El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 4. En el café Marletto #3
13%

4. En el café Marletto #3

—Tal como he mencionado, Mustafá Bey, estoy de viaje —expuso—. Quiero viajar al desierto de Karamakán y querría pedir consejo a la persona que mejor conoce la Ruta de la Seda.

—Mi consejo se resumiría en dos palabras: No vaya.

—Tendré en cuenta ese consejo, pero no lo voy a seguir. Estoy decidida a ir.

—¿Qué cree que va a encontrar allí?

—Un edificio rojo que contiene algo de inmenso valor.

—¿Y qué es eso? ¿Sabe lo que hay dentro de ese edificio rojo?

—Sí, creo que sí.

—¿Y aun así quiere ir, poner en peligro su vida y correr el riesgo de no poder regresar?

—Sí.

El hombre tomó un sorbo de té caliente. A pesar de su robusta constitución, todos sus movimientos eran delicados y gráciles.

—A título personal, nunca he estado en ese edificio rojo —dijo—, pero sé cuáles son las condiciones bajo las que se debe llegar hasta él. El viajero debe ir por tierra, y el daimonion, por agua. ¿Va a ir usted de esa manera?

—Sí.

—¿Y su daimonion?

—Las brujas del Ártico tienen el poder de la separación. En este momento, mi daimonion se ocupa de un asunto importante en otro lugar.

El mercader asintió, posando una mano apaciguadora en la cabeza de su daimonion guepardo.

—¿Y qué necesita saber del trayecto que hay de aquí a Karamakán?

—¿Cuánto tarda una caravana de camellos en llegar hasta allí?

—Seis meses, más o menos.

—¿Y un viajero solo?

—Menos tiempo, pero es más peligroso.

—¿De dónde viene el peligro, Mustafá Bey?

—De los bandidos que rondan por tierra, e incluso más todavía de las aves que surcan el aire.

Ese es el motivo de que no haya rutas de zepelín por esas tierras.

Se trata de aves inmensas y feroces. Poseen casi el control completo del aire.

¿Las gentes de su pueblo sobrevuelan alguna vez el Asia Central?

—Muy de tanto en tanto.

—Y con razón. Pero, reina Tatiana, no me dice usted la verdad.

Lyra percibió un quedo gruñido gutural, casi inaudible. Era el daimonion del mercader, que le enfocaba el cuello con sus ojos bordeados de negra pelambre.

—¿En qué sentido? —preguntó, con el vello erizado, Lyra.

—Usted no es una bruja. He tenido tratos con muchas brujas…, por favor, no me interrumpa…, y usted no es una de ellas.

—¿Se ha percatado de inmediato?

—No. Primero he tenido que escucharla. Ahora estoy seguro. Su nombre es Lyra Lenguadeplata.

Lyra permaneció inmóvil, pese a que todos los nervios de su cuerpo la incitaban a echar a correr. Se había quedado sin respiración.

—Nos están observando —destacó en voz baja el mercader—. Mientras estemos sentados aquí juntos, no corre peligro. Tomaré las medidas necesarias para que pueda marcharse sin que la sigan, pero debe cumplir mis instrucciones.

—¿Cómo sabe quién soy?

—Su amigo de Esmirna es Bud Schlesinger, ¿no? Eso me había parecido. Debe tener en cuenta que tengo un millar de contactos, o más, desde Marruecos hasta Nippon. No hay prácticamente nada que suceda en la Ruta de la Seda sin que yo me entere.

—¿Conoce la existencia de la base de investigación de Tashbulak?

—Sí.

—¿Sabe lo que hay dentro del edificio rojo?

—No. Usted ha dicho que creía saberlo. ¿Qué cree que es?

«Si Bud Schlesinger se fía de él…», pensó Lyra.

—Es una abertura que da acceso a otro mundo —respondió.

El daimonion guepardo se puso en pie, agitando lentamente la cola. Mustafá Bey le susurró algo y volvió a sentarse, manteniendo, con todo, la vista clavada en la cara de Lyra.

—¿Sabe de la existencia de ese tipo de lugares? —preguntó.

—Sí. Sé cómo se forman y cómo se pueden cerrar. He pasado por ellos… —trató de recordar, en vano, cuántas veces—, en varias ocasiones.

—¿Y cada vez desembocó a otro mundo?

—Existen miles de millones de mundos. La puerta que da acceso al edificio rojo conduce al mundo de donde provienen las rosas, las rosas especiales.

—Vaya, eso no lo sabía —reconoció Mustafá Bey.

—No estoy segura al cien por cien. Quiero ir hasta allí para averiguarlo.

—Y entonces, ¿qué va a hacer? Si atraviesa la abertura, no va a poder regresar.

Lyra cogió un pastelillo. Estaba recobrando un poco la compostura.

—Mustafá Bey, cuénteme lo que sabe, por favor —pidió—.

No me ha explicado de qué conoce la existencia del edificio rojo, ni quién lo construyó, ni cómo se lleva a cabo el comercio del aceite de rosa, ni las vicisitudes a que está sometido ahora.

Si sabe que a quienquiera que entre en ese edificio no se le permite volver, debe de saber más cosas.

—Sí —admitió el mercader—. Durante cientos y miles de años, en esa región se mantuvo un comercio a pequeña escala de esas rosas y de su aceite esencial.

Este no difería en nada del comercio de cualquier material de valor: precios altos, cantidades pequeñas, importantes por su coste pero fáciles de transportar. Era un mercado muy especializado.

—¿Cómo…? ¿Cómo llegaba el material a manos de los mercaderes? No debían de ir hasta el edificio rojo cada vez, supongo.

—Hay, o había, un reconocido gremio de comerciantes.

Estos se reunían con agentes de los cultivadores de rosa y los destiladores en varios centros de intercambio, como, por ejemplo, Tashbulak.

Creo que esos agentes viajaban con regularidad al desierto, hasta el edificio rojo, y pagaban generosas sumas por las rosas y las esencias.

Nada indicaba que estos intermediarios tuvieran algo que ver con otro mundo, ni que fueran distintos de los mercaderes que les compraban a ellos, incluidos mis agentes.

—¿Quién compraba ese material? ¿Para qué lo querían?

—Seguramente para rituales, como medicina o preparación de cosméticos de lujo.

No había necesidad de investigar a fondo eso.

Si un cliente tiene dinero para comprar una mercancía y esta no es explosiva, ni venenosa, ni excesivamente grande y pesada, y si no llama la atención de los recaudadores de impuestos, nadie pondrá trabas al intercambio.

Los mercaderes respetables como yo mismo se contentarán con contribuir a la fluidez del proceso y lograr con ello una modesta ganancia.

Ese comercio se llevó a cabo durante muchísimo tiempo sin alteraciones, interrupciones, ni fluctuaciones.

Había una demanda y un suministro constantes.

Cuando uno se paraba a pensarlo, se preguntaba si las rosas no podrían cultivarse en otro lugar y venderse a mayor escala, pero todas las tentativas en ese sentido que llegaron a mi conocimiento acabaron en fracaso, y, puesto que no parecía que fuera a haber peligro de que pudiera cortarse el suministro, llegué a la conclusión de que no merecía la pena, debido a lo limitado del mercado.

—O sea, que usted no está interesado en las rosas por sí mismas, ¿no es así?

—A mí me interesa todo, como el dinero, por ejemplo. ¿Tiene usted dinero, reina Tatiana?

—Tengo un poco de oro.

—¿Me querría prestar una moneda de oro? Quiero enseñarle algo.

Picada por la curiosidad, Lyra buscó a tientas una de las monedas de oro de Farder Coram y la puso sobre la mesa.

—La veo a usted recelosa, reina Tatiana, pero no hay motivo. ¡Ah! Una moneda de Hy-Brasil.

La pesó en una pequeña balanza que sacó del bolsillo y efectuó una anotación.

Después, le dirigió un rápido gesto con los dedos a un individuo de sobria vestimenta que se encontraba sentado unas mesas más allá.

Este, que probablemente era un secretario, se inclinó para escuchar las palabras que le murmuró Mustafá Bey.

Luego se acercó de inmediato al cliente que ocupaba la mesa de un rincón, quien, tras escucharlo, se levantó en el acto para ir al encuentro de Mustafá Bey.

Después de inclinar la cabeza, se instaló en la silla que le indicó el mercader.

El secretario se unió a ellos, provisto de materiales para escribir.

Mustafá Bey señaló la balanza y la moneda de oro.

El cliente escuchó con atención; pesaron la moneda e intercambiaron algunas palabras; el secretario las anotó, y el cliente y el ilustre mercader firmaron el papel.

Mustafá Bey colocó la moneda de oro en la mano del cliente y asintió con la cabeza.

—Eh…, pero ¿qué ha hecho? —protestó Lyra, al ver que el cliente se alejaba con su moneda.

—He comprado un olivar. Alí…

Dio otra instrucción al secretario, que de nuevo se fue a buscar a otra persona a otra mesa.

Tras los saludos de rigor, el cliente inclinó la cabeza con aire respetuoso; el secretario le presentó un papel para que lo leyera y luego Mustafá Bey le habló durante un minuto.

El hombre asintió, volvió a mirar el papel, se balanceó con aire pensativo en la silla, cerró los ojos y murmuró unas palabras.

Después abrió los ojos y asintió en silencio. A continuación, redactaron y firmaron otro acuerdo, intercambiando gestos y palabras de mutuo respeto, y Mustafá Bey mandó al secretario a buscar a otra persona. Mientras tanto, el camarero acudió con otra bandeja de té.

—¿Qué ha comprado ahora? —preguntó Lyra.

—Una remesa de refinadas alfombras de Bujará.

El proceso se repitió de nuevo. En aquella ocasión, Mustafá Bey canjeó las alfombras por un barco de pesca que en ese momento estaba amarrado en Esmirna, y después lo trocó por varias piedras preciosas de Ceilán, hasta que al final cambió estas por…

oro. En la mesa reposaban cuatro monedas del mismo tamaño que la que Lyra había depositado al principio.

—Aquí tiene su moneda de oro, o una del todo equivalente —anunció el mercader—. Dejen que la pese para confirmarlo.

Una vez que hubo efectuado la demostración, hizo correr la moneda sobre el mantel.

—Para usted —dijo, y añadió otra más—. Es el interés que ha ganado su moneda mientras estaba a mi cargo. Lo demás son mis ganancias.

Lyra hinchó los carrillos; luego, pensando que era un gesto bastante vulgar para una reina, volvió a adoptar una expresión normal.

—Muy bien —dijo—. Ha quedado claro lo que se puede hacer con el dinero. ¿Y qué tienen que ver con esto las rosas?