso.
—Sí. Luego, cuando me lo explicó, lo reconocí.
—Pues no me lo dijo.
—No, pero lo entendí. Sé a qué se refería.
Lo que acaba de decir ahora, sobre los campos…
Me parece que esa comunidad secreta es un campo, como un campo gravitacional, que está en todas partes y del que nadie sabía nada hasta que el señor Newton vio caer una manzana y se preguntó por qué iba hacia abajo y no hacia arriba.
—Un momento. La comunidad secreta es un campo…
—Sí.
—¿Y esa es la perspectiva distinta a la que aludía?
—Sí. Está bien pensado, ¿no?
Lyra se echó a reír, igual que él.
—Pero… —quiso argüir.
—Le voy a poner otro ejemplo. Es como eso de calcular el número pi.
Uno podría pasarse la eternidad, cien dígitos, un millar, un millón de millares…
, y nunca termina, nunca consigue la cifra exacta, sino solo una aproximación.
Hay gente que invierte una vida entera y enloquece con eso. Sin embargo, al hacerlo de esta forma…
Se inclinó para trazar con el dedo un círculo en la gravilla, cuyo centro atravesó después con una línea.
—¿Cuánto he tardado? ¿Dos segundos? Y aquí lo tiene, una representación perfecta de pi, o de la noción de pi. La proporción entre esta línea y esa línea. Uno lo ve y lo entiende, no de forma aproximativa, sino exacta.
—Ya —dijo Lyra—. Sí, está bien.
—Es la misma cosa, pero vista desde otra perspectiva.
—O sea, que yo percibí la comunidad secreta como un campo en lugar de… comoquiera que fuese que lo veía antes…