4. En el café Marletto #5
El mercader volvió a dirigir una señal al secretario.
Este acudió de inmediato, cargado con una cajita de cuero, que depositó en la mesa.
Al levantar la tapa, Mustafá Bey dejó al descubierto una escribanía de palo de rosa.
El secretario aguardó mirando hacia otro lado, cruzado de brazos, mientras el ilustre mercader destapaba un tintero y redactaba un breve párrafo en caracteres arábigos, y después otro en lo que Lyra creyó identificar como cirílico.
Lyra lo veía todo con mirada desenfocada. Pensaba en Ionides y en su pasado como profesor de matemáticas. La cuestión que barajaba era fácil y difícil, según se mirase. ¿Debía hacerle a él alguna pregunta al respecto?
Por último, Mustafá Bey escribió un párrafo en inglés, antes de aplicar el secante y entregárselo a ella. En este ponía:
La portadora de esta carta es su majestad la reina Tatiana Iorekova. Es mi emisaria personal y se le debe dispensar un trato cortés y asistencia en cualquier lugar donde se hablen estas tres lenguas.
M USTAFÁ B EY
—Gracias —dijo Lyra.
El mercader cogió el papel y embebió de tinta su amplio anillo de sello en un tampón que le sostenía el secretario, para después estamparlo con cuidado al pie de la carta. La tinta era de color rojo sangre.
—Le escribiré contándole todo lo que descubra —prometió Lyra—. Le estoy de veras muy agradecida.
El hombre se puso en pie. Ella alargó la mano y de nuevo él se inclinó para besarla.
Mientras se alejaba de su mesa para regresar a su rincón del café, notó como la atención se retiraba de ella, como una marea, para seguirlo a él, de tal forma que, cuando se marchó, con la tinta seca y la carta doblada en el bolsillo, nadie reparó en lo más mínimo en ella.
El centro de investigación donde había trabajado el botánico asesinado, el doctor Hassall, permaneció vacío durante varias semanas.
Los hombres de las montañas habían irrumpido en él como un ciclón, matando a buena parte del personal, destrozando ventanas, arrancando tejados, desparramando el material científico y los especímenes de plantas, y saqueando hasta el último rincón de los edificios.
No habían acudido para robar nada, solo para destruir.
Los laboratorios, invernaderos, oficinas, cuartos de baño, la zona de alojamiento, la cocina, la sala común que usaba la gente para relajarse y charlar, los almacenes…
, todo estaba deteriorado, disperso y triturado.
Los planteles de fuera, las hileras de plantas, germinadas con mimo y cultivadas por su potencial valor para la medicina o el comercio, habían sido aplastados e incendiados.
La destilería y todo el material con que se producía la esencia de distintas plantas, que luego se trasvasaba a diminutos frascos de preciado aceite, habían quedado destrozados de forma irremediable.
Una vez que hubieron concluido su obra de tinte sacerdotal, los hombres de las montañas se esfumaron con la misma velocidad con que habían aparecido.
Cuando los habitantes del pueblo más próximo acudieron temerosos para ver lo que había ocurrido, encontraron los cadáveres de varios científicos de Europa y de África, así como a sus vecinos, que trabajaban allí como cocineros, hortelanos o en labores de limpieza.
Los enterraron a todos con el respeto y cuidado que exigían sus propias costumbres y buscaron entre las ruinas cualquier cosa que aún pudiera servir.
Las ollas y pucheros habían sobrevivido por lo general a la destrucción, así como determinados alimentos imperecederos; ese tipo de artículos, que habían escapado a la ira del santo propósito, pasaron pronto a utilizarse en los hogares de la localidad o canjearse en pueblos y aldeas situados a un día de camino.
Un individuo que regresó varias veces a la base en ruinas fue Chen, el camellero que había acompañado a Strauss y a Hassall al edificio rojo emplazado en el corazón del desierto.
Había perdido la mayoría de sus animales, puesto que los hombres de las montañas los habían ahuyentado o los habían matado, y con ello quedó reducido a un estado de indigencia extrema.
Con todo, estaba convencido de que en el centro de investigación quedaba algo que los hombres de las montañas no habían logrado destruir y no tenía ningún inconveniente ni escrúpulo en rebuscar entre la basura, la ceniza, los vidrios rotos, la tierra, la arena, la comida podrida ni en cualquier otro tipo de elemento repugnante.
Así pues, se puso manos a la obra con determinación.
Se instaló a dormir en uno de los almacenes que aún conservaba el tejado, donde armó un lecho con cojines desgarrados, mantas sucias y rollos de acolchado agrícola que lo protegían del frío por la noche.
En realidad, se encontraba allí más cómodo que nunca; aún quedaba suficiente comida seca que aprovechar y nadie iba a molestarlo.
Él mismo se aseguró de que así fuera aullando y gritando por la noche y encendiendo fuego con una especie de aceite que encontró en la destilería, con el que iluminaba varias máscaras de aspecto diabólico que había confeccionado con trozos de madera y de cartón.
Al poco tiempo, corrió la voz de que en la base había fantasmas y, de este modo, Chen quedó como dueño virtual de todo.