4. En el café Marletto #4
—Fue una pequeña fluctuación de los precios lo que me llamó la atención.
Debe tener en cuenta que, aun siendo el más importante, no soy el único mercader implicado en este comercio.
Algunos de los clientes habituales comenzaron a quejarse de que otros comerciantes desconocidos presentaban mejores ofertas que ellos, y mis agentes descubrieron a su vez que el aceite de rosa se estaba vendiendo en regiones situadas más hacia el oeste que antes.
Comenzaron a correr rumores de que se adulteraba el producto con componentes de menor calidad.
Entonces envié al desierto de Karamakán a un pequeño grupo, y solo regresó un hombre.
Este describió el edificio rojo y todo lo que vio en el interior con tanto embeleso que creí que estaba recitando alguna poesía.
Dijo que el edificio rojo tenía dos puertas, una por la que se entraba, la misma por la cual volvió a salir, y otra por la que podía irse, pero no regresar.
—Ah, ¿sí? ¿Qué fue lo que dijo?
—Habló de rosaledas y prados de gran colorido… Por cierto, las rosas son de un único color, ¿lo sabía?
—Nunca las he visto.
—Según las explicaciones de ese hombre, tienen un color entre rojo y amarillo, pero no son anaranjadas.
Se trata de una mezcla de color imposible de definir, hermosa, sutil y compleja.
Me describió un aire saturado de fragancia, de campos y jardines cultivados con dedicación y pericia, de fincas donde los agricultores hacen gala de profunda destreza para hervir los pétalos y transformarlos en agua de rosa, que después destilan en sencillas vasijas hasta conseguir el más refinado y exquisito aceite…
invirtiendo un barril para producir el volumen de un dedal.
Me explicó que el intercambio era un proceso de cortesía y ritual, presidido por antiguas fórmulas y hospitalidad.
Los únicos a quienes permiten intervenir en ese comercio son miembros de un determinado gremio de tratantes de la región de Karamakán, y en el trueque solo aceptan lo más refinado que se produce en este mundo.
Mi agente comprobó que la prosperidad auspiciada por el mercado de aceite de rosa beneficiaba a toda esa ciudad, esa nación y ese pueblo.
Todo era armonioso y todo el mundo se mantenía activo llevando a cabo un trabajo del que disfrutaba, que valoraba y por el que recibía una justa compensación.
Por mi parte, me alegré de saber que existía un lugar tan próspero, donde la gente vivía con alegría y estaba orgullosa de trabajar.
Contento de contribuir a un comercio en el que se sustentaba su riqueza y que no era perjudicial para la mía, yo aceptaba con gusto sus condiciones y obedecía sus leyes.
Y ahora usted me dice que el lugar donde crecen las rosas es otro mundo aparte.
—Pero ¿cómo logró averiguar todo eso su agente, si no podía salir por la otra puerta?
—No lo sé. Quizá le permitieron mirar desde fuera. O sea que, según me dice, ¿lo que miraba era otro mundo?
—Si no me equivoco… Pero ¿podría, por favor, no divulgar esa información?
—¿No le ha expuesto esa idea a nadie más?
—A nadie. ¿Podría hablar con ese hombre?
—Su daimonion se puso enfermo poco después y ambos murieron.
—Ah, qué pena… Y Mustafá Bey, ¿ha oído usted alguna vez la palabra «alkahest»? ¿El alkahest?
—No, nunca. ¿Es algún término de ciencia botánica?
—Lo ignoro. Es algo que oí y no sé qué significa.
—No me suena de nada. —Tomó un sorbo de té. Un camarero, que se mantenía atento a cierta distancia, lo advirtió y se apresuró a rellenarle la taza—. Dígame algo —prosiguió Mustafá Bey—. ¿Por qué quiere ir a ese lugar? No es necesario. Yo puedo proporcionarle lo que ellos producen.
—Voy a ir con la esperanza de encontrar a alguien a quien conocía —repuso, sorprendida por lo tenue que le sonó su voz.
El mercader asintió, con grave expresión de inquietud. Su daimonion volvió a tomar la palabra, en forma de un susurro gutural que lo obligó a inclinar un poco la cabeza para oírlo.
Lyra tomó un poco de té, que ya se había enfriado.
Qué difícil era todo… Entonces se acordó de aquella vez, hacía muchos años, en que Farder Coram fue a hablar con el doctor Lanselius, el cónsul de las brujas, en su pulcro y exiguo salón.
La respuesta a la pregunta que planteó Farder Coram los orientó hacia Iorek Byrnison, lo cual redundó en el éxito de su expedición.
En una ocasión, ella había seguido su ejemplo y le había dado también buenos resultados.
—Si estuviera usted en mi lugar —planteó, repitiendo las palabras de Coram—, ¿qué pregunta le haría a Mustafá Bey?
El ilustre mercader la miró fijamente durante unos segundos. Aunque no logró interpretar su expresión, Lyra sintió que estaba penetrando con perspicacia en su pensamiento.
—Le pediría que me contara lo que sabe sobre su sirviente —respondió.
—Mi… Ah, el maestro Parathanasius, mi mago personal, mon sorcier particulier . ¿Por qué? ¿Qué es lo que sabe de él?
—Había sido profesor de matemáticas en la Universidad de Alejandría.
—¿Cómo? ¿Cuándo?
—Hasta hace unos diez años. Hubo un escándalo, posiblemente de trasfondo sexual, o económico, o político, o quizá un poco de todo.
Los detalles carecen de interés. Tuvo que dimitir de su cargo.
Desde entonces ha ejercido muchos oficios, incluido el de espía, pero, que yo sepa, nunca el de mago personal.
—¿Espía? ¿Para quién?
—Era por intereses comerciales, sobre todo. También ha trabajado para varios Gobiernos, incluido el de Moscovia. Con las autoridades de Ginebra, sin embargo, no ha mantenido ningún tipo de tratos, por lo que tengo entendido.
—Pues parece que es una persona demasiado conocida para ser un espía. Yo creía que los espías tenían que pasar inadvertidos, ser prácticamente invisibles.
—Son pocas las personas, por no decir poquísimas, las que estarían en condiciones de contarle esto. Yo sí puedo, porque me interesé por él. Puede que algún día lo emplee yo mismo. ¿Qué nombre utilizaba cuando entró a su servicio?
—Abdel Ionides. ¿No es su verdadero nombre?
—¿Quién sabe? El que utilizaba como profesor de matemáticas era Rashid Xenakis. Ha usado muchos otros.
—O sea, ¿que lo ha reconocido cuando nos ha presentado?
—En cuanto ha entrado en el café. Al ver que iba con usted, mi interés ha ido en aumento. El espectáculo que ha dado con el maître d’hôtel ha sido divertido, aunque demasiado sobreactuado. Disfruta representando un papel, pero debería recordar que debe ser un actor y no la estrella principal.
—Hasta ahora ha sido muy buen guía. Lo contraté para que me trajera hasta Alepo, pero estoy pensando en plantearle que continúe conmigo hasta Karamakán. ¿Cree que sería una buena idea?
—¿Le cobra muy caro?
—Llegamos a un acuerdo satisfactorio sobre su tarifa para esta parte del viaje.
—Sería un excelente guía, si se limitara a esa función. No obstante, si acepta, sin duda será porque tiene sus propios motivos para querer ir a Karamakán, y estos podrían no ser beneficiosos para usted.
Lyra paseó la mirada por el café, procurando no mover demasiado la cabeza. Parecía lo que era: un cómodo y acogedor establecimiento con una clientela cosmopolita y adinerada. Si alguien los observaba a ella y a Mustafá Bey, no lo percibió.
—¿Rashid…? —dijo en voz baja.
—Rashid Xenakis.
—Otra vez un apellido griego, y un nombre árabe. Bien, Mustafá Bey, me ha dado usted mucho en qué pensar. Le estoy muy agradecida. Pero antes ha mencionado que ocurría algo raro con el comercio del aceite de rosa.
—Así es. Algo está ocurriendo, de manera muy discreta y sutil, y las cosas que creíamos firmes y sólidas se están debilitando y desplomando.
—Cosas como… ¿Qué tipo de cosas?
—Cosas en las que confiábamos. Si se fija, verá ejemplos por todas partes.
No sabría decirle si esta infección llega a partir del oriente, el occidente, el norte, el sur, el aire o el agua, la tierra o el fuego que hay debajo…
Reina Tatiana, quisiera proponerle algo.
Para mí, sería muy útil que culminara con bien su viaje hasta el edificio rojo, porque me interesaría mucho saber qué ha encontrado allí, y también conocer las incidencias del viaje.
Por ello, querría ayudarla. Yo puedo, por ejemplo, garantizar la seguridad de su viaje y hacer que sea más rápido de lo que usted podría conseguir por su cuenta.
Hay una nueva flota de autobuses internacionales, supremamente cómodos y rápidos, en la que he invertido.
Las caravanas de camellos no tienen rival para transportar mercancías, pero créame si le digo que iría muchísimo mejor en uno de mis autobuses, como mínimo durante la primera parte del trayecto.
A cambio, querría que me hiciera un favor: tengo agentes y representantes en cada una de las ciudades por las que va a pasar.
Los informes por escrito de cuanto encuentre, oiga o averigüe, que podrá hacerme llegar a través de dichos agentes, compensarían de sobra cualquier ayuda que le pueda prestar. No le costará nada localizarlos.
—El señor Ionides se percatará de lo que haga. Es demasiado listo para que pueda actuar sin que se dé cuenta. Va a tener que estar al corriente de todo.
—Ya lo tenía previsto.
—¿Y qué hay del Magisterio?
—Infórmeme, por supuesto, de lo que averigüe sobre ellos.
—No me refería a eso. ¿Qué relación tiene usted con ellos?
—Formal pero distante. Tenemos distintas inquietudes.
Lyra toqueteó el pastelillo y, con gesto automático, se chupó los dedos.
—Muy bien —dijo—. Acepto. Gracias.