El campo de rosas (El libro de la oscuridad 3) 4. En el café Marletto #2
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4. En el café Marletto #2

Eligió una y la puso boca arriba. Apareció un hombre que trataba de defender una barricada frente a un grupo de soldados, sobre un telón de fondo de disparos y estallidos de munición. Tras observar con desaliento la imagen durante un minuto, volvió a reunir las cartas.

Ionides se levantó como un resorte en cuanto la vio bajar.

—¡Señorita Plata! Ahora le voy a hacer de guía y escolta para el trayecto hasta el café Marletto. ¿Tiene intención de ver al famoso y respetado Mustafá Bey, si me permite la pregunta?

—¿Cómo lo ha sabido?

—Ha sido una pura y simple suposición. Una viajera de su categoría querría, como es lógico, presentarle sus respetos a un caballero tan importante, y el Marletto es el sitio idóneo para encontrarlo. Podría decirse que es la oficina desde la que dirige su multitud de empresas.

Le abrió la puerta del hotel y se puso a caminar a su lado con el porte de un altivo cortesano que escoltara a una princesa.

Pese a que conservaba el mismo aspecto andrajoso y desaseado del individuo que se había presentado ante la puerta de su hotel en Seleukeia, caminaba con tanto garbo y confianza que, de manera automática, Lyra asumió su parte en la representación, disfrutando de la atención que despertaban entre los otros transeúntes.

La mayoría de quienes la miraban quedaban desconcertados, por supuesto, por su carencia de daimonion.

Sin embargo, ella se acordó de la mujer que había visto en Ámsterdam, que se paseaba demostrando una fabulosa indiferencia frente a las hostiles miradas de los demás, y también recordó lo que le había aconsejado Farder Coram, que debía mantener siempre la prestancia de una reina.

—Señor Ionides —dijo.

—Soy todo oídos —declaró este.

—A partir de ahora, mi nombre es Tatiana Iorekova. Soy una reina de las brujas de Novaya Zemlya. Usted es un mago de Praga, que está a mi servicio.

—¡Ah! Entiendo perfectamente. Así es como la debo presentar a Mustafá Bey, ¿no?

—Exacto.

—¿Y cómo me llamo yo?

—Magister Parathanasius.

—Parathanasius. Un bonito nombre, a la altura del cual procuraré estar. ¿Qué tratamiento debo darle, reina Tatiana?

—Ese mismo. Diga, reina Tatiana, ¿me permite presentarle a su excelencia Mustafá Bey?

—¿No «su majestad»?

—No. Las brujas vivimos de manera sencilla y sin ceremonias. ¡Ah!… Espéreme aquí.

Entró en una tienda de ropa en cuyo escaparate había advertido algo. Al cabo de un momento, salió con una estrecha cinta de color carmesí.

—¿Es para mí o para usted? —le consultó Ionides.

Sonrió y, al ver la expresión de sorpresa de Ionides, cayó en la cuenta de que ni siquiera recordaba cuándo había esbozado una sonrisa por última vez. Bajo la atenta mirada de Ionides, se ató la cinta en la cabeza, a la altura de la frente, dejando caer los cabos delante de la oreja derecha.

—¿Me permite?

Lyra asintió y él le ajustó un poco la cinta.

—Así. Muy regio. Y dígame, ¿cuál era mi nombre?

—Parathanasius. Magister, como maestro. Maestro Parathanasius.

—De Praga.

—Eso es.

Ionides miró a su alrededor. Había mucha circulación en la calle. A última hora de la mañana, en esa próspera ciudad cosmopolita, nadie sabía que se encontraban en presencia de una reina y de un mago.

—Muy bien, reina Tatiana Iorekova —dijo Ionides con voz seria—. Usted quería que la guiara hasta Alepo. Aquí estamos y pronto me va a pagar cuarenta dólares…

—Treinta.

—Como usted diga. Una vez que la haya llevado a ver a Mustafá Bey, nuestro contrato se extinguirá, ¿o no?

—Así es.

—Y después, ¿qué? Ante usted se abre toda Asia. ¿Cuál va a ser su lugar de destino? ¿Va a necesitar un guía que la acompañe hasta allí?

Aunque ya había tomado una decisión al respecto, consideró que había costumbres y formalidades que respetar.

—Maestro Parathanasius, estos no son el momento ni el lugar adecuados. Una reina de las brujas no regatea en plena calle. Cuando haya terminado de resolver los asuntos que debo tratar con Mustafá Bey, nos iremos a hablar del asunto los dos mientras nos tomamos un té.

Ionides inclinó la cabeza con gesto pausado y grave.

Con la ropa raída y sucia y la cicatriz de la cara, cuya blancura presentaba un marcado contraste sobre la tez morena y la incipiente barba gris, tenía el aspecto de un mendigo.

No obstante, se mantenía erguido, con el cuerpo musculoso y tenso, y una expresión de complicidad y discreto regocijo en la mirada.

—Muy bien, vamos a ir al encuentro de Mustafá Bey —declaró—. Acompáñeme, reina Tatiana, que con mis poderes mágicos encontraré el camino.

Se puso a caminar a su lado como si realmente fuera un mago al servicio de una reina.

Lyra también estaba satisfecha con su porte.

Como el de una pantera, así era como había descrito Farder Coram el garbo con el que se movían las brujas.

De improviso, se dio cuenta de algo: deseaba que Abdel Ionides se sintiera orgulloso de ella.

Este entró con imperiosa actitud en el vestíbulo del Marletto y solo se detuvo, con fingido ademán de sorpresa, cuando un camarero le espetó con aspereza algo en francés, al tiempo que le interceptaba el paso.

— Vous nous prenez pour des mendiants? —tronó Ionides, con indignación—.

Écoutez, espèce d’imbéciles. Voici sa majesté la reine Tatiana Iorekova, qui gouverne le royaume entier de Novaya Zemlya, et moi qui suis son sorcier particulier, le gardien de ses finances, le président de conseil de ses affaires d’état ¡le Maître Parathanasius!

—Dirigiéndose a Lyra, con tono conciliador que contrastaba con la arrogancia de que acababa de hacer gala, añadió— : Os pido que disculpéis la ignorancia de este granuja de baja cuna.

Perdonadlo, por favor, porque, ahora que ya sabe quiénes sois, os traerá con premura cuanto deseéis y nos conducirá sin demora a un rincón de este establecimiento adecuado para acogernos.

Avise ahora mismo a su excelencia Mustafá Bey de que la reina Tatiana Iorekova lo recibirá de inmediato —le ordenó al camarero.

El camarero miró alternativamente a Ionides y a Lyra, y luego a la reina Tatiana y al maestro Parathanasius.

Ionides irradiaba orgullo y enojo, mientras que Lyra observaba callada al hombre con una expresión de desdén digna de la más fría fortaleza de los territorios del norte.

Para sus adentros, sin embargo, estaba disfrutando sobremanera.

El camarero acabó por dirigirles una inclinación y después los condujo con nerviosismo hacia un rincón sombreado por una palmera en maceta, cuyas hojas ondeaban con delicadeza bajo la brisa del ventilador del techo.

Ionides corrió una mesa para que ella se sentara mientras el camarero se alejaba con paso apurado.

—Una vez que me lo haya presentado, se puede marchar —le indicó Lyra en voz baja—. Al venir, he visto una fuente en la plaza. Nos veremos allí dentro de una hora, más o menos.

—¿No va a necesitar intérprete?

—Estoy segura de que me podré desenvolver sola. Ahí llega.

Mustafá Bey era un hombre recio en el sentido físico, de imponente presencia.

Su riqueza quedaba evidenciada en el exquisito corte de su traje de lino de color marfil, los zapatos de confección artesana, el reloj de pulsera de oro macizo, el anillo de sello, también de oro, que llevaba en el meñique, y el primoroso corte de pelo.

Su poder se ponía de manifiesto en la especie de campo de fuerza magnética que parecía irradiar, el cual reclamaba atención y exigía respeto, como expresión de la certeza absoluta de que todos y cada uno de sus deseos no solo iban a ser atendidos, sino previstos de antemano.

Su daimonion era un guepardo. De no haber sido una reina, Lyra se habría sentido incluso intimidada.

—Reina Tatiana —dijo Ionides, dispensándole una breve inclinación de cabeza—. Permítame que le presente a su excelencia Mustafá Bey.

Lyra adelantó la mano derecha. El ilustre mercader se inclinó para besarla y Lyra le correspondió con una sonrisa.

—Tenga la amabilidad de sentarse conmigo, Mustafá Bey —lo invitó—. Ya sé que está muy ocupado, pero le agradecería que me dedicara unos minutos.

Señaló una silla y Mustafá Bey tomó asiento. Ionides dio una orden al camarero, que se fue con premura, y después el maestro Parathanasius hizo una profunda reverencia a Lyra antes de retirarse. Mustafá Bey, entre tanto, no había pronunciado ni una palabra.

—Un erudito académico de Oxford, el doctor Sebastian Makepeace, me aconsejó que lo consultara a usted —declaró la reina Tatiana.

Los grandes y negrísimos ojos del mercader se ensancharon una centésima de milímetro, al tiempo que abandonaba su expresión inescrutable.

—Aparte, un amigo a quien vi por última vez en Esmirna —prosiguió ella— me dijo que la única fuente de información general que iba a necesitar en mi viaje era Mustafá Bey, a quien encontraría en este café.

Con una sola de estas recomendaciones habría bastado para que acudiera aquí…

, o sea que, con dos, me he visto obligada.

Mustafá Bey, es un placer conocerlo. ¿Va a tomar un té conmigo?

En ese momento, vio como el camarero se acercaba a toda prisa a su mesa con una bandeja cargada.

—Sería un honor para mí —respondió el mercader, con sorprendente ligereza y suavidad en la voz.

El camarero vertió el té, y, tras servirles los pastelillos, inclinó la cabeza y se marchó.

Estaba claro que Mustafá Bey no iba a iniciar la conversación.

Aunque era una persona ocupada, su curiosidad era patente.

Lyra era, además, consciente de que suscitaban el interés y las miradas de muchos de los presentes.

Había sido acertado no acudir a él como una demandante, que habría tenido que esperar para que la recibiera: aquella mesa le proporcionaba un pequeño enclave en medio de su territorio, a la manera de una embajada, donde ella podía dirigir la situación, pedir que fuera él quien acudiera a ella y controlar el desarrollo de su entrevista.

Le correspondía, pues, a ella tomar la iniciativa.